¿Creemos los filósofos en las vacaciones?

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No solamente creemos en las vacaciones, sino que hemos desarrollado toda una disciplina a propósito del arte de la contemplación. A la pereza la llamamos paciencia. A la indecisión, incertidumbre. Nuestra palabra para la cobardía es la templanza. Si decimos curiosidad, es por no decir ignorancia. Si nos mostramos torpes, se trata simplemente de un despiste genial. Para un mal estomacal nos sirve la excusa de la angustia existencial. Si no sabemos amar, la culpa es de Freud o de Bloch o de Marcuse. Para contradecirnos, la dialéctica. Para desconfiar, el escepticismo. Para presumir, la deconstrucción. Para amedrentar, la caverna.
Estas son algunas de las herramientas básicas con las que uno alcanza a filosofarse, echado en una hamaca en medio de una playa entre montañas llenas de vikingos… que quieren despellejarme.

Escéptico como soy, no di crédito a la amenaza que suponían. De los siete bárbaros que me acorralaban, tres portaban espadas, dos iban con hachas y los dos más robustos, los más temibles, los más estúpidos, se acariciaban sus vergas con asqueroso ánimo vengativo.

Ya sé quiénes son, pensé. Son la horda del esposo de Karina, la nínfula sueca que me hizo ojitos ayer mientras yo iba deconstruyendo página a página un volumen que contenía la Saga de Erik el Rojo. A medida que arrancaba las páginas, Karina se iba acercando. Yo mantuve mi templanza, pero me dejé acechar.

Cuando Karina quedó frente a mí, me paralizó una profunda angustia existencial. La joven, percatada de mi ruina conductual, puso su mano sobre mi cabeza. No es que yo sea un cínico, pero cuando una mujer me pone la mano en la cabeza me vuelvo un perro doméstico y cariñoso, sin rasgos humanos. Empezó a acariciarme la melena. Sus dedos hurgaron mis rizos, rozaron mis orejas, despejaron mi frente. Se me cayó de las manos el libro que andaba destruyendo. Y ella se introdujo en ellas, en mis manos, como cuando Cortázar abrigaba a su enamorada rana entre las suyas en un par de versos de mucho éxito.

Hicimos el amor, y ya nunca más fuimos los mismos.

Dudo que pueda evitar el castigo que su celoso esposo y sus brutales amigos están empezando a infligirme. Lo dudo hiperbólicamente. Dejaré que me descuarticen las hachas, como yo hice con Erik el Rojo.

 

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Lourdes

    Lourdes

    20 julio, 2016

    Buah!!! es que tu siempre me haces pensar!!!…voy a tener que dejar de leerte (duda hiperbólica).
    Mi voto!, como siempre.

    • Imagen de perfil de Diablos

      Diablos

      20 julio, 2016

      Buah!! Gracias. Yo, que llamo a cualquier cosa “pensar”, no imagino a qué te refieres del todo. Pero asumo cierto placer/sensación en eso a lo que te refieres. Y me gusta.

  2. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    20 julio, 2016

    Muy buen relato. Un abrazo y mi voto desde Andalucía

  3. Imagen de perfil de Valentino

    Valentino

    20 julio, 2016

    Sabes lo ce me dezidió a darte mi voto: La figura de Cortazar i los vikingos.

  4. Imagen de perfil de Shei

    Shei

    21 julio, 2016

    Me ha gustado mucho. Es diferente de lo que suelo leer, pero te ha quedado genial.

    Un saludo y mi voto.

    • Imagen de perfil de Diablos

      Diablos

      21 julio, 2016

      Muchas gracias Shei… es mineralizante leer un comentario tan a favor… Un saludo.

  5. Imagen de perfil de Abel

    Abel

    21 julio, 2016

    No me ha dejado indiferente. Una lectura muy instructiva y entretenida. Mi enhorabuena.

    • Imagen de perfil de Diablos

      Diablos

      21 julio, 2016

      Gracias por el comentario Abel… invitan a seguir escribiendo. Un saludo.

      • Imagen de perfil de Abel

        Abel

        21 julio, 2016

        Nunca dejes de escribir, sea cual sea el motivo.

        ¡Un saludo!

  6. Imagen de perfil de gonzalez

    gonzalez

    22 julio, 2016

    Me gustó mucho, amigo! Te dejo mi voto y un fuerte abrazo!

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