– ¿Dónde estoy?
– ¿Dónde está ella? , es una pregunta mucho más interesante.
Sus ojos lo miraban ardientes de venganza. Su mandíbula contraída y los músculos marcados de sus brazos entrecruzados, revelaban la furia que sentía. Sin embargo su voz, totalmente ajena a su postura era calmada y al mismo tiempo peligrosa. El monje Efraín se encontraba en aquella habitación húmeda, amarrado contra la pared por las muñecas.
– Puedo pasar siglos aquí- acercó una silla bruscamente y se sentó en frente del monje con el espaldar al revés, recostó los brazos en el borde y posó el mentón en ellos. – pero…- agregó luego de un silencio bastante incomodo- creo que tu cuerpo se convertiría en porquería humana y yo ya no tengo tanta paciencia- sacó de su bolsillo una botella de vino, tomó un sorbo y luego dirigió una mirada rápida a su presa- ¿Me dirás dónde está, o tengo que sacarte la información pequeña escoria?- su voz era ahora sombría y un poco áspera.
El monje, que se encontraba desnudo con numerosas marcas de autoflagelación en su torso soltó una pequeña risa nerviosa.
– Ella está muy lejos de ti. De él. De todo aquel que quiera hacerle daño.
– ¿Hacerle daño?- enarcó las cejas en modo de sorpresa fingida – más bien ella es la mala de la historia por si no lo sabias – se paró de la silla, bebió otro sorbo, se relamió los labios – ¿Quieres un poco? – El monje escupió al piso en respuesta, así que el hombre misterioso se encogió de hombros y tiró la botella.se acercó y con un pequeño cuchillo empezó a dibujar en aquella piel reseca una marca circular. Para su sorpresa el monje no gritó, al contrario aguantó el dolor.
– Que desperdicio- dijo muy pausadamente mientras seguía con la mirada lo que dibujaba el cuchillo- me gustan los gritos de dolor.
De repente frunció el entrecejo y con mucha fuerza tomó la cabeza del monje
– Escúchame bien bueno para nada, si quieres vivir dime donde se encuentra, si no morirás de la peor forma
– De todas formas lo haré, bien sea en tus manos o a merced del señor
– El hombre misterioso lanzo un puñetazo que agrieto la pared, justo al lado de la cabeza del prisionero.
– ¡ No menciones su nombre!- gritó
– ¿Le tienes miedo a DIOS cierto?
– ¡Basta!- clavó sus manos dentro de su pecho y el monje soltó gritó ahogado y miró por primera vez los ojos de su agresor con asombro.
– Pa…garás por e..esto. Irás al in..infierno.
Soltó una carcajada
– Ése es el problema porquería humana. Verás… ahí es donde me encuentro actualmente – le sonrió sardónicamente- acto seguido sacó el corazón de un solo jalón- … y buscó salir.





Mabel
Muy buena historia. Un abrazo Laura y mi voto desde Andalucía