La trastienda

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Mi padre siempre tuvo muy buen humor, era un hombre alegre y le gustaba el trato con la gente. Trabajaba en una vieja tienda de ultramarinos (de las que hoy en día quedan muy pocas), que era la típica tienda del barrio donde todo el mundo le conocía y apreciaba. Las clientas que acudían a la tienda le conocían desde que llegó al barrio siendo muy joven, y sabían que mi padre era un bromista. Raro era el día en que mi padre no contara un chiste o soltara algún chascarrillo que hacía sonreír a la clientela. De vez en cuando, gastaba alguna broma inocente a sus amigos y conocidos. Otras muchas veces, era él quien soportaba las bromas de ellos.

Era la época de Navidad, en aquellos días cercanos a las fiestas mi padre solía colocar un altavoz en la puerta de la tienda para que la gente que pasaba por la calle escuchase los villancicos y se animasen a entrar. Por aquel entonces no eran frecuentes los grandes escaparates con música y muñecos animados, como ocurre hoy en día; la tienda de mi padre era de las pocas que sacaban la música a la calle en el barrio. Mi padre solía poner una cinta de casete con villancicos que repetía una y otra vez. Era una satisfacción para mi padre ver la alegría en el rostro de aquellos que pasaban por la puerta y escuchaban los villancicos y algunas vecinas le decían:

-Como se nota, Julián, que ha llegado la Navidad al barrio.

A veces, a mi padre le surgían las bromas casi sin proponérselo. Ese fue el caso aquel día. Entró una clienta a la tienda y la mujer, que no había visto el altavoz en lo alto de la puerta, se sorprendió al escuchar las angelicales voces cantando los villancicos. Le preguntó a mi padre por aquellos cánticos navideños, y mi padre vio la oportunidad de gastarle una broma a la señora (vecina del barrio a quien conocía de hace tiempo).

-Esas voces son de un coro, son los niños cantores de Viena que los tengo atrás, en la trastienda –dijo mi padre lo más serio que pudo.

-Pero, ¿qué dices Julián? ¡Anda ya!, no te creo –respondió la asombrada clienta.

-Es verdad, los tengo allí; yo le doy unos bocadillos y ellos me cantan villancicos. ¿No me cree? Espera, que ahora se lo demuestro –dijo mi padre y se volvió mirando hacia la trastienda mientras decía:

-¡A ver, chicos callaos un momento que estoy hablando con esta señora! –dijo y, con disimulo, pulsó el botón de “pausa” del casete que tenía debajo del mostrador. Inmediatamente, las voces dejaron de sonar ante el asombro de la clienta.

-¡Será posible! Julián, ¿es cierto que tienes a los niños en la trastienda?

-Claro, mujer, aquí en la tienda no dejan sitio para las clientas –dijo mi padre siguiendo la broma.

-Es hora de que sigan cantando. ¡Vamos, muchachos, que no se oyen esos villancicos! –dijo mi padre mirando otra vez hacia la trastienda y pulsó el botón de “play” del casete. De nuevo, los villancicos volvieron a escucharse en la tienda.

Cuando ya la pobre señora no sabía qué pensar, y se imaginaba a los chavales austriacos sentados sobre los sacos de arroz, entre latas de conserva, cantando y comiendo bocadillos de jamón en la trastienda, entró un amigo de mi padre diciendo:

-A ver si cambias la cinta, Julián, que llevamos toda la mañana escuchando los mismos villancicos.

La señora se dio cuenta de la broma que le estaba gastando mi padre, quien no podía aguantar más la risa.

-Mira que eres bromista, Julián, y casi me lo creo. ¡Vamos! Y los niños cantores de Viena, ni más ni menos, en tu tienda. Hace falta tener imaginación…

Así, entre risas y chanzas, pasaba mi padre esos días en la tienda.

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    29 mayo, 2016

    Eso es una vida llena de felicidad, siempre hay que reírse ante tanta amargura. Un abrazo Alberto y mi voto desde Andalucía

    • Imagen de perfil de arcano

      arcano

      3 junio, 2016

      Gracias a todas por los comentarios tan bonitos. Un saludo

  2. Imagen de perfil de LluviaAzul

    LluviaAzul

    29 mayo, 2016

    Amigo mío, gracias por recordarme los días de risas, con mi abuelo. Ya no vuelven, pero es lindo recordar. Un abrazo, inmenso.

  3. Imagen de perfil de Miss_Eli

    Miss_Eli

    29 mayo, 2016

    ¡Qué anécdota más graciosa! Así daba gusto trabajar, con bromas, sin estrés y buen humor.

  4. Imagen de perfil de Claudio_3

    Claudio_3

    5 junio, 2016

    Buen relato. Hasta me olvidé del vacío del estómago que se apodera de mí los domingos por la noche. Saludos y mi voto

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