Desafío privado

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Pamela sacudió el polvo de sus pies y entró a la colchoneta descalza. Anudó con fuerza su cinturón y ató sin prisa su cabello formando una hermosa cola de caballo mientras miraba el reloj que sobre la puerta de entrada, despedía a las cinco últimas chicas de la clase de bailoterapia. Guardó sus lentes en el estuche y colocó la botella de agua y su bolso deportivo a un costado. Eran casi las 9 de la noche y prefería entrenar sola y disfrutar de la última media hora de paz y silencio que el gimnasio proporcionaba antes del cierre.Arregló su kimono azul y comenzó a trotar alrededor de la amplia sala. A medida que aumentaba la velocidad, pequeñas gotas de sudor resbalaban por su bello rostro, salpicando de vez en cuando la superficie de color gris.

Paró y comenzó a caminar despacio, siempre moviendo sus brazos para aflojar las articulaciones del hombro. Caminó hacia el centro del tatami y se sentó. Estiró sus piernas. Juntó las plantas de sus pies y flexionó sus rodillas hacia abajo y hacia arriba en movimiento que semejaban el aleteo de una mariposa. Se levantó y parándose de puntillas, comenzó a flexionar sus pies que en aquella noche llevaban un color negro en sus uñas, lo que destacaba aún más la belleza de su piel canela. Nadie podría sospechar que aquellos hermosos pies, siempre cuidadosamente arreglados, ocultaban una belleza letal cuando atacaban la cara o el cuerpo de sus oponentes.

Secó su sudor con una pequeña toalla rosa que sacó de su bolso. Llevaba impresas sus iniciales “PM”. Sonrió al recordar la primera vez que la dejó olvidada. Al día siguiente se acercó a buscarla y Andrés, el entrenador del turno del día, un joven atlético recién llegado de Cuba, le enseñó la olvidada prenda. No sabía su nombre pero con ingenio y picardía le dijo:

– No hay duda que debe ser suya. Tiene sus iniciales.

– Pero ni siquiera sabe mi nombre, contestó casi arranchando la prenda, con el tono en que acostumbraba ubicar a los conquistadores atrevidos. A pesar de esa descortesía, el no perdió el aplomo y la turbó con su respuesta:
– “PM” significa “Preciosa Mujer”. Y usted es la única en este gimnasio que lo es. Así que no hay duda, esta prenda es suya.

Sonrió desarmada por su ingenio y agradeció la cortesía sin decir su nombre. Si estaba interesado lo averiguaría… como en efecto lo hizo al día siguiente.

– “Pamela Macías”, ese es tu nombre, ¿verdad?
– Si, así es. ¿Cómo lo supiste?
– Es fácil. Soy muy amigo del Administrador y me permitió usar la computadora. Tienes unos ojos que son puro fuego, muy difíciles de olvidar. Así que fue muy fácil encontrar tu linda carita. Y así fue como aprendí tu nombre: “Pamela Macías”, pero para mí siempre serás: “Preciosa Mujer”
– Gracias, pero si leíste bien mis datos, te habrás dado cuenta que soy una mujer casada y realmente amo a mi esposo y el a mí. De una vez te lo digo para que no me sueltes el típico cliché: “¿Y él te ama a ti?”
Rieron por la franqueza con que ella encaró aquella incómoda situación. Era obvio que Andrés gustaba de ella. Y el hormigueo en su estómago cuando él estaba cerca, no era una señal precisamente de disgusto. Se habían conectado a primera vista.

Y así siguió el tiempo y aquella extraña amistad, basada en el respeto que los dos mantenían y les permitía estar tan cerca el uno del otro y disfrutarse sin ofender a nadie, mezclada con la fuerte atracción física que les permitía admirarse sensualmente cada vez que podían encontrarse.

A partir de entonces, las visitas de Pamela al gimnasio aumentaron de dos a cinco sesiones por semana. Andrés cambió su turno por el de la noche: – Es que estoy estudiando, argumentó a su jefe.

Fue así como Andrés descubrió con asombro que Pamela acudía siempre exactamente a las 9 pm. Entraba a los vestidores y no salía con un leotardo o traje de gimnasia.

Siempre salía en ese traje de judo azul que la hacía ver como una diosa al lado del resto de chicas, algunas adolescentes que a esa hora tenían la última clase de aeróbicos o baile según el día de la semana que fuere. Y siempre cumplía la misma rutina de calentamiento durante la siguiente media hora. Y siempre estaba bella y radiante.
La observaba desde las máquinas de pesas. Era difícil ayudar a los socios mientras miraba como se contoneaban sus caderas al correr alrededor de la colchoneta. Algunas chicas lo comenzaban a molestar:
– ¡Oye, despierta!
– ¿Así que te gusta la señora karateka, no?
Lo decían con una mezcla de picardía y celos hacia ella. El típico sentimiento que experimentan las hembras al ser desplazadas por una mejor. El solo sonreía. Todo era un juego inocente que no hacía daño a nadie. Al menos eso creía hasta aquella noche en que Karla, la más insolente y joven del grupo, “accidentalmente” cruzó su pierna mientras Pamela corría. Cuando todos esperaban que cayera ridículamente para burlarse, en un giro hermoso dobló su brazo y rodó ágilmente para ponerse de pie y seguir trotando. Volteó y guiñó un ojo con picardía a Andrés, siempre corriendo, sin detener su ritmo. Ya había quedado demostrado quien era la hembra dominante del grupo.
– ¿Estás lista? La fuerte voz a su espalda la hizo sonreír y dejar la toalla junto a esos bellos recuerdos.
– Siempre estoy lista, respondió girando sobre su pie derecho y lanzando una patada directa que hábilmente detuvo a escasos centímetros del mentón de Andrés.
– ¿Sorprendido?
– Tu nunca dejarás de sorprenderme, princesa.
Ahora el gimnasio estaba vacío completamente. Solos al fin, Andrés cerró la puerta principal. Nadie los molestaría durante la siguiente hora en su entrenamiento privado. Era algo que habían deseado hacer siempre, pero la extrema sensualidad, el peligro del deseo que existía en el roce de sus cuerpos, había ido postergando este encuentro semana a semana.
– “Practicar judo, es casi como hacer el amor. Es lo más cerca que vas a estar de la persona que te gusta, sin tener sexo con ella. Es demasiado fuerte y erótico para siquiera pensar en eso.”

Esa fue la explicación que le dio Andrés para rechazar la invitación que ella le hiciera al enterarse que en su adolescencia en La Habana, había practicado aquel deporte. Una observación lógica y necesaria para ubicar en la correcta perspectiva aquella relación tan extraña y atrayente. Pero un día, el mensaje en su muro de Facebook la llevó a aquel desafío no solo físico, sino sentimental y erótico: “Esta noche en el gimnasio, práctica de judo. Besos para la ecuatoriana más hermosa.”. Ahora la cuestión era: ¿Que tanto podía disfrutar del contacto con aquel hombre sin dejar de amar a su esposo y familia? ¿Acaso era malo que una mujer decente, fiel esposa y excelente madre tuviera un momento de sano placer? ¿No son los hombres los que a diario coquetean delante de sus esposas cuando ven a una mujer atractiva en la tienda o en la calle? Entonces… ¿No tienen las esposas los mismos derechos?

Especialmente el derecho de sentirse una mujer deseada, atractiva y sensual. ¿No podía esperar recibir de parte de un hombre atractivo una muestra de deseo que le diera alegría a su rutinaria vida? Todo este torbellino de dudas e inquietudes solo podía resolverse en el tatami, cuerpo a cuerpo, sintiendo el aroma del otro, entremezclados en una lucha de fuerzas que con solo imaginarla… a los dos los encendía de miedo y deseo.

Él tomó aquel hermoso pie que por poco pudo haberlo noqueado y con ternura lo acercó a su pecho. Apoyado así le dio un suave masaje en el tobillo. Ella lo miraba con dulzura.
– Para que pelees mejor, explicó.
– Lo haces bien, indicó ella. Pero no me vas a vencer con halagos.
– Tranquila, te daré una buena pelea. Depositó su pie en el tatami como si dejara una flor.
– Voy a cambiarme.

Ella asintió y para disimular el rubor de sus mejillas inició un ejercicio de kata, lanzando golpes de puño y pie, tratando en vano de olvidar esa salvaje sensación que le había producido el roce de sus manos.
– Listo. ¿Cómo me veo?
Lo observó cuidadosamente. Estaba realmente hermoso en aquel kimono negro. La blancura de su piel resaltaba la barba cuidadosamente cortada en forma de candado que tanto le gustaba. Dentro de poco podría saber que se siente rozar su mejilla con la de él. Lo apretado de la chaqueta dejaba ver un poco de sus fuertes pechos. No sabía si era a propósito o en un descuido por vestirse con premura, había dejado sin anudar correctamente su cinturón, lo que dejaba apenas al descubierto los abdominales perfectamente definidos. Realmente era un hombre muy atractivo. Su calva deliberadamente creada, lejos de restarle atractivo, aumentaba su imagen de macho latino. Finalmente sus ojos se posaron en sus pies. Abrigaba la esperanza de que los tuviera descuidados, como los tienen la mayoría de hombres. Su subconsciente buscaba algo que la decepcionara, algo que pudiera contrarrestar esa fuerte atracción que ejercía este cubano sobre ella. Pero fue en vano. Las uñas de sus pies, cortadas correctamente, estaban limpias y cuidadas y el vello que crecía uniformemente sobre sus dedos, le daba un toque eróticamente salvaje. Realmente… todo era perfecto.
– Normal, diría yo. Lo dijo sonriendo y sin ocultar la admiración que sentía.
– Gracias chica, tú también te vez normal.
– Tú sabes que no es así. Sabes que estoy linda. Atacó riendo a Andrés que apenas tuvo tiempo de esquivar el golpe que con el canto de la mano, le había lanzado al cuello.
– ¡Hey! Un momento chica. Yo no sé karate. Si vamos a pelear, será judo.

– Ok, corazón. Disculpa. Es que me emocioné. Rieron los dos y arreglaron sus kimonos. Luego de quince minutos de calentamiento estaban listos para enfrentarse.
Se acercaron al centro del tatami. Se miraron con una mezcla de desafío y deseo y Pamela con un fuerte gritó ordenó: – ¡Hajime!

Andrés avanzó y aprovechando la ventaja de su estatura, tomó por la parte de atrás del cuello el kimono de Pamela. Ella, hábilmente tironeó de la manga de él, rompiendo inmediatamente el agarre, al tiempo que barría sin éxito el pie adelantado de Andrés. Giraron, siempre retrocediendo al sentir que la mano del otro se acercaba amenazadora, buscando la solapa. Pamela sabía que si quería vencerlo tendría que llevarlo al piso. Nuevamente Andrés entró y logró tomar la solapa derecha de Pamela. Esta vez ella no logró romper el agarre y solo pudo a su vez tomar la solapa de él y la manga de su brazo, completando ambos el kumikata básico. La fuerza de Andrés se imponía y la zarandeaba sin contemplación de un lado a otro, buscando derribarla. Ella, lejos de enojarse, le agradaba que no la tratara como una mujer. Pelear de igual a igual con un hombre era algo que siempre le había gustado. Sobre todo, no había sensación más sexy en el mundo como cuando los obligaba a golpear el tatami para rendirse. D ominar a un macho la hacía sentirse toda una hembra erótica y deseable. Algo que definitivamente haría con ese cubano tan atractivo si caía entre sus brazos.

En un descuido, ella logró soltar el agarre y tomar las piernas de Andrés por detrás de las rodillas. La técnica de morote gari aplicada a medias los llevó a los dos al piso. Inmediatamente aplastó su pecho y entrelazó sus pies a los de él, separándolos dolorosamente. Su mano derecha, rodeando su cabeza por debajo, se cerró con su mano izquierda, completando la inmovilización. Sabía que debía conservar su centro de gravedad pues Andrés era fuerte.

Estaba tan concentrada en retenerlo que recién después de los primeros 10 segundos, se dio cuenta que sus mejillas estaban pegadas y podía oler su aliento mientras jadeaba tratando de salir. Era realmente como lo había imaginado, una sensación erótica increíble. Andrés giró y logró sacar la pierna derecha. Esto le permitió apoyarse en ella y girar un poco, pero la experiencia de Pamela era mayor y logró retenerlo nuevamente, aunque esta vez solo tenía una pierna de Andrés entre las suyas. La otra, la utilizaba el cubano para retirar en vano los pies de ella y romper el candado que le hacía doler los tobillos. De esta manera, el roce entre sus pies, los de ambos, era altamente erótico. El sudor los tenía empapados y se mezclaba de manera que los aromas de ambos estaban confundidos.

La chaqueta de él se había salido completamente y ella, en cada forcejeo tocaba sus abdominales, estremeciéndola. Se prometió que aquel placer no le distraería de su objetivo: vencerlo y dominarlo. Sin embargo, casi estuvo a punto de perder cuando al apoyarse en el estómago de el para girar, rozó sin querer su parte baja. Estaba completamente listo para ella. Eso la enojó, pero también la complació. Sabía que si una hembra no es capaz de lograr eso en un macho, simplemente no merece ser llamada así. Él, avergonzado, retiró un poco su cuerpo al sentir ese contacto, lo que aprovechó ella para terminar su giro y tomar entre sus piernas el brazo de su oponente. Echándose para atrás, comenzó la dolorosa luxación de juji gatame.
– Ríndete, querido. No quiero lastimarte.
– ¡Nunca chica! No me ha ganado una mujer, aunque sea linda como tú.
Ella solo sonrió y apretó más sus piernas y alzando la cadera lo llevó al punto de quiebre.
El no pudo resistir más y golpeó desesperado el tatami. Su hermosa amiga había vencido.

FIN

Comentarios

  1. Mabel

    11 agosto, 2016

    ¡Me encanta! Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenido

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