¡Mentiroso! (versión revisitada) Parte 3

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Anteriormente…

Con la primera vez le había bastado para entenderlo, pero su intento por averiguar qué fue de Sin “más allá” de su confinamiento clínico derivó hacia otros asuntos que nada tenían que ver con el caso, por lo que Billy Boy dio por concluida la conversación. La indiferencia obtuvo el efecto deseado y poco a poco Martín se fue calmando hasta que, aburrido de gritarle a la camarera, volvió a su mesa, cubriéndose bajo el manto del silencio, las sombras, y una esquina apartada.

Billy Boy no perdió el tiempo. En el manicomio donde Sin estuvo encerrado podría averiguar algo más de él. Sin embargo, la pista de la que iba a tirar le duró más bien poco; una sola llamada bastó para romper el cordel, tras confirmar que la mayor parte de los historiales clínicos se habían perdido a causa de un incendio. De nuevo, el frustrado detective se encontró frente a un callejón sin salida. Semejante cúmulo de frustraciones solo podía ahogarse con la refrescante cerveza aguada de Joanna. A diferencia de Martin —que ya no estaba allí—, a Billy Boy sí le prestó atención.

Un montón de guiños que no venían a cuento y otra tanda de charlas sobre viejos desengaños que tenían menos interés todavía le hicieron perder la cuenta del número de jarras que había engullido. Billy Boy logró llegar a su habitación gateando por los tres primeros escalones y arrastrándose por el resto. Invirtió tanto tiempo en introducir la llave en no se sabe cuántos agujeros veía en la cerradura que cualquiera que hubiese estado habría jurado que la abrió de casualidad. Se dejó caer sobre la cama polvorienta y chirriante y una nube de polvo salió despedida del colchón, envolviendo su cuerpo en una neblina opaca e irrespirable para alguien poco habituado a ambientes contaminantes. Para colmo, de la ventana pendía una persiana desviada que se sostenía por obra y gracia del espíritu santo, pero insuficiente como para impedir el paso de la luz resplandeciente de la única farola encendida de la travesía. Con todo, dio gracias a la diosa fortuna por su colosal estado de embriaguez, ya que de haber estado sobrio, la farola le habría tenido velado durante toda la noche. Fueron en esos momentos, en los que uno no sabe en qué plano de la consciencia se encuentra, cuando una extraña brisa le golpeó en la cara, pero ésta no era fría, tampoco seca, ni levantaba la más mínima mota de polvo que le provocara toses. Era más bien húmeda, y llevaba una fragancia enrarecida que le recordaba a la espuma salada levantada por las olas cuando rompían en los muelles de su ciudad natal. Con los párpados medio pegados y sin fuerza ni ganas para abrirlos, Billy Boy sintió la sensación de que no estaba solo.

—¿Joanna? Mañana, tal vez… —le gruñó Billy Boy a la oscuridad que ensombrecía a la puerta.

Comenzó a extrañarse. El chirriar de la puerta al abrirse estaba tardando más de la cuenta.

Abrió los ojos.

Un fuerte respingo le hizo votar de la cama.

No era Joanna.

Desde la luz del pasillo que entraba por la puerta se dibujaba la silueta de una chica alta, delgada y bien parecida. Su mirada era hipnótica y una luz azulada de sensación agradable irradiaba alrededor de su cuerpo traslúcido. El pánico dio paso al embobamiento y Billy Boy imaginó que estaba soñando, la chica le contestó con un gesto de negación con la mano.

—¿Q-quién eres?

Ágata.

Billy Boy parpadeó varias veces, como queriendo mitigar el estremecimiento que le había provocado su voz de ultratumba, casi inaudible. Ágata seguía allí, y sus ojos se volvieron más blancos y penetrantes.

—Miente, es mentiroso, falta sic, miente, es mentiroso, falta sic.

De repente, un golpe de aire obligó al detective a levantar los brazos y echar el cuerpo hacia atrás, pegándose un buen golpe contra la pared, tan fuerte, que le cayeron encima trozos de yeso del techo. Tras sacudirse, comprobó que ya no había nadie en la puerta.

“…o nada”, le inspiraron sus pensamientos entre susurros y tembleques. En cualquier caso, aquella aparición le había quitado, no solo la borrachera, sino también el sueño y por supuesto, la inminente resaca que le esperaba nada más despertarse. Aquella especie de aparición, unido al nombre, la identificaba con la única chica de entre los muertos. Estaba claro que pretendía transmitirle algo, algo que no acertaba a comprender. En cuanto el sol se asomara por las montañas, indagaría acerca del peculiar fenómeno de agradable luz azul —se ve que para los fantasmas, la elegancia debía ser algo importante en su oficio espiritual— que, apareciendo en su habitación sin pedir permiso siquiera, había llegado incluso a comunicarse con él.

—¿Que si he visto fantasmas por aquí? —le dijo Joanna con cierto pasotismo—. No, cariño. Salvo los chirridos de las camas y los jadeos de… mis clientes, aquí no se oye ni se ve otra cosa. Por cierto, los forenses de la ciudad han dejado algo para ti.

El confundido detective arqueó las cejas con extrañeza. Si era el único en todo Madisonville que había visto una presencia del otro mundo, tenía que desechar esa idea antes de que le tomaran por loco, habida cuenta de lo rápido que fluían los chismes en la periferia. Lo más lógico era que lo hubiera soñado, o a lo sumo, alucinaciones fruto de mezclar cerveza con licores de delicioso sabor y dudosa procedencia.

En el análisis forense, se dejaba bien claro que las únicas huellas reconocibles pertenecían a los muertos, lo que sugería un insistente móvil de suicidio colectivo, algo absurdo si eran tan amigos. La cosa cambió al identificarse la toxina hallada en el vino. Se trataba de un compuesto utilizado para la fabricación de transistores, láser y semiconductores. Billy Boy se alegró de que al fin, su notable en química le iba a servir de algo.

—Arsénico.

Como por arte de magia, las piezas comenzaron a encajarse solas: El informe forense también incluía una pequeña lista con las compañías químicas que trabajaban ese compuesto para fines industriales. Una de ellas era Betrozol.

“Soy transportista de Betrozol. Una basura de trabajo, pero me da para comer caliente”.

Era la empresa donde Martin trabajaba, situada en el área metropolitana y dirigida por un tipo llamado Varmint Since, toxicólogo de formación, y mira por dónde, nacido y vivida su infancia en Madisonville.

¿QUIÉN ES VARMINT SINCE?

¿QUÉ PRETENDÍA DECIR LA PRESENCIA?

¡MUY PRONTO LO SABREMOS!

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    14 junio, 2016

    Misteriosa historia, me encanta. Un abrazo Agaes y mi voto desde Andalucía

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