Mi nombre, mi lugar, mi propia muerte

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Soñaba.

Yo aullaba en el bosque y el suelo se abrió en un abismo.

Mientras el viento susurraba tu nombre, sobre el pantano,

Vi una luz bajar hasta casi poder acariciarla con mis garras.

Me habló del universo, del amor, de las respuestas.

Y la luz fue ascendiendo y yo con ella, hasta salir del abismo

Y quedar suspendidos justo sobre el techo de mi bosque.

pero miré hacia abajo y me sentí caer.

Vi otros demonios aullando, como yo, encadenados

en incesante lamento, perdidos, bajo las retorcidas ramas de los árboles.

Entonces, tu voz, susurró un conjuro.

Mi nombre, mi lugar, mi propia muerte.

Pero no se detuvo la caída.

Lo repetí mil veces.

Quise recordar por la fuerza lo que mi corta mente de animal no retenía.

Pero, las bestias, no tenemos memoria.

Entonces, desesperado, mientras la luz se perdía mortecina en el cielo,

Pude ver el rostro de mis hermanos, deformes y horribles,

Condenados para siempre,

Y los odié.

 

Me arranqué de un mordisco las cadenas

Y vagué por las sombras retorcidas de la muerte buscando una salida.

Vagué, tal vez, eternamente.

Intenté recordar lo olvidado.

Mi nombre, mi lugar, mi propia muerte.

Pero el olvido era fuerte, frondoso, soberano.

Cansado, hambriento, moribundo,

Desahuciado de mí, de Dios, del hombre,

Vi la falsa luz en cada rama, alimaña y bestia.

Y me perdí.

 

Y así pase las vidas.

Envejecí y fui joven tantas veces como el sol se pone y nace.

Miré la falsa luz hasta quedarme ciego.

Y apenas respirando, herido en un costado,

En medio de ese bosque que soy yo, mi casa, mi esperanza perdida,

Sentí que ya era tarde.

No había ninguna posibilidad para la bestia.

 

Y escuché llegar mi muerte y la de todas las cosas.

y presentí sus ojos clavados sobre mí y en ellos aullaban mis hermanos.

Los diablos, las bestias.

Los vi agonizando, aun atados a aquel árbol, aun en medio de la ciénaga.

Entonces los amé.

Y ardí en la calidez crepuscular del rayo.

Y caí.

Desesperado clavé en el aire mi última dentellada.

Intenté levantarme solo para hundirme más profundo.

Escuché tu voz diciendo mi nombre, mi lugar, mi propia muerte.

Y fui feliz.

Y morí.

Y desperté.

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    26 agosto, 2016

    ¡Excelente poema! Un abrazo Daniel y mi voto desde Andalucía

  2. Imagen de perfil de gonzalez

    gonzalez

    26 agosto, 2016

    Me gustó mucho, amigo. Me quedo con esta parte, “Vi otros demonios aullando, como yo, encadenados” Te dejo mi voto y un fuerte abrazo!

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