La plaza se sacudía lentamente el letargo de la noche. La fuente comenzó a brotar su chorro de agua salpicando la acera. El gorgoteo del agua se mezclaba con el canto matutino de los pájaros. Aquí y allá empezaban a escucharse las primeras voces de la gente, señal inequívoca de que se iniciaba una nueva jornada.
Desde su pedestal en lo alto de la fuente, la estatua de mármol contemplaba toda la plaza con una panorámica privilegiada. Como cada mañana, veía abrirse las ventanas de las casas y a las mujeres tender la ropa al sol; los comerciantes subían los cierres de sus tiendas y sacaban las mercancías a la calle, para exponerlas al público; las madres llamaban a voces a sus hijos apremiándoles para que no llegasen tarde al colegio; el ajetreo constante llenaba de vida la plaza, y eso le gustaba.
La vieja estatua contemplaba impasible el devenir cotidiano de ese lugar, día tras día. Su aspecto, ensombrecido por la polución, mostraba las huellas grises que la humedad dejaba tras muchos días de lluvia soportados. Las bocas de las figuras de peces que escupían los chorros de agua de la fuente mostraban señales de óxido. Aún así, aquella vetusta fuente cumplía su función en el centro de la plaza.
Una vez más, los fríos ojos de la estatua se pararon en la figura de aquel anciano que se sentó al borde de la fuente. El hombre acudía cada mañana a sentarse al pie de la fuente a descansar, tras su paseo matinal. De su bolsillo, sacó un mendrugo de pan y lo desmigajó dándoselo a los pájaros.
Por un momento, sin saber muy bien por qué, la estatua se sintió identificada con el anciano. Ambos soportaban el paso del tiempo con serenidad. Sin palabras, ambos compartían el secreto del tiempo. Ella comprendía la efímera ilusión del presente, que ya es pasado apenas lo nombramos. No existe el hoy, ni el ayer, ni el mañana, tan sólo el permanente “siempre”.
La vida fluía a los pies de la estatua, y ella se sentía como aquella rama del árbol sobre el río, cuyas hojas ven el agua pasar sin apenas rozarla. Los pájaros volaban, iban y venían; los niños corrían y jugaban alrededor de la fuente; las mujeres entraban y salían de las tiendas. Todo sucedía ante sus ojos. La vida pasaba, como dijo el poeta, “como las naves, como las sombras”.
Llegó la noche y la plaza quedó en silencio. Las gentes se recogieron en sus casas, y el chorro de agua de la fuente cesó. Parecía que nada existiera ya en la plaza, como si nunca hubiera existido. Sin embargo, había algo que siempre permanecía allí, día y noche, como inmutable testigo de eternidad: la estatua.




Mabel
Una estatua que ve como transcurre el Tiempo, una vida que va fluyendo poco a poco pero también con prisas. Un abrazo Alberto y mi voto desde Andalucía
arcano
Gracias Mabel
Temor
Buen micro, Alberto. En realidad pensé y me sugirió precisamente que la estatua es el símbolo con el que menos podemos identificarnos los humanos, pero con el que más nos gustaría hacerlo. El transcurso del tiempo nos impide celebrar debidamente los asuntos terrenales. Un saludo, con mi voto-.
arcano
Gracias Temor. Pienso que las estatuas son en realidad nuestro reflejo congelado en un momento de la historia. En sus gestos fijos conservan nuestros sentimientos, nuestros miedos y alegrías.