Miércoles 10 de Septiembre del 2003. Primera parte del día.
A las 5:15 de la mañana arrancaba el Airbus, nuestro heroico autocar, bajo un manto casi impenetrable de agua. Toda la noche había estado lloviendo sobre Roma con gran profusión de truenos, relámpagos y centellas. El grupo comía el pequeño tentempié —dos bollos, un zumo y botella de agua— que el Hotel Beethoven nos había proporcionado, mirando intranquilos por su ventana. Poco a poco abandonamos la Ciudad Eterna y su tráfico matutino. En cuanto se dejaron de ver edificios y sólo había oscuridad y agua tras los cristales, nos quedamos todos dormidos.
Recorrimos los 220 kilómetros que separan Roma de Nápoles entre pesadillas y ráfagas de viento y lluvia sin que el temporal pareciera querer parar. Con el amanecer pudimos distinguir el Vesubio y todas las casas desparramadas por su ladera. El ambiente era tan espantoso como cuando el volcán estalló sepultando las ciudades de la antigua Roma que vivían tranquilas a su alrededor. Con este estado de ánimo, llegamos al hotel Victoria en las cercanías de las excavaciones de Pompeya, donde desayunamos de manera continental. La gente aprovechó para comprar chubasqueros y paraguas de forma compulsiva. Cuando ya estaban pertrechados como para sobrevivir a un diluvio universal, dejó de llover definitivamente.
Con el paraguas cerrado y silbando apareció nuestro guía local que, cual si fuéramos una excursión escolar, nos condujo por las calles hasta llegas a la entrada de las ruinas.
—Aquí les pueden dar, si quieren, un plano y una guía de Pompeya —nos informó utilizando la palabra mágica ‘dar’. De inmediato y como un sólo hombre el grupo se arremolinó junto a la caseta de Información, luchando por el material gratuito, cogiéndolo en otros idiomas, en lotes, lo que cupiera en sus manos… Pasada la vorágine inicial me hice un poco de sitio en la zona y cogí dos planos y dos guías para mi hermano y para mí. De pronto, unos cuantos se dieron cuenta de que sus papeles estaban en inglés y volvieron a la carga sobre el Puesto de Turismo. Mientras, los demás entrábamos por el torniquete que va a dar a la Puerta Marina de la ciudad. Un par de perrillos similares a galgos pasaban con nosotros sin que el señor de los tickets notara su presencia.
Recorrimos los primeros tramos de la Vía Marina y el guía hizo el primer alto. El día empezaba a aclarar. El Vesubio se veía al fondo con toda claridad.
—Esta es la ciudad romana mejor conservada —nos aleccionaba el guía.
Ciertamente podíamos admirar el trazado de las calles empedradas, con sus aceras y sus rudimentarios ‘pasos de cebra’ formados por losetas más grandes sobresaliendo del suelo 15 ó 20 centímetros.
—En la antigua Roma todos los desperdicios se tiraban a la calle, de modo que para cruzarla se ponían estas losas sobre la calzada. Observen que dos quedan pegadas a los bordes de la acera y otra en medio de la calle. Por las dos ranuras que dejan las tres piedras podían pasar las ruedas de los carros.
El guía nos enseñó a distinguir las casas modestas de las tiendas por la ranura que mostraba la piedra de la entrada.
—Los comercios y almacenes tenían puertas corredizas… Además, si nos fijamos bien podemos saber la utilización de algunas casas observando las ‘Señales Internacionales’ de la época.
Efectivamente, en el suelo había esculpido unos genitales masculinos en plena erección, apuntando hacía un habitáculo cuya ocupación en tiempos de los Cesares era inequívoco para cualquier viajero, fuera ciudadano romano o bárbaro.
Poco a poco seguimos nuestro recorrido. Entramos en una posada, y el guía aprovechó para hablar de la gastronomía local:
—A los romanos les gustaba servir sus platos con una salsa hecha a base del líquido supurado tras dejar las tripas del pescado macerando durante días. A esta salsa la llamaban Gorum.
Avanzamos por otra vía, sabiéndonos ya algo expertos. Por las señales algunos colegimos que estábamos cerca de otro prostíbulo, pero pasamos a un habitáculo con ranura en la entrada.
—Este no es un horno para hacer pizza, ojo —nos avisó el guía, tras entrar en una panadería. Delante del grupo había una chimenea semicircular de hace 2000 años con un diseño de ladrillos muy parecido a los hornos modernos.
Una manzana después estaba el lupanar. Este edificio, a diferencia de casi todos, tenía el techo reconstruido. Por supuesto, no era el original, pero se había hecho con la intención de conservar las pinturas eróticas del pasillo interior. Dentro sólo constaba de tres o cuatro habitaciones muy pequeñas, con una cama de piedra de un metro y medio de larga en su interior. En el dintel de la puerta una ‘Señal Internacional’: Una piedra alargada simulando un pene erecto.
—Esto es como en los aeropuertos —nos recalcaba el guía—: señales que todo el mundo entiende.
Después fuimos a las fabulosas Termas de Estabia. Debían ser un sitio muy lujoso, con su patio interior rodeado de columnas y sus frescos aún visibles en las paredes. Nos metimos por un lateral a una estancia techada. A estas alturas, siempre que veíamos algo con techo, sabíamos que dentro habría algo interesante que ver. Y así fue: en la habitación había dos urnas de cristal que albergaban dos pequeñas figuras humanas blancas con expresión de espanto.
—Son de yeso. Esto es el resultado de una feliz idea de un arqueólogo italiano —nos decía el guía con cierto orgullo patrio—. Durante las excavaciones se vio que muchas personas y animales habían quedado sepultados bajo la ceniza. Con el paso de los siglos la carne desapareció pero quedó el hueco con los huesos dentro; de modo que cuando se descubría algo que podía ser un ser vivo se inyectaba yeso en el hueco y una vez seco se obtenía un molde casi exacto del último momento de vida de las personas o animales muertos aquí. Fíjense que dentro del yeso aún permanecen los huesos de estos romanos.
La visión de aquellos cuerpos era fascinante a la vez que espeluznante. Uno era un esclavo. Totalmente calvo llevaba ceñido un cinturón y calzaba sandalias. Sus brazos y piernas estaban flexionados, intentando parar lo imposible.
En nuestro discurrir por la ciudad los perros de Pompeya nos acompañaban de vez en cuando. Estos animales campan a sus anchas por las excavaciones. Entran y salen en silencio. Conocen todos los rincones y respetan el entorno. Son de todo tipo: grandes y pequeños, pesados o veloces; el viajero no verá ningún excremento canino, ni tampoco ninguna correa en sus cuellos. Parece que respetaran el lugar, sabedores del cementerio que en realidad fue…
De pronto aparece uno junto a un grupo de turistas y escucha cortésmente las narraciones del guía. Parecen entender todos los idiomas. El viajero hará bien en observar a estos animales: si no se muestran serenos y conciliadores, entonces tal vez la explicación del guía de turno no concuerde demasiado con la que otro día comento, pongamos por caso, otro guía japonés.
Su silencio y sigilo es tal que uno se pregunta si en realidad existen. Si son tal vez las almas de los romanos de hace 2000 años allí calcinados. Tan pronto ves a un chucho enorme, con aspecto de mastín —de gordo senador romano—, compartiendo contigo en silencio la contemplación de un fresco de una pared lateral de la casa de un patricio. Cuando te das por satisfecho el perro ya no está. Se esfumó, sin ruido, sin pedir una caricia por su compañía… Sales a la calle, miras en los comercios de enfrente, te metes en las termas de la calle paralela… Nada, no está.
Uno de estos simpáticos cánidos entró con nosotros a la Casa de la Caza Antigua. En el atrio se sentó al lado del guía a escuchar la explicación como uno más. Cuando el guía señalaba algo, el perro miraba también con atención hacia el lugar. “Miren el interior de este pozo“, dijo el guía y todos, incluido el perro, nos inclinamos hacia el hueco oscuro. Cuando salimos de la casa, nuestro nuevo acompañante se levantó y salió con el grupo a la Vía de la Fortuna. Después desapareció. Así, como os lo cuento.
Completamos la visita con el Foro y sus graneros llenos de anaqueles con restos de todo tipo, la célebre Casa de Fauno —la mayor mansión de Pompeya con casi 3000 metros cuadrados—, y el Templo de Apolo. Revisando la Guía gratuita de la entrada vimos que nos habíamos dejado un montón de cosas y que en otras circunstancias la ciudad habría dado para el resto de la mañana y parte de la tarde. Una lástima, pero nuestra agenda era muy apretada.
Bárbara, una italiana bastante más atractiva que el resto de guías del viaje, nos esperaba en el Hotel Victoria. Montamos en el autocar y regresamos hacia Nápoles con explicaciones varias sobre la explosión del Vesubio.
—¡Guapa! —vociferó el líder del Sexteto Maravilloso, en una de sus gracias habituales. Como siempre, los integrantes de su subgrupo y alguien más rio la tontería y mientras estuvimos con Bárbara se volvió a escuchar el adjetivo en más ocasiones, siempre por supuesto, sin venir a cuento. Ella sonrió las primeras veces, pero el carácter latino tiene un límite y su cara se mantuvo seria en el resto de ocasiones; lo que la hacía aún más ‘guapa’.
Entramos en Nápoles paralelos a las vías del tren. Después salimos al mar donde la guía intentó hacernos ver la supuesta belleza de la mezcla de edificios nuevos con otros en ruinas tras los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial.
—En estas casas aún sigue viviendo la gente —nos dijo.
Rápidamente llegamos a la impresionante mole del Castel Nuovo y de allí, por la Vía San Carlo hasta la gigantesca Piazza del Plebiscito y vuelta.
—A la una menos diez sale el barco a Capri —nos informó Bárbara—. Por favor, puntualidad absoluta. A las 12:30 aquí.
Escasos treinta minutos era lo que teníamos para ver Nápoles. Realmente no es una ciudad bonita pero donde nos dejó el autocar había cosas interesantes que visitar, sobre todo, por lo inesperadas. Así, apretamos el paso hasta el Plebiscito e hicimos la foto correspondiente. Un ciclista casi me atropella, pero yo ya empezaba a tomar como normales estos pequeños achaques del tráfico. Sin abandonar la Vía San Carlo entramos en la Gallería Umberto, que es una galería comercial en forma de cruz como la archiconocida de Milán, con su cúpula central de hierro y sus paredes palaciegas. Salimos con prisas para llegar a las inmediaciones del Castel Nuovo y fotografiar la entrada monumental del mismo: el llamado Arco del Triunfo que se construyó en honor de nuestro paisano el Rey Alfonso I de Aragón. Se trata de un pegote blanco lleno de esculturas, columnas y relieves entre dos torres marrones y muy anchas sin ningún adorno. Muy curioso. Y casi sin aliento el grupo se volvió a formar para navegar hasta Capri.
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Próximo capítulo: Aventuras en Capri.
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GRACIAS !!





Mabel
Muy buena historia, me encanta. Un abrazo y mi voto desde Andalucía