El banquete de las brujas

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Brujas, creas en ellas o no es un hecho que sin duda has oído hablar de ellas. Seres mórbidos con poderes inimaginables concedidos por la magia, seres que vuelan surcando las nubes iluminadas por la luz blanca de la luna, seres que se esconden bajo la diversidad de la fauna terrestre. Seres aborrecidos con hambre.

Julio estaba en casa de su abuela, no era secreto que le encantaba visitarla. Era apenas un niño de 7 años, sus padres se encontraban de viaje, regresarían por él en una semana. Semana que había terminado, de hecho solo le quedaba un día más en casa de la abuela pues, a la mañana siguiente sus padres estarían en la puerta para recogerlo. Julio se divertía enormemente en casa de su abuela, esta se encontraba en un poblado lejano a la ciudad. Había cientos de árboles, plantas, flores, animales silvestres, etc. El niño de 7 años salía a jugar al campo con el viejo perro de su abuela. Un perro viejo pero con mucha energía aún, era de pelaje blanco, parecido a un siberiano pero con unos ojos singulares, eran de un color que a simple vista parecería marrón, pero si se les contemplaba con detenimiento uno podría darse cuenta del brillo rojizo que poseían. Era un perro muy juguetón e incluso responsable ya que, cuidaba muy bien a julio cuando salían al campo.

Julio pasó una semana muy divertida entre juegos y diversos platillos de su abuela. Todos sabemos que las abuelas cocinan delicioso y además les gusta preparar sus mejores platillos cuando uno va de visita, o… por lo menos eso dicen. La última noche que Julio pasaría en casa de su abuela la luz se fue. El niño ya estaba acostado cuando eso ocurrió, pero el miedo provocado por la profunda oscuridad lo obligó a salir de la habitación en busca de su abuela. Ella se encontraba en la sala, estaba tejiendo en el momento en que se fue la luz. Se levantó de su silla y encendió la fogata. El fuego pintó el lugar con un tono ámbar.

-Abuela- dijo el niño bajando las escaleras –Se fue la luz-

-Así parece- contestó la anciana -¿tienes miedo?-

-Sí, un poco-

-No debes temer, mi niño. Ven te contaré una historia para que duermas-

El niño se recostó en un sillón dispuesto a escuchar a su abuela narrar una historia. El perro blanco, llamado Barbatos, se acomodó a un lado del niño. La anciana miró el fuego y comenzó a contar.

-Hace muchos, muchos años- dijo –yo era joven y la gente contaba muchas leyendas sobre brujas, todos los niños de aquel entonces les temían. Decían que se llevaban a los niños, que chupaban el alma de los recién nacidos no bautizados. Eso no era cierto, las brujas no se detenían por el bautizo, o por un crucifijo o por un rezo. ¿Cómo creer que simples palabras detendrían el poder de la hechicería? Y bueno, las familias vivían aterradas por las brujas. A menudo desaparecían niños, o aparecían después de días en los trigales, muertos y con la piel pegada al hueso, como si algo los hubiera aspirado. Desafortunadamente para la gente del pueblo las caserías de brujas tenían siglos de haber terminado, solo restaba encomendarse a dios para que no te sucediera nada- la abuela suspiró –Encomendarse a dios- rió –Había una historia muy popular entre la gente, se llamaba: El banquete de las brujas. Contaban que las brujas hacían banquetes donde devoraba niños en medio de orgías sexuales depravadas, mórbidas. A veces incluso decían que, en esos aquelarres asistían vampiros, demonios, y los que más sabían aseguraban que hasta ángeles. El dolor, tanto ajeno como propio, mezclado con agonía, les producía un placer orgásmico.

Una noche- continuó la anciana -3 niños se hallaban jugando en el campo. Se les había hecho tarde, así que ni cortos ni perezosos corrieron a sus casas sintiendo el viento helado en sus rostros. Entonces se percataron de que arriba de ellos, en el cielo oscuro, una bola de fuego los seguía. La gente decía que las brujas volaban en forma de bolas de fuego, ellos lo sabían perfectamente por lo que el pánico los llenó. No obstante ellos siguieron corriendo lo más rápido que podían, pero eran niños… los niños nunca han sido más rápidos que las brujas. Corrían por un camino de terracería delimitado por árboles, lleno de piedras. La bruja los miraba desde el cielo como un reto, una diversión que consumaría en una delicia para el paladar. De pronto la bola de fuego se desvaneció entre las nubes, los niños se detuvieron un momento, estaban exhaustos de tanto correr. “No podemos detenernos” dijo uno de ellos. “José tiene razón, Alberto. Hay que seguir corriendo” dijo otro. “Lo sé, ya falta poco” Los niños siguieron avanzando, entonces una silueta se paró frente a ellos a la distancia. Una silueta oscura, parecía una mujer. La silueta empezó a caminar sensualmente hacia ellos, llevaba una capucha negra con un gorro que le cubría la cabeza, solo dejando ver su mentón y sus labios. “Se ven muy agotados, niños” dijo la mujer con una voz hipnótica. “No lo estamos, podemos correr de aquí a China” dijo Eduardo, realmente no sabía ni donde quedaba China pero lo había escuchado de su padre, él decía que era un lugar que estaba muy lejos de México. “No mientan queridos, yo reconozco el cansancio cuando lo veo. ¿Por qué no se detienen un momento a saborear estos ricos dulces?” exclamó la mujer al tiempo que aparecía de la nada una bolsa llena de dulces. Los niños deseaban arrebatarle la bolsa y devorar todos los dulces, eran muy pequeños para desear otra cosa por parte de la mujer. Mujer que por cierto, era bella. Aunque esa no era su imagen real, sin embargo tenía el poder suficiente para verse tan bella como quisiera. “No, no queremos dulces” dijo Eduardo con determinación alzándose como el líder de los 3 niños. La mujer se descubrió el rostro, los niños contemplaron el rostro angelicalmente demoniaco que poseía la mujer. Y qué decir de sus ojos, uno podía fácilmente perderse en ellos. Eran violetas, brillaban en la noche, resplandecían a la luz de la luna. Resaltaban del color blanco propio de la piel de aquella bruja. Era imposible no mirar sus ojos, los niños quedaron en trance inmediato cuando los vieron. “Vengan por sus dulces, queridos” exclamó la perversa bruja. La mujer abrió con sus brazos su capucha, como cuando un cuervo extiende sus alas. Los niños se desvanecieron en las sombras de la capucha de la bruja, esta cerró sus ropas y levantó el vuelo iluminándose en el transcurso.

Lejos en lo más alto de un cerro, se hallaban 6 brujas preparando sus alimentos. “Maruzka, querida mía, que bueno que has llegado” saludó Erena, una de las 6 brujas. “Y mira lo que he traído, niños frescos” dijo Maruzka. Otras brujas habían llevado también niños, 6 brujas eran y 2 habían llevado a un hombre que habían capturado entre las 2. La preparación de los alimentos era perturbadora. 5 niños eran destinados para la sopa. 2 de ellos, una niña y un niño respectivamente fueron puestos en una mesa, atados mientras gritaban de desesperación. Una bruja se acercó a ellos con un enorme cuchillo oxidado, manchado de sangre coagulada que estaba como testigo de los miles de niños que ya habían devorado. Sin más cortó a al niño horizontalmente de los pies al cuello, sus huesos tronaban a cada cuchillazo. La sangre brotaba sin censura derramándose por toda la mesa, el dolor que estaba experimentando aquel niño era simplemente indescriptible- siguió la abuela -al llegar al abdomen sus entrañas se desbordaron, así que la bruja se detuvo un momento para tomarlas y echarlas al caldero, el niño no pudo más… murió del impacto. La bruja seguía cortando mientras silbaba, pasó por los brazos, el pecho y el cuello. Se detuvo para desprender la cabeza del anterior. Lamió la sangre de sus dedos, la saboreó y prosiguió cortando, el pequeño se redujo a simples cubos de carne. La bruja extirpó con su uña índice, larga y afilada, los globos oculares de la cabeza del infante, para agregarlos a su caldo como si fuesen albóndigas. La niña que había sido atada al lado del desdichado niño anterior, lloraba descontroladamente, gritaba hasta el punto de desgarrarse la garganta ella misma. Temía porque le sucedería lo mismo que al niño. La bruja no pudo contenerse, así que echó a reír cruelmente, le hacía gracia el horror de la niña.

Los otros 3 niños colgaban de un árbol, debajo de ellos se hallaba el caldero con intestinos y cubos de carne. Alrededor de ellos soplaba una bruja, su soplido era quemante. El fin de ello era hacerlos sudar, pero también llorar. Las lágrimas mezcladas con el sudor serían el caldo. Erelda, una de las 2 brujas que habían capturado al hombre, se acercó a este. Ya no era bella, pues ahora estaba en su forma común. Era simplemente grotesca, al igual que las demás. La fealdad de las brujas era tanta que producía asco, horror, aberración. “¿Te la estás pasando bien?” le dijo Erelda al perturbado hombre. “¿Por qué hacen esto? ¡Déjenme libre!” gritó el tipo. “Lo hacemos porque debemos alimentarnos, debemos agradecer a los dioses que nos concedieron estos poderes” contestó feliz Erelda. “¡Malditos sean esos dioses! ¡Arderan en el infierno con ustedes!” exclamó el hombre. La bruja se carcajeó, “¿Malditos? Pero si le has rezado a uno de ellos toda tu vida” se burló Erelda. “En fin, guapo, ha llegado tu turno” sentenció la bruja. Erelda levantó al hombre en el aire sin tocarlo, extendió sus brazos lentamente al tiempo que las extremidades del tipo se extendían igualmente. Poco a poco piernas y brazos se desprendían dolorosamente del cuerpo del barbado señor, mismo que gritaba todo lo que su garganta aguantaba. Lentamente se arrancaron las extremidades. La bruja hizo descender a su víctima, lo puso en una charola junto con sus extremidades. Posteriormente lo introdujo a un horno, del cual salían los gemidos de dolor del hombre, sofocados por el terrible calor del fuego. Los 3 niños que colgaban de los árboles estaban completamente secos, cada gota de sudor, cada gota de lágrimas ya se hallaba en el caldero. Aún quedaban José, Alberto y Eduardo por ser preparados –La abuela hizo una pausa intrigante –Eduardo y Alberto serían los finos cortes del menú, pero José… Oh pobre José, porque él sería el plato fuerte. Una varilla se abrió paso por el recto de Alberto y Eduardo hasta salir por sus bocas, empalados de la anterior manera fueron puestos a rostizar a fuego lento, aún estaban vivos, aun sentían el dolor quemante del fuego, el dolor punzante en sus intestinos y un repulsivo sabor a metal oxidado en sus lenguas producto del fierro que los atravesaba. “¿Te he dicho que amo a los niños?” le dijo Maruzka a Erena. “No, me parece que no lo habías comentado”

“Pues así es, los amo porque son deliciosos” rió malignamente Maruzka. José fue puesto en posición fetal, pero no acostado, sobre una mesa, lo bañaron en sangre menstrual de las vírgenes que habían capturado días atrás, y cual lechón fue puesto en el horno, vivo para poder experimentar la agonía. Antes de meter a José en el horno, el hombre de barbas fue sacado. Estaba al rojo vivo por las quemaduras, el hedor a putrefacción se movía por el lugar, las brujas lo aspiraban encantadas deleitándose con él. Eduardo y Alberto ya estaban rostizados, así que Erelda cortó su carne y la puso en un plato como si fueran filetes. “El plato fuerte está listo” exclamó en Maruzka. Sacó a José del horno, su piel eran color guinda ahora, además estaba crujiente. Los platos con los mórbidos alimentos servidos fueron puestos en el suelo formando un círculo, dentro del cual fue dibujada con sal una estrella de cinco puntas. Las brujas eran educadas, acostumbraban dar gracias por sus alimentos antes de comer, por lo que 5 de las 6 brujas se colocaron una en cada punta de la estrella, Maruzka la sexta, se colocó en el centro del pentagrama. “Dioses poderosos del cielo, creadores de nuestro sistema solar y de muchos más, creadores de miles de galaxias y de cientos de universos. A ustedes, dioses de los cielos, les agradecemos por estos sacrificios que nos servirán de alimento, por los poderes que, si bien no son nada comparados con los de ustedes, si son dignos de consideración. Reciban esta humilde ofrenda” dijo a gran voz Maruzka. Tan pronto como terminó de hablar todas las brujas, incluyéndola, comenzaron a bailar obscenamente mientras pronunciaban cánticos aberrantes disfrutando de la comida que habían preparado. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado- concluyó la abuela.

-Pero las brujas no existen, ¿verdad abuela?- dijo Julio temeroso por la terrible historia. –No puedo responderte eso, mi niño. Mejor anda y ve a dormir-

A la mañana siguiente los padres de Julio estaban en la puerta, él se despidió de su abuela con un abrazo. Fernando, padre de José e hijo de la abuela se despidió, Gabriela, madre de Julio, a pesar de que no apreciaba a su suegra, también se despidió con un abrazo hipócrita. Los 3 subieron a su auto para marcharse a la ciudad a continuar con sus vidas monótonas, la abuela junto con su perro los veía irse. –Porqué le contaste esa historia, Maruzka- dijo el viejo perro blanco. –A veces me gusta recordar el pasado. Eran buenos tiempos, Barbatos, buenos tiempos-

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    6 agosto, 2016

    ¡Excelente Cuento! Un abrazo y mi voto desde Andalucía

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