Los pensamientos nos abarcaban, casi permenentemente. Como un interminables abrazo de quietud y silencio. Decir nada era la mejor respuesta a una pregunta impronunciable. Ahí, nos entibiábamos los inviernos en fogatas de largos recuerdos. Era mirarnos fijo, mirarnos para estallar en carcajadas festejando un secreto que solo nosotros conocíamos. Lejos y a salvo, al resguardo de las soledades. Inahalar y exalar, una y otra vez al unísono, a un ritmo lento y pausado. Respirar el mismo aire. Y esas monedas que compraban esas pocas cosas que no se compran. Descalzos, felices, despeinados, felices, somnolientos, felices, inmóviles, felices, mirando sin mirar, felices. Las mañanas interminables.
Maxriel




Mabel
Muy buen relato. Un abrazo y mi voto desde Andalucía