La última palabra

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Un aire asfixiante y seco quemaba su garganta, alimentaba sus delirios enfermizos, los cuales, junto a la fiebre, le hacían ver cosas que eran imposibles.

Las palabras de su buen amigo y protegido Howard resonaban una y otra vez en su mente, golpeando dentro de su cráneo como si fuera el gran péndulo de un reloj que había logrado colarse en su cabeza:

“Cosas maravillosas, cosas maravillosas…”

Oro, montañas de oro y objetos preciosos que una vez pertenecieron al faraón niño, se presentaron ante él aquel día, en aquella polvorienta necrópolis de Tebas. Aquel había sido su eterno sueño, como egiptólogo aficionado, soñaba con poder ver con sus propios ojos un verdadero tesoro antes de morir, pero con el paso del tiempo esas fantasías fueron muriendo en su mente. Pero  cuando el joven Howard Carter le propuso esa aventura, una mañana cualquiera en el Café Royal, sus esperanzas fueron reanimadas, haciéndolo sentir de nuevo un chiquillo.

No habían tenido miedo de abrir la tumba, partiendo así el sagrado sello real que la cerraba, avisando de la maldición que caería sobre aquellos que osaran a perturbar el sueño del faraón niño. Pero ellos lo ignoraron, ¿quién creía en maldiciones? Eso solo eran cuantos de hadas, fantasías en las que solo creían aquellos pobres ignorantes que habían crecido entre ellas, para los que creer en los dioses era más fácil que hacerlo en la ciencia. Y allí estaba… El mismísimo Tutankamón, esperándolos en su descanso eterno… Regalándoles esa hermosa visión de lo que un día fue una insignificante parte del esplendor que un día había inundado el país de los faraones. Las doradas y suaves mejillas de su máscara fueron como un imán para sus manos, que inevitablemente fueron a posarse en ellas, acariciándolas de la misma manera de la que lo haría un padre al tener por primera vez a su hijo recién nacido entre sus brazos.

Ni por muchos años que pasaran, jamás sería capaz de describir con palabras lo que su corazón sintió en aquel momento, a parte de la emoción que ya se le subía a la cabeza de solo pensar en la fama y en la gran fortuna que le llegaría.

Entonces, el vaso de agua que tan débilmente sujetaba calló de su mano, formando un charco en la rica alfombra que cubría el suelo de su habitación. Su pecho comenzó a arder como si 10 antorchas estuvieran pegadas a su piel, una piel cubierta de un sudor tan intenso que incluso parecía aprisionarlo. Unos ladridos caninos, como un aullido de dolor llegó entonces a sus oídos.

“Susie…” Susurró de forma inaudible, aquel sería su último esfuerzo, su última palabra…

Fue entonces cuando la oscuridad llegó a la ciudad de El Cairo, inundando con sus tinieblas hasta el último callejón, y esta, junto con esa terrible mueca de espanto que encontraron en el cadáver de Carnarvon, dio pie al inicio de una vieja maldición… Una maldición que, muchos años después de haber sido pronunciada, se convertiría en el precio al que se veían obligados a pagar aquellos hombres que, con sus propios ojos, pudieron contemplar las maravillas de aquella tumba perdida, una tumba que un día fue de un niño faraón.

Comentarios

  1. Luis

    22 junio, 2016

    Muy sólido y hermoso, un abrazo-.

  2. Mabel

    22 junio, 2016

    Me has hecho viajar al Mundo de los Faraones, con sus maravillosas tumbas, un Mundo el cual he recorrido. Un abrazo Ana y mi voto 10 desde Puente Genil (Córdoba)

  3. gonzalez

    23 junio, 2016

    Me gustó mucho, amiga y bella Ana! Coincido con el comentario de Mabel, me hiciste viajar al mundo de los Faraones. Te dejo mi voto y un fuerte abrazo!

  4. VIMON

    23 junio, 2016

    Muy bien, Anita, tan solo cuida un poco mas la redacción, ya que hay inprecisiones y repeticiones innecesarias. Un fuerte abrazo.

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