Luna de invierno © (Primeros tres capítulos)

Escrito por
| 47 | 7 Comentarios

Acto primero.

La blanca nieve caía espléndida en su albina piel, apenas y había desemejanza en los copos de nieve que comenzaban a yacer en sus delgados brazos.

 

La joven Elizabeth Butler caminaba despacio por el enorme patio del castillo, recibiendo el frío viento que soplaba efusivo en su delicado rostro, meciendo con delicadeza y elegancia los risos blancos de su melena.

Sus labios rojos se comenzaban a tornar pálidos cual la misma nieve que seguía cayendo en su cuerpo.

Suspiró, rendida.

Cerró sus bellos ojos azules, para enseguida abrirlos y encontrar algo que no pensó ver en ése desierto lugar.

—Elizabeth ¿Qué haces aquí sola?— Preguntó su bella madre de facciones similares a las suyas, plantada frente a ella; sorprendiéndola—, Sabes que en éstas épocas no tienes que estar fuera del castillo. Las reglas del consejo tienes que obedecerlas— Le informó preocupada la mujer de hermoso vestido de seda, ceñido a su delgado cuerpo pálido.

—Lo siento madre… Sólo quería ver cómo la nieve cubría todo a su paso— Bajó su mirada azulada que divagó en un inexistente punto. La brisa se detuvo de golpe, dejando de mecer con sutileza las hebras de su albino cabello.

—Está bien—Calmó su madre mientras se retiraba, dejándola parada en medio de toda la nieve del solitario patio del castillo.

Elizabeth partió camino al gran longevo palacio. Arrastrando su fino vestido negro sin mucho entusiasmo, pues se había retirado de ahí por una razón, y regresar de nuevo a encontrar su sufrimiento no era demasiado apetecible. En su corta edad, deseaba he imploraba que la ilustre madre luna por fin se dignara a mostrarle su verdadero camino.

Era desalentador que su hermana menor ya hubiese encontrado a su mate, el supremo Alpha, el gran alfa de todas las manadas. Por supuesto que era algo indignante, y más sabiendo que era la única de su familia que no se había trasformado en un lobo.

Ella sabía que al ser omega su fuerza no era sobresaliente a comparación de los betas y alfas.

¿Pero por qué…? ¿Por qué tanto sufrimiento y tortura…? ¿Por qué tanto rechazo de todas las manadas…?

Sabía que la guerra entre los humanos seguía prolongándose más; mucho más. Y, que al ser ella una licántropo sin siquiera transformarse, haría pensar a todos que ella era uno de los tantos humanos despreciables que querían aniquilar a los lobos.

Pero no, ella era hija de dos grandes castas puras y finas del gran reino.

¿Pero qué más daba? Al menos le animaba que su familia si le tomara en cuenta como una de ellos, y no como una desalmada cosa destructora de mundos.

Caminó por los grandes y lóbregos pasillos del palacio. La luz de las velas de queroseno estaban iluminando tenue, y las paredes de piedra emitían pequeños ruidos por los insectos.

Quería buscar a su hermana, Ann. La gran luna del reino.

Pero seguía y seguía buscando, y no encontraba por ningún lado a su querida hermana. Hasta que sus delgadas y blancas piernas se dirigieron a la puerta del gran salón de consejo, donde todos los vejestorios de tiempos de antaño yacían sentados en sus pulcras sillas de oro.

—Sabes perfectamente, Ann. Que tu hermana no es una de nosotros. Ella a la edad de diecinueve años no ha podido transformarse…, y ni siquiera ha de encontrar en ningún rincón del reino a su mate. Es una humana—La rasposa y gangosa voz resonaba dominante.

Elizabeth se tapó la boca con sus frágiles manos, reprimiendo un sollozo.

—Está equivocado, señor. Es mi hermana, hija de Colette y John, unos de los lobos pura sangre de los antaños tiempos de guerra de las montañas nevadas ¿Cómo ha de osar decir que ella es una humana? —La voz de su hermana chilló desesperada detrás de la vieja puerta de madera.

—Sí, eso los sabemos. Pero ya lo hemos decidido todo el consejo, Ann. Tu hermana será desterrada del reino, a las afueras de la tierra sin fin. Donde ningún lobo ni humano ha de pisar la tierra prohibida.

— ¡No! ¡Eso no puede ser! —Gritó— ¡La han destinado a la muerte!—Desgarró su garganta, propinando un sonoro bramido.

Esto era ya demasiado para la su frágil mente de Elizabeth.

— ¡No tiene que objetar nuestra decisión, Luna! Nuestras órdenes son absolutas…

Y en ése momento, su mente y alma se desmoronó.

Sus piernas la llevaron lo más deprisa que podían, sus cristalinas lágrimas se deslizaban por sus albinas mejillas y su llanto comenzó a sonar promitente.

¿Por qué pasaba ahora esto? ¿No tenía ya suficiente sollozar en silencio por las noches, suplicándole a la madre luna ser feliz?

No, al parecer no era suficiente para su fatídica vida. Corrió, indecisa e iracunda. Sus ojos contemplaban con lentitud los movimientos de su alrededor.

Sus piernas frágiles se comenzaron a entumecer por el impacto de la espantosa noticia. Y, sin mirar atrás se alejó del palacio, llorando. Entró al espeso bosque lúgubre, rompiendo su vestido negro con las filosas espinas de los colosales árboles al correr.

Su garganta se destrozaba con cada bramido que daba, por cada grito ensordecedor que emitía su frágil faringe.

Y cayó, derrotada y ultrajada.

— ¿Por qué madre Luna?—Sollozó— ¿Por qué haces esto más difícil de lo que ya era…?

Pero enmudeció al escuchar un aullido de la lejanía, rabioso.

Estaba en la tierra sin fin, el lugar que un humano ni lobo deben osar pisar. Así que espantada, se levantó adolorida por todos los rasguños de su delicada piel albina, para iniciar de nuevo su desgarradora carrera por su vida.

Sus piernas derramaban abundantes gotas de sangre, recorriendo la blanca piel cubierta de fango. Sus músculos se desgarraban con cada zancada que propinaban sus frágiles extremidades. La carne le ardía, su piel se arañaba con las ramas y espinas del espeso bosque oscuro, y su llanto afligido se mitigaba con los grotescos sonidos intimidantes de su alrededor.

Sus pasos apresurados cada vez iban disminuyendo, su respirar se dificultaba; no tardaría en colapsar derrotada.

¿Por qué osaba la madre luna a destinarla a una brutal realidad? Nunca creyó que terminaría en un solitario y espeluznante bosque, corriendo apresurada y aterrada para que ésos feroces hombres lobo no la descuartizaran viva.

¿Acaso no era una de las omegas más fuertes? ¿Acaso no era la hija de dos castas de lobos más antigua y pura que había? No… Esto era la realidad, una omega jamás sería una de las más fuertes, acabaría siendo vencida ante ésos alfas que corrían tras ella; su queridísima progenitora no la salvaría esta vez, no… Moriría, y sólo porque la madre luna le dio la espalda.

Paró, aterrada. Un gran lobo rabioso estaba enfrente de ella, ladrando y salpicando saliva de su asico.

—Por favor… No—Imploró Elisabeth pavorida.

El lobo de oscuro pelaje castaño, se alejó, colérico e iracundo. Mientras que la joven albina, se desmayó, aterrada.

[…]

Elizabeth comenzaba a despertar, abriendo con lentitud sus ojos azules.

— ¿Mamá…?— Pronunció desorientada, sintiendo gotas de agua salpicando en su piel.

Al abrir sus parpados, contempló un bosque verdoso, sin ningún rastro de la fría nieve que adornaba eternamente los suelos. Ahora, sólo era niebla en toda la espesura del lúgubre bosque en el que ella yacía tendida, llena de pútrido fango y de su propia sangre coagulada.

Temblaba vertiginosamente. A pesar de no haber nieve, sentía el aire más gélido y el ambiente más estremecedor.

Se levantó paulatinamente, mientras que lágrimas traicioneras se resbalaban por sus mugrientas mejillas; recordando todo lo desgarrador que había sido para su alma…, al haber escuchado el desprecio de su manada.

Caminaba, sin saber siquiera a dónde ir. Sus zapatillas de tela se habían desgarrado, y de las plantas de sus pies se encontraban con profundas heridas.

¿Acaso su hermana ya había descubierto que salió del palacio? Sólo esperaba que ella no se destrozara por su partida. Pero sabía que las órdenes del consejo no eran contradichas, ni siquiera por el Supremo Alpha. Y si las desobedecía, terminaría también desterrada a las tierras sin fin.

¿Por qué caminaba, tratando de encontrar un lugar para su salvación, si en las tierras sin fin no había nada? Sólo había una muerte aterradora y asegurada.

Sollozó un rato más, hasta que un peculiar aroma le llamó la atención.

 

 

 

Acto segundo.

Un hermoso aroma a tierra mojada llegó a sus fosas nasales. Nunca en su corta vida había olido una agraciada fragancia tan penetrante y exquisita. El momento no era el más indicado para averiguar de dónde provenía ésa esencia, pero no había nada más que la motivara a seguir de pie…, no lo había.

No perdía nada en ir mientras su agonizante cuerpo amoratado perdía fuerza; si caía inconsciente se lo agradecía a la madre luna, porque ya no tenía nada por qué luchar, sólo el dolor del rechazo se quedaría en su corazón.

Sus frágiles piernas se movían directamente al exquisito aroma que emanaba de algún lugar. ¿Por qué un aroma tan cautivante la motivaba tanto en llegar sin demoras? Ése olor le era a Elizabeth demasiado familiar, como si ése olor fuese uno que había tenido cerca de ella desde hace mucho tiempo.

No quería detenerse a observar el maravilloso lugar que la rodeaba, ése bosque espeso y verdoso no le prestaba ni la más mínima atención.

Las plantas de los pies le comenzaban a sangrar más de lo que lo hacían, y el dolor que le provocaba disminuía los pasos que sus piernas propinaban, ése desgarrador sufrimiento le perforaba su alma, porque ella no tenía que tener esa necesidad de morir resignada…, si no fuese por el consejo que decidió desterrarla lejos de todo lo que ella conocía.

No creyó que ésos vejestorios desterraran a las tierras sin fin a una licántropo de la casta directa de la madre luna. Por algo su familia y ella eran de un color de piel y pelo tan pálido como los brillantes rayos lunares, como la misma nieve donde la gran madre luna caminaba agraciada en los tiempos de antaño. Seguramente al Supremo Alpha se sentiría ultrajado al enterarse que una pura sangre fue desterrada, y que el consejo había osado tratar ése tema exclusivamente con su hermana, la Luna.

Aunque no tenía que anhelar cosas inalcanzables; el consejo tenía la razón y el Supremo Alpha no podía argumentar lo contrario, ella no podía ser un licántropo cuando nunca se había transformado.

Una lágrima de impotencia derramó sus azulados ojos, mojando sus albinas pestañas.

Sus pies pisaron un suelo totalmente empedrado, y su vista impactada se centró en un hombre castaño…, y su olor lo conocía, era el alfa que la cazaba rabioso en éste espeso bosque hace unos momentos, pero ahora en una forma humana.

— ¡No deberías estar aquí! —Bramó furioso el hombre.

—Yo… no tengo un lugar a donde ir— Elizabeth tartamudeó aterrada por el tono dominante de alfa que el licántropo usó en ella.

—Pensé que morirías cuando tu cuerpo se desplomó débil en el fangoso suelo, mientras seguía desangrándose— Dijo el alfa apaciguando el tono de su gruesa voz, pero sin dejar de mirarla como una intrusa—; pero al parecer Alberto te curó mientras yacías inconsciente en el fango

Elizabeth se sorprendió, pues el alfa se tranquilizó cuando su delicada voz sonó sutil al dirigirse al alfa. Ella era conocida como la más débil omega de todo el reino, pues su carácter era tan gentil que ella jamás sería una verdadera licántropo. Su hermana era tan diferente, una mujer fuerte, con un carácter impasible e irrompible para todo el consejo y que, por fortuna, la madre luna le escogió al Supremo Alpha a una beta hermosa, y que su casta era directa de la madre luna.

Pero al parecer ésos licántropos no les molestaba su carácter, su tono débil y gentil que ella siempre portaría toda su vida.

—Supongo que eres una plebeya del reino del norte—Comentó el licántropo y la albina melena de Elizabeth se meció al afirmar la suposición.

—Seguramente el consejo la desterró, es lo único que saben hacer— Se escuchó una gruesa y varonil voz emerger del verdoso bosque, encontrándose con un hombre de cabello castaño y ojos verdes cual las mismas hojas de los arboles a su alrededor.

—Yo…—Pronunciaron sus rojos labios—, El consejo decidió que yo ya no pertenecía al reino… Que, yo era una amenaza para ellos—Concluyó, derramando de sus bellos y azules ojos unas cristalinas lágrimas llenas de dolor y sufrimiento, desgarrando su garganta con los sollozos reprimidos de su frágil alma.

Los dos licántropos castaños la miraron con lastima.

—Bienvenida, aquí sufrirás el doble que lo hiciste en el reino del norte, porque este reino… ya está roto— Dijo el licántropo de ojos verdes con una neutral mirada que intimidó a Elizabeth.

Ella aterrada retrocedió unos pasos, cayendo en el duro y frío suelo. Temblando miró los penetrantes ojos de los alfas que yacían parados imponentes enfrente de ella. Intimidantes, esa era la palabra exacta que los describía a ambos alfas. Pero algo que ella no podía creer, era que en las tierras sin fin, las tierras prohibidas para cualquier licántropo o humano, que alguien pudiese vivir en ése lugar.

Ya no podía más, ya no… Sabía ella que en las miradas de ambos hombres había desprecio, había desconfianza con su presencia, que ella no pertenecía en este lugar. Pero ya no había nada que hacer… Porque ella ya no pertenecía en ningún lugar.

Respiró hondo, tratando de tranquilizarse con ése exquisito aroma de tierra mojada. Estaba traspirando, los poros de su piel expulsaban gotas saladas llenas de miedo. Los alfas lo olieron, una fragancia de miedo y de una débil y miserable omega, un despreciable rango que odiaba cualquier alfa seguramente; no todos los alfas pensaban eso, pero no había nada que le asegurara que ellos eran distintos.

Sus ojos se volvieron negros, su dientes se volvieron filosos y sus caras se comenzaban a desfigurar… no lo aguantaba, gritó todo lo que pudo desesperada.

[…]

De nuevo de su asico volvía a derramar gotas de sangre fresca. Había cazado a unos pobres humanos que merodeaban por sus tierras tratando de hallar a unos licántropos para asesinarlos. No le agradaba matar a gente confundida y manipulada por almas despreciables de otros reinos… Pero su deber era, es y será proteger a los suyos a como diera lugar.

Su oscuro pelaje estaba lleno también de sangre. Color carmesí adornaba todo su negro pelo. Elliot, el único alfa de oscuro pelaje, el Alpha de las tierras sin fin… El más antiguo Alpha que tiene el don de nunca envejecer estaba trasformado en su cueva mientras que de su asico escurría sangre, rabioso se encontraba tratando de tranquilizarse porque unos humanos osaron pasar las tierras prohibidas, arriesgando sus vidas… Y que fueron arrebatadas de una manera tan grotesca que su misma alma se encontraba rabiosa consigo misma.

¡No podía, no podía tranquilizarse! Se encontraba tan furioso que no podía transformarse en su forma humana. Su ser estaba tan rabioso que sus ojos se encontraban tan negros cual su mismo pelaje y la espesa oscuridad que adornaba la cueva.

Pero había algo que lo neutralizó, un aroma familiar e inolvidable. Un aroma frío, olía a rosas llenas de nieve; agua helada. Sus ojos negros se centraron fuera de la cueva, donde también percibía el olor de Adam y Alberto, dos alfas encargados de que presencias no deseadas traspasaran el límite de su reino. Pero ése olor… No podía creer que ése olor lo volviera a percibir desde que su mate murió, no. Ella no podía ser su mate; el olor era exactamente el mismo, pero no podía ser ella. El mismo visualizó como el agonizante cuerpo de su mate yacía en sus brazos, desangrándose y perdiendo la vida de una madera horrible.

Miró como una joven albina miraba asustada a los dos alfas. El color de su piel, el color de sus ojos, su mismo olor…, se parecía tanto, pero el mirar de ella, era demasiado distinto… esa licántropo de rango omega no era su antigua mate, pero su lobo interno regía por ir de inmediato y reclamar a su nueva mate que le dio la Madre Luna.

¿Por qué ella hacía esto? ¿Por qué osaba traerle a una chiquilla asustada que se parecía tanto a ella?

Se tranquilizó, mientras pensaba si iba a reclamar a esa chiquilla como su mate o no. Pero algo hizo que su alma explotara encolerizada. Los dos alfas, Adam y Alberto estaban usan su olor y voz de alfa para intimidarla, y que saliera pavorida del lugar. No importaba si la reclamaba o no, él no podía soportar que otro alfa que no fuera él mismo se atreviera a usar eso en esa chiquilla que se parecía tanto a ella.

No podía soportarlo.

— ¡Ahhh!—Y no lo soportó al escuchar un desgarrador grito de sus labios carmín.

Sus músculos se impulsaron y lo hicieron correr encolerizado, ladrando de una manera tan potente que los mismos alfas bajaron la cabeza por respeto.

— ¡¿CÓMO OSAN USAR SU VOZ EN ELLA?! — Bramó furioso Elliot, asustando más a Elizabeth.

—Nuestro trabajo señor… es no dejar que ningún desconocido entre a sus tierras ¡Usted lo ordenó!— Dijo Alberto aterrado, sudando y bajando su cabeza lo más que le era posible.

— ¡ESA ORDEN SÓLO ES PARA LO HUMANOS, NO PARA TU MISMA ESPECIE! Ella es una licántropo— Le escupió, humillando al alfa que estaba frente él. Alberto asustado, tembló y orino sus pantalones horrorizado.

El Alpha Elliot, el único lobo de oscuro pelaje y juventud eterna dada por la madre luna, es el alfa más temido de todos… Él es el alfa que asesinó a más de mil soldados humanos que reclamaban el trono, en la guerra del norte hace ya más de cien años…, la guerra que aún no se ha acabado.

Elizabeth yacía tendida en las duras rocas, y detrás del gran Alpha de la tierra sin fin.

—Yo lo siento, pero su olor es de una mestiza ¡Ella es una omega! Son pocas las que hay, pero todas son puras ¡Su olor me dice que proviene también de un humano…!—Le informó Alberto hincándose y bajando la mirada.

— ¡ESO ES RIDÍCULO! En éste preciso momento tienes ante tus ojos una joven de la casta directa de la madre Luna. Ése olor que has de percibir, es el de una licántropo que aún no ha de trasformare— Elliot se calmó y su cuerpo tomó la forma de un humano. Su melena era oscura cual la espesa noche, y sus ojos tan negros como lo era el mundo antes de que la madre luna apareciera. Su piel morena estaba cubierta por sangre y ninguna ropa portaba.

Elizabeth sorprendida e impactada no lo soportó, ése olor a tierra mojada era el de su mate. Sabía que lo era, pues su loba le decía una y otra vez que es su mate, su alma gemela era el lobo que yacía enfrente de ella cubierto de sangre y fango al igual que ella.

No podía soportar más… se desmayó en el rocoso suelo.

 

Acto tercero.

Su adolorido cuerpo estaba amoratado, los hematomas yacientes en su albina piel eran de colores morados y verdosos de tamaño considerablemente colosales. Su delicado cuerpo estaba tendido en una cama desconocida ¿Qué había pasado?

Elizabeth abrió sus parpados contemplando a través de sus retinas un cuarto con espesura negrura. Las paredes de piedra desprendían pequeños pedazos de lama a causa de la humedad que poseía la sofocada estancia, y las pequeñas velas que estaban en el polvoso suelo no ayudaban en nada.

Desconcertante, esa habitación nunca la había visto en su vida, pero sabía que al desfallecer en el rocoso suelo frente a tres licántropos sería algo realmente preocupante; más sabiendo que uno de ellos era su mate ¿Dónde estaba él? Se sentó en ésa incomoda cama, acariciando sus desnudos pies que tenían profundas heridas cosidas con hilo de cuero. Miró cada parte de la habitación y no encontrando a nadie. Estaba desesperada, su mate por fin lo había encontrado y él no se posaba frente ella para tranquilizarla de manera reconfortante.

Elizabeth siempre pensó que el día en la que oliera por primera vez a su mate él estaría a su lado, como lo hacía el Supremo Alpha con su querida hermana el día en que la conoció. Cerró sus ojos por un momento y respiró hondo, llenando sus pulmones con el demandante aire que ahora necesitaba. Mordió sus labios para enseguida mostrar esas retinas azuladas, acuosas.

¿Por qué no se encontraba su querido mate con ella? ¡Lo necesitaba! Por primera vez se sintió tan llena… Y ahora se sentía con una inmensa soledad. Realmente ella era una persona comprensiva, con una actitud gentil ¿Pero era mucho pedir que su mate estuviera con ella? Había sufrido tanta discriminación por ser la única licántropo a los diecinueve años que no encontraba su mate, y más aun sabiendo que ella pertenecía a la estirpe de lobos más pura que había.

Se levantó, con sus hermosos ojos llenos de cristalinas lágrimas. Intentó caminar pero un exorbitante dolor le recorrió de sus delicados pies hasta su cabeza, su piel se erizó al percatarse que en una esquina de un buró de madera posaba una olla llena de agua con hilo de cuero y gasas llenas de sangre… seguramente de ella. Bajó la cabeza, avergonzada de ella misma por ser tan débil que se hirió con sólo correr en la espesura de un bosque.

—Hola ¿Hay alguien ahí?—La pregunta de Elizabeth se desvaneció en el aire. Confundida por no obtener respuesta de ningún lado, caminó hacia la gran puerta de madera vieja. A pesar de que el cuarto poseía una inmensa suciedad, la puerta tanto el buró estaban tallados de una manera artística.

Tomó la perilla oxidada de tonos rojizos, pero sus blancos dedos se mancharon de la oxidación al abrirla. Miró, un pasillo colosal estaba afuera y ningún licántropo pasaba por él.

Caminaba y no paraba de hacerlo, hasta que escuchó una melodiosa voz masculina hablando con una aterciopelada voz de una mujer.

— ¡Quiero que me digas con veracidad si es mi mate! Sabes perfectamente que se es sólo una vez predestinada una pareja—Elizabeth se tapó la boca, tratando de no producir ningún ruido, pues la voz que se encontraba dentro era la de su querido mate que dudaba de su alma gemela.

—Elliot, es verdad que se es sólo una vez predestinada, pero nunca hay que contradecir lo que la Diosa Luna desea. Sabes que nosotras las brujas nunca incumplimos los deseos de los Dioses, al ser las únicas que nos dan dones. La diosa luna es la más pura deidad de todas, incluyéndote a ti—Elizabeth abrió los ojos sorprendida. La madre Luna es una deidad, eso lo sabía. Pero nunca escuchó alguna devoción a algunos de los demás dioses; nunca. Sólo había otro Dios con los mismos creyentes de la Madre Luna… Ése era El Dios Sol.

—Sí, Pero…—Se detuvo su mate de hablar. Preocupada, trató de esconder más su evidente olor de desesperación y completa confusión. Se mordió los labios, tratando que ningún sonido escapara de su cavidad bucal. Sabía que los mates podían oler a la perfección el olor del otro. Y se alarmó al pensar que su mate la había descubierto espiando una conversación que seguramente ella no era invitada, pero no lo podía evitar, siempre la curiosidad se apoderaba de ella.

La puerta donde cubría el cuerpo de los individuos fue abierta, descubriendo el pequeño y frágil cuerpo de Elizabeth recargado en la fina madera tallada de la puerta.

—Pequeña ¿Ya te encuentras mejor?— La aterciopelada voz de la mujer preocupada por ella le enrojeció las mejillas, pues su piel al ser verdaderamente blanca el color rosado no podía ocultarlo. Bajó Elizabeth el rostro, apenada. Pero la mujer se acercó a ella y le tomó del mentón delicadamente, haciendo que la mirara a los ojos. Una mujer bella, de ojos y cabello marrón, de una figura delgada y delicada, pero más alta que la estatura de la frágil Elizabeth.

—Yo…, me encuentro mejor. Gracias—. Sus ojos se posaron en seguida en él. Su mate llamado Elliot, su mirada tan profunda… la miraba expectante. Su cabello rizado y oscuro como la espesura de la noche, sus labios gruesos y unos ligeros colmillos; blancos. Tan alto y fornido. Ahora lo contemplaba con un traje descolorido, una camiseta de mangas largas y sin botones, portando también un pantalón holgado. Su vestimenta era claramente la de un plebeyo común y corriente.

—Eso me alegra pequeña. Pensé que morirías por tus profundas heridas de los pies. Habías perdido demasiada sangre y era normal que desfallecieras— La bella mujer portaba un hermoso vestido café, con holanes en las largas mangas de tela.

Pudo olerla, ella era una bruja, no había ninguna equivocación y más sabiendo que esa mujer lo había confirmado con sus propias palabras. El característico olor de una bruja era relativamente cambiante, no era como los humanos y lobos e inclusive como el de los vampiros, estos tenían ya un olor permanente.

Elizabeth sintió cómo su corazón se quebró en pedazos al ver fijamente como su mate la miró a los ojos, para después abandonar la estancia donde yacían plantadas las dos mujeres.

Sus manos agarraron fuertemente la falda de su desgarrado vestido. No lo soportó ¿Acaso su mate la había rechazado? ¡Él no podía hacer simplemente eso!

— ¡¿Por qué dudó que yo era su mate?!—Preguntó, demandante. Pues ella había escuchado claramente la conversación.

—Querida—La mujer la miró con lástima.

— ¡Yo soy su mate!—No lo soportó y estalló en cólera— ¡No me importaba nada que mi mate fuera un plebeyo, no me importaba si tenía un rango bajo! ¡SIMPLEMENTE NO ME IMPORTABA SU ESTATUS, YO SÓLO QUERÍA A MI MATE!— Su garganta se desgarraba con cada lastimero grito que propinaba. Cayó hincada en el pulido suelo de mármol, tapando su fino rostro sin dejar que ésa bruja le mirara sus acuosos ojos azules.

—Pequeña niña, tranquila. El Supremo Alpha de las tierras sin fin solamente está confundido— Le dijo la mujer hincándose enfrente de ella, mientras le acariciaba su blanca cabellera.

— ¿Por qué ha de estarlo? ¿Mi olor no es suficiente?— Preguntó la joven Butler, calmándose mientras miraba directamente a la mujer de morrones ojos.

—Pequeña, es muy difícil explicarlo.

— ¡Hágalo, quiero saberlo!—Suplicó Elizabeth a esa desconocida, desesperada.

—Él ya había tenido a una mate…

[…]

Miró el juego de té que yacía grácil en la bella mesa de madera, tallada de una manera esplendorosa y magnificente.

Suspiró. Ahora se había calmado lo suficiente para entablar una conversación civilizada, sin nada de gritos desesperados e incontrolables. Se sentía avergonzada, pues su madre nunca le había inculcado tales malos modales, y su comportamiento hacia ésa amable bruja le hacía sentir descortés. Pero sus sentimientos habían explotado tanto que, al ver lo que Elliot la esquivó de manera olímpica se sintió tan vacía y llena de soledad inigualable. No pensó sentir tanta desolación en su vida…, No lo había sentido.

Su vista se volvió a la bruja, que servía en las pequeñas tasas de porcelana un delicioso té de limón. La mujer se sentó en el maltratado sillón, observándola mientras le entregaba a Elizabeth la tasa caliente.

—Querida, espero que ya te sientas mejor. En el té hay remedios de curación, para que tus heridas puedan sanar más rápido— La mujer tomó un pequeño sorbo del té.

—Se lo agradezco—Su voz se escuchaba tan apagada y tiste que, la bruja la miró y dejó delicadamente el té en la mesa de madera, mirándola preocupada.

—Elizabeth, entiendo que te sientas de esta manera. Yo…

—Discúlpeme, pero no diga que se siente de esta manera cuando no es una licántropo. Usted no ha de sentir jamás la soledad y el vacío que tiene un corazón ultrajado, un corazón que ha sufrido tanto que había ya preferido la muerte… No diga que lo entiende, por favor. No lo vuelva a decir. Porque no es así— No quería decirlo ¡No lo quería! Pero su loba estaba tan triste que no le importaba herir con sus asidas palabras llenas de dolor. Se mordió el interior de labio, tratando de no decir más palabras hirientes.

Ella y su loba tenían una conexión diferente, pues todos los licántropos podían ver en su compleja mente la imagen de su lobo interno, pero ella no lo podía hacer. Hace un año había escuchado la delicada pero potente voz de su loba interna, por primera vez hace un año la había escuchado, pero eso era totalmente contradictorio, pues sólo podían hablar con su lobo cuando ya se habían trasformado a los dieciséis años de vida.

—Lo siento— Se disculpó la mujer avergonzada, agachando su cabeza mientras con sus dedos llevaba un mechón de cabello marrón detrás de su pequeña oreja—. No quería hacerte sentir mal; lo lamento Elizabeth.

—No se preocupe— Le contestó la joven Butler, apenada también por sus crueles y directas palabras, pero a veces Elizabeth no podía controlar las hirientes palabras que intentaba decir su loba.

—Mira querida. Elliot en este momento se encuentra confundido— Al escuchar el nombre de su mate, la total atención de Elizabeth se centró en los labios de la mujer —, Él…, Es algo difícil querida, pero él tiene el don de nunca envejecer, dado por la Diosa Luna.

— ¿Cómo es eso posible?— Preguntó confundida la joven albina.

—Los poderes de la gran madre son inimaginables. Ella le dio el don a Elliot cuando en la guerra de los cuatro clanes perdió a su mate, en plena batalla le informaron que su palacio había sido invadido, la vida de sus sirvientes junto con la de su mate, se las habían arrebatado de las manos cruelmente— Pausó un momento, tomando otro sorbo de su caliente té de limón—. Cuando llegó al palacio, miró tendido el cuerpo de ella en sus aposentos, desangrándose de manera rápida, acostada en un charco de sangre. Estuvo con ella hasta los últimos segundos de vida— Le dijo la bruja de manera dolorosa.

—Pero, en la guerra de los cuatro clanes pasó hace ya más de dos siglos. Ahora ya son pactadas alianzas entre ellos, excepto de uno, que son los humanos— Contestó sorprendida Elizabeth, incrédula de la impactante historia que le contaba. Pues, los cuatro clanes se conformaban por lobos, vampiros, brujas y humanos. Estos últimos no pactaron un acuerdo con los clanes de lobos y vampiros. El dolor y sufrimiento que se llevó en aquella batalla en tiempos de antaño les dejó una cicatriz profunda en sus memorias —. Además de que, en las tierras sin fin se llevó la batalla, y las almas de los condenados vagan en estas tierras, llevando consigo sólo la venganza. Por ello, nadie había sobrevivido si pisaban estas tierras ¿Cómo es posible que haya lobos y brujas aquí?

—Querida, hay cosas que no te puedo decir aún. Este reino aún sigue en pie desde aquella batalla, solamente puedes saber eso…

—De acuerdo, está bien. Supongo que después lo sabré—Elizabeth tomó aire, resignada por no saiar su inmensa curiosidad—. Pero entonces…, Él aún tiene la cicatriz de la perdida ¿No es así?

— ¡Claro! Esa escena no la ha de olvidad nunca. Y saber que la Diosa luna le ha dado la oportunidad de tener otra mate, le ha dejado patidifuso ¡Simplemente impactado!— Elizabeth bajó la cabeza… Ahora comprendía por qué su mate la miraba de una manera indeseada.

Pero nunca se había escrito en la historia que un licántropo se le diera una segunda mate.

—Entonces… me rechazará— Dijo secamente, con sus ojos a punto de derramar lágrimas.

—Elliot será el Alpha más temido en tiempos de antaño, pero no creo que llegue tan lejos. Él respeta todas las decisiones de la Diosa Luna, nunca las ha contradicho.

—Claro…—Su palabra irónica se desvaneció en el aire—. Yo también necesito tiempo para pensar, todo ha sido tan rápido que mi mente lo está procesando aún.

—Por supuesto, querida. La decisión de la Diosa Luna ha sido verdaderamente crucial, pero nunca se ha equivocado, eso te lo aseguro— Le calmó la bruja, dándole una reconfortante y relajante sonrisa. Elizabeth se la devolvió, ahora un poco más tranquila sabiendo una parte de la verdad.

—Pero por el contrario, cómo se sabe mi nombre. No recuerdo haberlo dicho en ninguna circunstancia desde mi estancia aquí —Miró a la mujer de cabello largo y marrón, que la miraba con una sonrisa.

—Bueno, Elizabeth. Las personas que viven en el palacio son personas que contribuyen de alguna manera aquí, tratando de ayudar que éste reino permanezca en secreto para los demás clanes. Los dioses me dieron a mí el don de leer la mente, puedo ver entre tus más viejos y añorados recuerdos, sintiéndolos vívidos en mi mente—Dijo la bruja.

Las blancas manos taparon sus rosados labios, dejándola impactada, pues ahora sabía que la mujer podía comprenderla en cualquier suceso de su vida. La mujer la miró, brindándole una sonrisa para después abandonar la habitación y dejar completamente sola e impactada a Elizabeth.

Continuará…

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    25 julio, 2016

    Muy buena historia. Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenida

    • Imagen de perfil de Yumi-Chan

      Yumi-Chan

      25 julio, 2016

      Kyaaa ¡Muchas gracias, Mabel! Esta novela es una de las que más me gustó escribir (Que aún sigo escribiendo). ¡Te lo agradezco! Me siento un poco nerviosa aquí, pues apenas he iniciado y, tu bienvenida me ha hecho el día.

      ¡Gracias por leer, votar y comentar!

  2. Imagen de perfil de LluviaAzul

    LluviaAzul

    25 julio, 2016

    Excelente inicio de novela, ¡Me encanto! Un abrazo, fuerte.

    • Imagen de perfil de Yumi-Chan

      Yumi-Chan

      25 julio, 2016

      ¡Oh, muchas gracias! Espero que haya sido de tu agrado.

      ¡Te devuelvo el abrazo con besos!

      ¡Gracias por leer, votar y comentar!

      PD: ¡Amé tu relato!

  3. Imagen de perfil de Albatros Negro

    Albatros Negro

    25 julio, 2016

    Tienes mucho talento. Gracias por deleitarnos con tu manera de escribir. Tienes mi voto.

  4. Imagen de perfil de Claudio_3

    Claudio_3

    25 julio, 2016

    Hola, me gustó mucho lo que acabas de publicar, promete ser una gran novela. Ojalá en el futuro podamos leer más de ti. Saludos

  5. Imagen de perfil de gonzalez

    gonzalez

    26 julio, 2016

    Me gustó mucho. Te dejo mi voto y un fuerte abrazo!

Escribir un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Cargando…
Abrir la barra de herramientas