“Porque allá donde voy, me llaman el extranjero. Donde quiera que estoy, el extranjero me siento” -Enrique Bunbury
Cada vez vuelvo con menos frecuencia a la tierra donde me crié. Allí me encuentro con puertas ante las que soy como un poderoso jedi y me basta un ligero movimiento de muñeca para hacer que se abran con suavidad. Ante otras puertas me quedo dubitativo, inseguro como un niño dibujado por Castelao, y me sorprendo al ver mis manos rebuscando en el bolsillo unas llaves que hace tiempo se han perdido.
Detrás, me encuentro tanto con brazos que siempre reservan abrazos como con abrazos que degeneraron en protocolarios y fríos apretones de manos. Me saludan, por un lado, efusivos besos cual sello que es impreso con ímpetu; por otro lado, me saludan tímidos gestos más dedicados al trato entre extraños.
Siempre que uno abandona su rutina el tiempo se desliza en otra dimensión: ni más despacio, ni más rápido. Diferente. Ese preciado tiempo se dedica a continuar las conversaciones que hace meses, o incluso años, quedaron en puntos suspensivos… Como si no hubiese pasado el tiempo! Otras conversaciones derivan en la exposición de todos y cada uno de aquellos momentos en los que no he estado… Como si hubiese pasado una eternidad! Agradezco que se me ponga al día y me esfuerzo en no ver trazas de reproche en semejante ejercicio de memoria. Y pasa el tiempo, ni más despacio, ni más rápido. Diferente.
Aún desnortado y apenas desplegado el papel donde escribí la lista de “cosas por hacer, gente a la que ver, lugares que visitar y restaurantes donde comer”, emprendo el camino a casa, a mi verdadera casa. La otra, donde me crié, la que no pertenece a nadie, a pesar de lo que ellos digan, de haber servido de temporal refugio, de pelear por conservarla, de silenciar sus crujidos… a pesar de eso, nunca la sentí como propia.
Es absurdo querer volver al lugar de donde siempre quise escapar. Es absurdo sentir que me han quitado algo que nunca me perteneció.
Así que me voy de esa tierra donde dicen que ya no tengo acento gallego y me dirijo hacia la tierra donde dicen que no hablo “como los de aquí”. Orgulloso de retomar mi día a día, conduzco cabeza alta y vista al frente, aliviado al ver el horizonte despejado, sabiendo que en cuestión de horas llegaré al Este. Conduzco sin perder de vista el espejo retrovisor, el paisaje a mi espalda y todo lo que dejo atrás.





Temor
Verdades como templos explicitas en este relato tan hermoso. Un saludo con mi voto!
Nelko
Con este comentario, el primero que recibo, me doy por satisfecho. Te agradezco mucho tus palabras y tu valoración. Me comprometo a devolverte el tiempo que has empleado en leerme. Saludos.
JGulbert
Para mi muy buen relato, Me gusta tu estilo. Un saludo
Nelko
Muchas gracias por tu valoración. Saludos!
Mabel
Una vida que recordamos en la distancia y que poco a poco no es que se vaya perdiendo si no que se va alejando más, porque cuando se ha encontrado un lugar para vivir es difícil dejarlo y volver atrás. Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenido
Nelko
Te agradezco mucho tus palabras. Gracias por la bienvenida! Saludos!
Yumi-Chan
Este relato me ha hecho mucha nostalgia. Todo lo que alguna vez fue tuyo, se aleja inevitable de las manos y el recuerdo es el único que se queda. Pero al final, te das cuenta que no perteneciste nunca ahí.
¡Oh, esto me llegó muy dentro! Me siento un poco identificada con esto.
¡Gracias por compartirlo!
Mi voto es tuyo.
Nelko
Gracias a ti por dedicar tu tiempo a leerlo. Me alegro que mis palabras, de alguna manera, sintonizasen contigo. Un abrazo!