Él

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Él había dejado una huella tan profunda que, al fin de la relación, ella no sabía que hacer con su vida.

Habían sido días de risas y de llantos, días de relax y de profundas disertaciones sobre lo humano y lo divino. Días de olvidar la hora de comer porque la cabeza volaba a otros lugares. Días de largos paseos por el parque. Días de lluvia refrescante y de negros nubarrones. Días que desaparecían en instantes.

También habían sido muchas noches. Noches de aventuras y desenfreno. De romanticismo y abrazos. De pasión y eternidad. De no dormir nada o no poder dormir hasta bien entrada la madrugada.

Y también habían sido mañanas de café compartido y olor a tostadas. De amaneceres luminosos. De cielos despejados. De rocío sobre las hojas de las plantas.

Habían sido tantas cosas y todas tan diferentes que ahora no sabía qué hacer. Dónde ir. Con quién compartir. Cómo dormir. Simplemente, el vacío dejado no podía llenarse. O, al menos, eso pensaba ella.

Aquella mañana triste y solitaria echó a andar por las calles de la ciudad buscando algo que taponara ese vacío que sentía en el pecho. Daba vueltas a la idea, tópica por otro lado, de que «un clavo saca a otro clavo» pero ella no tenía tan claro; siempre, en el fondo, había sido una romántica de las que creían en el amor para toda la vida y se sentía mal tan sólo de pensar en meter en su cama a un desconocido y tener que empezar de cero. Volver a conocer, volver a mirar, volver a tocar, admirar lo que había fuera para llegar hasta lo que podía darle… ¡Qué dolor, qué pereza!

Mas, por otro lado, pensaba que la vida estaba hecha de esos momentos en los que te enfrentas a tus propias convicciones y cambias, te das cuenta de que has estado equivocada y hay que sacarle a todo el máximo partido.

Así que lo decidió sin pestañar. Tenía que ser allí y ahora. Además, él estaba al otro lado del escaparate, mirándola, haciéndole sentir algo que no había sentido antes, ¿o sí lo había sentido pero no era capaz de reconocerlo?.

Respiró hondo. Empujó la puerta de cristal y se dirigió a su objetivo. Allí seguía. Esperando. Ella se acercó, lo tocó y lo supo. Era él. Así que pasó por caja para volver a casa y disfrutar de los nuevos cientos de páginas que tenía entre sus emocionadas manos.

La historia volvía a repetirse. Hay mujeres que siempre tropezamos en la misma piedra.


Comentarios

  1. Mabel

    22 agosto, 2016

    ¡Eso es cierto! El amor tiene que darse por si solo, no forzosamente, ser el uno correspondido por el otro, porque si esto no pasa la solución definitiva es alejarse aunque te rompa el corazón. Un abrazo Esther y mi voto desde Andalucía.

  2. Nana

    27 agosto, 2016

    Jajajjajajajaj. Me ha encantado, Sofista. Es cierto, a mí me pasa, cada vez que voy a terminar de leer un libro me siento tremendamente triste, si el libro es bueno, claro, en parte quiero llegar al final y en parte no porque habrá terminado… es una sensación extraña. Después se aprende que hay demasiados libros buenos que nos dejarán agujeros por todos lados. En fin, que he leído tu cuento expectante y no ha defraudado. Un saludo 🙂

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