Viaje a Italia 1. Primer impacto sobre Roma

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LUNES 8 DE SEPTIEMBRE DEL 2003. PRIMER IMPACTO SOBRE ROMA.
El avión de Alitalia con destino el aeropuerto ‘Leonardo da Vinci’ (Fiumicino) de Roma despegó con más de sesenta minutos de retraso. La hora oficial era las 7:15… Pero, querido lector, no lea tan a la ligera. Ponga atención: ¡El avión debía despegar a las 7:15! Esto significa que nos levantamos a las 4:30 de aquel lunes, con más sueño del que se puede imaginar; comimos por inercia un donnut de chocolate sin hambre, apenas sin saborear, conscientes de que debíamos llenar el depósito para la larga mañana que nos esperaba. A pesar de nuestro estado semi consciente, mi hermano y yo, metimos las maletas en el coche y pusimos rumbo al aeropuerto de Madrid-Barajas tan felices. Y es que “sarna con gusto no pica”, y una cosa es madrugar para trabajar y otra para viajar.
En el mostrador de Panavisión un impertérrito caballero nos dio los billetes de avión (de ida y vuelta), dos bolsas de viaje de la Agencia ¬—de un amarillo chillón que se veía desde el Hispasat—, un porta-documentos y una Guía Turística de bolsillo que en 80 páginas explicaba toda Europa, norte de África y Oriente Próximo; vamos, algo así como muy completo y resumido.
Tras pasar los trámites de aduana, recorrimos los pasillos hasta encontrar nuestra puerta de embarque y allí esperamos pacientemente a que se abriera, cosa que no fue fácil. Como sabemos, el vuelo sufrió retrasos. La razón era la siguiente: desde el controlador de Bruselas se informa de mucho tráfico aéreo. Esta explicación tan misteriosa, sobre todo teniendo en cuenta que para ir a Roma, pasar por Bélgica parece dar mucha vuelta, no terminaba de convencer a nadie. Sonaba como muy rebuscado, así como falso; aunque igual era verdad.
Ya en el aire, por la ventanilla vimos nítidamente como atravesábamos la isla de Palma de Mallorca por la mitad. Como en un mapa gigante, con los colores especialmente logrados, distinguimos la ciudad de Mallorca, la Sierra de la Tramontana y Formentor. Al poco apareció Menorca y de nuevo el mar.
Tras el desayuno que Alitalia nos ofreció —que no estuvo mal, al menos comparado con los que recordábamos de la compañía aérea patria más famosa—, apareció por la ventanilla el mapa en tres dimensiones más realista posible de la zona norte de Cerdeña, pero como no tenemos el gusto de haber recorrido desde el suelo esta parte de Italia, no despertó el mismo interés que las Islas Baleares.
Justo delante nuestro iban unos viajeros que, en adelante, llamaremos ‘Los Cuatro de Primera’. Efectivamente, iban en primera, pero porque al facturar ya no debían quedar más plazas en turista… Eran cuatro solterones entrados en años, de muchos dineros y de modales campechanos. Algo así como Paco Martínez Soria y tres más del pueblo. Dicho sea con admiración y respeto.
Al bajar del avión nos reunimos todo el pasaje ante la cinta que debía de escupir las maletas. Tardó una hora larga en salir el equipaje, lo cual cabreó absolutamente a todo el mundo. Entre unas cosas y otras, el viaje Madrid-Roma había durado tanto como ir a Moscú.
Después hubo un pequeño desorden con los guías y vimos como Los Cuatro de Primera se iban con otro grupo. Cosa esta que no lamentaríamos lo bastante, ya que todo apuntaba a que podían ser una fuente inagotable de anécdotas graciosas. De cualquier modo coincidiríamos a menudo, como ya podrá leer en su momento el impaciente lector.
Pilar, la guía, era una persona atolondrada y desesperante. Empalagosa a la hora de hablar y muy dada al contacto físico. Así, no se cortaba en echarte mano al hombro o donde fuera aunque no te conociera de nada. Siendo sinceros, poco nos habría importado esta costumbre si la mujer hubiera guardado algún parecido con Salma Hayed, pongamos por caso, pero, querido lector, la buena de Pilar era todo lo contrario.
—Han llegado a un país del que se van a enamorar —nos dijo la guía mientras el autocar cubría la distancia del aeropuerto al hotel, aunque enseguida empezó a meter miedo—: Pero no se crean, porque aquí se come bastante mal. Olvídense del pescado, aquí es carísimo, de las legumbres… aquí van a comer y cenar pasta y carne: cerdo, pavo… y, además, la pasta estará dura. ‘Al dente’ dicen aquí. No dejen dinero en los hoteles. Ah, y no se crean, en Italia un hotel de cuatro estrellas es como uno de dos en España… Olvídense de las bañeras en los hoteles. En Italia verán un plato de ducha y gracias. Y no se asusten si comparten habitación con parte de la fauna local.
Resultaba un poco deprimente escucharla, sobre todo recién llegados. Era como si hubiéramos aterrizado en un país del tercer mundo. Con el pasar de los días, y excepto en el tema culinario, pudimos comprobar que todo eran exageraciones suyas. No vivimos grandes lujos, pero tampoco pernoctábamos en una osera llena de murciélagos.
De pronto refirió algo que nos llenó de alegría:
—Yo no seré vuestra guía, sólo os llevo al hotel. Vuestro guía se llama Ignacio. —De repente cambió el semblante, se puso muy seria y fulminando con la mirada al que sería el líder del Sexteto Maravilloso dijo —: No me estarás grabando, ¿verdad?
—No, no… Está apagada —respondió el chaval, seguramente mintiendo y apartando su vídeo cámara.
El Sexteto Maravilloso estaba formado por un grupo de tres parejas de recién casados. En general nos cayeron muy mal desde el primer momento. Eran las típicas personas que dicen gracias sin gracia, una detrás de otra y en voz alta, compartiendo sus tonterías con el grupo sin que nadie lo pida, acompañado todo siempre con risas y jolgorios—, pero con el tiempo aprendimos a soportarlos. O no.
Llegamos al hotel Beethoben hacia las 12:30. Mientras el Sexteto Maravilloso se formaba oficialmente, nosotros tomamos la delantera y subimos las maletas a nuestra habitación. Hasta ese momento no se conocían, pero como si pudieran distinguirse por el olor o algún halo luminoso sólo visible por ellos, se identificaron como miembros de su propia especie. Eran viajeros de Luna de Miel. Eso les unía y distinguía del resto de la manada que formábamos el grupo de viajeros. Se presentaron los unos a los otros de forma compulsiva y, un minuto después, parecían amigos que se conocieran desde la infancia.
Tras la primera revisión de nuestra habitación, algo asustados tras las indicaciones de Pilar, lo único que nos sorprendió fue el baño: tenía un tamaño casi como la mitad de la habitación con una puerta muy ancha. En una esquina había un plato de ducha sin mampara de un metro cuadrado. En la otra esquina una inodoro que también servía de bidé con todos los accesorios en un costado. Pero la taza era enorme e incómoda. Daba miedo incluso asomarse a ella, como si fuera la boca de un pozo.
—¡Joder! Con todas las cosas malas que nos ha dicho Pilar, se ha olvidado de esto. Esperemos que no sea así en todos los sitios.
Y no fue así. En Italia los inodoros son como en España pero resulta que aquel era un baño equipado para usuarios discapacitados. De este detalle nos enteramos en Madrid, cuando contamos la anécdota, y es que viajando se aprende un montón.
En la pizzería más cercana al hotel compramos dos porciones de pizza y nos las comimos de pie, en las cercanías de la parada del autobús. No había un minuto que perder. Ya en el transporte, de pronto vimos la estación de metro de Cornelia. Bajamos del autobús y nos metimos a un submundo de suciedad y oscuridad. El Metro de Roma es bastante siniestro pero cuando llega el tren te das cuenta que podía ser peor: no hay un solo resquicio en los vagones que permanezca con su color original: el metro es una pintada en movimiento de lo más desagradable. Por lo demás, el medio de transporte cumple con su cometido con aparente diligencia.
Nos bajamos en la estación Cavour. Nuestro primer objetivo era visitar la iglesia de San Pietro in Vincoli y ver el Moisés de Miguel Ángel, pero estaba cerrada y no abriría hasta una hora después. Sin desfallecer por ello, pusimos rumbo al Coliseo. Así, bajamos por la Vía de Annivaldi y nos dimos de bruces con el Anfiteatro, enorme, imponente, sensacional. He de confesar que una de las cosas que menos me atraía de este viaje eran las ruinas de la Roma Imperial, porque en las fotos aparecen cuatro columnas rotas… pero al estar de repente allí, frente al Coliseo, un edificio que debió dejar pasmado a sus contemporáneos, quedé apabullado. Es como retroceder dos milenios de golpe y asumir la impensable verticalidad y grandiosidad de los edificios de la antigua Roma. Rodeamos la edificación sopesando cómo habían podido construir algo así en aquella época. Nos acercamos hasta el contundente Arco de Constantino y después avanzamos por la Vía de los Foros Imperiales. A pesar de lo asombroso de la zona, fuimos fuertes y giramos por la Vía Cavour en dirección a Santa María la Mayor. Esta Basílica es una de las cuatro grandes de Roma, junto a San Pedro, San Juan de Letrán y San Pablo Extramuros. Vimos el oro español que recubre su techo y la enorme estatua blanca del papa que reza delante de unos maderos que, al parecer, son parte del pesebre donde reposó Jesús al nacer.
—Pero si son cuatro tablas de una caja de pescado —apostillé, con mi habitual mala idea siempre que me encuentro ante una de las supuestas “pruebas” de las que se vale la Iglesia para afianzar su mitología. Como no recordar, en este caso más que nunca, las palabras de Fray Guillermo de Baskerville en el ‘Nombre de la Rosa’: “Fragmentos de la Cruz he visto muchos, en otras iglesias. Si todos fuesen auténticos, Nuestro Señor no habría sido crucificado en dos tablas cruzadas, sino en todo un bosque.”
Sin descanso, seguimos nuestro camino por la Vía Merulana y luego torcimos por la Vía Giovanni Lanza, pasando justo por en medio del Monte Esquilino, donde estaban las Termas de Trajano cuando este español era un líder mundial. Es bonito, pero está tristemente lleno de gente con muy mal aspecto. Quizás eran bellísimas personas, pero por si acaso aceleramos el paso.
Aquello fue un atajo para volver a San Pietro in Vincoli, nuestro primer objetivo. Y así nos plantamos enfrente del gigante que se mesa la barba. El primer contacto con una estatua de Miguel Ángel es algo difícil de describir. El Moisés, que te sostiene la mirada en todo momento, se le veía más severo que nunca, inquietantemente real. Parecía enfadado con un andamio que, a su derecha, afeaba el conjunto. El restaurador llegó en ese momento y se puso a lo suyo. Mi hermano estudió una foto de la estatua evitando sacar el andamio. Yo le propuse que sacara también el andamiaje, con restaurador y todo, y así hacer una foto original donde se percibiera a las claras (por comparación con el restaurador) el tamaño de la estatua. Ni caso, oyes.
De nuevo en la Vía Cavour y a buen ritmo llegamos a la Vía de los Foros Imperiales. Allí, ante el foro de Trajano, hicimos fotos memorables y nos acercamos hasta su gigantesca columna, donde hay relieves describiendo las tropelías varias que este español universal acometió contra los Dacios, esto es, los rumanos de aquel momento.
Yo tenía muchas ganas de ver la Columna de Trajano y más o menos, detrás del andamio que la recubría, algo atisbé. Se ha parado a pensar, docto lector, que Trajano ha sido uno de los pocos españoles (junto con Carlos I, Felipe II, Adriano y alguno más) que más poder ha tenido en la historia; que ha sido el dueño de un Imperio. Y, ya ves, español de Santiponce, de Sevilla, como la Pantoja.
Pasamos por la Piazza Venezia y admiramos de lejos el mastodóntico Monumento a Víctor Manuel II y su Altar de la Patria. Rápidamente nos metimos por la Vía del Plebiscito para embebernos dentro de la Roma de los rincones con encanto. Paramos en la iglesia Il Gesu, donde está la tumba e San Ignacio (patrón de nuestro barrio de Madrid, como no entrar), y en la iglesia de San Ignacio, donde hay un célebre fresco en el techo. Como cualquier turista informado, buscamos la señalización del centro de esta iglesia y, desde allí, levantamos la vista para admirar con todo detalle la profundidad que el artista logró. Y, por fin, llegamos a la Plaza de la Rotonda con el increíble Panteón, el edificio de la antigua Roma mejor conservado en la ciudad y que tiene medidas perfectas: su cúpula es una semiesfera y lo más sorprendente es que dentro de la nave, cabría la esfera completa. Dicen que Miguel Ángel se quedó extasiado ante esta construcción. Nosotros también.
Intentando salir a la Vía del Corso a cualquier precio nos topamos con la Plaza di Pietra, con sus enormes columnas romanas a un lado. Había gente por todos lados y el lleno fue casi absoluto cuando, tras tomar la Vía Condotti, llegamos al punto final de la tarde: La Piazza di Spagna. Estábamos reventados. Mi hermano se negaba a subir la célebre escalinata, pero yo, sacando fuerzas de no sé dónde, coroné la cima, dejando atrás 170 escalones y varios centenares de personas que se sentaban en ellos.
Este recorrido, así dicho, parece poca cosa, pero una vez en Madrid, mapa de Roma con escala 1:12500 y regla en mano calculé que lo que andamos en apenas cuatro horas y parando en según qué sitios para hacer fotos o ver los monumentos e iglesias, subiendo y bajando escaleras, con constantes cambios de ritmo y cargados coda unos con su mochila de viaje, fue de unos doce kilómetros aproximadamente. Como ya supondrá el sagaz lector, este primer exceso nos pasó factura seriamente en los siguientes días, porque estas cosas se hacen siempre sin calentar y con un viaje de avión en el cuerpo.
La vuelta al hotel fue una pequeña odisea porque al bajarnos en la estación de Cornelia vimos que nuestro autobús no pasaba de vuelta por allí, ya que había obras. Tras unos minutos de desorientación encontramos una parada en otra calle. Esperamos resignados ya que no pasaba ni uno. La gente, sin embargo, no parecía contrariada con la espera, pero mi hermano y yo empezábamos a mosquearnos. Al cabo de 45 minutos decidimos coger un taxi. Tras arrancar, como no podía ser de otro modo, apareció el autobús.
Tras la cena montamos en nuestro autocar —que por cierto, tuvimos que esperar 15 minutos, ya que nuestro conductor, Alexandro, no era muy puntual, aunque reunía otras sorprendentes cualidades de las que el lector ya se dará cuenta— para iniciar nuestra primera excursión incluida: ‘Roma de Noche’.
A la altura del McDonals de la Vía Aurelia subió nuestro guía local: Stefano. Este señor de pelo blanco hablaba un castellano mezclado con italiano y no era capaz de pronunciar la erre, de modo que siempre utilizaba la ere. Le ponía mucho entusiasmo a sus explicaciones y movimiento de brazos al más tópico estilo italiano. Todo acompañado de una bondadosa sonrisa, lo que hizo que resultara muy agradable su compañía.
—Allora, iniciamos nuestro recorido por la Roma Baroca. (no se olvide, estimado lector, de pronunciar ‘ere’ y no ‘erre’ cuando lea los diálogos de Stefano).
Tras un breve trayecto en autocar por la zona rica de la ciudad, nos bajamos delante del Palacio de Justicia, a orillas del Tíber.
—Nosotros —decía nuestro guía—, los romanos, lo llamamos Palacio de la Injusticia.
Iniciamos otra kilometrada inolvidable: Tras cruzar el puente Umberto I, callejeando llegamos a la Fontana de Trevi. Allí pedimos deseos varios tirando monedas de peseta (no euros) a la pileta.
—Allora que somo romano (por haber echado el dinero en la fuente) podemos seguir nuestro recorido.
En la Plaza de la Rotonda, el Panteón de Agripa ya estaba cerrado, pero de noche, en la penumbra, resultaba igualmente espectacular, con sus columnas inmensas y su friso gigantesco.
Callejeando por rincones variopintos llegamos al final de nuestra excursión:
—Y aquí está —nos enardecía Stefano—: El estadio olímpico, la Piazza Navona.
Y efectivamente, allí estaba, con sus increíbles conjuntos escultóricos de Bernini. Mi hermano y yo paseamos despacio, mirando con detenimiento cada estatua, cada fuente… No había prisa… Nuestra cansada maquinaria no daba más de sí, necesitaba de descaso urgente.
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Próximo capítulo: Toda Roma en 60 minuti
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GRACIAS !!

Comentarios

  1. Imagen de perfil de dmonclusarr

    dmonclusarr

    28 mayo, 2016

    Genial! Esta nueva serie de Roma promete..pensaba que no podía ser mejor que la de Egipto pero ya el primer capítulo me ha enganchado. Que grande Roma…
    Espero impaciente el próximo capítulo. Bravo!!

  2. Imagen de perfil de Claudio_3

    Claudio_3

    28 mayo, 2016

    Copn tu artículo me transportaste a Roma. Si muero, por favor esposa adorada, que tal vez leas estas líneas, esparce mis cenizas por Roma y Florencia :-)

  3. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    28 mayo, 2016

    Un recorrido que te invita a pasear por tantos bellos lugares. Un abrazo y mi voto desde Andalucía

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