Derrota

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El sonido de las monedas cayendo al piso de cemento lo hace voltear la mirada hacia abajo, se abalanza desesperado a tomarlas, no importa el color de estas ni el tamaño que muestran la baja denominación de cada una de ellas.

La otra persona en la habitación lo mira con gran pesar sin decir nada, el duda un poco asediado por la poca vergüenza que le queda, “Tampoco es para tanto, igual se abalanza sobre las monedas que la gente le tira con desdén o con compasión en la parada de buses.

Esta vez las monedas en el suelo no son intencionales, sólo cayeron por accidente, pero eso no es lo que lo hace pensar, el frío de la primera moneda en sus dedos le hace pensar que hoy tomo un baño para venir a este cuarto menos sucio que el suyo pero igual de abandonado.

El borde rayado de la segunda moneda le reclama si valió la pena venir a tener sexo sin placer, sin sentimientos, si la cama en la que estuvo valía el asco de acostarse con una persona que no le producía más que repulsión, una sonrisa disimulada se dibuja en sus labios al recordar que quien debería sentir asco es la persona a la que él mismo buscó a cambio de un plato de comida.

Una moneda resbala de sus dedos y suena en el concreto, a su mente llegaron sonidos de miles de monedas cayendo en bolsas de banco ante su mirada fría y altiva, su firma era tan poderosa que detenía envíos bancarios, por un momento el olor a ropa limpia mezclado con Carolina Herrera invade sus sentidos.

Otra moneda rueda escurridizo bajo la cama, el corre y con dificultad se agacha a buscarla, la imagen de su mujer bajo el cuerpo de otro hombre y los gemidos no provocados por él vienen nuevamente a su cabeza, el reclamo de sus hijos al verlo golpear a su madre hasta el cansancio vienen a su mente, logra encontrar la moneda al extender el brazo.

Le cuesta levantarse, solo para ver una moneda más en el piso, ya no hay vergüenza, se agacha a recogerla y el esfuerzo de mover 52 años trae a su cabeza los litros tras litros de licor y los cigarrillos que han pasado por su garganta los últimos años.

Sonríe, es una moneda de gran valor, se levanta, mira a su anfitrión, un “no digas nada” que no distingue si lo escucharon sus oído o lo emitió su boca, da la vuelta, abre la puerta, el sol de las 6 de la mañana le pega en la cara y se dirige hacia la cantina más cercana.

Total, el pasado se queda en el pasado y los remordimientos saben mejor con un trago de Ron y una bocanada de humo.

Comentarios

  1. Mabel

    3 septiembre, 2016

    Muy buena historia. Un abrazo y mi voto desde Andalucía

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