Un tipo de aspecto cadavérico camina con paso acelerado. Lleva de la mano un animal chillando. La gente le mira y le señala con la boca y los ojos abiertos. Algunos murmuran. Se aleja un poco del bullicio hacia una zona de la ciudad más tranquila tirando del bicho, que salta y se contorsiona.
Dobla una esquina y tiene lugar el encuentro. Mira el propio reflejo en sus gafas oscuras y confirma que está peor de lo que pensaba.
-¿Tienes el mono?
-Aquí está.
-Vale. Toma lo tuyo.
El hombre suelta de la mano al macaco, que va a abrazar la pierna del otro con auténtica pasión, y le da al contacto un par de papelitos de colores.
-¿Cuándo vuelves? Para saber cuántas jaulas más tengo que pedir. Como me venga una inspección me caigo con todo el equipo.
-No sé, ya te diré. ¿Cómo va todo?
-No me quejo. Gano muchísimo más que en el despacho y mi equipo tiene aún opciones al título.
-¿No ha sido una coincidencia extraña?
-¿El qué?
-Nada, te aviso. Cuídate.
-Tú también.
-Ya…
Vuelve a casa rápido. Más tarde, se tira en el suelo del salón porque le apacigua la sensación de reposar sobre una superficie dura, justo lo contrario de lo que le proporciona el colchón o el sofá. Siente mucho asco hacia sí mismo, como si se viese rodeado de mierda imantada y buscase cambiar de carga magnética para repeler la basurilla pero sin encontrar la manera.
Agarra una botella que aún contiene algo y le da un sorbo para luego preguntarse si la vida es aditiva o adictiva. Aditiva, seguro. Vida tras vida se acumula hasta que, de repente, rebasa un nivel y tienes que reciclarte. Adictiva, no sabe, tal vez un par de momentos de bienestar le motivan a conseguir vivirlos de nuevo. Pero la vida es maravillosa, se anima cerrando los ojos y rascándose el pecho. Puede pensar, puede empezar a caminar y comer cacahuetes con el sol acariciándole la punta de la nariz. Puede escapar de un buscarle sentido a este absurdo y raro mundo. Puede drogarse, evadirse y luego volver, comparar la realidad y sus mundos imaginarios y repetir. Y si no vuelve, pues se ahorra un viaje.
Un día le gustaría cortar el ciclo pero tiene todo tan interiorizado que es como si algo hubiese echado raíces dentro suya avanzando día a día invadiendo sus pulmones, su estómago, su corazón, su cerebro, sus vasos sanguíneos y hasta los rincones más remotos de su ser. Ya no es él, ya es otro. A veces tiene recuerdos y ve campos dorados, caminos polvorientos y el mar bravo tratando de esculpirle, y escupirle, la cara del mismo modo en que abusa de las rocas por los siglos de los siglos.
Visualiza la cara de los que fueron sus más queridos y llevan máscaras pulidas. La memoria le juega malas pasadas y ya duda de lo que tuvo realmente lugar y lo que no. Es como si pasado, presente y futuro se hubiesen estado dando la mano y, de repente, se hubiesen soltado para correr a su bola y se hubiese quedado en el presente con poco más que lo que queda dentro de los límites de su piel. Lo demás, extrañeza, admiración.
Un dolor agudo en el pecho le corta la respiración. Recuerda su mortalidad pero la ansiedad y el desasosiego se los lía en papel y empieza a fumar incorporándose contra la pared. En la opuesta hay un cuadro que ya estaba antes de alquilar el piso, como si el casero lo hubiese colocado para asegurarse de que no le diesen el cambiazo. Se trata de un caballero con armadura con una sartén en la mano. Al lado, una niña con el dedo índice reposando en el labio inferior y con la otra mano sosteniendo un huevo parece estar preguntándole al guerrero si puede cocinárselo. Ignora lo que el artista trataba de expresar, pero, valga la broma, le importa un huevo. A saber, quizás el objetivo del artista era que llegase a esa conclusión.
La puerta se abre y se cierra con un golpe seco. Nunca le gustaron los ruidos fuertes, ni secos ni húmedos. Es demasiada información. Él sigue allí en su equina al lado de la ventana con el sol calentándole un triángulo en la rodilla dónde reposa la mano. Gira la cabeza y observa la calle. Los coches pasan uno detrás de otro, o uno delante de otro. Sí, cree que esto sí es real. En vacaciones, sus hermanas y él jugaban a decidir el coche que tendrían en el futuro. Decían un número y luego contaban. Alguien que dedica su tiempo a eso, ¿cómo no va a ser feliz? Alguien que besa con la mente en blanco, ¿cómo no va a ser feliz? Alguien que escribe sin fecha límite y lo que le sale de la polla pero con respeto, ¿cómo no va a ser feliz? Alguien que cada día se levanta con una sonrisa que se agranda con una buena taza de café, ¿cómo no va a serlo?
Una chica guapísima con minifalda camina calle abajo. Un par de viejas sentadas en un banco se la quedan mirando y rosman en un lenguaje que solo los cotillas entienden. Es un país de cotillas, piensa. Quien diga lo contrario, está en el lote. Como si Google no fuese suficiente, tus vecinos y conocidos se apuntan.
Es moneda tan corriente que la gente ya dice indecentemente que no es cotilla sino que es curiosa, o quiere estar bien informada o cualquier otra excusa de borrachera. Hay pueblos en que la comunicación de este tipo es más rápida que abrir el buscador y cargar un vídeo. Especialmente las cosas malas, el morbo, evidentemente. Se coge a un monigote y se le empieza a tirar pullas y cuando rompa se va a por otro para dejar que se recupere.
Todo el mundo es juez, todo el mundo sabe de todo. La gente popular es la que más cosas sabe de los demás. Son vacas sagradas, como librerías ambulantes que lo polinizan todo. Las conversaciones privadas se airean, se exageran, se distorsionan, se sacan de contexto para caldear el ambiente. A saco y sin piedad. Que vi a tal borracho a las diez de la mañana, a por él. Que aquella se tiró al jefe o aquel a la jefa. Que si esto que si lo otro. Que si suspendió quince veces un mismo examen. Que si hace veinte años robó una piruleta o pintó el lateral de un coche. Que si se droga más o menos de la cuenta o fuma de modo anormal. El caso es evadirse de una vida de mierda y meterle el dedo en el ojo a otro, por aburrimiento, por tedio, por envidia, por ser un hijoputa y sentirse superior un minutillo antes de volver a una vida vacía. Le da pena, a veces, cuando ve que la gente está más pendiente de lo que hace otra gente que de sus propios asuntos. Un día, se dice, les va a dar una lista de cosas mucho más interesantes que su propia vida. Empieza a enumerarlas mentalmente: dedicarse a la jardinería, leer poesía, ir al cine, tomar un helado, caminar a lo largo del río, correr, pintar o dibujar, aprender una nueva lengua, llamar a sus seres queridos, escribir un relato, replantear su sistema moral, cuidar un gato, cocinar un pastel, intentar decir cosas positivas de los demás, cualquier cosa…Y luego eres el borde si te atreves a decir que cada uno a lo suyo.
Si es que al final lo mejor es hacer más y hablar menos y que los mediocres se ocupen de hablar, hasta que revienten, como mosquitos, pero llenos de chismes. Que no son mediocres por alguna extraña maña sino por eso, precisamente, por centrarse en la vida de los demás. Si toda esa energía se emplease en otra cosa la cosa iría mejor. Cuánto ha aprendido. Eses no te preocupes cuéntame qué te pasa, esos que alardean de decir todo a la cara y no se les cae la propia de vergüenza, esos que no saben media mierda de tu vida y ya se ven en posición de juzgar, esos que se creen con una inteligencia social sobrehumana y no son más que recipientes de información tóxica que llevan de aquí para allá porque es lo que mejor saben hacer, esos que muchos cojones por detrás y delante del afectado se quedan en blanco. Recuerda aquel tipo hace años que desde el coche mucha valentía y al hablarle un día a la cara no podía ni sostenerle la mirada. Gente que se crece y decide ampliar su radio de acción y enfrentar a unos contra otros y repartir mierda como un aspersor confiando en que los demás no van a hablar las cosas entre ellos. Gente que busca problemas porque sí, porque son adictos a los problemas tontos a falta de tenerlos graves. Gente tan dotada para psicoanalizar a los demás y tan poco para mirar hacia adentro. Estoy aquí, dicen, omitiendo para joderte.
A él le gusta la gente que respeta las vidas de los demás, que no se sacan del sombrero teorías de medio pelo para describir el comportamiento de alguien o saca a relucir lo que sucedió hace veinte años. Que trata de comprender por qué una persona hizo o hace las cosas de determinada manera. Que no etiqueta a nadie por un simple comentario o una noche tonta o un gesto o un libro o un conocido…No sé ni para gasto tiempo en esto, se dice soltando una nube de humo que busca la salida a través de la ventana.
Ella entra en el salón con un paquetito que le da junto con un beso. Son las cartas de Van Gogh a su hermanito. No hace ni una semana que le había susurrado que se preguntaba en qué idioma las habría escrito. Sonríe y levanta la mirada buscando la de ella, que también sonríe. Se tiran en el sofá para ver una película pero él aún no ha dejado de darle vueltas al pintor loco del pelo rojo. Sus cuadros los trata de ver lo más objetivamente que puede, y le gustan, pero no puede evitar pensar que un artista reconocido a nivel mundial hace agua por todos lados. Sin embargo, por lo poco que sabe, es para él el paradigma del artista según él lo entiende. Un artista en que vida y obra se conjugan. Un enfermo mental de acuerdo con los parámetros sociales contemporáneos entonces y ahora. Un tipo que no encajaba, simplemente, un paria, incomprendido, solitario, rechazado sistemáticamente, con el sentimiento a flor de piel. Un tipo cuya actividad principal en este mundo fue sufrir y expresar esto en sus obras. Posiblemente todos tengamos un poquito del famoso pintor dentro, nos guste o no, lo queramos reconocer o no. Quizás la palomita que ella se lleva a la boca ahora está sazonada con restos del páncreas del holandés. Se la arrebata, codicioso, y sonríe. Ella le golpea suavemente con el puño cerrado en el hombro y hunde su mano en el bol de palomitas. Él sigue a lo suyp, tal vez acaba de coger, en un solo puñado, parte del cerebro de Einstein, el hígado de Li Bai, los ojos de un halcón, la velocidad de un antílope, los mecanismos de defensa de una mofeta o la fortaleza de las hormigas. Pero, si eso, que se materialicen mañana, que hoy quiere dormir con ella.
Intenta centrarse en la película pero ve en el reflejo de la tele cómo una manito le empieza a tirar de los cordones de los zapatos al tiempo que sufre otro pinchazo en el pecho.





Mabel
¡Excelente Cuento, me ha encantado! Un abrazo Andrés y mi voto desde Andalucía
AVM
Muchas gracias Mabel. Siempre tan atenta. Saludos!
Iván.Aquino L.
Me encantado la forma en que construyes la narración, mis felicitaciones con mi voto, que pases un excelente día mi estimado.