Una de las primeras actividades que se hacía en el camping por las mañanas, aparte de ir a los baños a aliviarse, era ir a comprar media barra de hielo. Se encargaban mi hermano mayor y mis primos, de una edad similar. Héctor, el señor que regentaba el negocio campista, vendía el hielo en recepción. La media barra costaba unas 5 pesetas (unos 8 céntimos de euro) y los niños la transportaban en un cubo. Una vez en el campamento familiar, se rompía con una piqueta que llevaba mi padre en el coche y se acoplaba en trozos en la nevera, repartido entre las bebidas y la comida que necesitaba frío.
Organizada la refrigeración de las vituallas, se pasaba a desayunar. Cuando se terminaba, algún adulto sentenciaba “a tal hora nos podemos bañar”, siendo esta hora dos horas posterior a la actual. Luego, se hacía algo de compra y, después, a la playa toda la mañana. A veces a la de la Concha y otras a la de Morro de Gos, y es que Oropesa del Mar ofrecía toda esa diversidad sin tener que coger el coche. Yo siempre quería ir a la playa de la Concha, porque estaba al lado, pero muchas veces se iba a la otra, ya que era más grande y ofrecía mejores roqueros donde bucear, cosa que no era propia de mi edad y que me daba igual. Yo intentaba razonar que en La Concha había mejores olas, cosa que era verdad, aunque lo dijera un mocoso; pero por mucho que intentaba hacer valer mi opción con argumentos ciertos y contrastables, debido seguramente a mi corta edad, no me hacían ni caso.
Cuando ya teníamos instaladas las sombrillas y tumbonas, mi madre me embadurnaba de crema solar factor “tropecientos” y me ponía una gorra. Podía meter los pies en el agua, pero nada más, hasta la hora en que la digestión se había terminado. Eran unas normas un poco estrictas pero, observándolas a rajatabla, jamás se dio en mi familia corte de digestión alguno. Para ocupar este tiempo en la playa, había muchas opciones: castillos de arena que hacer, cangrejillos, ermitaños o no, que atrapar, conchas que buscar, alguna niña que observar, quizás aún sin saber por qué… Vamos, que el tiempo se pasaba volando, y cuando se terminaba el toque de queda, abandonaba todo, incluido el castillo, los cangrejos y la niña y, sin mirar atrás, me zambullía en el agua salpicando lo máximo posible. Pero eso sí, hasta el bañador y poco más, ya que las olas podían causar un disgusto al intrépido pero joven Mario.
—Mírale, parece un garbanzo —decía mi madre y es que cuando por fin podía meterme en el agua, ya no volvía a salir hasta la hora de marcharnos.
Parte de los hombres de la familia desaparecían durante una o dos horas para ir a bucear. El operativo se montaba de la siguiente manera: Mi hermano y mi primo buceaban con su tubo, escopeta de buceo y aletas. Mi otro primo se quedaba por la zona flotando en una cámara de rueda, custodiando el retel con las capturas. Mi padre nadaba alrededor haciendo alguna inmersión y controlando las acciones del equipo; también servía de enlace entre los buceadores y el retel. A veces mi tío, desde las rocas, controlaba la marcha de las operaciones desde una posición que permitía una visión de conjunto. Se dieron diversas aventuras en estas jornadas. Una de las más celebradas fue aquella en la que mi padre cogió un pulpo que había atrapado mi hermano con idea de llevarlo hasta el retel. El cefalópodo, que no parecía querer ser capturado, logró zafarse y ascendió por su brazo, propinándole un mordisco. De aquel lance mi padre conserva una muesca bien visible, ya que el animal, salvaje y rencoroso, le arrancó un trocito de carne con su pico.
—Hay resaca —era una frase muy habitual cuando volvían los buceadores—. Y algo de brea —era la otra, cuando en algún pie o pierna se habían impregnado con algo del petróleo que soltaban los barcos y que llegaba hasta la costa. Las pocas veces que esto ocurría, ya en el camping, se la quitaban con gasolina.
Si habían encontrado caracolas, se procedía a llenar mi cubo de hacer castillos de arena con algo de agua de mar, lo más limpia posible, para cocerlas y tomarlas de aperitivo ese mismo día. Todo muy fresco y natural, recién pescado. En cuanto a los pulpos, para ablandarlos, recibirían todo tipo de golpes y encontronazos contra el fregadero del camping, cosa que divertía mucho a mis primos y hermano. Pero hasta que llegaba ese momento, los pobres no sabían nada y seguían felices haciendo el “pulpo” dentro del retel, en compañía de otros congéneres. Eso hasta que llegaba yo, me acuclillaba y, armado con un palito o piqueta de la tienda de campaña, intentaba pincharles por las rendijas de la red. Y es que los niños son grandes observadores de las reacciones de los animales ante situaciones inesperadas; o simplemente son malos.
El día que tocaba ir a la playa de Morro de Gos, a la vuelta siempre pasábamos por un asador de pollos de esos que muestran las piezas dando vueltas y cuyo aroma, a la hora de comer, tras una mañana de frenética actividad en la playa —otra frase de la época era “el agua da mucha hambre”— era una deleite pero también una tortura. Yo me paraba delante como si estuviera contemplando la Capilla Sixtina. La boca se me hacía agua y las tripas protestaban ante aquel concierto de sensaciones.
—Mama, ¿hoy vamos a comer pollo a l’ast? —preguntaba esperanzado, utilizando la única palabra en valenciano que me sabía y me sé.
Y la respuesta solía ser “no”, aunque algún día sí tocaba y recuerdo devorarlo con inmenso placer.
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GRACIAS !!





Mabel
Muy buen relato. Un abrazo y mi voto desde Andalucía
Anakin85
Me he divertido un montón leyendo tu relato! Ja, ja, ja, ja. Esta genial, esa manía de las madres con embdurnarnos de crema… Un abrazote!