Nimiedades (16). Guillermo el Taciturno

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En un pequeño y floreado jardín perdido en la mitad de Bruselas fui a dar, una tarde gris y lluviosa de un abril ya traspapelado en el aire de los tiempos, con una estatua –injustamente escondida–, de Guillermo el Taciturno. Aunque Guillermo, Duque de Orange, fue un personaje perentorio para la independencia de Holanda, Bélgica y Luxemburgo frente a España, esta pequeña estatua suya estaba tan perdida como yo, la tarde lluviosa en que la encontré. No obstante que Guillermo de Orange era ciertamente taciturno y nunca le gustó hablar con nadie de sus cosas personales (de ahí su axiomático sobrenombre), como la tarde de nuestro encuentro estaba yo tan desconsolado como él –por la irremediable pérdida de un amor que no debió haber nacido y que me dejó hundido en el más oscuro y recóndito abismo–, el pétreo corazón de Guillermo seguramente se conmovió con mi historia y así, de pronto, como si cualquier cosa, comenzó a conversar conmigo (aunque reconozco que es posible que todo haya sido producto de su soberano aburrimiento, al estar ahí estancado como impávida estatua por siglos y siglos). Hablamos de nuestras tristezas mutuas –de nuestros amores y nuestros desamores– con tal intensidad y confianza, que aquellas charlas humedecidas por lluvia y lágrimas acompañadas, se convirtieron pronto para mí en una necesidad existencial. Dos o tres veces por semana iba yo a visitar a Guillermo para contarnos nuestras cuitas, y así aconteció por largos meses, hasta que un día apareció en el pequeño jardín del parque una bella jovencita, vestida toda de rosa, con unos ojos verdes que con su intensidad iluminaron el jardín, el parque, la ciudad y el mundo. Como ella llegó también apesadumbrada y triste, no tardamos mucho en entablar conversación para contarnos nuestras mutuas penas y crear una amistad que con el tiempo y la reiteración se transformó en romance. Ahora, con muchos años de casados y varios hijos de ojos verdes, regresamos cada año a visitar a nuestro amigo Guillermo, para conversar con él un rato, siempre cariñosos y eternamente agradecidos, porque en el vértice de estos tiempos de apuros familiares y crisis mundiales, recordamos afectuosamente el papel que jugó en nuestras vidas aquel jardincito perdido en la mitad de Bruselas, y las palabras, siempre alentadoras y siempre comprensivas, de Guillermo el Taciturno.

Comentarios

  1. Mabel

    22 agosto, 2016

    ¡Qué belleza de historia! Un abrazo Vicente y mi voto desde Andalucía

  2. Lourdes

    22 agosto, 2016

    Vimon! que tierno!…Y muy bien contado. Un beso y mi voto.

    • VIMON

      22 agosto, 2016

      Me alegra que te haya gustado, Lourdes. Gracias por tu visita y un beso.

  3. Rayuela

    22 agosto, 2016

    Me ha gustado mucho Vimon, un saludo y mi voto.

    • VIMON

      22 agosto, 2016

      Qué bien que te gustó, Rayuela. Gracias por pasar y un abrazo.

  4. Charlotte

    23 agosto, 2016

    Es u cuento precioso, Vicente. Me ha gustado mucho. Un abrazo

  5. VIMON

    23 agosto, 2016

    Me alegra mucho que te guste, Anita. Un fuerte abrazo.

  6. MAFALDA

    23 agosto, 2016

    Joers, no si el amor, nace donde menos te lo esperas. Yo he ligado, en un cementerio y hasta en una iglesia…

    • VIMON

      24 agosto, 2016

      Muchas gracias por pasar, Mafalda. Un abrazo.

  7. gonzalez

    24 agosto, 2016

    Excelente historia, amigo Vimon. Te dejo mi voto y un fuerte abrazo!

    • VIMON

      24 agosto, 2016

      Muchas gracias y un fuerte abrazo, amigo González.

    • VIMON

      4 septiembre, 2016

      Muchas gracias, Walter. Un abrazo.

  8. Beatriz Álvarez Tostado

    26 agosto, 2016

    Me gustó mucho este romántico y divertido texto. Mis felicitaciones junto con mi voto y un fuerte abrazo regio.

    • VIMON

      4 septiembre, 2016

      Me alegra mucho que te haya gustado, Betty. Gracias por pasar y un fuerte abrazo.

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