No dejan de llamar

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La primera llamada se produjo el día de su muerte. Padre falleció un lunes de agosto sin ser consciente de que la organización de sus exequias correría a cargo de un becario. Tan amable y servicial como por la mañana, llamó a media tarde y confundió el nombre de la persona de contacto con el del difunto.

-Un momento, por favor- respondió mi madre. Enmudecida añadió -Preguntan por padre-. Juan no apartó la vista del catálogo de ataúdes. Laura, que no había dejado de llorar desde el óbito, lloró aún más. Luis se acercó hasta madre, le quitó el auricular de entre las manos y dijo que el señor Alberto Ruiz García había fallecido de madrugada. -Soy su primogénito, Luis Ruiz Ochoa. Dígame-. -Lo sé- contestó Pedro, el becario.

Durante el resto del día solo pude pensar que si padre no hubiese muerto de aquella forma tan repentina, que si hubiera tenido una muerte lo suficientemente larga como para prever todo lo relacionado con su funeral, todo hubiese sido diferente.

Pero no fue así. A la mañana siguiente entraba en la sala magna del tanatorio envuelto por una sonata de atención telefónica.


La segunda llamada se recibió desde una casa de apuestas. Era setiembre, tres meses después de las últimas elecciones. Padre había realizado una apuesta sobre la composición del gobierno resultante antes del escrutinio. Fue la única persona que acertó el nombre, y la persona, que ocuparía la cartera de interior. Era tan poca la probabilidad que consiguió un premio totalmente obsceno. Madre dijo que lo mejor sería donar la totalidad de las ganancias a una causa benéfica. Juan no opinó. Laura lloró de alegría. Luis reclamó la legítima.

Aquella tarde descubrimos las penurias económicas de mi hermano. La afición por las apuestas era lo único que mi hermano mayor había heredado de mi padre, aunque no su fortuna. Luis estaba totalmente arruinado. La discusión sobre el tema la zanjó madre cuando afirmó que no estaba dispuesta a gastar más dinero de el que padre había gastado en las deudas de su primogénito.


La tercera llamada fue de Laura. Laura era una absoluta desconocida para toda la familia. Bien, para toda la familia menos para padre. Aunque no preguntó directamente por él. Padre le había dado instrucciones para que, llegado el caso, llamase a casa y preguntase por mi. Que yo sería la única persona que lo entendería.

Laura y padre se conocieron el día que yo nací. Desde que llamó la primera vez, ya hace cuatro meses, nos hemos visto tres veces. Me gusta su olor. La música que escucha. Los cuadros que mira. El color de sus labios. El sonido de su adiós. La cerveza que bebe. Los lugares que le quedan por visitar. Los escritores que odia. El horario de sus comidas. Los parques que la rodean. Y los recuerdos que nunca tendré de mi padre.

Comentarios

  1. Mabel

    31 julio, 2016

    Muy buen relato. Un abrazo Dídac y mi voto desde Andalucía

  2. VIMON

    8 septiembre, 2016

    Un micro excelente que se lleva el merecido diez.

  3. icorre

    12 septiembre, 2016

    Voto, es muy entretenido. Un abrazo,

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