La pulsera

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Ya estaba cayendo la tarde, y las luces del barrio de Saint Germain, en pleno corazón de París, empezaban a iluminar débilmente los cientos de tenderetes que formaban el famoso mercadillo que llevaba su mismo nombre.

Karla se consideraba una de las chicas más afortunadas del mundo, pues hacía solo 5 meses había sido una de las destinatarias de una generosa beca para cursar el primer año de estudios en La Sorbona, lugar en el que se habían formado grandes personajes como Marie y Pierre Curie o Denis Diderot. Filosofía había sido la carrera elegida, y si además volvería a casa hablando un perfecto francés, ¿qué más podía pedir?

Aquel día volvía de una larga jornada de estudio en la biblioteca, y al pasar por delante de aquellas tiendecillas rodeadas del murmullo de la gente que las curioseaba, pensó que sería buena idea echar un vistazo para despejarse un poco antes de ir a cenar.

Ropa de segunda mano, cuadros antiguos y bastante feos, algo de bisutería hecha con anillas de latas y alguna que otra pastilla de jabón casero era lo que más abundaba entre aquellas improvisadas tiendas. No había nada en aquel lugar que llamara la atención de Karla pero, justo en el momento en que se disponía a seguir su camino, uno de aquellos puestos, increíblemente libre de curiosos, llamó poderosamente su atención.

Sobre la tabla que hacía de mostrador había varias cajas que parecían sacadas de un trastero. Karla se asomó a un par de ellas para descubrir nada más que cintas de cassette antiguas con olor a moho y algunos candelabros de plata, entre algunos trastos más.

El vendedor, un hombre viejo, bajito, de barba blanca y marcados signos de despigmentación en la piel se acercó a ella.

—¿Le interesa algo, señorita?—Le preguntó con una sonrisa amable.

—La verdad es que no.—Respondió ella con desinterés, volviendo a dejar un libro de hojas amarillentas entre los demás cachivaches.

—Quizá esto sea más de su agrado…

El vendedor se agachó y rebuscó entre el resto de cajas ocultas bajo el mostrador, cuando se levantó de nuevo le mostró a la joven un hermoso joyero lacado en color rojo, en cuyo centro brillaba un dorado símbolo en forma de cruz. Sus bordes estaba igualmente bañados en oro y estaba cerrado con una débil cerradura en forma de cruz.

—¿Un joyero?—Preguntó ella, encarnando una de sus cejas. Aunque su rostro seguía mostrando indiferencia y pasotismo, había algo en esa caja que producía una enorme atracción en ella.—¿Cuánto pide por él?—Preguntó sin vacilar.

—Serían solo 20 euros, señorita.

—Genial, me lo llevo.

De camino a casa, la joven empezó a pensar en cual podría haber sido la razón que la había llevado a comprar aquel joyero, no sabía por qué lo había hecho… En realidad, ni siquiera lo necesitaba.

“Siempre estás comprando cosas absurdas, Karla”, se decía a sí misma, recordando las palabras de su madre mientras introducía la lleve en la cerradura de su puerta.

Su compañera de piso, Julia, una chica de origen alemán que se encontraba estudiando su misma carrera, ya estaba sentada a la mesa, devorando con ansias un gran trozo de pizza.

—¡Buenas noche!—La saludó con su precario español.

—Buenas noches, Julia.—Respondió Karla dejando sus apuntes y la bolsa del mercadillo sobre la mesa.

—¡Oh, vaya! Tú has estado en el mercadillo, ¿verdad?—Preguntó Julia al ver la bolsa que contenía el joyero.

—Sí, aunque no había nada interesante, la verdad.—Karla se dejó caer pesadamente en el sofá junto a su compañera.—Me he comprado un joyero, no sé por qué.

—¿Poder verlo?

—Claro, está en la bolsa.

Julia dio un gran bocado a lo que quedaba de pizza y alargó el brazo para alcanzar la bolsa, en cuanto hubo sacado la caja de ella un extraño brillo apareció en sus ojos.

—Muy bonito, creo que tiene algo dentro.—Dijo a la vez que lo movía como si fuera una maraca. Claramente algo sonaba en su interior, algo que producía un suave sonido metálico.—¿Qué crees que será?

—Vete tú a saber, cualquier cosa vieja y sin valor.

—¿Me lo regalas? Me gustan mucho las cajas, y yo no joyero.

Julia, abrazando la caja contra su pecho, la miraba con sus ojos de niña buena, Karla no se pudo negar.

—Vaaaaale, puedes quedártela. La semana que viene es tu cumpleaños, ¿no? Tómatelo como un regalo.

Julia dio dos palmaditas de alegría y se fue corriendo a su cuarto. En él, perfectamente colocadas en una estantería, había casi un centenar de cajas de distintos tamaños, algunas de ellas hechas a mano, otras modernas, y otras bastante antiguas.

Con gran rapidez, la chica rebuscó una horquilla entre los chismes de su tocador, se sentó en el borde de la cama y se dispuso a abrir la pequeña cerradura del joyero. Nada más introducir el pasador en la rendija sonó un débil clic, pero antes de levantar la tapa, Julia acarició con sus dedos el dorado símbolo que la adornada. Era extraño, atrayente… No sabía por qué, pero en aquel momento tubo la sensación de que ya lo había visto en alguna parte.

Cuando por fin abrió la caja descubrió, en su desgastado interior de terciopelo rojo, una hermosa pulsera de plata de la que colgaba un adorno en forma de campanita.

Con la misma ilusión que una niña en la mañana de Navidad, Julia cogió con cuidado aquella pulsera y rodeó rápidamente su muñeca derecha con ella. Era hermosa, brillaba como si acabara de ser pulida, y el tintineo de su campanita era tan agradable… De repente la joven sintió algo extraño, como si cientos y cálidos impulsos eléctricos penetraran en su antebrazo a través del brazalete. Sintió una irrefrenable atracción hacia él, se sentía segura con él, completa… Sintió el deseo de no querer quitárselo jamás.

En el salón, Karla daba un último bocado a su tostada y se levantó. Cansada, empezó a tantear la pared del pasillo, la bombilla que lo iluminaba se había fundido la semana anterior y aún no la habían cambiado.

“El día que una de las dos se dé un golpe con el mueble de la esquina se cambiará…” Pensó para sí, sabía que su compañera era igual de pasota que ella para esas cosas.

Justo antes de poner la mano en el pomo de la puerta de su cuarto, creyó ver una oscura figura delante de ella, en medio del pasillo.

—¿Julia?—Preguntó intentando ver algo más en la oscuridad.

El rostro de su compañera apenas era visible, pero gracias a la luz de la luna, entrando por una única ventana al final del corredor, pudo ver que sonreía. Pero esa sonrisa era extraña, poco propia de ella… Era curva, casi cruel, tanto que incluso hizo que un ligero escalofrío, como si un dedo de hielo le recorriera la espalda.

—Julia…—Casi tartamudeó.— ¿Te pasa algo? ¿Estás bien? Creía que ya estabas durmi…

—¿Julia? ¿Quién es Julia?—Aquellas palabras detuvieron el corazón de Karla, congelando sus venas, helando todo su cuerpo. No había sido el perfecto español con el que se había formado aquella pregunta, sino la voz que la había hecho sonar, tan grave, tan profunda, tan amenazadora…—De Julia solo conservo su cuerpo, que por cierto es bien bonito, para qué nos vamos a engañar…—Karla vió como su “compañera” acariciaba sensualmente su torso y su pecho, sin apartar de ella una mirada cargada de odio.—Pero ya no queda nada de ella en él, ahora es mío…

—Ju…

—¡Ya te he dicho que no soy tu maldita amiga!—“Julia” gritó estas palabras a un palmo de distancia de Karla a la vez que daba un fuerte puñetazo en la pared.

A Karla le pareció que la pared temblaba y, temiendo incluso no poder seguir manteniéndose en pie a causa del miedo que sentía, apoyó fuertemente la espalda contra la puerta de su cuarto mientras intentaba alcanzar el pomo tanteando en la semioscuridad. Pero aquella desesperada búsqueda no duro mucho, pues la fuerte mano de su compañera detuvo la suya rodeando rápidamente su muñeca. Karla creyó escuchar un dulce tintineo en aquel momento, pero lo olvidó enseguida, pues tan doloroso le resultaba aquella fuerte atadura, tanto como si aquellos dedos fueran de puro hielo.

—¿A dónde vas, amiga?—Volvió a preguntar esa infernal voz.—¿Ya te vas a la cama con lo temprano que es?

Durante unos segundos, Karla se atrevió a mirar de frente el rostro de la que había sido su compañera de piso, descubriendo una aterradora realidad… Aquellos hermosos ojos azules, antes soñadores y llenos de vida, ahora formaban una mueca de enfado brutal, nada propia de los seres humanos. Su boca parecía haberse agrandado, sus labios se habían enrojecido y a través de ellos asomaba una larga puntiaguda y anormalmente larga que por dos veces acarició la mejilla de Karla.

—Aunque pensándolo mejor…—Continuó aquel ser.—Si tantas ganas tienes de irte a dormir te ayudaré a hacerlo más rápido…

Un inesperado y punzante dolor en su vientre robó a Karla la oportunidad de responder, de su boca no pudo escapar ni el más mínimo quejido o lamento. La poseída Julia fue extrayendo el arma del cuerpo de su víctima, que aún cubierta de sangre destelleó con la luz de la luna de una forma casi sobrenatural. Fue en ese momento, solo en ese momento, cuando Julia volvió en sí, o al menos, en parte.

El profundo mareo que sentía se fue disipando y, cuando la chica fue consciente del lugar en el que se encontraba, solo tuvo tiempo de ver como su amiga Karla daba una última bocanada de aire mientras mantenía clavados en ella unos ojos enormes y llenos de terror.

—¡Karla, Karla!—Gritó.

Cuando alargó las manos para zarandear a su compañera vió sus dedos manchados de sangre, ¡ella era la asesina de Karla! Pero… ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Qué era lo que la había llevado a hacer una barbaridad así?

Aterrorizada, sintiendo que aún no era la completa dueña de sus actos, y sin saber qué hacer, dirigió la mirada hacia la gran ventana que había al final del pasillo. La luz de la luna se colaba entre los cristales que la formaban, derramando sobre el suelo desnudo un mosaico multicolor. Aquella bella imagen le dio a Julia una idea, su única salida.

Un fuerte estruendo acompañado de una lluvia de cristales alertaron a los viandantes que, boquiabiertos, vieron caer a Julia sobre los adoquines de la calle. Un incómodo silencio de expectación separó los lentos segundos que transcurrieron desde la mortal caída hasta las primeras voces de alarma. Un charlo escarlata se extendió rápidamente bajo el rostro de la joven, de ojos abiertos y fijos en el plateado adorno de su muñeca.

Sin prisas, un extraño hombre que estaba parado bajo la ventana se acercó a Julia y se agachó junto a ella, pero no para ayudarla, no… Solo se limitó a quitarle su nueva pulsera de plata con sus manos notablemente aquejadas de despigmentación, para después alejarse calle abajo mientras dejaba escapar de entre sus labios una cruel risa que ninguno de los transeúntes que empezaba a amontonarse junto al cadáver de la joven fue capaz de escuchar.

Comentarios

    • Anakin85

      18 agosto, 2016

      Muchas gracias, amiga! A mi tampoco me gustará encontrármela, jajajaja. Besos!!

  1. Albatros Negro

    18 agosto, 2016

    La ventaja es que soy tacaño, no pagaría veinte euros por un joyero. Jejejeje. Muy interesante tu relato. Tienes mi voto.

    • Anakin85

      18 agosto, 2016

      La ventaja que tendrías, jajajaja. Muchas gracias por tus palabras y tu voto, me alegra que te guste mi historia! Un saludo!

  2. Mabel

    19 agosto, 2016

    ¡Me has puesto el vello de punta! Un abrazo Ana y mi voto desde Puente Genil

    • Anakin85

      22 agosto, 2016

      Gracias, Mabel! Me gusta saber que logro conseguir el efecto que quería en mis lectores! Un abrazo!

  3. VIMON

    21 agosto, 2016

    Muy buen micro, Anakin. Un abrazo con mi voto.

    • Anakin85

      22 agosto, 2016

      Mil gracias por tus palabras y tu voto, Vimon! Un abrazo!

  4. gonzalez

    22 agosto, 2016

    Excelente historia, amiga y bella Ana! Es todo un mérito el que tenés de poner al lector adentro de la historia, te felicito. Mi voto y un fuerte abrazo!

    • Anakin85

      22 agosto, 2016

      Agradezco tus palabras, amigo Gonzalez. Me alegra mucho saber que mis escritos no pasan indiferentes y, aunque sea solo por unos minutos, logre transportar a mis lectores hacia ese mundo salido de mi imaginación. Un abrazote!

  5. arcano

    10 septiembre, 2016

    Excelente relato, Anakin, me ha tenido en suspense hasta el final. Muy bueno, enhorabuena. Mi voto y un abrazo.

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