GAR 05

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CAPÍTULO 5.

A FONDO

 

Tras un largo remojado Gar salió de la bañera, se vistió y se dirigió a la cocina. Allí Ger ultimaba los preparativos de la cena.

— ¿Qué tal ese baño?  —Preguntó él sin dejar sus quehaceres. Ella entró, cerró la puerta tras de sí y, mientras se ponía a curiosear, contestó.

— ¡Uuuuuffffff!  ¡De maravilla!  ¡Realmente lo necesitaba!

— ¿Hambrienta?  —Ella alargó la mano para picar algo.

— ¡Como un lobo!  ¡Y aquí huele de maravilla!

Yo raramente suelo cocinar dos veces la día, cuando estoy solo. Pero hoy he querido preparar algo especial. Hay un pastel de verduras en el horno y he preparado unas hamburguesas de soja. Espero que no sea muy pesado para la cena.

— ¡Yo estoy dispuesta a correr el riesgo!

— ¡Ya!  ¡Ya veo!  —Hizo un gesto hacia la mano de ella, otra vez tendida, a la búsqueda algo para picar.— ¿Me ayudas poniendo la mesa mientras termino de cocinar?

— ¡Claro!

Ella abrió el armarito que había justo encima del fregadero y cogió dos platos. Habló:

— ¡Oye!  ¿Por qué me has preguntado antes lo del grupo sanguíneo?  Al final no me lo has explicado.

— ¡Sí, claro!  Lo había dejado de lado. ¡Hemos hablado de tantas cosas!

— ¡Y que lo digas!  —Afirmó ella mientras colocaba los cubiertos sobre la mesa. Él terminaba de disponer los últimos alimentos preparados también sobre la misma. Mientras hablaban se sentaron a cenar.

— Estábamos hablando sobre la dieta vegetariana.  ¿Te acuerdas?

— ¡Sí, claro!

— El tema es que parece que, según el grupo sanguíneo, hay ciertas limitaciones para poder hacer un régimen vegetariano.

— ¿También para mi grupo?

— No. Si tienes grupo A, ningún problema. ¡En principio!  Siempre hay excepciones en ambos sentidos. Pero, normalmente, la dieta más adecuada para quienes tenemos ese grupo es, precisamente, la vegetariana total. Y bio, a ser posible. Lo más libre posible de tóxicos, a los que parecemos más vulnerables que la gente de los otros grupos.

— ¡Ah, bueno!

— De todos modos, en el grupo de los miércoles tenemos, como creo que ya te adelanté, una mujer que es médico que sigue la orientación de la Higiene Vital. Habíamos hablado de hacer unos talleres en los que tratar temas diversos que nos interesan a todas o a casi todas las personas del grupo. Y ella estaba de acuerdo con presentar ese tema. Bueno, dieta sana, cómo mantener la salud mediante la alimentación, cómo curarse de verdad y no limitarse a tapar síntomas…

— ¡Súper interesante!  ¿Y eso sería también los miércoles?

— No. La idea era acordar otro día de la semana para exposiciones de temas interesantes y debate. Seguramente el viernes, como creo que habíamos sondeado, pero está por decidir.

— Pues yo me apunto también.

— Lo hablaremos el próximo miércoles, pues. ¿Te sirvo?

Él le presentó una larga fuente que contenía una especie de budín de varios colores decorado con salsas de varios colores también.

— ¿Es el pastel de verduras del que me has hablado?

— Sí. Suelo hacer dos tipos de pasteles de verduras, este emulsionado con huevo y, en ocasiones, hago otro envuelto en hojaldre. ¿Quieres?  ¿O tienes algo contra los huevos, las verduras cocidas, la crema de leche y el poco de mantequilla que lleva para desmoldar sin riesgo de romperlo?

— ¡Nooooo!  ¡Nada en contra!  Y tengo bastante a favor: sobre todo eso que se llama hambre.

Él depositó delicadamente tres gruesas ronchas de ese suculento pastel en el plato de ella.

— Si quieres más salsa que la que he puesto encima de decoración, en los cuencos tienes más.

— ¿Qué llevan?

— ¿Las salsas?

— ¡Sí!  Lo que lleva el pastel lo adivino yo. O lo intento. ¿Va?

— Esta lleva clara de huevo y aceite de girasol. —Le dijó él presentándole una taza con una crema blanca de la que emergía una cucharilla.— Es una especie de mahonesa, yo la llamo blancanesa.

— ¡Había pensado que era nata montada!

— Sí, su color blanco engaña. Alguna vez he usado nata montada, sin endulzar, con el mismo propósito, pero con el calor se deshace, mientras que la mahonesa, y la blancanesa también, al revés, con el calor se coagulan más.

— ¡Y sabe exactamente a mahonesa!  —Soltó ella tras servirse una cucharadilla y probarla con la punta de su tenedor.

— Es que lo es. Sin yema, por eso el color pálido, pero, en cuanto a sabor, es lo mismo.

— ¡Vaya!  ¿Y esta?  —Ella señaló otro cuenco idéntico que contenía una salsa ligeramente verdosa.

— Es crema de queso azul: lleva queso Azul De Auvergne, crema líquida y mantequilla.

— ¡Está buenísima!  —Soltó ella tras servirse una cucharada en su plato y probarla.

— Y esta última, es crema de leche con remolacha cocida y triturada. —Ella la probaba mientras tanto.

— ¡El color es bonito, pero la encuentro excesivamente dulzona. —Opinó ella tras probarla.

— ¡Ya!  Lo mismo he pensado yo. Es la primera vez que la hago y  no me convence. Habría que añadirle algo que le diera un poco más de vida. Mostaza, por ejemplo.

— ¡Puede ser!  —Dijo ella con la boca casi llena— ¡Esto está buenísimo!  ¡Lleva puerro!

Él río al ver su voracidad y su felicidad comiendo.

— ¡Diana!  —Dijo él.— ¿Y la parte blanca?

— ¡Aún no la he probado!  —Se llevó una parte a la boca.— ¡No sé! ¿Calabacín?

— ¡Coliflor!

— ¿Coliflor?  —Dijo claramente extrañada.— ¡No lo parece!

— Todas las verduras llevan algo de pimienta negra… —Informó Ger.

— ¡Ah!  ¿Ya había notado un poco de picante!  —Se asombró ella.

— …algo de sal, —Continuó él.— que yo no acostumbro a añadir a lo que como, pero, en este tipo de plato, viene bien para romper el dulzor, a mi gusto, excesivo, de las verduras cocidas…

— ¡Sí!  ¡Está delicioso!  ¿Y esto es calabaza o zanahoria?  —Señaló la parte de un naranja vivo.

— A veces las mezclo para hacer la capa anaranjada, pero hoy no tenia calabaza, es solo zanahoria.

— Está buenísima también!

— A mí la que más me gusta es la del puerro. —Valoró él.

— ¡Pues yo no sé!  ¡Me encantan las tres!  —Y no era solo teoría, no tardó en volver a la práctica con devoción.

— ¡Pero mastica, mujer!  ¡Te vas a ahogar!

Era verdad, ella estaba tan hambrienta, casi parecía ansiosa, que tragaba sin casi moler los alimentos.

— ¡Tienes mucha razón!  —Explotó en risas. Creo que he comido tan mal los últimos meses, mientras estaba siendo acosada, que ahora tengo unas ganas locas de comer bien. Es mi desquite.

— ¡Pues eso, come bien, pues!  —Soltó él más divertido con la situación que reprochador.—  No tragues sin masticar. ¿No sabes que la comida hay que beberla y la bebida comerla?

— ¿Quééééééé?  —Fue como un tronco más a la hoguera de su hilaridad.— ¿No va al revés eso?

— No. Lo he dicho bien. La comida hay que masticarla hasta que se convierta en líquido y la bebida hay que masticarla, para que dé tiempo a segregar los jugos gástricos que comenzarán a disgregarla y, así, a digerirla como es debido. Si se traga directamente no puede reaccionar con las enzimas de la saliva: ni le da tiempo a hacerlo, ni siquiera se vierte suficiente saliva sobre ese líquido alimento.

— ¡Es interesante!  —Observó ella con la boca despejada. Estaba haciendo un esfuerzo en calmar su ansia.

— ¡Así va mejor!  ¡Luego no te dolerá la tripita!  —La frase sonó cómicamente maternal.

— ¡Sí, es cierto!  —Se volvió a concentrar en controlar su impulso. Al parar de masticar, añadió:

— Oye, retomando el tema de la astrología… ¿podrías hacerme tú mi carta… natal?

— Sí, de hecho, me gustaría mucho hacértela. Incluso podría hacer una combinada de nuestras natales, para saber qué tal pinta nuestra relación, qué posibilidades tenemos y todo eso.

— ¿Eso es posible?

— Sí. Y es interesante, salen cosas curiosas que luego, claro, te topas en la vida real.

Ella se quedó un momento reflexiva. Luego retomó:

— ¿Y tú qué crees que puede haber entre tú y yo?

Él detuvo su tenedor, lo posó, juntó sus manos generando un puente sobre su plato y la miró a los ojos, de forma que ella también se congeló.

— Mira Gar, me encantas, me tienes hechizado, no te encuentro ninguna pega y no podría no enamorarme de ti. Creo que nada podría impedírmelo. ¡Nada!

La declaración era decididamente sincera. Él devoraba con sus ojos los de ella y se le veía hipnotizado por los mismos.

Ella se mostró halagada, pero destilaba más incredulidad.

— ¡Casi no me conoces!  Te aseguro que tengo defectos. ¡Y muchos!

Él alargó su mano izquierda y tomó la derecha de ella. —Se habían sentado al contrario que a mediodía.

— Te aseguro que te prefiero humana, con defectos.

— ¡Uuuuyyyy!  ¡Espero que seas capaz de decir lo mismo cuando explote!  —Su expresión oral era tan real como su mano izquierda sacudiendo el aire, pero su mirada enternecida traicionaba su gozo viéndose querida, incluso amada.

Quedaron mirándose con una dulce sonrisa. Hasta que él, tras darle un pequeño apretón de en la mano, volvió a su plato.

— ¿Y tú?  ¿Cómo ves nuestra relación?

Ella, que volvía también a concentrar su atención en su propia vajilla, se volvió a detener y lo miró. Él aparentaba estar concentrado en la pieza de porcelana que tenía delante, pero un hilillo de sonrisa lo traicionaba: concentrarse en la loza era una excusa para no presionarla con la mirada. Gar bajó la mirada también al plato, pero sin recuperar el ritmo nutricional.

— Me gustas. Me gustas mucho, Ger. —Lo miró directamente y él le dedicó una furtiva mirada.— La verdad es que tienes todo lo que me atrae en un hombre: eres inteligente, enérgico, guapo, —Él volvió a dirigirle otra fugaz mirada, con una mueca escéptica.— Por lo que he constatado durante todo el día, eres culto, dinámico, simpático, comunicativo, cálido, tienes recursos… y no me refiero solo a lo material. —Sonó a disculpa precipitada.— Y te has mostrado más que generoso conmigo. Incluso tienes buen gusto. —Quizá esto último quisiera sonar a piropo, pero no acertó.

Ella hizo una pausa mirando, de nuevo, a su plato. Mas no duró mucho:

— ¡Pero todo es tan precipitado, tan… milagroso… que estoy desorientada, incluso asustada!  —Alargó la pausa. Reflexionaba.— He buscado muchos años alguien como tú, es más, me parece que te he buscado durante años y… me he llevado tantas malas sorpresas que… que prefiero arriesgar lo menos posible.

Él le volvió a coger la mano y la miró seriamente, pero con ternura.

— No te sientas presionada. Quiero que sepas que no me debes nada: ayudarte, y haberte ayudado es para mí un placer. A tu ritmo y a tu voluntad. Eres libre de marcharte o de tener la relación que quieres conmigo, incluso las relaciones que quieras con quien quieras.

Ella le arrojó una mirada un poco desconfiada, pero su sonrisita expresaba en claro su ilusión, que venció rápido su gesto escéptico y los ojos se le humedecieron.

— Es esto… —Las lágrimas le cortaron la palabra.— … es… —Sorbió sus mocos y tuvo que sonarse y enjugarse las lágrimas.— …precisamente esto lo que más valoro de ti. — Él se colocó al alcance de ella. Se abrazaron tiernamente y Gar dio rienda suelta a su llanto. Incluso él lloró, serenamente, en completo silencio, mientras ella sollozaba.

— Es que… —Tuvo que succionar sus mucosidades.— …es que lo he pasado tan mal… ¿sabes? …tan sola y tan acosada.

Ella siguió llorando, una nueva ola de llanto la hizo sollozar y apretarse a él. Pasó un rato antes de serenarse.

— No soy fácil en las relaciones personales. A veces temo no estar bien de la cabeza… —Explotó en otra ola de sollozos y lágrimas. Él le apartó tiernamente los cabellos de la cara y le puso un pañuelo limpio, el suyo, al alcance, sobre las rodillas de ella.

— ¡Eres increíble!  —Rió ella entre las lágrimas, a las que volvió con intensidad tras sonarse.

— ¡No sabes lo bonita que estás cuando lloras!  —Soltó él al cabo de un rato, cuando ella se había descargado y se estaba ya serenando. Ella rió intensamente, y añadió:

— ¡Como siga así se nos va a enfriar la cena!

— ¡Sí!  ¡Y por una vez que consigo cocinar algo decente, sería una pena!

Ella volvió a reír, felizmente, casi infantilmente y se pusieron a cenar con alegría y ganas. Y una sincera y calma sonrisa en la boca.

— ¡No desaprovechemos, pues, la oportunidad actual, si no son frecuentes!

Los cubiertos, la bandeja y las tazas volvieron a bailar y cantar, y las mandíbulas a batir. Casi parecía imposible terminar con ese silencio de sagrada nutrición, pero Gar necesitaba decir algo:

— ¡Ger, no sabes cuánto te necesitaba!  ¡Creo que ni yo misma me daba cuenta de lo que te necesitaba!

— ¡Estupendo!  —Dijo él sin parar de comer y el sonido de su voz lo evidenciaba.— Pero si no quieres comer lo de tu plato, lo aprovecho yo. —Echó una ávida mirada hacia la comida de ella, que volvió a tronar riendo, tan cómico había conseguido él sonar, y tan verdadera su interpretación de famélico. Tardó unos minutos en recuperar su espíritu serio. Mientras tanto, por si acaso, Gar puso su plato a buen recaudo, para evitar que él lo vaciara. Pero tenía algo que decir:

— Tú me has dicho que no puedes evitar enamorarte de mí. Y tú es quien me estás dando constantemente razones para adorarte. —Fue una declaración tierna y directa del corazón.

Él se dirigió hacia el plato de ella resueltamente.

— ¡Vale, si no vas a comerlo dámelo!  —La frase sonó como si él hubiese estado esperando una buena excusa para mostrar sus más profundos y básicos instintos, costosamente reprimidos. Realmente pareció motivado y voraz. Ella apartó más su plato entre risas, él insistió a la carga (esta vez ya no consiguió reprimir un hilillo de hilaridad), intentando apoderarse de la comida que ella despreciaba. Gar, que en absoluto quería cederle su ración, le dio la espalda, poniéndose en pie en su esfuerzo de intentar mantener su plato lo más lejos posible de él, que pugnaba por apoderárselo.

La escena fue cómica: ella apenas se podía sostener en pie de la risa y casi dejó caer el plato por pura impotencia. Fue él quien lo sostuvo, y la sostuvo también a ella. Al final él dejó el plato sobre la mesa, ella se volvió, lo miró entre las lágrimas que se le escapaban de la risa, y acercando sus labios a los de él, lo besó, tímida y fugazmente.

Él resultó un poco desconcertado, no pudo reaccionar, y sintió que se había perdido el breve beso. Pero reaccionó rápido:

— ¡Perdona!  ¿Cómo has dicho?  —Consiguió que sonara cándido, inocente.

— Ella, con una sonrisa amplia y pícara, los ojillos medio cerrados de placer, lo volvió a atraer hacia ella y volvió a besarlo, pero con más intensidad y voluptuosidad. Él no perdió el hilo esta vez y la apretó intensamente, recorrió los labios de ella dulcemente y luego abrazó la lengua de ella, que respondió dándose, también se entregó a su abrazo toda entera. Su cuerpo le gritaba soy tuya, sin restricciones. Al menos así lo percibió él.

Tras un intenso ósculo, él se dirigió hacia el cuello de ella y la mordió intensamente, pero sin hacerle daño, más bien clavó su boca en ella, que respondió con un gemido de placer grave y profundo. Él la olfateó, se deleitó de su olor tan fresco y tan personal.  ¡Una delicia de aroma!  Le mordisqueó el lóbulo y todo el pabellón auricular, lo que hizo que ella se estremeciera de placer, soltando gemidos alentadores. A él se lo notaba ardiente, incendiado en un deseo intenso, maravillado por la puerta que se le había abierto y deleitado con el nuevo manjar añadido al menú. Ella se abandonó plácidamente en sus brazos, casi inerte, como si estuviera en el mismísimo Paraíso y no pudiera imaginar algo mejor.

— ¡Pues vas a tener razón y esta cena está mejor que la otra!

Ella no pudo reprimir una risa, pero, al poco se recompuso.

— ¿Terminamos de cenar y luego seguimos con el postre?  —Su mirada era más de derretida que de tentadora. Pero su sentido práctico se impuso. Y el de él le hizo orquesta.

— ¡Encantado!

Dieron cuenta del resto de la cena ente miradas que apenas ocultaban su deseo de postre. Pero disfrutaron bien del momento y convinieron que todos los platos estaban suculentos. Solo quedó sobre la mesa la salsa rosa hecha de remolacha y nata.

— Mañana la perfecciono. —Dijo él mientras la metía en el frigo. Había terminado de ordenar la cocina mientras ella volvía a fregar (casi había finalizado) y él se permitió pegarse a ella por detrás, y apretarla contra él rodeándola por la cintura. Ella froto su sien contra la de él, como un gato, y él aprovechó para emitir un maullido de lo más creíble.

— ¡Mi gatito lindo!  —Emitió ella sin poder terminar de fregar.

Él se permitió primero juntar las manos en el vientre de ella, y luego alejarlas tanto hacia su pecho como hacia su bajo vientre. Ella emitió un gemido de placer, pero, en una perezosa reacción, intentó parecer indignada:

— ¡Eso no vale!  ¡Me atacas cuando estoy indefensa!  ¡Y desde atrás!  ¡Cobarde!  —Sonaba más a encantada y deseosa que a fiscal de un tribunal de las buenas maneras.

Él reaccionó retirando las manos al aire y dando un paso atrás, como niño descubierto atacando el tarro de miel.

— ¡Vale!  ¡Deja eso, pues, y atrévete a encararme si eres tan valiente!

Ella sonrió, dejó el cazo que había terminado de enjuagar, cerró el caño monomando y, quitándose los guantes de goma roja y negra de la manera más seductora posible, se volvió y le estampó, en la boca, un beso lleno de deseo, con los ojos chiquitos.

Fue el mejor beso de su vida. Al menos el mejor hasta el presente. Tanto para él como para ella, de cuán largo lo habían incubado, soñado, deseado y esperado.

Él la cogió en brazos y se encaminó fuera de la cocina. Ella lo miraba encantada, ruborizada, con una mirada desbordando sensualidad, como drogada.

— ¿Te encargas de la luz?  —Le pidió él deteniéndose en la entrada de la cocina. Ella apagó la de la cocina y prendió la de la escalera. Hizo parecido en el piso superior mientras él la llevó al dormitorio de ella.

— ¿Estrenamos tu futón?

— ¡Nooo!  —Era más sensual que caprichosa su respuesta.— Llévame a tu cama, mi amor. —Opinó ella.— ¡Hoy quiero lujuria a la luz de la Luna!  —El tono revelaba una pizca de ironía, pero en su mente anidaba la fantasía que había ideado horas antes.

Él no se lo hizo repetir, empujó un poco la puerta entreabierta con el pie izquierdo y entró con ella en brazos. Lo posó dulcemente sobre la cama y volvió a encargarse del interruptor de la luz del pasillo, que había quedado encendida, mientras ella se recolocaba en la cama y encendía el flexo de su derecha. Él volvió, arrojando su chaqueta sobre la silla apostada junto al catre mientras la miraba fijamente. Con una sonrisa, a la que ella respondió con otra, pícara, y una expresión que simulaba mal no haber nunca roto un plato. Él, lentamente, se arrodilló en el borde de la cama, y, mientras se quitaba la camiseta, avanzó hasta quedar en idéntica postura pero sobre las rodillas de ella. Le puso las manos sobre las caderas mientras la sonrisa de ella se amplió y sus ojos se cerraron de deleite. Las manos de él se deslizaron hasta la cintura de Gar y, de allí hasta su ombligo. Con dulzura pero con seguridad Ger tiró un poco del pullóver de ella accediendo al botón del pantalón y liberándolo. Deslizó la cremallera con solemnidad, como si se aventurara por territorio sagrado, y ella sonreía, con un rubor creciente en el rostro, echándole miradas furtivas de tanto en tanto.

Ger volvió a deslizar las manos por la cintura del jean de ella hasta sus caderas y, esta vez el apoyo de Gar, en forma de un ligero arqueo de espalda, fue explícito, para permitirle deslizar sus pantalones. En un movimiento bien sincronizado él la dejó desnuda de la cintura hasta los pies, retirando sus pequeños calcetines y unas pequeñas braguitas de estilo deportivo en el mismo gesto. Ella dudó si habría sido por casualidad o consecuencia de un gesto calculado por parte de él. Le había quitado la ropa con una curiosa mezcla de dureza y delicadeza y arrojó el conjunto (un poco amontonado) sobre la misma silla que antes él había usado para su camiseta. Mientras tanto, la mano derecha de él quedaba posada sobre el delicado tobillo de ella, como para no perder el contacto piel-piel. Dicha mano inició un ligero movimiento que se convirtió en un paseo, que le ofrecía un dulce masaje a ella. La mano izquierda se sumó a la caricia, y, con maestría y pases desiguales, adecuándose a cada rincón de las piernas de ella, fue repasándole toda la piel, los músculos (con más intensidad, llegando hasta lo profundo de la masa muscular, cosa que le generaba un profundo gusto a Gar).

Ella se abandonó, los ojos cerrados, y, emitiendo graves gemidos de satisfacción cada vez que las manos de él le daban placer, lo que era casi de continuo. Se dejó hacer, disfrutando del presente, como si no hubiera nada más en el mundo. Sus ojos, casi de continuo sellados, lo evidenciaban.

Sin dejar de masajearla él y, en un gesto firme a la vez que delicado, levantó las rodillas de ella teniéndolas por las corvas, le masajeó los muslos con intensidad (lo que a ella le generaba un placer intenso, ganas de que él presionara más fuerte, como si se tratara de eliminar un picor profundo) y, apostándose en el hueco generado entre las piernas de ella, y todo ello sin descuidar el amasamiento lo más mínimo, empezó a besuquearle las rodillas, el interior de los muslos, alternando los besos con pequeños mordiscos.

Él se sentía a punto de desmayarse por la emoción del momento. El corazón le batía a casi doscientos por minuto, pero eso quedaba de puertas para dentro. En apariencia se mostraba sereno, súper sereno, muy dueño de la situación.

Ella volvió a gemir mientras él amasaba firme y profundamente los glúteos de ella de forma simétrica.

Él respiraba con fuerza, pero su jadeo se alteraba para disfrutar de los aromas de ella, de lo mejorcito que él podría desear. Le besó cada vez más cerca del sexo, pero sin precipitación, alargando el camino sabiamente. Acercándose y volviéndose a alejar. Ella, cada vez más excitada, arqueaba ligera y rítmicamente la espalda, manifestando lo profundo de su deseo y de su estimulación.

Para cuando él cogió uno de los labios externos de ella entre sus labios, delicada pero intensamente, Gar ya se sentía invadida por una ola de placer muy íntimo, que se manifestaba en una evidente lubricación. En el momento en que él rozó su botoncito de placer por primera vez, ella ya se estaba al borde de un orgasmo. Pero él no se precipitó en absoluto hacia el sexo de ella, se resistía a darle protagonismo, jugaba a escapar de la ley de su gravedad, norma básica de la física y de la química interpersonal, que, indudablemente, lo debía atraer irremisiblemente y obligarlo a caer, antes o después, en las profundidades de la galaxia de Gar, en su agujero negro.

Ger le besó y succionó varias veces más el pubis, atrapando los vellos entre sus labios y tironeando de los mismo, recorrió sus muslos, su boca volvió a saltar hasta una rodilla, y volvió a caer hasta una ingle, luego a la otra, acarició el borde de la vulva con la punta de la lengua, el perineo (menos mal, pensó ella, que me he lavado a fondo), y las ingles con deleite. De pronto, ella sintió la presión de la lengua de él en pleno centro de los placeres, soltó un gritito, se arqueó, pero se dejó hacer: la lengua de él parecía experta, o, al menos, de lo más acertada. Siguió recorriéndola de manera que le brindaba un placer bien calibrado: lo suficiente como para que ella disfrutara, pero también para que siguiera deseando más y más, que él aumentara en intensidad, es una lenta y progresiva escalada, bien programada, que la llevara hasta la cima.

Las gloriosas manos de Ger (así le parecían a Gar) reptaban por el vientre de ella, le recorrían los costados, el plexo, una de ellas otra vez el vientre, mientras la otra se aventuró por su espalda. De un hábil gesto soltó el cierre de su sostén, a lo que ella respondió con un suspiro, casi un gemido, equilibrado entre la sorpresa y el gozo, como si la hubiera liberado de una pesada cadena. Dulcemente llegaron, primero la una y luego la otra, sus dos manos hasta los pechos de ella y los acariciaron con ternura, combinada con intensidad, siempre oportuna, proporcionada como para no romper la armonía de esa bella sinfonía de placeres.

Él se sentía completamente excitado, a punto de estallar, pero dominaba su ansiedad concentrándose en darle el máximo placer a ella, olvidándose de su propia pulsión.

Un grito de éxtasis salió de los labios de Gar cuando él pinzó a la vez su pezón izquierdo con dos dedos de la mano izquierda y su clítoris con los dientes, suavemente, muy comedidamente, y, de nuevo, un gemido intenso pero dulce la recorrió cuando el dedo corazón derecho de él penetró delicadamente su vagina, bien humedecida, causándole un estertor casi a las puertas del clímax. Ella aspiró intensamente, como para no perder un ápice del presente, se sintió casi borracha por la intensidad de sus inspiraciones, percibía un ligero hormigueo en dedos de manos y de pies, incluso en torno a su nariz. Sintió deseos de gritarle a Ger que terminara de llevarla a la cumbre, que la penetrara ya mismo. Pero él seguía gobernando el ritmo, y el recorrido, de su viaje a las estrellas.

La lengua de él le masajeó el clítoris intensamente, sus manos no dejaban de acariciarla, apretándole los senos gustosamente de tanto en tanto, en un tiovivo de sensaciones caóticas, pero que acertaban increíblemente a aumentar gradualmente su excitación, sin parar, ella sentía que aquello era insostenible, cuando una intensa succión sobre su clítoris la hizo soltar un bramido, profundo, bronco, que aumentó cuando él inició un controlado vaivén de su dedo corazón en la vagina. Se sintió transportada al borde del orgasmo más intenso que imaginar podía, pero él la abandonó de nuevo en el mismo límite. Gar inspiró tan profundamente que se sintió mareada, o, más bien en el filo del mareo, de un dulce placer.

Se sintió, también, penetrada, muy profundamente, otra vez al borde de la locura, de la más dulce esquizofrenia, cuando reparó en que la boca de él le besaba el ombligo, la lengua de él lo sondeaba, y volvía a lamerle el pubis rasurado. Le costó mucho darse cuenta de que él le estaba acariciando, a la vez, el punto más sensible con un dedo (debía de ser el pulgar), la penetraba hasta la cérvix con otro y había un tercero que le tocaba también profundamente, algún otro punto indeterminado que le hacía sentir un dulce y profundo placer. No acertaba a identificar ese otro punto, tal era la intensa y confusa mezcla de sensaciones.

La escalada hacia el cénit era salvaje, desbordante. Él le succionaba el pezón derecho mientras su mano izquierda le apretaba la garganta, firmemente, haciéndole desear que la estrangulara, que le apretara más y más el cuello. Era dulcemente insoportable. Insoportablemente dulce.

El mar del placer acariciaba sus orillas con dulzura, ola tras ola, en un vaivén que la quemaba en lo más profundo, pero, paradójicamente le generaba escalofríos.

No tuvo tiempo de fijar su pensamiento en ello, fue como un relámpago que pasó fugazmente, pero, cierto momento, tuvo la idea de que él la estaba penetrando también por el ano, hasta lo más profundo de su recto y que le tocaba algo (la próstata no podía ser, pensó luego, pero sí algo que le generaba un éxtasis de gusto). Fue un fugaz pensamiento, mezclado con un puntito de vergüenza, pero la idea (y la vergüenza, a la vez) se le escapó cuando una ola mucho más caudalosa de fragor, casi un tsunami, la llevó hasta la cumbre. Era todo su cuerpo el que se sublevaba, levitaba, y explotaba de una manera salvaje, una luz de una intensidad enorme invadió su cerebro y la hizo sentir incorpórea, invadida por un calor que irradiaba por todos sus poros, por todas partes, era una sensación (al menos una este era de una intensidad) que ella nunca había vivido. Era más que un orgasmo, era un paroxismo, una… ¿cómo lo llamaban en francés? … sí, eso era, la pequeña muerte… No, no era precisamente pequeña, era ilimitada, hasta estaba convencida de que había llegado a estar en coma, inconsciente, por muy poquito tiempo, un brevísimo instante, quizá no fue ni un segundo.

De pronto la presión del pulgar se hizo dolorosa, dulcemente dolorosa, pero de una intensidad insostenible, ella tuvo que hacerle también retirar el dedo de la vagina suavemente, sin realmente quererlo, y, así, también movilizó el dedo que la penetraba por el ano. Resultaba agradable e inaguantable a la vez. Había como una necesidad de que él sacara el dedo, no podía soportarlo ya dentro de ella, pero, a la vez, le apetecía, como si le aliviara de una profunda desazón. Dicho movimiento de retirada, gobernado por ella misma, le generaba dolor, cuando, de pronto, se sintió de nuevo transportada a lo más alto, a un nuevo clímax, y volvió a desvanecerse un momentito, hasta que otro fogonazo de luz y calor invadió sus ojos. ¡No!  Era en su pantalla cerebral, ¿o era dentro y fuera a la vez?

Recuperó la conciencia cuando el dedo corazón de él salió de su agujerito estrecho, lo que la sobresaltó, pero resultando gustoso como nunca había esperado de ese agujero, prohibido, al menos impracticado hasta la fecha.

La cara de él salió de debajo de sus prendas de vestir, y sus ojos la miraron con ternura, casi con amor maternal más que pasional, como si él supiera que ella acababa de superar un rito de iniciación prohibido. Y con éxito. Como si ella acabara de alcanzar la categoría de mujer, por fin. Como si viniera de celebrar su rito de transición.

Gar se dio cuenta de que había dejado escapar la baba por la comisura derecha de su boca cuando él, tiernamente deslizó uno de sus dedos para secársela.

Él la vio aún sumergida en un cálido baño de placer, como recién despertada, ligeramente colorada, roja de deseo colmado, relajada y aún al borde del éxtasis, un éxtasis casi místico.

— Bienvenida al Planeta Tierra, ubicada casi al borde exterior de la Galaxia Espiral denominada Vía Láctea. —Dijo él dulcemente, como no queriendo arrancarla de su estado extático.

— Ummmmmmmm!!!!  —Balbuceó ella, arrebujándose en la cama y en los brazos de él.

— Uuuuuffffffff!!!!!!  —Añadió, manifestando a las claras su estado catártico.

Pasó un rato en que ella intentaba aterrizar, cerraba, abría los ojos, reconocía la estancia, caía en la cuenta de la mirada amorosa que él le dirigía, y le sonreía, para volver a caer en los brazos de Morfeo y recomenzar el ciclo en un orden distinto.

— ¡Gracias!  —Dijo ella de forma casi inaudible, no solo por el volumen sonoro, también por la frecuencia, que rayaba los infrasonidos, increíblemente ronca.

— ¡Encantado de servirla!  —Dijo él en un tono falsamente servil.

Él se arrodilló de nuevo y la desvistió de cintura para arriba. Las dos ceñidas prendas salieron juntas y terminaron en la misma pila que el resto de vestimentas, hechas una bola.

Pero tuvo la delicadeza de deslizar la colcha sobre ella, lo que la invadió de una nueva ola de placer, la cubierta le entregaba un calorcito agradable, se arrebujó.

Él deslizó el cajoncito y buscó en el mismo. Ella tardó en abrir un ojo, para darse cuenta de que él miraba con detalle algún objeto pequeño, lo tiraba, pasaba a otro y, tras varios intentos, encontró lo que buscaba. Abrió el paquetito y sacó un preservativo que se colocó sin cambiar su postura.

Ella le abrió los brazos y lo acogió en un apretón. Le apetecía darle placer, devolverle a él, aunque fuera, una ínfima parte de todo el placer que la había hecho sentir, y le apetecía que la penetrara, como para recolocar algo que en lo más profundo de ella había quedado revuelto.

Se arqueó en el momento de recibirlo en ella, con un ronco gemido. ¡Aquello era demasiado!  Se sintió directamente al borde de otro orgasmo, esta vez más localizado en su entrepierna. Pero unos escalofríos volvieron a enlazar aquélla parte con lo más profundo de su cerebro,— mi parte reptiliana —pensó ella. Su beso la hizo retornar. Primero discreto, como pidiendo permiso, pero, en cuanto ella abrió la boca, la visitó, gentilmente, pero, a la vez, sintiéndose como en casa, y haciéndole sentir a ella que también quería compartir aquella morada tan personal con él. Buscó su lengua y ambas se abrazaron, iniciando una efusiva y húmeda danza.

Él también suspiró cuando entró en ella hasta el fondo y comenzó un dulce vaivén, cuidadoso, pues percibió que ella reaccionaba intensamente.

Sus idas y venidas se adecuaban a lo que en ella leía, y cambiaba su punto de apoyo y el ángulo de su ataque (luego también los puntos de fricción subsiguientes) midiendo a cada variación cómo reaccionaba ella.

Se dio cuenta de que, prácticamente, frente a todos sus cambios de ritmo (lo mismo fueran de los de él o de los de ella) Gar intensificaba sus gemidos, que, por lo demás, apenas paraban de escucharse.

Una auténtica Acuario, —Pensó él.— Lo que más le gusta es el cambio, en este caso el cambio de ritmo.

Ella alcanzó el éxtasis, al parecer, dos veces más, casi seguidas, atendiendo a su forma de gritar. Tras cada uno de esos momentos ella lo hizo detenerse en esa dulce danza del amor, seguramente, porque sus sensaciones eran demasiado intensas como para sostenerlas. Le resultaban insoportables de lo placenteras que eran, casi dolorosas.

— ¿Tú no llegas?

— Prefiero hacerlo durar un poco más aún. Disfruto mucho así. Sobre todo, disfruto viéndote, haciéndote disfrutar.

— Pues no lo prolongues más, porque yo ya estoy agotada. Y creo que no soportaré una cima más. Son cada vez más intensas.

— ¡De acuerdo!  —Dijo él resuelto.— Ahora buscaré mi clímax, si te parece bien.

— Sí, por favor. —Emitió ella con cierto alivio.

— ¿Te importa volverte?  —Él se lo indicó, a la vez, con un gesto sobre las caderas, que le aclararon mejor que ninguna explicación lo que él quería. Ella aceptó y se puso boca abajo, rodillas y codos contra la cama. Él le acarició la espalda, la zona de los riñones, le acarició las nalgas y se las separó un poco, tiernamente, para penetrarla.

— ¡Aauuuuuuuuuuuuuuuuuu!  —El lamento de ella sonó más a placer que a dolor. Él también suspiró intensamente y exhaló una expresión de gusto al entrar. Sus manos buscaron los pechos de ella y los acariciaron tiernamente, luego más firmemente y pellizcaron sus pezones, que se erigieron en el acto como respuesta al agradable estímulo.

Gar sentía que Ger era capaz de aparecer en cualquier lugar de su cuerpo, inesperadamente, para no dejar ninguna parte intacta, insatisfecha. Era como omnipresente: el amante ubicuo. Fue testigo de este pensamiento, y de otros muchos, que pasaban por su mente como en sueños, como si la dosis de somnífero que le proporcionaban, bueno, que le inyectaba él, fuera la suficiente como para impedirle gobernar sus pensamientos y sus movimientos, pero insuficiente para dormirla.

Los jadeos, sobre todo de ella, fueron aumentando y, al aumentar él la cadencia, ella se puso a gemir, al parecer, no solo de placer.

— ¡Qué me haces!  —Era un grito que daba a significar que estaba a punto de volverse loca de gozo. Se derrumbó sobre sus brazos, hundiendo la cara en la almohada y él intensificó aún más el ritmo. Gar gimió y jadeó más y más intensamente, hasta que él emitió un prolongado gruñido de placer, interrumpido por unas intensas sacudidas. Ella volvió de nuevo a alcanzar el clímax gracias a los movimientos catárticos de él. También Ger había conquistado su Everest. No, su Chomolungma, su Sagarmatha, así era él de nativo, de salvaje, en el arte amatorio. Su amado indígena.

Se derrumbaron, él sobre ella y ella sobre la cama, jadeando. El día no era cálido pero el sudor perlaba sus cuerpos. Él, perezosamente, cubrió ambos cuerpos con los laterales de la colcha amarilla.

La luna comenzaba a acariciar el pie de la cama, como si hubiera asistido a la escena a hurtadillas y ahora, viendo al par de amantes bajar la guardia, hubiera decidido dejar de esconderse y salir de su escondrijo.

No pudieron evitar que el sueño invadiera sus mentes, y se durmieron.

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    30 septiembre, 2016

    Muy bueno. Un abrazo Ger y mi voto desde Andalucía

  2. Lourdes

    9 octubre, 2016

    Bueno! esta escena es perfecta, es gráfica y muy acertada la hora de describir la excitación íntima de una mujer. Ejemplo: “No acertaba a identificar ese otro punto, tal era la intensa y confusa mezcla de sensaciones”.”Pero tuvo la delicadeza de deslizar la colcha sobre ella, lo que la invadió de una nueva ola de placer”. He escogido estas dos frases porque son sensaciones que no son fáciles de describir si el autor no está dentro de la cabeza de una mujer. La escena es sensual, erótica, muy bien estructurada, sin caer en un ápice de chavacanería, algo en lo que se puede caer fácilmente. Manejas muy bien el lenguaje por lo que las descripciones son como fotografías o fotogramas que hacen que el texto cobre vida en la mente de quien lo lee.
    Enhorabuena!!!. seguiré leyéndote con verdadero placer.
    Otra cosa!, al decirme que el protagonista de la historia es el mismo que el autor, mi punto de vista ha cambiado. Ya no lo veo en segundo plano, ahora ha pasado a primer plano. Es cierto que tu nombre como autor es Ger, pero pensé que sólo era una coincidencia ya que escribes como narrador omniscente. El narrador portagonista se convierte en narrador omniscente o al revés. jeje!!!
    Te voto!!. besos

  3. Ger GERTZEN

    9 octubre, 2016

    Vas a alucinar mucho con esta historia donde te has metido. Ya verás, Lou.
    ¡Besos!

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