Mario el peluquero

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Luis cruzó en diagonal una de las últimas calles de adoquines que deben quedar en la zona de Nuñez, sin soltar su teléfono, esquivó el agua que arrojaba con una manguera el encargado de la torre ubicada a media cuadra de su domicilio.

—No, la flaca se fue hace un par de meses. Un día llegué a casa y ya no estaba. Si, como en las películas…me dejó una nota en la heladera. La típica, que necesita un tiempo, que mi laburo, que bla bla bla ….y sí. Obvio. …viste como es, yo salgo a las seis de la mañana y hasta la noche no vuelvo. Creo que algo de eso pudo ser… sí… también, que se yo…No, ni loco… ¿orgulloso? No.…Si se quiso ir, tampoco le voy a andar rogando…El que se va sin que lo echen…. Nah, para nada… y si… por ahí cenar solo algunas veces se hace duro, pero tampoco soy un nene….

Una mujer mayor, barría con su escoba las hojas de los árboles, mientras que un trío de perros, atados a la reja de un viejo portón esperaba que el paseador traiga al último compañero que llegó ladrando y moviendo la cola.

—Che, cambiando de tema, ¿te enteraste?… Me salve de pedo. ¿Viste que la mayoría de los fines de semana me toca estar de guardia?  Y bueno, resulta que se rompió la bomba de agua del PH, y empezó a caer por el pasillo como si fueran las cataratas del Iguazú. Como mi unidad es la del fondo, al no tener por donde salir, se empezó a acumular como una pileta…. No, no te jodo, decí vos que la vecina de adelante, se avivó y abrió la puerta de calle, porque si no entraba directo a mi casa… Sí, no sé cómo supo, porque la mujer tiene como ochenta años y es más sorda que una tapia. Dijo que le pareció que le tocaron la puerta, y cuando salió se encontró con la laguna de Chascomús a los pies. Si, viste…dentro de todo tengo suerte. —dijo entre risas mientras sacaba las llaves del bolsillo.

—Bueno Carlos, te dejo que estoy entrando a casa…No, es que como un salame me olvide el carnet de la obra, y hoy me tengo que hacer los análisis del laburo….dale, te llamo más tarde a ver si nos juntamos el domingo a ver el partido de Boca. Dale no te hagas el ocupado, hace un esfuerzo. Bueno, dale. Un abrazo.

Giró la llave, y luego el picaporte que tras un sonido herrumbroso le dejó ingresar al estrecho pasillo a cielo abierto que lo conducirá hasta la puerta de su departamento. La casa es una vieja construcción de propiedad horizontal de las que aún quedan por ciertos barrios porteños. Son apenas dos unidades. La de adelante, donde vive Doña Clara y atrás, casi en el corazón de la manzana, la suya. Una habitación modesta, un comedor que desemboca en la cocina y un patio semicubierto cubren sus necesidades básicas. Finalmente, una escalera de cemento conduce a la terraza que ocupa casi todo el tamaño de su casa donde reside la infaltable parrilla y un pequeño trastero que hace las veces de quincho.

Guardó el móvil en el bolsillo del pantalón y abrió la puerta mirando al suelo como si buscara algún sobre o impuesto. Para su sorpresa, lo primero que sintió fue el sonido de la radio proveniente de la cocina. Era la voz del periodista Toti Pasman hablando sobre el arbitraje en el fútbol.

El corazón comenzó a latir con mayor intensidad, cuando escuchó que alguien más comentaba:

—Pero pooooor- fa -vooooor….terminen con lo del ayudín… si eran unos muertos…no le podían ganar a nadie.

En ese momento, un golpe de adrenalina le recorrió el cuerpo, provocando que se le erizaran los pelos de la nuca. Ninguna duda había. No estaba solo en su casa.

Rápido de reflejos, en menos de un parpadeo extrajo el arma reglamentaria de su cintura y se dirigió con determinación hacia el sonido de las voces procurando no alertar de su presencia.

Allí parado junto a la mesada un hombre le daba la espalda mientras preparaba café. Vestía un deshabillé de tela de toalla celeste que le cubría hasta las rodillas, y unas pantuflas de piel de carpincho que identificó como propias. Tenía el cabello mojado, como si se hubiera terminado de dar un baño y le faltaban los calcetines.

— Eh! ¿Qué haces en mi casa?

—Ay —exclamó dejando caer una taza de plástico que rebotó contra el suelo.

—Quédate quietito y mostrarme las manos o te pongo dos corchazos. Decime ¿Cómo carajos entraste?

—No, por favor no tires…. —respondió alzando las manos por encima de su cabeza— pero ponete de acuerdo, o me quedo quieto o levanto las….

—No te pases o te aseguro que de acá salís en una bolsa de plástico ¿estás solo?

—Sí, Luis, no hay nadie más.

—¿Luis? ¿cómo sabes mi nombre? Date vuelta despacio y no hagas nada raro…

—Bueno…. vos no me conoces a mí… —dijo girando lentamente como una bailarina— pero yo a vos… sí.

Sin dejar de apuntar al pecho, lo examinó de arriba abajo con detenimiento. La bata no terminaba de cerrar, y por encima del cinturón asomaba una prominente panza enfundada en una camiseta blanca. Con rostro sereno, le sonreía con cierta timidez en sus ojos. No tendría más de cincuenta años.

—No, tu cara no me suena de nada… ¿Y de dónde me conoces?

—Bueno…. soy Mario…hace un año que vivo en esta casa….

Luis se quedó parpadeando unos segundos sin poder articular una palabra mientras el agua de la pava comenzaba a hervir. Posiblemente fue el silbido lo que finalmente lo trajo a la realidad. Sacudió la cabeza, y su mente optó por borrar de su memoria la última frase que había escuchado. Pensó que era mejor llamar a los muchachos de la comisaría para que vengan a llevarse al pobre chiflado.

—Sentate ahí y apoya las manos en la mesa donde pueda verlas —dijo señalando con el arma, al tiempo que sacaba el celular de su pantalón.

Mario obedeció sin protestar, dejando caer pesadamente sus posaderas sobre la banqueta de madera rústica. En ese momento, un sonido inconfundible le tiñó de rojo las mejillas.

—Perdón, es que tengo colon irritable, y cuando me pongo nervioso, trago aire… y bueno… algunas veces no lo puedo controlar…. como decía mi abuelo después de comer lentejas, todo prisionero quiere su libertad…

Luis inclinó ligeramente la cabeza y frunció el ceño, mientras marcaba el 911.

—Acá no hay señal —dijo Mario, mientras tamborileaba los dedos sobre la madera. — Tenés que ir al patio o la terraza.

Luis resopló al escuchar el sonido de fuera de servicio y sin pensarlo buscó con la mirada el teléfono colgado sobre la pared.

El hombre regordete tosió cubriéndose la boca con su mano, y como si le hubiera leído la intención, agregó:

—Por cierto, ayer estuvieron los de telefónica.

—Sí, no me digas.

—Cortaron el servicio por falta de pago.

—¿Como que por falta de pago? Si me lo debitan todos los meses.

—mmmm….bueno es que….al parecer…, tuviste un problema con la Visa….

—¿Que paso con la tarjeta?

—No sé…los del banco dijeron que te excediste del límite de crédito…

—¿Que banco?, ¿Qué límite?, y ¿Cómo carajo sabes todo eso vos? —dijo mientras movía su mano por delante de su cara y después por encima de su cabeza buscando señal de red para su móvil.

—Los del Galicia. Llaman casi todos los lunes. Te dejaron varios mensajes en el contestador.

—¿De qué mensajes me hablas?, si yo no vi nada.

—Ah…. claro…es que después que yo los escucho, deja de titilar la lucecita roja …. pero no te preocupes que no se borran eh. De seguro siguen ahí —dijo con solemnidad— A decir verdad, me alegro que lo hayas preguntado, porque no se me ocurría cómo hacer para que te enteraras.

Luis bajó lentamente el arma hasta apuntar al suelo, mientras negaba con su cabeza. Mario por su parte, continuaba hablando y gesticulando con ambas manos:

—Pero no te preocupes. Viste, que después que te cortan el servicio tenes treinta días para ir hasta la casa central, primero pagar y después cruzar los dedos para que esas ratas no informen al Veraz, porque de ahí sí que no salís más…ahora lo de la tarjeta es otro tema…

—Espera, espera, basta —Interrumpió Luis de mala gana— Ya está, decime quien sos y como sabes todo esto antes que pierda la poca paciencia que me queda. Y dejáme que te advierta que no es buena idea tomarle el pelo a un tipo sin sentido del humor y además enfierrado.

—Bueno, Luis, no te enojes. Te dije, soy Mario…el peluquero, y vivo acá. Bueno, acá precisamente no. Más bien, desde el verano pasado duermo en el sótano.

La noticia cayó como un martillo en la cabeza de Luis quien, en sus veinte años de servicio, nunca imaginó algo parecido. No solo había un “okupa” en su casa, sino que llevaba conviviendo con él más de un año. Todo junto era algo difícil de digerir, y súbitamente sintió como sus piernas comenzaron a flaquear. Sin querer demostrar debilidad se sentó lentamente en una silla a escasos pasos de la puerta.

—¿Como que dormís acá?

—Te ves medio pálido, ¿Te hago un café?

— Además ¿de qué sótano me hablas?

— Menos mal que no te dije que también llamaron los de Veraz que sino…opssss —se tapó la boca con ambas manos.

—¿Que? ¿Pero qué pasa? ¿Que yo no me entero de nada en esta casa?

—Te lo hago mitad y mitad con dos de azúcar como te gusta, ¿sí? —preguntó Mario mientras se incorporaba con cierta dificultad, apretando su voluminosa panza contra la mesa.

—¿De dónde sacaste todo eso?

—No te aflijas Luisito. Eso no es importante. Lo que realmente tenés que hacer es solucionar el tema con el banco, eso te puede perjudicar a futuro, y después no podés sacar un crédito nunca más. ¡Es la muerte civil!

—¿Luisito? A ver, vamos por lo más simple antes que te despache —Aseguró respirando esforzadamente por la nariz— lo del café, ¿quién te lo contó?

Mario estiró su mano y tomó de un estante una taza azul y amarilla, mientras que con la otra buscaba una cucharita del primer cajón. Segundos después, abrió la lata plateada donde estaba el azúcar y sacó un par de sobrecitos que acomodo con prolijidad.

—Nadie Luis, Nadie. Lo que pasa es que, desde aquí el sonido se filtra por el caño del viejo desagüe, y bueno cuando estaba la flaca, algunas veces la escuchaba cuando lo preguntaba. Además, me acuerdo bien, porque así lo tomaba mi vieja. —agregó mientras vertía el agua caliente sobre el filtro de la cafetera.

—¿Qué? ¿Tu vieja también vive acá?

Mario hizo una breve pausa, sin decir una palabra. Lo único que interrumpe el silencio es el sonido del goteo del café llenando el recipiente.

—¿Me estas jodiendo?¡Ah bueno, pero esto es de locos! ¿qué pasa, que esta es la casa del pueblo?

Las mejillas regordetas se le encendieron a Mario por unos instantes, hasta que no pudo aguantar más y soltó una risotada ronca que le hacía subir y bajar la barriga.

—Que no, que no Luis. Mi vieja ya no vive acá ¿sos loco vos? ¡ni que tuvieras un sótano de cuatro ambientes!

—Para, para Mario, o como te llames —dijo Luis— Me estas poniendo nervioso ¿qué querés decir con ya no vive acá? además ¿de qué sótano me hablas? si en casa no hay uno. Y se puede saber ¿porque usas mis pantuflas?

Mario se hizo medio el sordo y sirvió el café en la taza. La puso sobre una pequeña bandeja de plástico que luego apoyó en la mesa. Después tomó la lechera y la acomodó junto a la cucharita.

—Vení, sentate acá y te cuento. —comentó haciendo un ademán con su mano para que se acercara— ¿viste abajo de la escalera? ¿la puerta que da al cuartito donde está el termotanque?

—Si la vi. Pero ahí no entra una cama ni en pedo no me jodas ¿acaso dormís parado?

Mario soltó otra carcajada, mientras doblaba al medio unas servilletas de papel. Luego se inclinó para recoger la taza del piso y la sopló con fuerza.

—No Luisito. Originalmente, las dos unidades formaban una sola casa y ahí estaba el cuarto de calderas. Años más tardes, cuando se subdividieron las unidades, se instalaron los equipos a gas, y se levantó una falsa pared…. A los tres años más o menos cambiaron al sistema eléctrico en la terraza, y bueno… esa habitación quedó en desuso.

—Y decime algo ¿vos cómo sabes todo esto? Porque en los planos no figura nada de lo que decís.

—Bueno, es que a esta casa la conozco desde chico. La construyó mi abuelo allá por los años cincuenta. Aquí vivió toda mi familia hasta que…

—Esperá, Mario la historia me supera…. hacela corta y contarme ¿Cómo llegaste al sótano de mi casa? ¿cómo entraste?

—Bueno, tu chica, Claudia.

—¿Que? ¿La flaca? ¿Claudia lo sabía? …pero si será yegua lindo regalito me dejo.

—No, No Luis, ella no lo sabía. Te lo dije, soy peluquero, tengo mi página web, si queres podes verla, es triple “w” Mario peluquero todo junto…

—Espera —ordenó con tono enfático— Entonces ¿qué tiene que ver Claudia en esto?

Mario se acomodó en la mesa, frente a su taza y abrió una bolsa de bizcochitos de grasa.

—Bueno, tampoco te pongas así que te entra la mala vibra… ¿querés? —preguntó extendiendo el paquete.

—No gracias. Ahora, me queres contestar antes que reviente o te mate.

Mientras remojaba en café el bizcocho, retomó el relato.

—Resulta que un día me contacta una clienta, que necesitaba le haga un peinado a domicilio. Imagínate mi sorpresa cuando me da esta dirección. Yo en ese momento alquilaba una pieza cerca de la estación de Constitución. Las cosas no me iban tan bien como ahora.  —dijo dando un gran bocado.

—Dale, hacela corta —gruño Luis.

—Ay que ansioso… bueno, cuestión es que vine acá, y los recuerdos me llenaron el corazón. Fue revivir en un solo instante…

—¡Mario! —exclamó golpeando la mesa con la palma abierta.

—Le afané las llaves —dijo chupándose los dedos de la mano— nunca se enteró. Vine, la peine, y cuando se descuidó me guardé un juego en el bolsillo. Luego esperé un día que no había nadie y me metí…

—¿Entonces, ella no sabía nada?

—No.

—Bueno, al menos me quedo más tranquilo. Pobre Claudia, ya estaba pensando mal de ella.

Mario alzó las cejas, mientras extendía los dedos de su mano y se miraba las uñas.

—¿Que? ¿Qué pasa ahora?

—No, nada.

—Dale, que pasa con Claudia, no me digas que vos tuviste algo que ver con que se fuera, porque te aseguro que….

—No, no. para nada, dios me libre y me guarde…. —dijo mientras se persignaba— pero tampoco es para llamarla pobre…

Luis se apoyó contra el respaldo de la silla, mientras trataba de entender la situación. Recordó la forma en que terminó con la flaca, la manera en que se despidió y casi sin darse cuenta empezó a calcular. Ella lo dejó a finales de julio, y Mario aseguró que hacía un año que vivía ahí. De pronto se preguntó si sabía algo que tal vez pudiera ayudarle a recomponer este rompecabezas.

—¿Qué quisiste decir con eso? ¿Sabes algo que yo no sepa?

—No, no nada….

—Dale habla no te hagas el interesante que ya bastantes problemas tenes con violación de domicilio, usurpación y demás yerbas….

Mario frunció los labios y alzó la vista hacia el ventilador de techo que giraba con lentitud. Apenas, si alcanzaba a remover el aire.

—No soy alcahuete. Solo que no era tan pobrecita. Más bien se hacía la mosquita muerta.

—¡Habla! —Gritó Luis

—Te cagaba con tu amigo, y se fue sin decir adiós. Listo te lo dije.

—¿Que? … ¿Qué querés decir?, ¿cómo que me cagaba con mi amigo?

—Hay Luis, Luis, me parece que el que duerme en el sótano sos vos…

—Espera, que amigo… ¿cuál amigo?

—El hincha de Boca.

—¿Carlos?

Mario asintió con la cabeza y una mueca de desagrado en su rostro. En ningún momento apartó la vista de la mesa. Súbitamente, la temperatura de la habitación pareció subir unos grados más, y el aire se hizo mucho más denso.

Luis dejó el arma a un costado y empezó a pasar su mano por el brazo izquierdo, sin poder dar crédito a lo que escuchaba. Cómo podía ser eso cierto, su amigo y la flaca liados… en su propia casa…no, eso es imposible… ¿lo es? se preguntó.

—No puede ser, no. No puede ser. Me lo estás diciendo para que no te raje a patadas de acá. ¿Sabes qué? no te creo nada. Ahora mismo llamo a la brigada para que te vengan a buscar, y me vas devolviendo ya mismo mis pantuflas. Además, si la flaca me cagaba como vos decís ¿para qué dejarme una carta en la heladera que necesitaba un tiempo y esas cosas?

Las mejillas de Mario se pusieron nuevamente rojas y casi en forma inmediata bajó la mirada hacia su taza de café.

—Ja ¡viste! ¡no tenes nada que decir eh! —Dijo Luis ante un Mario que se mantenía inmóvil. — ¿Qué pasa? ¿Te volviste a tirar un pedo que te pusiste colorado? o ahora me vas a decir que la carta la escribiste vos.

Mario apartó el paquete de bizcochos y cruzó sus brazos por encima de su panza, mirando hacia la ventana con la cabeza ligeramente echada hacia atrás.

Hubo unos segundos de silencio, sin que ninguno de los dos hombres dijera una palabra. No había tensión entre ellos, pero sí una sensación de cierta incomodidad que aumentaba. Finalmente fue Luis el primero en hablar:

—No me lo puedo creer…decime que me estas jodiendo… ¿sí?  —preguntó llevando una mano a la cabeza.

Mario negó con el dedo índice de su mano, al tiempo que respondía:

—No señor, no te mentí en nada. Seré muchas cosas, pero jamás un mentiroso.

La cabeza de Luis empezó a girar mientras unía los trozos de información. Sin darse cuenta se estaba frotando el pecho pensando en todo lo que había escuchado.

—Pero… entonces, si el de la carta…fuiste vos…el que avisó a la vecina cuando reventó la bomba de agua… ¿También?

—Bueno, es mi forma de pagar el alquiler —dijo asintiendo con la cabeza — Y también soy el que riega las plantas, barre las hojas de la terraza, arregla el cuerito de las canillas…

—Pero…pero… —Fue demasiada información junta, la vista se nubló y en su lugar aparecieron imágenes de la flaca, su amigo, la carta, Mario y todo comenzó a dar vueltas en su cabeza como una vieja calesita. Un dolor sordo en el pecho comenzó a profundizarse, y el último sonido que escuchó fue el de su celular rebotando contra el suelo.

—Luis, Luis, ¿estás bien?… ¡Luis… Luis!!!!!

 

Tres meses más tarde, en la terraza de la casa, una suave brisa, despliega el humo que sale de la parrilla con su inconfundible olor. Tres chorizos, unas mollejas, y un corte de vacío se cocinan lentamente a las brasas.

—Bueno, ya casi esta… dos retoques más en el flequillo y quedaste como un pibe.  ¿Atrás está bien así? porque ustedes lo llevan todos iguales eh….

— A ver…—dijo bebiendo un vaso de vino mientras se miraba por el espejo— si Mario, un lujo. Che ¿vos pensas que me quedé corto con la carne?

—No, no está muy bien. Además, no te hagas el loco que tenés que cuidarte. Así que afloja con el tinto. Que, si bien lo recomendaba Favaloro, vos casi lo vas a visitar al cielo.

Ambos rieron por unos instantes, y luego permanecieron contemplando la nada misma en un silencio reconfortable.

—Si, quien lo hubiera dicho, de no haber sido por vos….

—Vamos Luisito, no te me pongas sentimental ahora. Que en cualquier momento llega mi vieja y va a pensar mal de vos. Por cierto ¿llamaste a los del banco?

—Si, Mario.

—¿Y a la del cumpleaños?

—¡Mario!

—Está bien, está bien… yo decía…sabes que no me gusta meterme donde no me llaman…

Luis lo miró y se limitó tan solo a sonreír.

 

-FIN-

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Juli

    Juli

    9 julio, 2016

    Una historia divertida y original. Me gustó mucho el final. Saludos !

    • Imagen de perfil de gmarcelo

      gmarcelo

      9 julio, 2016

      Muchas gracias, por leerla y más por dejar un comentario. En su momento me divirtió mucho escribirla.
      Saludos

  2. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    9 julio, 2016

    Muy buena historia. Un abrazo y mi voto desde Andalucía

  3. Jules

    11 marzo, 2017

    Que historia tan original! Me encantó la frescura de los diálogos.

    • Imagen de perfil de gmarcelo

      gmarcelo

      11 marzo, 2017

      Muchas gracias Jules! Nació como una consigna de Okupas, y Mario terminó siendo un personaje entrañable! jaja

    • Imagen de perfil de gmarcelo

      gmarcelo

      24 mayo, 2017

      Gracias Fiz Portugal, por tus palabras. Es una historia que me divirtió mucho escribir. Un saludo desde Buenos Aires.

    • Imagen de perfil de gmarcelo

      gmarcelo

      30 mayo, 2017

      Muchas gracias Naufragoenlaluna! ha sido una historia que me gustó mucho escribir.

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