Memorias de un Rey

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La comitiva volvía al castillo después de la primer cacería de la nieve, la cuál celebraba el comienzo de esa estación. El rey Sëna II cabalgaba al frente, con su hijo Delle a su derecha y su protegido Maneo a su izquierda. Los miembros de la corte y de las casas nobles, algo rezagados, cerraban la marcha.

El rey giró la cabeza para hablarle a los dos jóvenes.

- ¿Qué es lo que quieren hacer cuando lleguemos al castillo?

- Quiero tomar un baño - dijo el príncipe - hemos salido por tres días. Extraño el agua caliente.

- Yo también - añadió Maneo - aunque lo que más extraño es dormir sobre una superficie blanda, en lugar del suelo de los bosques.

El rey se rió.

- No les va a hacer mal desviarse por un momento de las comodidades del castillo. Si se acostumbran demasiado a ese tipo de vida, nunca podrán sobrevivir en una guerra. Es verdad que estamos en tiempos de paz, pero deben estar preparados.

- ¿Y usted, señor, qué es lo que quiere hacer al regresar?

- Dormir, no me importa en dónde, mientras sea con la reina. La extraño.

- ¡Pero sólo pasaron tres días, padre!

- He pasado momentos más largos sin ella, es verdad, pero cualquier cantidad de tiempo es igual de duro. Sobre todo por las noches. Lo primero que voy a hacer es contarle lo de ese jabalí… ¡Lo cazaron ustedes dos, sin ayuda de nadie! Estoy orgulloso, muchachos.

- Eso no es verdad, padre. Ninguna de las flechas de Maneo dio en el blanco, todo el mérito es mío.

Sëna miró a su hijo con desaprobación.

- Es verdad, señor. - se apresuró a decir Maneo, antes de que el rey se enfadase con el príncipe Delle - después de todo, es mi primer cacería. Con el tiempo, espero convertirme en un buen cazador, como ustedes.

- En mi reino, los peores cazadores son aquellos que cazan solos. Recordá eso, Delle, antes de menospreciar la ayuda de tus compañeros. ¿Por qué, si no, creés que salimos a cazar en grupo? Debés confiar en los hombres a tu lado.

- Es cierto, Padre. Lo siento, Maneo - dijo el príncipe, mirando hacia el suelo con aspecto hastiado. Giró sus riendas y se fue a conversar con los nobles que cerraban la comitiva.

- No sé que hacer con él, sinceramente… - Murmuró el Rey - Hay cosas que no logro enseñarle.

Maneo vio en la cara de su señor un semblante triste, así que se apresuró a cambiar de tema.

- Mi señor… ¿Nunca salió a cazar sin una comitiva?

- Sí, querido, sí… Cuando era un príncipe, antes de que heredase el trono de mi padre, antes incluso de casarme… Solía salir a cazar sólo con mi hermano, el príncipe Oded.

Maneo lo miró, confundido. No había en la corte ningún hombre llamado así.

El rey vio la expresión de su protegido, y le sonrió.

- Vos no llegaste a conocerlo. Murió antes de la Gran Guerra, incluso antes de que hayas nacido.

- Lo siento, señor. ¿Puedo preguntar…?

- ¿…Cómo sucedió? Sí, Maneo, te lo voy a contar. Espero que termines entendiendo la importancia de salir a cazar en grupo.

- ¿Fue en una cacería? ¿De esas en las que salían sólo ustedes dos, señor?

- Sí. - el rey suspiró - Fuimos en busca de un oso pardo, para festejar el comienzo de la temporada del barro, y para que nuestro padre, el rey Ton, se hinchara de orgullo al vernos regresar con semejante presa. Salimos al amanecer, solos, sin armadura alguna, sólo con sendos arcos y un único carcaj lleno de flechas. El sol ni siquiera había llegado a su punto máximo para cuando matamos al oso.

- ¿Y que pasó entonces?

- Nos dimos cuenta de que no sabíamos que hacer. Ni entre los dos sumábamos la fuerza necesaria para transportar la presa, y ninguno sabía cómo despellejar al pobre animal. De modo que nos sentamos ahí a beber algo antes de disponernos a regresar a casa con las manos vacías. Ese fue nuestro error. La Gran Guerra no había comenzado aún, pero no estábamos en paz con las tribus de los alrededores. Sus hombres rondaban los bosques cazando y luchando entre sí por igual, y Oded y yo escuchamos que se acercaba una comitiva de ellos, quizás seis o siete jinetes. Oded se levantó esperando encontrarse con ellos, pero yo lo tomé y lo arrastré hacia unos matorrales para que nos escondamos.

- ¿Por qué hicieron eso? No se hubieran animado a atacar a dos miembros de la realeza tan cerca del castillo.

- No llevábamos armadura, ni distintivo real alguno. Para ellos, bien podíamos ser sólo unos pajes de algún noble que se habían adentrado en el bosque, y las tribus lindantes no eran para nada amables con los foráneos en aquella época. Por eso decidí que nos escondamos. Pero Oded no fue tan precavido. Los jinetes intentaron apoderarse de la presa que habíamos cazado, y eso lo enfureció, así que salió del escondite para gritarles que dejaran al animal, que era de su propiedad, del príncipe Oded, hijo del Rey Ton. - La voz de Sëna se quebró - Le dije que no lo hiciera. Le dije que se quedara quieto y esperase hasta que se hayan ido, pero no lo hizo. Los salvajes se rieron de aquel niño que decía ser de la realeza, hasta que intentó atacarlos. Tres espadas habían llegado a atravesarlo antes de que siquiera golpee a alguno de los hombres. Nunca pude despedirme de él, pero él sí. Giró la cabeza hacia donde estaba escondido yo, y me sonrió. No dijo nada para no delatar mi presencia, ¿Entendés? Se despidió de mí a su manera, pero procuró que yo me salvase. Era impetuoso e imprudente, pero en el momento final, cuidó de mí. Mi hermano hubiese sido un gran rey de no ser por ese fatídico día.

- Lo siento, señor. - Maneo decidió callar, aunque le quedaba una pregunta más. El rey, con sólo mirarlo, lo supo.

- Adelante, podés preguntar, muchacho.

- ¿Cómo se salvó usted?

- Ellos se fueron con el oso y el cadáver de mi hermano. Nunca pude sepultarlo como es debido. Cuando volví al castillo y le informé, entre lágrimas e histeria, a mi padre lo que había pasado, se dio a la caza de aquella tribu. Una tribu que ya no existe más, por la furia de un rey que decidió matar a cada persona de ellos en venganza por un hijo asesinado. La venganza nunca es buena, Maneo, no creas que sí, no es el mensaje que quiero transmitirte… Pero admito que, de haber estado en el lugar de mi padre, hubiese hecho lo mismo. Sin dudarlo.

- Yo también, señor. - afirmó Maneo, y era verdad - Me queda una pregunta más, si no le molesta seguir hablando de esto.

- Adelante, muchacho… Pasó mucho tiempo desde aquel día. Mis heridas ya sanaron.

- Justamente sobre eso quiero preguntarle. ¿Cómo se repone de algo así? - Maneo pensó en sus padres, que habían muerto combatiendo en la gran guerra. El rey Sëna se había hecho cargo de él, el mismo rey que acababa de contarle cómo vio morir a su hermano y no pudo hacer nada, y que, a su vez, era un hombre feliz. Maneo sentía, en cambio, que nunca iba a poder ser feliz del todo.

- Pasaron varias estaciones, querido, en las que no podía dormir. Me levantaba cada noche, cubierto por un sudor frío, gritándole a mi hermano que no saliese, que se quedase quieto y esperase a que los salvajes se hayan ido, y lloraba sabiendo que él nunca iba a tener la oportunidad de esperar nada, porque ya no estaba entre nosotros. Hasta que un día, Maneo, conocí a una joven de la cual me enamoré.

- ¿La señora Delna?

- Exacto, muchacho, la señora Delna. Cuando estaba cerca de ella, de algún modo lograba volver a sonreír. El rey Ton notó eso y arregló la boda con su familia, ignorando el hecho de sus orígenes humildes. Delna es la primer reina de nuestro pueblo que no proviene de noble cuna, pero mi padre entendió, y le agradezco hasta el día de hoy por eso, que ella era la única que podía hacerme feliz.

Se estaban acercando al castillo. La reina, junto a las damas de la corte, estaban en la gran puerta, esperando el regreso de sus esposos e hijos. El semblante del rey, que se había ido ensombreciendo a medida que contaba su historia, de repente se iluminó.

- La noche de la boda fue la primer noche en la que pudimos dormir juntos, tal como dictan nuestra tradición. Luego de… - el rey miró a Maneo, recordando que apenas era un muchacho- quiero decir, al momento de dormir, sólo pude mantenerme dormido apenas unas horas antes de despertarme gritándole a mi hermano fallecido. Grité tan fuerte que desperté a mi reciente esposa, y me puse triste porque pensé que ella terminaría abandonándome si cada noche le impedía dormir por culpa de mis pesadillas y mis gritos. ¿Y sabés que hizo esa mujer, Maneo? Me abrazó e hizo que apoye mi cabeza en su pecho. Me dijo que todo iba a estar bien y me cantó hasta que me quedé dormido. Por primera vez desde aquel fatídico día, logré dormir sin soñar, y con una sonrisa en la cara. Por primera vez desde que vi a mi hermano morir, pude dormir en paz.

Maneo entendió por qué Sëna extrañaba a la reina por las noches, a pesar de que la cacería sólo duró tres días. Ese día, Maneo entendió que quizás algún día él iba a encontrar a alguien que lo tranquilice a la noche, cuando se despertaba, cubierto en lágrimas, extrañando a sus padres. No le dijo nada al rey, ni le hizo ninguna otra pregunta. No hacía falta.

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Valentino

    Valentino

    19 julio, 2016

    Me gusto´l relato. ¿Sabes ce sería bueno azer, Juli? Narrar a los nuestros, a nuestros prinzipes mapuches, incas, toltecas, aztecas, mayas, cuyas grandes zivilizaziones se lo tienen bien merezido. Saludos.

    • Imagen de perfil de Juli

      Juli

      20 julio, 2016

      Gracias ! Por supuesto que sería bueno. Saludos

  2. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    19 julio, 2016

    Muy buena historia. Un abrazo Julián y mi voto desde Andalucía

  3. Imagen de perfil de gonzalez

    gonzalez

    20 julio, 2016

    Me gustó mucho, amigo Juli! Me quedo con esta parte, “La Gran Guerra no había comenzado aún, pero no estábamos en paz con las tribus de los alrededores” Te dejo mi voto y un fuerte abrazo!

    • Imagen de perfil de Juli

      Juli

      20 julio, 2016

      Muchas gracias, amigo. Un gran abrazo !

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