PARTE I
La del audífono
No tengo ya la menor duda. Cuando hace buen tiempo, la gente sale a buscar negocio a pie de calle, a ganarse la vida. Así ha sido siempre, más que nada porque no queda otra. Es así desde que los cavernícolas se quedaban limpiando o pintando la cueva cuando llovía y salían como locos a cazar cuando hacía sol. Tal vez el arte sea, en origen, la expresión del aburrimiento un día de lluvia. Hoy me he topado con dos personas buscando negociete mientras me dirigía a un curso de canto gregoriano para completar unas horas de formación que mi empresa nos requería para cobrar no sé qué cosa de no sé quién con el propósito de yo que sé.
El caso es que lo tenía que hacer y empecé a caminar hacia el lugar disfrutando de la luz del sol como una planta debe de hacerlo al transformarla en nutrientes. Ojalá los humanos pudiésemos hacer lo mismo. Si lo piensas bien, las plantas no tienen mediadores, hasta dónde me alcanza el entendimiento. Luz que viene, luz que usan. Nosotros, por el contrario, tenemos que cultivar campos o criar animales a través de un proceso engorroso que se llama trabajo. No me malinterpretes, trabajar está muy bien, pero no trabajar está mejor. Manos arriba, por favor. Los parados son seres afortunados, bien lo saben algunos gobiernos, que se esfuerzan para subir las cifras del paro velando por su felicidad. Y tú te dices, no lo pueden hacer mejor. Y sí, para tu sorpresa, sí que pueden.
Basta, porque a mí la temática de denuncia me repugna. Es sucia, como explicar la manera en que la atracción amorosa funciona. Volvamos.
Seamos sinceros, imagínate que te puedes tumbar a la bartola al sol media horita y que sea equivalente a comerte cuatro filetes con patatas fritas, un vaso de vino y un helado. Yo creo que es una muy buena idea aunque…sí, tal vez estés pensando que comeríamos sin querer desde el momento en que estuviésemos expuestos al sol. Para esa y otras cuestiones sea tan amable de consultar la bibliografía adjunta al final del relato.
En fin, la primera persona era una chica muy arregladita de falda roja y pelo negro azulado. Estaba apostada delante de una tienda cuyo cartel en la fachada anunciaba “Amplificaciones auditivas”. Cuando llegué a su altura me dio los buenos días y me preguntó si tenía un momentito.
-¿Qué? ¿QUEEEEEÉ?
-¿Le interesaría un audífono?
- No, no, nada de marranadas. Me estoy quitando.
-¿Cómo? ¿Pero usted sabe lo que es un audífono?
-¿Qué? ¡Oiga, que yo no le insultado!
-Pero…Es usted un gilipollas, señor.
-¿Aún encima me llama gilipollas?
-¡Ajá! ¡Le he pillado!
-Chica lista…
Nos reímos un ratito y nos despedimos. Normalmente le habría contestado inmediata y tajantemente pero no tenía prisa y vi una oportunidad excelente para cumplir uno de mis objetivos diarios: hacer reír a una persona. No importa si es una tontería, se trata de conseguir una sonrisa como quien busca el bonus del mes, como si yo fuese a una sonrisa lo que el coche a la gasolina. Evidentemente el humor es un animalillo escurridizo y lo que a alguien hace reír a otro le hace recordar a algún fallecido o enfermo. Humor es jugársela en frente de desconocidos pero una apuesta segura entre amigos. Un juego más, como todo el resto. He oído decir que el planeta es una enorme planta de reciclaje. Eso es mentira y un ignorante el que lo ha dicho. El planeta entero es una enorme broma macabra. La mejor broma. La broma de tu vida y la mía.
PARTE II
Captando fieles
Luego bajé en dirección al río y seguí caminando mientras los coches zumbaban a mi derecha. Iba pensando en los éxitos de canto gregoriano que conocía (Su Misa me gusta más) cuando levante la vista y miré a los ojos a un individuo que venía hacia mí. Ya la cagué, me dije. Me puso un panfleto en la mano y me dijo que no me comprometía a nada. Yo balbuceé viéndolo marchar que uno no cambia de religión antes de la merienda. Le eché un vistazo. Había familias felices, pajarillos bañándose en los ríos y citas de su libro sagrado, El Libro que Mola. En el reverso daban un correo de contacto pidiendo escritores para elaborar la segunda parte, pues era una religión de nuevo cuño aún en formación, como yo y el canto gregoriano. Me interesó muchísimo, pues tenía algo de experiencia en el sector. Bueno, me publicaron un relato en el cole y siempre me ha gustado inventar cosas para contrarrestar la realidad. Mi texto, por supuesto, pasaría por un filtro.
Con algo nuevo en las manos, me hice el curso y cuando salí estaba nublado. Así no me puedo alimentar, me dije. Y volví a comer a casa.
PARTE III
Día de mierda
Por la tarde fui a trabajar y llegué a la 1 de la noche a casa. Vaya día, de mierda. Para empezar, llegué tarde y el jefe me esperaba para llamarme la atención. Es la tercera vez este mes, Fernández. Ni siquiera sabe mi apellido, el tío, lo cual no sé aún si es bueno o malo. Mientras el tal Fernández no cobre mi sueldo me la pela. Me puse en mi escritorio y descubrí que me habían asignado todo el trabajo de un capullo que se fue de vacaciones con una sobrina de alguien importante con contactos en las altas esferas siderales. El inalámbrico se me cayó y se rompió minutos después de que un café caliente me quemase el muslo izquierdo y, de paso, la punta del rabo.
Entre tanto, los obreros decidieron que era el mejor día para reventarme la calma allí afuera y me caí de camino al baño en un charco de agua que goteaba desde el techo. Mis compañeros, en vez de ayudarme, me grabaron con el móvil y se rieron. No había papel en el baño y me cagué en bastantes cosas a parte del retrete. Al salir del baño, Manolo me cuenta que Sofía se fue el fin de semana pasado con Boris el de seguridad a un pueblo asturiano. Paso toda la tarde atendiendo llamadas de gente con la que no enfatizo lo más mínimo más allá de intercambiar unas coordenadas espaciotemporales. El jefe viene un par de veces a llamarme la atención.
Cuando salgo para coger el autobús descubro que hay huelga y comienzo a caminar a buen ritmo. Estoy a punto de explotar pero me animo diciendo que podría ser peor. Que mañana va a ser mejor. Un coche pasa a mi lado y me tiran una lata de refresco que se me estampa en la cara. Luego empieza a llover insistentemente y me resguardo en un bar de camino al piso. Pido una cerveza y me aflojo el nudo de la corbata. Con la cuarta cerveza y el segundo whisky la lluvia sigue arreciando. Meto un par de monedas en la tragaperras pero las ruedas no giran y pido otro whisky y otro hasta perder la cuenta, no así la dueña, que me observa como una urraca posada en la barra.
Retomo el camino a casa a pesar de la lluvia. A unos cientos de metros de llegar, un yonki me atraca pero luego le abrazo, lo que le deja desconcertado. Me río palpando los bolsillos, total, qué más podría salir peor aparte de olvidarme las llaves de casa. Llamo a casa a ver si me abre mi hermano, que ha venido de visita. No hay señales de vida. Llamo a la vecina, que me abre con mala cara. Al fin dentro, me descalzo y me corto un pie por el pasillo con un cristalito verde. Hay ruido en el salón pero voy a la cocina, donde se amontonan pirámides de cacharros. Huele a quemado y hay manchas pegajosas por todas partes. En la habitación recibo la buena noticia de que el gato me ha destrozado el sillón de cuero nuevo y el cuadro que me han regalado recientemente en que vemos como un árbol estrangula a un leñador.
Voy al baño de nuevo, vomito profusamente con el olor a meados por todas partes y un condón flotando en el centro. Me limpio con la manga y tiro de la cisterna. Voy hasta el salón siguiendo el ritmo de la música electrónica. Abro la puerta y la combinación intensa de olor y sonido me azotan la cara. Mi hermano está allí en el sofá con tres o cuatro personas rodeando una mesa sosteniendo lo que no me apetece ver. Le digo hola, qué pasa y que baje la música. Él asiente con una onomatopeya y luego se da tortazos en la cara.
Me voy a mi habitación y cierro la puerta. La música sigue al mismo volumen. La ira parece salirme por las orejas y escurrirse por el suelo. Voy al salón de nuevo y le grito a mi hermano que baje la puta música de una vez, lo cual hace reticentemente y con problemas psicomotrices. Vuelvo de nuevo a mi habitación y abro la tapa del ordenador para escribir eso del panfleto que me dieron hoy.
PARTE IV
El texto
Al principio todo era un gran vacío hasta que dios se sacó de la manga la luz y la oscuridad y la plantó en el universo. Luego cogió un poco de arena y la esparció a lo largo y ancho. Con lo que sobró hizo un planeta vulgar en un sistema solar ordinario en una galaxia ordinaria. Le llamarían tierra a pesar de haber más agua. Creó moléculas, microbios, animalillos y plantas de muchas formas, colores y gustos musicales. Y vio que todo estaba bien colocado porque nadie se quejaba. Pero faltaba algo…así que se tomó un bocata y luego siguió.
Y el primer día después del bocata (DB) hizo a un gilipollas y vio que todo estaba bien.
Pero no estaba tan bien, porque el segundo día vio que el gilipollas estaba solo y creó una gilipollas para mutuo disfrute, pues la gilipollez no se valora en soledad sino que es un producto eminentemente social.
El tercer día vio que había muy pocos gilipollas en el mundo. Pero para asegurarse buscó la complicidad de los dos originales y les preguntó si querían más gilipollas con ellos. Y ellos gritaron sí sí sí, queremos más. Muchos más.
Y entonces estuvo dándole a la manivela haciendo gilipollas el resto de la semana; Jueves, Viernes y Sábado. Sin parar. Dicen que el mar está hecho del sudor de este dios.
Y el Domingo quería descansar pero faltaba mi jefe, Boris, mi hermano, Sofía y, sobre todo, yo.
PARTE V
Sofía está en la puerta
Me levanto con resaca nivel 7.3 de 10 (Ojito a la escala). Hacía mucho que no bebía. Y siempre me olvido de hidratarme. Me quedo cinco minutos en la cama. Ayer. Ayer se fue y me ha dejado un amargo sabor en la boca, menos dinero y un correo con un texto adjunto que nunca debí haber enviado. Un día malo lo tiene cualquiera. Hay alguien en mi cabeza que me dice lo que tengo que hacer paso por paso pero le bajo el volumen como buenamente puedo y cierro los ojos. Mi hermano entra apestando a alcohol y bostezando.
-Una tal Sofía está en la puerta y pregunta por ti.
-¿Qué hora es?
-Las 11. Dice que hoy quiere ir contigo al curso de canto georgiano.
-Hazla pasar al salón…a la cocina…¡Espera! Dile que me espere en la cafetería de abajo.
PARTE VI
El paseo
-Entonces, ¿qué tal todo? Manolo me ha contado que pusiste mala cara cuando te dijo lo de mi viaje con Boris.
-¿Ah, sí? Manolo tiene mucha imaginación, por eso trabaja en la oficina con nosotros. No te preocupes.
-Sí me preocupa. Que sepas que simplemente fue un viaje…
-¿De placer?
-De placer, sí. A mí me gustas tú, pero eres tan…Eres tan complejo que cuando creo entenderte haces un quiebro de nuevo, como si tuvieses miedo de que lograse descifrarte. Boris es sencillo, sin dificultades. Follamos, me cuenta una historia de su tierra y luego vamos a dar una vuelta o nos quedamos viendo una película.
-¿Por qué me cuentas esto?
-¿Tú qué crees?
-Cada vez sé menos cosas.
-Venga ya, no seas gilipollas.
-¡Qué remedio!
-Mira que eres difícil.
Suena una campana y la pareja mira alrededor en busca del origen del sonido. Allí arriba, sobresaliendo entre unos edificios de piedra, se eleva la torre del campanario que ha dado por finalizado el asalto. Se miran a los ojos y luego a los labios. Esa noche lloverá sobre mojado.





Mabel
Muy buen Cuento. Un abrazo Andrés y mi voto desde Andalucía
Iván.Aquino L.
Va mi voto y mis saludos Andrés.
jon
Buenos ejercícios, amigo Miranda.
jon
…si solo se perdiera un asalto…
Loremac
Buenísimo relato, mi voto,te seguiré leyendo y te invito a pasar por mis poesías,cariños!!!