Viaje a Italia. Capítulo II. Toda Roma en 60 minuti

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Martes 9 de Septiembre del 2003. Toda Roma en 60 minuti.

 

Roma es inabarcable. Tiene tantos atractivos que se necesita una semana, al menos, para decir que has visto lo más importante y lo has hecho con la calma y atención que se merece. Pues nosotros lo vimos todo en poco más de una hora. A este ejercicio de sinopsis y desesperanza se le llama “visita panorámica”. En resumen consiste en ponerte la miel en los labios y salir pitando a otro sitio.

—A su izquierda pueden ver el Palacio del Quirinale —advierte el guía, que situado en el asiento delantero del autocar, lo ve todo perfectamente. Al oír la palabra “izquierda”, los pasajeros de la fila de asientos de la derecha se levantan como pueden y estiran el cuello para poder ver un trocito del edificio. Pero entonces el vehículo gira y terminan atisbando poco o nada.

—¿Dónde está? —pregunta una señora decepcionada.

—Ya lo hemos pasado —responde resignado su marido.

—Al final de la calle están los Mercados de Trajano —informa el guía sin dar ninguna tregua para asimilar lo visto hace un segundo. Entonces los que van en ventanilla se aúpan sobre su asiento y los que van en pasillo se ladean hacia el mismo y terminan chocando sus cabezas los unos con los otros.

El autobús vuelve a girar sin dar un respiro.

—A su derecha la Iglesia de Santa María in Cosmedin.

—¿Cuál? —preguntan unos cuantos.

—Famosa porque alberga la “Bocca della Veritá” —se oye por el micrófono.

—¿Tú has visto la boca esa?

—Yo que voy a ver…

Después de un buen rato de no ver nada o, con suerte, detalles fugaces de los monumentos, por fin llegamos a uno de los más concurridos edificios de la Roma Antigua y, este sí, pudimos contemplarlo todos sin ningún tipo de problema: el Circo Máximo, el estadio donde Judá Ben-Hur, en su periodo laboral como auriga, consiguió grandes victorias a base de latigazos. El autocar rodeo el recinto y el pasaje al completo pudimos admirar el descampado donde estuvo el circuito de las carreras de cuadrigas. Eso, un campo yermo y despejado de árboles, es lo que queda. Una enorme decepción.

Tras el veloz recorrido por la ciudad, llegamos al Vaticano. Algo asqueados salimos del autocar, que en adelante lo llamaremos Airbús, pues tenía este nombre aéreo pintado en sus costados y era la mejor forma de localizarlo cuando se mezclaba con otros vehículos de su especie.

Stefano nos llevó hasta la Plaza de San Pedro donde nos hicimos unas fotos turísticas cien por cien. Después, bordeando la muralla acabamos en la entrada de los Museos Vaticanos. Como todo estaba ya arreglado de antemano, el guía cogió el lote de pases y entramos sin perder un minuto al gigantesco complejo.

El museo es impresionante. Hay para estar dos días dentro: estancias llenas de estatuas de la antigua Roma, otras con anaqueles hasta el techo repletos de bustos, otras con estatuas de animales esculpidas hace dos milenios, salas palaciegas con frescos en paredes y techos, mosaicos… de todo y en cantidades industriales.

El viajero recorre salas y salas, cada vez a mayor ritmo porque ya nada le sorprende… Una divinidad etrusca con 12 pechos; bueno, creo que ya he visto siete… Un sarcófago egipcio; pues vale… Hombre, Pericles o uno de sus contemporáneos otra vez por aquí… Intentando llegar a las salas de Rafael, el atónito viajero cruza por un patio interior donde preside el Laocoonte con ese enorme realismo que te deja impactado. Pero entonces te topas con una galería de mapas antiguos que no se acaba nunca y, por fin, medio escondido por un andamio, el viajero se enfrenta a ‘La Escuela de Atenas’. Entonces busca con la mirada a Aristóteles, a Miguel Ángel y a su autor, Rafael, que sin ninguna vergüenza, te observa desde la pintura.

Y entonces todo se precipita. Es la recta final: tras las salas de los Borgia, de repente, te ves en un pasillo estrecho y de paredes blancas que parecen bajar a una mazmorra moderna.

—¡Atención! —suena una grabación en varios idiomas— está entrando en la Capilla Sixtina. Guarde silencio y el debido respeto. Es un lugar de culto. No haga fotografías.

Y con el corazón en un puño, esperando encontrarte con la apoteosis final de una borrachera interminable de arte pasas a la Capilla, que, tras el atracón que llevas en el cuerpo, resulta tan buena o tan mala como el resto.

 

Desde la Capilla, por un pasadizo para grupos, accedimos a San Pedro. Es enorme, pero tu capacidad de asombro, tras el museo, está por los suelos. Menos mal que unas indicaciones en el suelo, valga la redundancia, te hacen ver mejor las dimensiones de las que hablamos: De la puerta a esta marca cabe la Catedral de Sevilla, hasta esta otra marca la de Florencia… Miras hacia la puerta y ves que hay un buen trecho, te vuelves y el Baldaquino de Bernini también está a tomar por saco. Entonces caminas hasta el altar papal y miras al cielo, a la impresionante cúpula. Pues no parece tan grande… pero entonces ves unos puntos negros que se mueven alrededor de su base. Afinas un poco más la vista y resulta que son personas que andan por un pasillo que bordea la cúpula. Comparas a esas personas con las figuras humanas representadas justo debajo… y entonces sí te das cuenta: ¡TODO ES COLOSAL!

También está La Piedad de Miguel Ángel, claro, nada más entrar a la derecha… pero la pobre hay que verla a lo lejos y detrás de una urna de cristal blindado. Todo lo contrario del Moisés del día anterior, que se ve desde tan cerca que dando un paso podrías sentarte en sus rodillas como si fuera un Rey Mago.

 

Después de comer bastante mal en el Restaurante Papa Rex, volvimos a San Pedro, ya libres de guías. Nuestro objetivo era coronar la Cúpula de Miguel Ángel.

Un señor de color, vestido con traje, nos dijo en inglés que debíamos entrar por el otro lado de la columnata de la entrada.

—¿Qué dice? —preguntó cabreado Luisito.

—Que hay que entrar por el otro lado. Por aquí, por lo visto, sólo se puede salir.

—Pues que lo diga en castellano, faltaría más…

—Hombre, en castellano no… pero en inglés tampoco —concedí—. En italiano es lo suyo.

—O si no, en castellano —remachó mientras rodeábamos a un montón de sillas allí dispuestas.

Nos pusimos junto a la gente que quería entrar a la basílica. Al otro lado de la columnata de Bernini, la fila de gente se estrechaba, ya que había que pasar entre dos guardias que paraban al que veían con mala pinta para pasarle un detector de mano.

Una vez dentro de San Perdro nos dirigimos entre estatuas gigantescas hasta la entrada para subir a la cúpula.

—Dos entradas.

—¿Con elevattore?

—Con elevattore.

Pagamos cinco euros por barba y subimos al ascensor. Este nos dejó a mitad de camino, en la base de la cúpula.

Tras recorrer un pasadizo circular salimos al interior de San Pedro, al pasillo que rodea la bóveda. La distancia al suelo es impresionante. El baldaquino, a pesar de sus más de 20 metros de alto queda a buena distancia.

Seguimos nuestra ascensión circular por escaleras y recovecos torcidos lateralmente. Tras las paradas técnicas de rigor —para coger aliento, seamos honestos— coronamos la linterna. Allí se estaba de maravilla. Toda Roma a nuestros pies, pues ningún edificio de la ciudad es más alto que San Pedro, seguía su lento discurrir. Vimos los jardines del Papa, los tejados de los museos vaticanos y el resto de Roma. Estuvimos un buen rato.

Antes de bajar definitivamente puedes dar un paseo por los tejados aledaños y llegar casi hasta las estatuas de Jesús y los 12 apóstoles que hay justo encima de las columnas de la entrada de la basílica. Allí mismo, encima de la nave principal del primer Templo de la Cristiandad, hay una tienda de regalos regentada por monjitas… y es que el negocio es el negocio y máxime cuando topamos con la Iglesia.

 

Ya en la Vía de la Conciliazone tomamos un helado y descansamos. Luisito se resentía de un pie. Al parecer los excesos de ayer por la tarde le habían lesionado.

Muy despacio avanzamos hasta el Castello del Santo Angelo y entonces mi hermano propuso volver al hotel porque ya era muy tarde. “Que ya no nos da tiempo a nada, que esto está muy lejos, que mi pie me duele”, decía. Pero usando astucias barriobajeras y argumentos de urgencia logré convencerle de que a Roma no se va todos los días y que por poco tiempo que nos quedara había que aprovecharlo. De modo que andamos un buen trecho paralelos al Tíber —cuyos fétidos aromas no describiré aquí— en dirección a la Plaza del Pueblo, donde nos esperaba un obelisco egipcio, enorme y auténtico. Allí descansamos sentados junto a alguna de las enormes estatuas del lugar y vimos como los romanos hacían su vida.

 

Atajando llegamos a la plaza Cavour. Tras dar alguna vuelta encontramos la marquesina del 49. Esperamos tranquilamente. La gente acudía a la parada poco a poco y algunos respetaban la cola y otros no, utilizando el viejo truco de ir hasta el poste donde pone el recorrido, revisar las distintas paradas, y viendo que aquel es el autobús que ha de coger, quedarse donde está, esto es, al principio de la cola.

Y seguimos esperando hasta que pasó media hora. En esto apareció un grupo de valencianos que eran de nuestro autocar. Sopesaron con preocupación las dimensiones de la cola de gente, después nos vieron a nosotros en la mitad de ella y, sin más, nos saludaron por primera vez en el viaje, colándose oportunamente.

El autobús llegó quince minutos después. Toda la gente entró en tropel sin respetar turno alguno, utilizando cualquier puerta del vehículo y, por supuesto, sin dejar salir a las personas del interior. Pero tampoco se bajó casi nadie, a pesar de ser principio y final de línea. Dada la impresentable cadencia con que pasaban los autobuses, los romanos no perdían la oportunidad de subirse a uno de estos transportes en cuanto lo veían, utilizando el recorrido como si fuera circular y sin fin. Por otro lado, tampoco había mucha afición a ticar el billete. Así que el transporte era malo pero, haciendo uso de la picaresca mediterránea que nos caracteriza, también barato. Con todo, mucho me sorprendió la mansedumbre con que perdían parte de su vida dentro del autobús los habitantes de esta ciudad; como parecían aceptar el caos del tráfico, los atascos monumentales, la espera interminable para llegar a donde fuera.

Un abuelo que iba de pie le dijo algo a una joven. Acto seguido, ésta cedió su asiento al señor y ella se sentó encima de su hermana o madre. Unas pocas paradas después —30 minutos de reloj— el abuelo se bajó y la joven volvió a su asiento sin que nadie discutiera su derecho a hacerlo. Al otro lado, una mujer joven y rubia habló con un señor que estaba sentado en un asiento encima de la rueda. Al momento, la mujer se posicionaba a su lado, sentada en la carcasa que rodea la rueda, entre el señor y una barra, en un área estrechísima pero que a ella le parecía mucho más espaciada —y probablemente lo era— que la que llevaba cuando iba de pie. El señor, de sesenta y tantos años, también iba más contento con su nueva y ‘estrecha’ compañía. Y así podíamos contar más historias de comportamientos humanos aplicados a las buenas prácticas en condiciones de hacinamiento. Los romanos parecían piezas de un ‘tetris’ del que nunca se eliminaban líneas completas, ya que sólo parecía que se montara gente, sin bajarse nadie.

Metidos en el 49 se nos echó la noche y ya no sabíamos por dónde íbamos. Una de las valencianas parecía controlar la situación y bien pasada la hora de trayecto dijo:

—Chicos, la siguiente es la nuestra.

Al rato el autobús se paró y abrió las puertas. Yo no vi que hubiera parada por ningún sitio. El caso es que mi hermano, que iba separado de mí desde hacía rato, se bajó pensando que ya era la parada. Detrás de él fue uno de los valencianos. Yo no me moví porque tenía a la valenciana que ahora nos guiaba dentro de mi ángulo de visión y observé como se mantenía quieta. Tras un cuarto de hora nos reunimos todos en el hotel, justo a tiempo para cenar.

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Próximo capítulo: Los perros pompeyanos

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Encontrarás muchas sorpresas. Entra y curiosea.

GRACIAS !!

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    17 junio, 2016

    ¡Me encanta! Un abrazo y mi voto desde Andalucía

  2. Imagen de perfil de VIMON

    VIMON

    21 junio, 2016

    Muy buen relato. Mis saludos y el voto diez.

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