Café Manhattan

Escrito por
| 29 | 2 Comentarios

Mientras toma un café en la vereda del Café Manhattan, Miguel escribe en un cuaderno recuerdos de su niñez, las bromas inocentes, los amores secretos, la estúpida cobardía -la actual, y la de antes-; siente como el tiempo y la distancia fueron cortajeándole la memoria, los rostros, los ojos y los nombres que ayer fueron claros hoy se mezclan, se difuminan, se confunden, pierden consistencia, espesor, se vuelven livianos. Al dejarse llevar por los senderos de los recuerdos, escucha una melodía que llega del otro lado de la calle, levanta la mirada y trata de observar al intérprete. A lo lejos puede distinguir su tez clara, su pose de vencido, su estar en el mundo sin nada más, sin nadie más.

A medida que su mano se cansa, que su cerebro necesita tomar aire, Miguel concentra su mirada cada vez más en aquel sujeto que está allí como un náufrago en medio de una isla desierta repleta de gente. En verdad, a la distancia el músico parece hundido en la vereda, perdido entre los transeúntes, los escaparates, el rugir de los colectivos y de la muchedumbre, que a toda prisa, circula a su alrededor.

El cielo pálido, de un gris claro, se ve de a rectángulos, recortado por los rascacielos, las paredes espejadas y los carteles luminosos; con el correr de las horas, adquiere un tono anaranjado, luego gris oscuro, y finalmente, cae la noche. Es entonces cuando la ciudad abre sus párpados y su esplendor brillante y fugaz inunda el ambiente, a la vez que el aliento húmedo y pegajoso se escapa de sus alcantarillas formando nubes de vapor en las esquinas. De pronto piensa que aquello sería una buena metáfora: los recuerdos de su niñez se escapan de su memoria, como esos remolinos de vapor que afloran de las entrañas de la ciudad. Lo anota, luego lo tacha, demasiado cursi, piensa. Es cierto, se escapan, pero, sin embargo, al brotar de su interior tiene la certeza de que son inagotables y que los llevará consigo hasta el último día, resurgiendo como un géiser en cada momento de ocio, como es este atardecer de domingo a solas, o cuando algún aroma o una melodía que creía olvidada lo devuelva a algún momento de su pasado. El músico calla y desaparece de su vista, como si en verdad, hubiese sido tragado por las fauces urbanas.

Miguel siente que es hora de volver a casa, de tomar una ducha caliente, de cargar el celular, de preparar el traje para ir a trabajar, de revisar la agenda con las entrevistas programadas; son días complicados, las horas se amontonan una sobre la otra, se llenan de pequeñas anotaciones marginales, a veces en español, otras en inglés, y ciertamente quisiera rescatar de la semana alguna anécdota, algo que merezca ser recordado para anotar en sus memorias y contar en el futuro, tal vez a sus nietos.

Abre el cuaderno de notas y lee aquella vez que junto a sus compañeros de la primaria inventaron la historia de que debajo del salón de actos había un laboratorio secreto con pócimas y artefactos como los del Profesor Neurus y los retos de la Directora cuando se enteró de esa absurda historia. Se ríe, llama al camarero, paga los cafés, deja la propina, cierra el cuaderno. Vuelve a su casa. Últimamente ha estado pensando sobre todo aquello, de cómo cada día en la oficina es igual al siguiente y al anterior, a tal punto que espera con ansias sábados y domingos como un pescador tratando de rescatar algún momento que quiebre la monotonía, la cíclica repetición de los días.

Al llegar a casa, se cree vencido, este fin de semana no ha podido rescatar mucho, y ha vuelto a su muelle con las redes vacías. Solo se ha permitido anotar algunas pocas líneas sobre aquel sujeto que en la vereda de enfrente, daba la ilusión de ser literalmente tragado por la acera.

La semana pasó vertiginosa entre el lunes y el viernes. Miguel, podría jurar que no podía distinguir los días ni las horas, a veces, ni siquiera podía diferenciar los rostros de los entrevistados, tuvo la sensación de que hacía años entrevistaba a la misma persona que mudaba de rostro y de historia. Confundió a Jefferson con Jhonson, a Smith con Simpson, a Petterson y Pattison; volcó el café sobre la notebook, llamó a números equivocados, olvidó el cumpleaños de sus amigos, llamó a su secretaria con el nombre de su hermana, dio largos monólogos en español frente a un público que mayoritariamente no entendió ni una sola de sus palabras, soñó con tigres y laberintos, reflexionó sobre el olvido y el tiempo cíclico en voz alta. Su médico diagnosticó que el stress le estaba jugando una mala pasada y le recomendó unos días de reposo. Sus palabras le resultaron inaceptables, le recordó lo estrictos que son los anglosajones en cuestiones laborales y lo difícil que le resultó adaptar su ser argentino siempre flexible para puntualidades y compromisos.

Hoy, por suerte llegó el sábado, la tregua semanal, el bálsamo en la herida abierta. Mientras camina al Café Manhattan busca afanosamente algo para recordar, como las tardes sin planes ni horarios de su adolescencia, los mates de madrugada en el campo, las largas travesías en bicicleta los fines de semana, el frío seco y otoñal, el viento huracanado de octubre, los caminos regados de flores amarillas, los caldenes solitarios de los campos, los laberintos de jarilla y pasto puna…

Al llegar, toma asiento junto al ventanal más próximo a la vereda, pide un cortado con una seña que el mozo no logra reconocer. Vuelve la música del otro lado de la calle, el músico parece resurgir de entre las baldosas, hoy su traversa suena con un brillo especial, puede reconocer la melodía, balbucea I’m an alien i’m a legal alien…”. Levanta la mirada, el cielo pálido, de un gris claro, se ve de a rectángulos, recortado por los rascacielos, las paredes espejadas y los carteles luminosos. Recuerda las nubes blancas, el espacio en toda su extensión, la línea del horizonte sin techos, sin recortes, sin paredes espejadas y el hondo cielo azul de su niñez. Sonríe tristemente. La música lo envuelve, lo eleva sobre la ciudad, lo lleva en vuelo por las viejas calles, las vías del tren abandonadas, el almacén de ramos generales. Por alguna razón el repertorio le resulta familiar.

Vuelve la noche, la ciudad abre sus párpados, Miguel termina su café y se va sin pagar, cruza la calle y se dirige hacia el músico, a medida que se acerca lo reconoce, es el Loco Spagno, el que de niño tocaba en las reuniones familiares y daba conciertos en los actos escolares. Apura el paso, abre los brazos para estrecharlo en un abrazo, los ojos se le inundan de lágrimas, ha pasado tanto tiempo, tanta lejanía, la ciudad se vuelve un destello multicolor, los transeúntes toman forma, todos sus rostros le resultan conocidos, allí están sus padres, sus hermanos, los vecinos de toda la vida; de las paredes espejadas surgen frondosas las acacias, los carteles luminosos toman vuelo como barriletes, el cielo está azul, inmensamente azul, cuanto más se acerca al músico más siente cómo su cuerpo se va hundiendo en el asfalto y en su lugar surge una enorme nube de vapor que queda remolineando entre los autos.

 

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    24 mayo, 2016

    Muy buen Cuento. Un abrazo Cristian y mi voto desde Andalucía

  2. Imagen de perfil de Tati

    Tati

    30 mayo, 2016

    Excelente relato Cristian. Saludos.

Escribir un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Cargando…
Abrir la barra de herramientas