Toc… toc… toc… La puerta sonó tres veces. Cruzaron sus miradas por un par de segundos, mas pareció una eternidad. Ambos sabían qué significaba aquel llamado, en el primer piso, a la puerta de entrada de su casa, a esas altas horas de la noche y en esa fecha del año.
Toc… toc… toc… Sonó de nuevo. Ella comenzó a temblar de miedo. Se habían dicho que serían fuertes, pero ahora, con eso llamándolos, ahí, en ese preciso instante, parecía imposible mantener la calma.
-Iré yo –dijo él, solemne. No sin antes sacar el último cigarro de la cajetilla que guardaba celosamente en su velador. Él no solía fumar, sólo lo hacía en aquella época del año. Cuando las noches eran más largas y heladas que nunca, aquel sucio hábito regresaba junto con… junto con eso.
Se incorporó en la cama hasta quedar sentado. Su cuerpo, ahora cubierto sólo por sus calzoncillos, comenzaba a sentir el gélido abrazo de la noche. Encendió su cigarro con manos temblorosas. Dio una profunda bocanada, como si fuera el último cigarro que fumaría en su vida. Ella se limitó a quedarse recostada, evitando mirar a su esposo.
Toc, toc, toc… Los golpes comenzaban a ser más seguidos; se estaban demorando mucho en abrir la puerta y lo sabían. Pero él todavía no lograba reunir el valor suficiente. Oh Dios, no. No fue hasta cuando ya sólo quedaba menos de un centímetro de cigarro por quemar, que él se levantó de la cama. Se puso sus pantuflas y su bata y le dedicó una última mirada, cargada de temor y, tal vez, de súplica, a su esposa. Al no encontrar respuesta en sus ojos, se dirigió por el pasillo hasta las escaleras cual hombre que camina hacia su ejecución.
Toc, toc, toc… toc, toc, toc… Los golpes comenzaban a ser más fuertes e impacientes. Si demoraban más, eso entraría por sí mismo y les haría pagar caro; habría castigo doble, o quizá peor. El mero pensamiento lo hizo estremecer.
La escalera le pareció eterna, y cada escalón que descendía se sentía como una daga congelada incrustándose en su corazón.
Hace unos años, él pensaba que debía haber alguna forma de negociar con eso, de zafarse de su maldición. Pero esos tiempos habían quedado ya muy atrás, después de perder a un hijo, y a una parte de sí mismo, de su humanidad, cada año que pasaba, sabía que sólo cabía resignarse; entregarse a la oscuridad, entregarse a eso.
Con un intenso mareo y el pulso por las nubes, él hombre posó la mano sobre el pomo de cobre y lo giró lentamente. Finalmente abrió la puerta de entrada y se encontró frente a frente con el antejardín, las hojas secas dispersas por el pasto, el cual se extendía hasta llegar a la acera y ésta a la calle, y nada más. Se halló sorpresivamente solo, iluminado tan solo por los faroles y la luz de la Luna. No había nadie más que él. En un principio no supo qué sentir, pero conforme pasaron los segundos y se fue alejando el miedo sobrecogedor, vino la calma. Sentía ganas de reír, de llorar y de gritar. Al fin eran libres, tras perder a todos sus hijos y tras todos esos años de sufrimiento… Seguramente eso estaría satisfecho, y los estaba librando de la maldición. Cerró la puerta y dio media vuelta, echándose en el suelo. Las lágrimas comenzaron a caer irrefrenablemente. Cinco nombres comenzaron a rondar en su cabeza como una sentencia, cinco años de pérdidas, dolor y miedo que llegaban a su fin, pero no sin antes haberle arrebatado todo lo que amaba, todo.
-Todo –sollozó él, en la habitación vacía-. Te lo llevaste todo.
-Todavía no –le susurró la voz de su primogénito nonato; eso.
Acto seguido la puerta de entrada se abrió de golpe de par en par y un grito primal de horror fue ahogado en la penumbra. A kilómetros a la redonda se podían escuchar a los perros ladras y a los bebés llorar.
La mañana llegó por fin a las 7 del día siguiente. La mujer bajó las escaleras con paciencia, enfundada en su bata y sus pantuflas. Cerró la puerta de entrada justo cuando la helada brisa matutina se colaba al interior. Se arropó más aún tras cerrarla, tiritando de frío y subió a la cama de nuevo. Aquel día, tras quedar sola en esa casa tan grande, que solía albergar tanta gente, no tenía ganas de salir de la habitación.




Mabel
¡Impresionante! Un abrazo y mi voto desde Andalucía
VIMON
Buen relato de terror. Va mi voto.
Claudio_3
Buen relato pero personalmente quitaría el toc toc toc. Es muy dificil con los sonidos en un poema o en un relato, la poesía de Cesar Vallejo, poeta peruano, me ayudó mucho.
nxoxex
Muy bueno! Tiene mucho suspenso, muy buena construccion