Encarna

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Tendría siete u ocho años el día que mi madre me mandó por primera vez a casa de Encarna, no iba sola, mi hermana dieciocho meses mayor que yo me acompañaba. Sobre ella recaía mi custodia y salvaguarda.
Llevábamos instrucciones precisas sobre lo que debíamos decir. Mi madre en aquella época era muy estricta cuando daba una orden, posteriormente los años y los distintos accidentes la dulcificaron, relevándonos como centro de atención.
Encarna era menuda de todo, de tamaño, de carnes, de envergadura pero no de años, rondaba la setentena aunque puede que fuera más joven, las vestiduras y esa sana asimilación de la edad que resta importancia al aspecto la hacían parecer mayor a mis ojos.

La habitación-taller la encontrabas a mano derecha del pequeño recibidor que distribuía la casa, cientos de telas se repartían de forma desordenada, caótica, sobre cualquier objeto que sirviera de apoyo. Si mirabas al suelo, los trozos de tejido que se descolgaban de sus tijeras formaban una especie de tapiz geométrico similar al dibujo de un azulejo hidráulico.
Nos quedamos en silencio esperando a que Encarna nos invitara a iniciar conversación. Ajena a todo, estaba concentraba en el trazado rectilíneo hecho con jaboncillo claro sobre tejido oscuro, terminó la trayectoria con una curva dando forma a la sisa. Cuando recortó el dibujo , dobló la tela sujetándola con un alfiler, a continuación levantó la mirada dirigiéndola hacia nosotras.

-¿Y bien, que hacen ustedes por aquí?.
-Buenos días maestra Encarna, que dice mi madre que si tiene a bien tomarnos como aprendizas en su taller, dice también que no se preocupe por la paga, que ya vamos sobradas con que nos enseñe- recitó mi hermana de memoria y sin titubear.
Nos hizo gestos para que nos aproximáramos, una vez frente a ella tomó las manos de mi hermana revisándolas cuidadosamente, continuó haciendo lo mismo conmigo.
-Ando escasa de trabajo y ahora mismo no me viene lo que se dice bien-pero… tras reflexionar un momento añadió- pero si os mostráis diligentes y con dotes puede que os admita. Empezaréis planchando costuras, mañana a la seis y media aquí.

Era noche cuando llamamos a la puerta, al entrar la maestra nos saludó adormilada:
-Buenos días, pasad por aquí- nos ubicó en el hueco de la escalera que se encontraba frente al recibidor.
-Buenos días maestra Encarna- recitamos a dúo.
Se giró y nos miró de nuevo de arriba a abajo contemplándonos indecisa.
-Ayer olvidé preguntaros el nombre, sería bueno saber cómo dirigirme a vosotras.
De nuevo mi hermana habló por las dos.
-Yo me llamo Manuela, Juana mi hermana- no pudo evitar que tras nombrarme un bostezo matutino le descolocara la boca.
Encarna sonrió tornando de inmediato el gesto para recalcar la importancia de lo que tenía que decir:
-La plancha es un asunto delicado, si se calienta en exceso puede quemar el tejido y si está muy fría perderéis el tiempo, otra cuestión importante es mantenerla limpia para que no manche de cenizas el tejido. ¿Está claro?.
Sin muchas ganas tomó varios trozos de tela indicándonos con su ejemplo como colocar la prenda para que el planchado fuera efectivo y la costura tomara asiento.

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    25 julio, 2016

    ¡Me encanta! Un abrazo Tete y mi voto desde Andalucía

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