Soñando

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Nadie sabía cómo había llegado hasta allí aquel forastero, ni de dónde venía. Su identidad formaba parte del halo misterioso que lo envolvía. Unos decían que era un vagabundo, otros que era una especie de ermitaño con extraños poderes, también había quien sostenía que era un noble viajando de incógnito, y algunos pensaban que se trataba de un simple mendigo. Lo cierto era que nadie sabía su nombre, ni qué hacía allí.

Apareció una mañana andando por el camino polvoriento que lleva hasta el pueblo. Llevaba unas ropas sencillas y unas botas gastadas; el pelo castaño en forma de media melena caía sobre sus hombros. Su rostro se ocultaba tras una espesa y larga barba, algo descuidada. Sus ojos eran un reflejo del cielo limpio y despejado de nubes, azul como una mañana de primavera. Era difícil precisar su edad; tenía una edad indefinida (no era viejo, ni joven), tal vez, cuarenta o cincuenta años. Iba sin equipaje, tan sólo portaba un morral que colgaba de su hombro y un viejo sombrero de ala.

El hombre caminó bajo el sol de la mañana por la llanura. Las chicharras cantaban incansables a su paso y los vencejos cruzaban el cielo haciendo gala de su destreza. Hacía calor, el verano castigaba duramente la árida meseta. Al llegar a una vieja encina, el viajero se sentó al abrigo de su sombra. Apoyó su espalda sobre el tronco retorcido del árbol y estiró sus cansadas piernas.

Desde aquel árbol, el hombre contempló el paisaje con una calma absoluta. Sus ojos recorrieron lentamente los campos de girasoles, que languidecían abrasados bajo el ardiente sol, el camino de tierra amarillenta y seca largamente transitado, y los pocos árboles esparcidos por el horizonte, como pequeños oasis en el tórrido mar de la llanura estival. Grabó en su mente hasta el más mínimo detalle. Y también escuchó. Identificó cada ruido de los insectos en el suelo y en el tronco del árbol, el canto alegre de los inquietos pájaros, el leve murmullo de las hojas de los árboles y el lejano graznido del cuervo. Todo estaba allí, registrado en su prodigiosa mente.

Entonces, aquel caminante silencioso cerró los ojos y soñó. Sí, soñó con una pradera verde, con hierba alta, y numerosos árboles que donaban generosos sus frutos. Soñó con un arroyo donde el agua limpia y clara saltaba entre las piedras. Y los animales se acercaban al arroyo a beber, y las mariposas revoloteaban entre las flores. El viajero soñó con este vergel, y respirando se sintió que estaba allí.

La gente del pueblo que pasaba por el camino, lo veía sentado bajo la encina, sin moverse, con los ojos cerrados. Sabían que estaba vivo porque le oían respirar, aunque el hombre no se inmutaba ante la presencia de extraños. Y así, día tras día, la gente se fue acostumbrando a verle sentado bajo el árbol. Permanecía inmutable, quieto como una montaña, como parte del paisaje. Las hormigas trepaban por sus piernas, y algunos pájaros más atrevidos se posaban en su cabeza; pero el hombre no se movía lo más mínimo. Y así, pasaron los meses.

¿Quién sabe por qué lejano mundo viajaba la mente de aquel misterioso caminante?

De repente, un día desapareció sin que nadie se diera cuenta. No sabemos a dónde fue. Ya nos habíamos hecho a la idea de verle allí y nos resultó muy extraña su ausencia. Pero más extraño fue lo que a continuación sucedió.

Poco a poco, inexplicablemente, el paisaje empezó a cambiar. Al principio, casi no lo apreciamos, pero pronto vimos que empezaron a crecer plantas por doquier. Brotaron hierbas y matorrales donde antes era un erial. La vieja y solitaria encina tuvo compañía, otros árboles empezaron a crecer a su alrededor y maduraron sus frutos. El lecho del riachuelo seco que surcaba la llanura se llenó de agua, y se convirtió en un caudaloso arroyo. El campo, antes marchito, se adornó de amapolas y margaritas. Las abejas zumbaban y las mariposas alegraban la vista de aquellos que contemplaban este milagro de la naturaleza.

Parecía que aquel sueño del enigmático caminante se había hecho realidad. Un maravilloso vergel había brotado en la dura meseta. Y todo se lo debíamos al sueño de aquel hombre.

Pobre de nosotros si algún día dejamos de soñar, pues a veces, los sueños son los heraldos del porvenir.

 

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Luis

    Luis

    24 junio, 2016

    Hermosísimo cántico y loa. Naturaleza a raudales y campos repletos de frutos y frutales. Un gran relato, para una figura misteriosa y enigmática. Bellísimo. Gracias por compartirlo, un saludo!

  2. Imagen de perfil de arcano

    arcano

    24 junio, 2016

    Gracias a ti Temor por tu amable comentario.

    • Imagen de perfil de arcano

      arcano

      3 julio, 2016

      Gracias Jessica por tu comentario. Un abrazo

  3. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    24 junio, 2016

    ¡Qué maravilloso paisaje! En ese recorrido me he visto sumergida en él, como si estuviera vivo. Los sueños siempre están ahí aunque algunas veces estos sueños se convierten en la peor de las pesadillas. Un abrazo Alberto y mi voto desde Andalucía

    • Imagen de perfil de arcano

      arcano

      3 julio, 2016

      Me alegra que te haya gustado, Mabel, es importante en esta vida soñar. Aquellos que nos gusta escribir tenemos la esperanza de plasmar en palabras nuestros sueños.

  4. LOUISE

    13 febrero, 2018

    Un hermoso y bellísimo relato. Un cordial saludo,

  5. Gemma

    14 febrero, 2018

    Relajante y de ensueño tu relato. Mi voto. Un saludo desde la Sierra Norte de Guadalajara

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