La habitación de la sexta pared

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Despertó en su pecho cargado una tos que del resonar le tornó los ojos iluminados en aquella extraña formación. Como si de una tela de araña se tratase, se hallaba agarrado, cabeza, piernas, brazos y otro elemento alargado, en aquella cuanto menos curiosa habitación.

No veía nada a su alrededor, no vislumbró su ropa, ni siquiera su pantalón.

No se oía nada más que sus latidos y su entrecortada respiración.

No sabía si era arriba, abajo, izquierda, derecha o diagonal, ni si quiera de donde provenían aquellas cuerdas que le causaban tanto mal.

Solo pronunció “¿qué coño es esto?” cuando las seis paredes empezaron a girar.

Llegó la primera pared y observó aquella sombra insensible y sin semblante que caminaba por el mundo sola, con una tristeza impresionante y se desvanecía como las hojas en la hoguera humeante.

De nuevo giraba su cuerpo, giraban las cuerdas que le sostenían, o los muros que con extraño aspecto le retenían.

Vio entonces la segunda pared con un extraño decorado, ni una gota de pintura, ni yeso quedaba a su vistazo.

Repleto de cuadros, de cambiantes enmarcados, aparecían mujeres cambiantes, no solo de semblante, sino también de edad y de rasgos.

Le miraban desde amenazantes hasta interesantemente seductoras, y cuál fue su sorpresa que las conocía a todas.

Su madre desde su juventud que poco a poco se arrugaba, con las lágrimas que marcaban cicatrices, que arrugas ella llamaba, cuando realmente eran disgustos que ese individuo le propinaba, y pensó “¡Qué mundo tan injusto, que pobre es mi madre amada, que me dio riquezas y cariño y con sustos yo se lo pagaba!”

Vislumbró entonces a aquella que llamaba hermana, y desde los mofletes de un bebé a los maquillajes de una mujer temprana, se desvanecía rápida y desconocida a su mirada.

Vislumbró los otros cuadros, de donde de todo se escuchaba, desde reproches y lloros, hasta  gritos y declaraciones de amor inesperadas. Vio en ellas a la loca, a la tonta y a la deseada, a la puta, a la pura e incluso a la más ansiada.

Los engranajes giraban en algo ya no tan sorprendente para encontraren ese muro otra parte de su mente.

Vio química y moléculas, todo un universo y su descomposición, creaciones y músculos muertos y también su resurrección.

Le miraban unos ojos extrañamente familiares como si de un espejo se tratara, pero sin reflejo ni cristales, él solo miraba a la mirada.

Aquel iris negro y aquellas pupilas bailarinas, los capilares y los nervios que iban y venían.

Vislumbró unos labios igualmente conocidos, que de morados a sangrantes cambiaban en un suspiro.

Que emocionante encontrar extrañas lenguas introducirse entre esos labios impresionantes sin conocer propietarias ni cuentas, que de amor y carne pasaban a ceniza y materia muerta.

Vislumbró entonces su miembro, pues le era bien conocido como crecía desde niño, y se dilataba y se contraía como del corazón sus latidos, se rasguñaba, se envolvía se caía y entumecía y como si del apocalipsis se tratase mi individuo enloquecía.

Fue entonces cuando de nuevo las paredes ylas sogas, se tornaban de un lado a otro como si estuviesen locas.

Y una pared similar a la de las mujeres de su vida se alzaba cual poster de las habitaciones que habitó en su día.

Una figura extraña metamorfoseadora y enigmática, se movía como si se tratase de una invención mecánica.

El hombre al que aconsejo, amó y complacía que con rostro triste y arrugado le sonreía como si fuese su guía.  “Padre” su lengua y labios escupía, mientras las lágrimas brotaban de os ojos por su agonía.

Anhelaba el fin de aquella ironía, de sus tormentos, de los truenos, de las lágrimas que llovían.

Más no era ese el fin que tanto reclamaba, pues la figura metamorfoseaba, y como si su vida le apedreara, los amigos de su lado se marchaban, el apoyo y los buenos momentos escaseaban cuando todo peor se tornaba.

Y los resortes giraron dejándole de nuevo ver en una pared todo lo que nunca quiso perder, los triunfos, los logros, los buenos momentos e incluso lo que pudo ser, y así los llantos se acabaron porque vencía la sed.

Y se giró de nuevo hacia la última pared, con un deseo de romper de una vez las cuerdas que le ataban y le impedían el correr.

Y cuál será el misterio que escondía la última pared, que no le hizo más que enloquecer, y muerte por pena, fue lo que finó al que narré.

¿Y cuál es el resorte, que movía a cada cordel?,¿ sería lucifer el que aplicó castigo como aquel?

No señores, yo se lo diré, se llama vida, la tortura impuesta al nacer.

Comentarios

  1. Mabel

    13 mayo, 2016

    Muy bueno. Un abrazo y mi voto desde Andalucía

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