Dulce pesadilla

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Desperté de golpe, agitada mi respiración, húmeda mi frente y oscuros mis recuerdos oníricos. Dediqué unos instantes a calmar los latidos de mi corazón, que retumbaba frenético, y miré la hora. Medianoche, con lo cual aún me quedaban algunas horas de sueño útil. Suspiré. Cuando posé los pies en el frío suelo, un escalofrío me recorrió todo el cuerpo, y algo asustada aún me dirigí al cuarto de baño.

Pasé junto a la habitación de papá y mamá y me asomé. Unos tranquilizadores ronquidos y acompasadas respiraciones surgían de sendos bultos en la cama. Sonreí y continué mi camino hacia el cuarto de baño. Cuando llegué a la puerta, noté mojado el suelo y resoplé indignada, ya que el técnico debía haber ido aquella mañana, y llamó diciendo que no podría ir hasta el día siguiente. ¡Qué poco profesional! ¡Y las tuberías perdiendo agua en mitad de la noche! Sin embargo, algo golpeaba insistentemente el umbral de mi subconsciente, como una leve quemazón en la superficie.

Me detuve, algo inquieta por la sensación, pero al no encontrar motivo coherente, abrí la puerta del baño y me golpeé la nariz contra ella cuando rebotó de golpe. Ahogué un grito de dolor y me froté la zona magullada mientras empujaba, ya más cuidadosamente, la puerta contra cualquiera que fuera el motivo de su obstrucción. El presentimiento volvió con más fuerza, como una sombra captada por el rabillo del ojo, y me decía que algo no iba bien. Yo sabía que todo era fruto de la pesadilla que había sufrido apenas unos minutos antes, en la que ruidos extraños, jadeos y un extraño olor como a mora aderezaban una extraña escena en un paraje desolado… Sacudí la cabeza y empujé con más fuerza, poniendo cuidado de no resbalarme en el encharcado suelo. Al fin, tras varios intentos silenciosos y algún que otro gruñido, conseguí apartar el montón de toallas que impedían el paso al cuarto de baño y encendí la luz.

El espectáculo que descubrí ante mis ojos hizo que me derrumbara pesadamente, mirada vidriada y mandíbula temblando descontroladamente, al húmedo suelo, teñido de escarlata por la sangre de mis padres. Yacían ambos en el interior, la una en la bañera, el otro tras la puerta, con las gargantas rajadas en roja sonrisa permanente. Los rostros, mostrando una agonía y un terror indescriptibles. Como en un sueño, el molesto zumbido que acosaba el umbral del pensamiento consciente, gritó al fin a pleno pulmón: “¿desde cuándo la casa está tan silenciosa? ¿hace cuánto que no escuchas las respiraciones y los ronquidos de papá y mamá?”. Horrorizada, traté de gritar pidiendo auxilio, pero mi mente y mi cordura bailaban sobre el filo de un cuchillo. Resbalando y dejando surcos rojizos en las paredes, me tambaleé hasta la habitación de mis padres. La cama estaba vacía, y las sábanas pulcramente retiradas hacia los pies. Me pregunté pues, con lúcida coherencia, de quién era el suave resoplar que escuché cuando iba hacia el baño. El fin llegó allí mismo, en el momento en que noté un suave jadeo en mi cuello, seguido de un intenso olor a mora. Me eché a reir histéricamente, sintiendo cómo me deslizaba paso a paso hacia los profundos confines de la locura.

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    24 mayo, 2016

    Una pesadilla atroz. Un abrazo y mi voto desde Andalucía

  2. Imagen de perfil de Vate

    Vate

    24 mayo, 2016

    Gracias, Mabel, un abrazo a ti también.

  3. Imagen de perfil de VIMON

    VIMON

    25 mayo, 2016

    Buen relato, Vate. Mi voto y un saludo.

    • Vate

      29 mayo, 2016

      Gracias, Mireia ^^ será un placer

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