Los cantares resonaban en las altas torres de piedra, en esos páramos de muerte sentenciados al silencio imperfeto de la noche eterna. Los rebeldes se entonaban como la venganza arraigada que sus pechos reclamaban, como ese soplo que barría las penas, que condenaba almas, que se alzaba en el fuego. Entonces se enaltecían los gigantes, convertidos en piedra, en busca de una batalla, de reencontrar sus fuerzas.
Las noches se convertían en el aullido feroz de las terribles promesas negras. Eran tantos, que apenas alcanzaban a esconderse en la ciudad perdida, en ese montón de ruinas que aún albergaban pesadillas.
El fuerte de las espinas ahogaba los gritos que retumbaban en sus esquinas. Los hombres elevaban sus voces en una brusca interpretación, a la espera de hacer valer su opinión.
-¡Es necesario tomarlos por sorpresa! – Manifestó a viva voz el rey de las cadenas – No permitiré que mi pueblo se quede aquí a merced de la peste, hemos perdido a muchos, debemos atacar.
Los presentes se conformaban con extender un murmullo de aprobación. El cansancio los rodeaba como un impertinente acompañante. Cada día eran menos, y de seguir así, el legado de su pueblo acabaría por convertirse en un triste recuerdo.
-¡Marcharemos al alba! – Gritó finalmente el rey acometiendo una decisión que no merecía ser juzgada - ¡Por la libertad y la venganza! Todo aquel que se sienta en capacidad de sostener una espada será recibido con gratitud en mis filas.
Las ovaciones acabaron con el silencio, atrayendo las nuevas esperanzas, evocando esos tiempos de paz que solo se conseguían con las batallas.
Tharsus se obligó a convencerse de que aquella sería la última lucha en la que participaría. Siempre intentaba pensar que dejaría la guerra, que huiría de las venganzas y de la sangre para dedicarse a ser un granjero sin mayor ambición que la de una vida tranquila. Pero Lorien cultivaba mayor gloria que él, era difícil persuadirla de que nunca llegaría a convertirse en heroína. No, las mujeres no estaban hechas para la guerra, según él. Le resultaba complicado intentar mantener su posición si debía vigilar que ella se mantuviese con vida, y aunque no pretendiese admitirlo, era dura de convencer, quizás aún más que su torpe rey.
Volvió a casa entre las excusas de una noche turbia, esperando que ella no se hubiese enterado de nada, rebuscando entre sus pensamientos un pretexto que la mantuviera cautiva.
-¿Iremos a la batalla? – Inquirió entusiasmada tan solo verlo aparecer – debo prepararme…
-No, no irás – La cortó con ímpetu – La ciudad quedará vacía, y serás de más ayuda aquí que en aquellas colinas, necesitamos de gente fuerte que proteja a quienes se quedan.
Ella lo miró avergonzada, a punto de gritar encolerizada. Y era lo que él esperaba, puesto que lo que más le gustaba, era precisamente ese carácter impredecible que la hacía tan volátil e inexperta. Sin embargo no dijo nada, se mantuvo muy erguida mientras tomaba su espada y la lanzaba a los pies de él.
-Te crees que por ser mujer carezco de capacidad de lucha, que soy débil y una carga. No os preocupéis que desde este momento os libero de cualquier compromiso – Y se marchó.
A penas y pudo conciliar el sueño, para un caballero como él, las promesas siempre eran una carga pesada con la que debía lidiar. Al menos tendría tiempo para pensar, porque en las colinas de hielo, donde el bosque cantaba, era su voluntad la que se levantaba como un viento de otoño, dispuesto a su vuelta para recuperarla.
Se fueron al alba, convertidos en el eco de torpes palabras, en el anhelo de esa libertad que conseguirían con sus almas.
El rey prometía unas ansias duras que esperaba duraran en la batalla. Muchos de los que se iban eran poco diestros en el arte de la lucha, pero un buen número de soldados siempre era mejor que una legión olvidada.
Muchos sabían que se marchaban para no volver, para desterrarse ante la muerte peleando por una causa que al menos parecía justa. Otros ansiaban alcanzar proezas dignas de poemas, de caballeros de armaduras brillantes, de canciones que nunca fuesen olvidadas.
La guerra no era otra cosa que un mercadillo de mujeres regateando sus cuerpos, hombres afilando el acero, y viejos ahogando sus miedos en mareas de cerveza y ron. Para lo más jóvenes, sus sueños se veían tocados por la grandeza que se decía venía con la estratagema, pero allí, de esplendor y valentía, había poco.
El miedo se paseaba a tientas como un viejo conocido, sembrando lágrimas en pechos fornidos, atacando los recuerdos de los más nobles guerreros.
La noche se vio trastocada por el rugir de los cuernos, el bullicio y los gritos se agitaron en el viento. De pronto, los hombres corrían por sus armaduras, los petos y las espadas. Algunos partían, otros huían, solo algo era verdadero, el enemigo atacaba.
El rey apareció en el claro, dispuesto de una falsa valentía, alentaba a los hombres, correr, unir sus escudos y luchar.
-¡Vamos, vamos, es nuestra oportunidad! – Se le escuchaba vociferar.
Y los demás hinchaban los pechos llenándose de honor y orgullo barato. Se encaminaban a la agonía, a la muerte. Pero nada de ello importaba porque morían como fieros combatientes, las malas decisiones no eran una causa para enviarlos al hades, solo lo era el no rugir y aventurarse a salvar a una patria desierta, a luchar por un hombre con corona.
Tharsus se arrojó con fuerza, agitaba su espada repartiendo tajos, derrumbando una muralla de escudos que se aproximaba hasta el frente de sus combatientes. Un caballo cayó abatiendo al rey, todos lo vieron precipitarse ante la nada, dejando un río de sangre y el horror ante sus filas desterradas.
-¡El rey ha muerto, retirada, retirada! – Gritaban algunos comandantes al ver una derrota implacable.
Ni él podía asumir los riesgos que habían corrido para aventurarse a una emboscada.
Apretó los flancos de su caballo y se dispuso a dar la orden de retirada. El campo acogía los cadáveres que se tendían, aún quedaban algunos que intentaban salvar su nombre. Allí no habían almas puras, allí solo habían egos que luchaban por ganar la fama.
Entonces la vio, al pie de la colina, con la sangre corriéndole por los brazos, Lorien sostenía la espada y se aproximaba al centro de la emboscada. Se maldijo por creer que ella aceptaría su destino y se quedaría a esperar que volvieran como héroes. Eso podría esperarlo de cualquier otra doncella, pero Lorien era diferente, obstinada, había dejado las faldas por las espadas, había aprendido a sobrevivir, a pelear, a ser una guerrera, todo para llenar de gloria el nombre de un padre que la había abandonado.
Giró la montura y se tendió a galope tras ella. Una veintena de lanzas se cernían en un círculo que dibujaba la muerte, pero Lorien no desistía, era fuego, era el océano, y cuando casi caía, sus manos sujetaron las de ella para tenderle el alivio de un sueño plácido.
-Casi los tenía – Replicó furiosa tras estar a salvo en lo alto de la colina.
-Sí, por poco y ganas una batalla tú sola. Eres tan terca, que un día nos va a costar la cabeza.
-A ti tal vez, pero para la próxima no intentes detenerme. No nací para la tranquilidad, para esperar en un mundo dominado por hombres. Soy como tú y como todos, así que exijo un poco más de libertad y confianza.
¿Cómo podía él desafiarla si había demostrado más temple que la mitad de los hombres que luchaban? No podía contradecirla, Lorien era todo menos una incauta. Después de todo se avecinarían nuevas batallas, y sin un rey, tenían mucho por pensar y organizar. Ya tendría tiempo de prepararse para sus miedos, o tal vez ella lo tuviese para apaciguarlos, la quería desmesuradamente, como el sol al cielo, y por esto la dejaría ir en busca de esa grandeza que podría tocar sus sueños.





Mabel
¡Qué belleza! Un abrazo Iris y mi voto desde Andalucía
manuc
Iris:Excelente cuento.Una narrativa prolija, agradable, con hermosas metáforas y una capacidad asombrosa para lo fantástico. Felicitaciones.
Cariños
manuc