A G U A
Desde el paseo marítimo, aquello sólo era una silueta alargada entre el agua y el cielo; oscura, pedregosa y deformada; que no parecía ni construcciónhumana, ni obra extraña de la naturaleza. Pasabas de largo; después de haberla visto, mirado y desdeñado; aunque, a veces, te sorprendías porque girabas la cabeza para volver a verla. Otro día cualquiera, alguien te diría que era un antiguo faro; y, casi sin preguntarlo, te añadiría que el nivel del mar había subido, inexplicablemen –te, año tras año; hasta abandonarlo, parcialmente, dentro del agua.
El otro-el faro de verdad- era majestuoso: un sitio privilegiado en el camino que limitaba la playa; gente alegre turisteando con placidez y deseosa; zona urbanizada con las moderneces correctas de parques, servicios ciudadanos, espacios y limpieza esmerada;…en fin, un faro funcional, sostenible, integrado y orgulloso; pero, no te decía nada importante. En suma, ni uno ni otro te iban a robar tiempo alguno. ¡Ah! El nuevo- se me olvidaba- tenía cerca una sala de copas, bailes y algo más…
Su farera –una mujer aún joven- descendía de los que habían sido titulares del antiguo; una saga que nunca abandonó ese trabajo que, quizás, la soledad y el mar le habían metido en la sangre; aunque aquella, además, tenía su titulación universitaria adecuada; necesaria para hacerse cargo del nuevo desde que se inauguró. En el viejo, sólo había vivido de niña hasta que se cerró definitivamente. Después, durante unos años, no tuvo ninguno de los dos; sólo el recuerdo…
Estas cosas -que ahora sabías- se comentaban a pie de playa, porque el faro despertaba inquietud y curiosidad entre los veraneantes; y, siempre, alguien contaba lo que se decía sobre sus circunstancias, incluyendo la extrañeza de su permanencia en el mar.
Sólo parecía ser útil como punto de unión entre los dos brazos arqueados del corralito –isla artificial de rocas y agua enlagunadas- que, a su vez, permitían llegar andando hasta aquel torreón –lo que ahora parecía-. Precisamente, el día que lo viste, un grupo de críos caminaba hacia él sobre las hileras de rocas casi sumergidas, que cerraban aquel vivero hecho por el hombre; aunque ni siquiera miraron la ruína que se alzaba delante…
De noche, muy de madrugada el entorno del edificio nuevo cambiaba la sensación que se respiraba en el ajetreo diario. El cielo, el mar, la playa, el paseo, el mobiliario urbano; todo hasta el faro, estaba unido en un relieve continuo de sombras caprichosas pegadas entre sí. El rumor del oleaje, los ruídos nocturnos y pisadas solitarias mantenía un sonido deshumanizado; la lejanía de las aguas, cuando se acercaban, también movía lo que aquí se encontraba; y el olor marino, denso y penetrante, inundaba el paisaje entero…La sensación, ahora, presentía lo no humano, el peligro, el misterio y el poder del mar; era curiosa, pero tenía miedo.
Asimismo, detrás de su fachada, oscurecida y perfectamente sólida, el alto edificio se percibía algo diferente, cuando se hacía de noche. Obviando las salas y dependencias propias de la maquinaria del faro que, por supuesto, rebosaban tecnología, orden y pulcritud; el resto, incluída la vivienda, era acorde con una construcción de concepción moderna que no sobresaltaba a nadie. Pero el ascensor y el montacargas, moviéndose en la soledad y en el vacío, dejaban un hueco en el ánimo la farera y los escasos operarios –cuando los usaban- que podía llenarse, al menos, de cierto malestar.
Por eso, de madrugada, todos tenían reparos en usar los dos elevadores; Y, aún menos, una escalera de piedra –para emergencias eléctricas- que subía adherida a las gruesas paredes interiores. Aquí, como en la calle, la oscuridad, los ruídos, las distancias engañosas y el mar olido o penetrado desde el fondo; preñaban las sensaciones de inquietud y temor por lo desconocido
No era extraño, por ello, que los sitios en que pasaban casi todo el tiempo libre, incluso de día, estuvieran en las partes altas del faro ó en la calle; porque en éstos se sentía seguridad y control.
Y, además, -sólo parecía notarlo la mujer- el edificio tenía su propia rareza; bajo los mismos cimientos y dentro de sus paredes. Sonidos –casi imperceptibles, porque se confundían con los de la actividad diaria- continuos, graves, rumorosos, barboteantes y movidos; que no cesaban nunca si los había escuchado más veces; y, que, además, ni podía explicárselos, ni lo preguntaba - pese a su extrañeza y a la molestia que le causaban-, tratándolos como si fueran el ruído de fondo de su mente. A veces, en algunos de esos momentos de pesadez, sus oídos creían reconocerlos, haberlos sentido esparcirse y subir; entonces, acababa en una ventana, mirando, absorta y preocupada, al faro antiguo.
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Aquella tarde, deambulabas por el paseo marítimo como solías hacer todos los días; para curiosear las cosas y las gentes que abarrotaban la zona. Pocas sorpresas hoy: un escultor playero más pendiente de su apatía que de su obra –un gran cocodrilo-; una pareja que llamaba la atención por el entusiasmo que mostraban; un puestecito de mariscos, resecados como mojama; y otro, con algo que buscabas: caramelos de café para mantener una conducción despierta. Pero, a pesar de esto, no había sorpresa; sino el habitual abigarramiento de las calles veraniegas.
Pensaste en cenar, aunque la inminente puesta de sol te mantuvo quieto y en silencio mientras acontecía. Después, anocheciendo, el mar, despoblado de bañistas, no te dejó marchar para hacer lo tuyo; y permaneciste más tiempo que otras veces, mirándolo sin pensar nada.
El faro antiguo.., el corralito.., los brazos de piedra.., tres jóvenes dirigiéndose al primero…Recorrías la zona escudriñando las aguas densadas de azul; y, de golpe, te sobrecogiste por algo: los chicos, las rocas casi cubiertas, lo lejano de la orilla, la despreocupación, el mar tras el torreón, la oscuridad cayendo..; cada dato, tiró de ti hacia el miedo…hasta que solo, te recobraste. Respiraste con fuerza, negaste con la cabeza y fuiste a hacer tus cosas.
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Unos días después, un suceso y su desenlace previsto, por el momento, había sido conocido y comentado por todo el pueblo:”tres jóvenes –los que habías visto- habían desaparecido en el mar, en las cercanías del faro antiguo, a la vista de numerosas personas que paseaban, pescaban o marisqueaban muy cerca de ellos. En los días siguientes, no pudo encontrarse nada de los mismos.”
Desde que lo supiste, tu mente halló un torbellino de explicaciones lógicas, irracionalidades, presentimientos y vaivenes de terror…
Ella, también, conoció la noticia; pero lo que le subió a la cabeza fue el recuerdo. Primero, una visión brusca se abrió paso desde sus ojos de niña y vio muertos, que había visto vivos un instante antes de caer arrastrados al agua; después, algo apagó la imagen y se quedó bloqueada en cuerpo y alma. Pasaron horas sin salir del estupor; hasta que, mecánicamente, prosiguió realizando sus trabajos en el faro; como si todo estuviera normal.
Al final de aquella jornada la farera, aparentemente tranquila y segura, salió de su edificio, bajó a la playa y se acercó al camino de rocas.
Tú, apoyado en la balaustrada desde hacía rato, miraste a aquella mujer sin extrañeza; pero, cuando reparaste en lo que iba a hacer con tal decisión; el caos que temías dentro, ahora enmudecido, volvió a adueñarse de ti. Sin embargo, no te moviste de allí; sólo te paralizaste, aunque tu atención, dirigida por sí misma, te mantuvo concentrado y esperando.
No sabes qué pasó después, si te dormiste o algo más raro; porque saliste del bloqueo vacío, salvo en el detalle de haberla visto avanzar por las piedras y perderse en las sombras; y, en la certeza de que aquella mujer era la farera que nunca habías conocido.
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En poco tiempo se precipitaron las cosas.
Tras otra noche de pesadillas, ella, agobiada por el pasado y por el presente, bajó sin titubeos a la enorme sala del sótano del edificio. El descenso - aturdida como estaba- le pasó inadvertido; pero, nada más salir del ascensor, la opresión del lugar contuvo su aliento.
El aire estaba viciado, lo que inspiraba le hacía toser y, en vano, buscaba el frescor del oxígeno. Tampoco veía más que una telaraña de niebla que casi rozaba sus ojos; y sus piernas, rígidas, no le dejaban escapar.
Levantó los párpados, respiró hondamente y movió su cuerpo; reparando, de inmediato, que la sala estaba vacía; que eran, como otras veces, alucinaciones de la angustia.
Avanzó hasta la escalera de piedra y, ahora, si oyó el sonido, antiguo, que aterrorizó su infancia; y empezó a comprenderlo.
El agua del mar estaba debajo, golpeando los cimientos y deshaciéndolos; cayéndolos a borbotones en el lecho marino y arrastrando sus pedazos. Cada ruído le hacía daño: el chapoteo asqueroso, el ronroneo que chocaba, el estridente cortando, el fluido al disolver la roca..; y, todos decían lo mismo que antes, en el faro viejo-“el faro es nuestro”-.
Empezó a vivir lo que ya habían vivido ella y los suyos; cuando aquel empezó a ser tragado por las aguas. Gritó como gritaba; lloró, como lloraba; se espantó, como se espantaba.
A intervalos, el recuerdo le repetía la historia: unos jóvenes habían desaparecido como ahora; el faro se estaba descomponiendo; el nivel subía continuamente; y algo, desde abajo, estaba destruyendo lo que allí asentaban. Sólo se dijo –entonces- lo que se podía comprender; y nadie verificó nada…
… La mujer, ahora, si estaba sabiéndolo todo. El faro nuevo también acabaría igual, y ¿ella?…Primero, se le cortó el llanto; después, se le amargó la boca; se le pararon los sentimientos y las ideas; y, lentamente comenzó a subir por la escalera; mientras el sonido -que ya no oía.- continuaba hacia arriba, en el interior de las paredes…Estaba empezando a irse el día.
Cerca, los dos elevadores pendían en el vacío; y su soledad en aquella bóveda, la oscuridad agigantada y algunas sombras –por las luces de emergencia-, ahora, sólo le parecían un miedo de atracción de feria. También, los ruídos esporádicos y el olor de aquel recinto cerrado que, antes, sobresaltaban a todos, se los estaba engullendo el agua del mar.
Entró, directamente, en la sala de control del faro; cerró todas las puertas y comenzó a trabajar.
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Tú, asimismo, te encontrabas trastornado por el suceso, por tus intuiciones y los presentimientos que te ligaban con la mujer del faro. Al igual que ella, un recuerdo de la niñez, quizás distorsionado por la memoria pero siempre vivo entre tus temores, se presentaba enlazándolo todo; porque un día fuiste tú la presa que aquello quería hundir, aunque en otro lugar…Y tú, que todavía ignorabas lo que ya sucedía en el nuevo, presentías lo mismo para los dos…Paso a paso, maquinalmente, con una resolución que aún te estaba llegando, te dirigiste hacia la zona de los paseos veraniegos.
Ella no había salido de la sala de control desde aquella noche. Lo poco, doméstico, que había hecho, lo dispuso allí. La mente se le había quedado plana en todo lo que no fuera dirigir el cuerpo, mecánicamente, para realizar los cometidos propios del control de la costa. Ni siquiera había reparado en el tiempo que llevaba dentro, y si los operarios estaban en el faro trabajando; porque nadie la había requerido.
Por eso, cuando sonó el teléfono exterior, lo descolgó y oyó; la voz, titubeante y entrecortada, no la sacó de su ensimismamiento.
-Señora, tengo que hablar con usted; por favor, ábrame; necesito hablarle.
-Sí, sí; hablarme…no entiendo; ¿quién eres?
-Señora, por favor; ábrame.
-Un momento; voy a comunicar con la entrada. –Cambia, lo hace, no hay señal; vuelve al exterior- ¿Quién, ha dicho que es?
-Señora, es urgente. Soy…alguien que sabe lo del faro viejo.
…¿Quién es? –sobrecogiéndose-, ¿qué dice?…
-Oiga, tenemos que hablar; soy un amigo; no me conoce, pero sé qué pasa porque a mí me ha pasado.
-…Suba…No, espere; yo bajo.
Abre la puerta de la sala y, aún, desconcertada, entra en el ascensor y desciende.
Abajo, la puerta del edificio todavía se mueve. Un aire racheado, que no procede de la calle, la mantiene semiabierta, pero no hay nadie a su lado.
Llama, grita, mira a su alrededor, recorre la planta; y un ruído de pasos, torpes y lentos, la lleva a la escalera.
Comienza a subir con rapidez, aunque, muy pronto, las piernas casi no le responden. Es el mismo aire de antes el que va dejándola atrás; y cae. Y, en los escalones, nota el sonido estruendoso del agua rompiendo el suelo bajo sus pies.
Se llenan de fango y deja de sentirlos; luego el barro sigue entrando en el cuerpo, hasta que empieza a deshacerse. Y las manos palpan la pared en su último agarre, pero se hunden en el vacío.
Sus ojos dejan de ver; aunque no, su mente. Ésta, se aterroriza mirando imágenes que tenía de antes y que, ahora, reaparecen, como hace días, con mayor claridad y violencia.
Y, hay otra mente que está, también, reviviendo escenas pasadas; mientras –escalera arriba- se está disolviendo su cuerpo…
Desde el centro de la planta baja, ya no se ve más que lo que queda de él mismo y el agua que lo rodea.
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Mabel
Muy buen Cuento. Un abrazo José Luis y mi voto desde Andalucía