Cada mañana, el señor Crook (así le gustaba hacerse llamar) salía a pasear por la costa luciendo su extravagante sombrero. Era un viejo sombrero de copa negro, gastado y con la tapa medio levantada, con el ala doblada y algo descosida por el uso. Una cinta ancha de color verde sujetaba una vistosa pluma de pavo real, que adornaba esta veterana prenda.
El señor Crook era un hombre de unos sesenta años de edad, alto y corpulento. Había sido marino y, por esa razón, le gustaba salir temprano a ver el mar y pasear por la orilla. Tenía la cara redonda, con unas cejas y una nariz anchas. Una barba corta gris cubría su cara, y una melena canosa asomaba bajo el sombrero hasta los hombros. Llevaba anudado al cuello un pañuelo rojo y de su oreja derecha colgaba un pendiente en forma de aro dorado, recuerdo de su azarosa juventud.
Caminaba lentamente, pisando firme con sus botas altas de cuero. Vestía un tabardo oscuro y tan viejo como su sombrero. Debajo llevaba una camisa blanca y un ancho fajín rojo, donde guardaba su reloj de cadena y una navaja.
Como todos los días, sus pasos le guiaron hasta el acantilado. Le gustaba mucho la vista desde aquel lugar privilegiado. Contemplaba la línea azul brillante, intensa, que dibujaba el horizonte; el oscilante baile de las olas se acompasaba con el lento vaivén de los barcos que atracaban en el puerto, bajo el bullicioso chillido de las gaviotas. Casi podía oler desde allí el pescado que descargaban en la lonja los pescadores. El señor Crook miraba el espectáculo, tan familiar para él, mientras encendía su entrañable pipa. Seguramente recordaba otros puertos, otros mares tal vez, en Asia o América.
Luego volvía bajando la pendiente hacia el pueblo. Allí solía echar su habitual partida de cartas con sus amigos. Pasaban las horas muy deprisa y el señor Crook siempre tenía alguna historia que contar a sus paisanos. Todos querían oírle relatar alguno de sus viajes a lugares remotos, a playas paradisiacas, o a puertos repletos de gentes provenientes de todos los rincones del mundo.
Aquella mañana había feria en el pueblo. La plaza estaba repleta de puestos y carpas levantadas aquí y allá, con toda clase de productos: salchichas, quesos, empanadas, cecina, miel y una gran cantidad de productos elaborados. También había puestos con otras mercancías como jabones y colonias, sandalias, cinturones y manufacturas de cuero, artesanía variada, mantelerías, etc. Aquello parecía un gran bazar medieval, que en nada tenía que envidiar a los de Oriente Medio.
Como toda feria que se precie, además de los puestos de venta ambulante también tenía algunas atracciones. El público se aglomeraba en torno a una tómbola y a las casetas de juegos, como aquella de probar puntería tirando a las dianas con unas pelotas de cuero. Pero el sitio que más llamaba la atención en la feria esos días era una pequeña tienda de lona con un cartel en la entrada que rezaba así:
MARGUT, EL VIDENTE, ADIVINARÁ TU FUTURO
ENTRA Y CONSÚLTALE. NO ESPERES MÁS
El señor Crook se paró frente al letrero y sintió curiosidad por ver quién era ese tipo. La gente no se atrevía a entrar, sólo algunos más decididos traspasaban la cortina tras el letrero. Unos salían indiferentes, otros parecían incrédulos. El señor Crook no lo pensó más y con una sonrisa en sus labios entró en la tienda sin quitarse el sombrero.
Dentro había una mesa con una bola de cristal encima y detrás un hombre sentado con un turbante en la cabeza. Margut le dio la bienvenida invitándole a sentarse en la otra silla que había enfrente. Margut era un hombre delgado de mirada penetrante y nariz afilada. Hablaba de forma grandilocuente y misteriosa.
-Si quieres descubrir los secretos que te aguarda el destino, has venido al sitio correcto. Mis poderes adivinatorios desvelarán tus dudas sobre el porvenir; el amor, la suerte, el dinero no serán problema para mi bola mágica. Por unas pocas monedas, podrás averiguar las claves de tu futuro –dijo el adivino señalando la esfera de cristal que tenía delante.
El señor Crook, todavía con su sombrero puesto, miraba fijamente a los ojos de Margut y sacando unos cuantos maravedíes del bolsillo, dijo:
-Dime, Margut, si me sonreirá la fortuna.
Puso las monedas sobre la mesa y el adivino empezó su ritual. Cerró los ojos y luego los abrió para fijar la mirada en la bola de cristal mientras ponía las manos sobre la esfera, sin apenas tocarla. Con los dedos acariciaba el aire sobre la bola, como si intentara arrancarle los secretos al cristal. Margut soltó una extraña letanía invocando a los poderes de fuerzas paganas, de antiguas religiones ya olvidadas. Tras unos pocos segundos, comenzó a contarle sus predicciones.
-Lo veo, puedo ver tu futuro. Eres un hombre afortunado; ¡hum!, gozas de buena salud y los astros te son favorables. La suerte te sonreirá, siempre que seas capaz de interpretar las señales del destino. Aunque no parece que vayas a hacerte rico de momento, si eres paciente acabarás logrando lo que deseas.
El señor Crook se rascó la barbilla y esbozando una sonrisa le dijo a Margut:
-¿Sabes una cosa? Yo tengo un sombrero mágico, y mi sombrero me dice que la fortuna me será favorable hoy. ¿Quieres verlo?
Margut se quedó sorprendido por la extraña pregunta de su interlocutor y dijo que sí. Entonces, el señor Crook se quitó el sombrero lentamente y se lo enseñó a Margut.
-Mira dentro –dijo el astuto marino.
Margut miró en el interior del sombrero y se llevó el mayor susto de su vida. De repente, una urraca salió volando hacia el techo. El asustado vidente casi se cayó de la silla del sobresalto. La urraca revoloteó sobre su cabeza y finalmente se posó en la mesa, donde con un movimiento certero cogió las monedas con el pico. Luego se fue volando hasta posarse en el hombro de su amo, el señor Crook.
El viejo marino soltó una carcajada al ver la cara de perplejidad de Margut.
-¡Vaya! Es la primera vez que veo a un “pájaro” asustarse de ver volar a otro pájaro.
-¡Te has burlado de mí! –balbuceaba irritado Margut.
Frente a él, se alzaba el veterano marino con gesto severo y su urraca en el hombro. El falso adivino era demasiado cobarde para plantarle cara.
-¿Acaso no lo haces tú todos los días con esta pantomima de adivinar el futuro? Si de verdad fueras un adivino, habrías sabido lo que ocultaba mi sombrero –respondió el señor Crook.
Con su fiel mascota, la urraca, en el hombro y los maravedíes en el bolsillo, el extravagante señor Crook salió de la tienda y caminó por la feria disfrutando de la fresca noche.





Mabel
Maravilloso Cuento. Un abrazo Alberto y mi voto desde Andalucía
TroodonT
Qué final. El personaje es bastante entrañable.
Saludos