Sentado en un banco

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De chico a veces hablaba consigo mismo en voz alta, cuando se quedaba solo en casa. Un día, creyendo que no había nadie, su madre le sorprendió entablándo un acalorado monólogo. Tras el desconcierto inicial, ella no supo si reirse o preocuparse. Ambos lo dejaron pasar.

Abandonó esa costumbre cuando cambió de casa y ésta se fué llenando de nuevas voces a las que escuchar, de risas y bullicio, que fueron ocupando cada uno de los rincones del caserón.

Hace muchos años de aquello.

Desde hace un tiempo andaba extrañado de que la chiquillería, en sus paseos por las calles, ocultase pequeñas risas tras sus diminutas manos cuando pasaban delante de él. Lo entendió el día que consiguio cazar unas palabras dejadas atrás, «viejito loco». Sin darse cuenta había vuelto a su antiguo hábito, para llenar el vacío, tener una voz íntima con la que contarse, sentados en el banco, sintiendo de nuevo su calor.

Comentarios

  1. Mabel

    2 mayo, 2016

    Muy buen relato. Un abrazo y mi voto desde Andalucía

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