La ameba

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El día en que estudiaron la ameba en la clase de biología, a José Luis se le abrieron los ojos como si estuviera viendo por primera vez. Aquel organismo unicelular le recordaba su propia existencia. Desde muy pequeño José Luis había tenido que asumir diferentes formas para sobrevivir en este mundo, por lo que se le hizo fácil entender qué era eso de ser falciforme.

Mientras estaba en la casa con su familia, José Luis era un chico tan dulce como una cucharada de leche condensada. Cantaba a solas y hacía todo tipo de preguntas sin tenerle miedo a las respuestas. También escribía poemas y ayudaba con las tareas del hogar sin que lo mandaran. Le gustaba dar abrazos e imaginar que los números tenían diferentes colores. Para él, el uno era blanco, el tres verde, el cinco amarillo y el ocho marrón.

Sin embargo una vez llegaba a la escuela, su suave piel se cubría con una invisible y gruesa coraza, como si se tratara de un armadillo. La dulzura de su voz desaparecía y su lengua se volvía tan áspera como la de un gato. Justo antes de entrar a clases José Luis fruncía el ceño y estiraba la espalda para verse más alto. Tan agresivo era su aspecto que los otros chicos se mantenían fuera de su paso. José Luis se transformaba para mantener alejados a esos dañinos especímenes llamados “bullies”. 

Uno de esos días en que llegó tarde a la escuela, José Luis encontró a un chico solitario sentado el suelo del pasillo principal. Al parecer algún miedo lo mantenía fuera del salón de clases. José Luis se le acercó. Pero una vez el chico notó su presencia, inmediatamente hizo un intento de levantarse para salir corriendo. Sin embargo en ese momento ocurrió algo inesperado. El instante en que sus miradas se cruzaron José Luis quedó totalmente desarmado. Ambos reconocieron en los ojos del otro las cicatrices de alguna mala experiencia.

Sin decir una palabra y tras un pequeño silencio, José Luis se sentó a su lado y le dio un empujón con la rodilla. El amistoso saludo fue correspondido.  El chico levantó su mirada y vio a un José Luis muy distinto. Sus ojos tenían el color de la miel y su sonrisa le acordaba a la que había imaginado cuando tuviera su primer amigo. Muy pronto en una reacción casí involuntaria ambos se echaron a reír, se levantaron del suelo y entre juguetones tropiezos llegaron juntos al salón de clases.

Justo antes de entrar, el chico notó cómo José Luis comenzaba a fruncir el ceño y a hacerse más alto. También vio cómo su piel se cubría de nuevo con la gruesa e invisible coraza. José Luis hasta le sacó la lengua para mostrarle la totalidad de su seria transformación. Pero tras una guiñada de ojos tan dulce como el almíbar, José Luis comprendió que ya no tenía por qué esconderse o tener miedo.  Ese día en que aprendieron sobre la falciformidad de la ameba, ambos chicos conocieron el transformador poder de la amistad. 

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    26 junio, 2016

    Muy buen relato. Un abrazo Andrés y mi voto desde Andalucía

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