¡Mentiroso! (versión revisitada) Parte 7 y Final

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Anteriormente…

—Sin está enfermo, pero no quiere reconocerlo —le dijo Jimmy

—Ayúdanos, Billy Boy. ¡Ayúdanos! —le apremió Robert.

—Miente, es mentiroso, falta sic, miente, es mentiroso, falta sic —repitió Ágata.

—Ayúdanos, Billy Boy, falta sic, falta sic —se sumó Robert.

—Sic, sic, sic, falta sic, ayúdanos, ¡ayúdanos! —le gritaron los tres.

Agobiado, Billy Boy lanzó un alarido.

Los fantasmas desaparecieron.

Se encontraba echado en la cama.

No dormía porque no tenía sueño. Tampoco estaba cansado, al menos, no físicamente. Convencido de que algo se le estaba escapando, y tras repasar más de una docena de veces sin éxito todas las anotaciones de su libreta, se resignó a la espera de que la aparición fortuita de alguno de sus colegas espirituales se asomara en cualquier momento para proporcionarle la respuesta en forma de otro enigma retorcido. Tras varios minutos de inactividad, arrojó la libreta. Esta rebotó en la mesita de noche y cayó al suelo abierta por una hoja donde había anotados varios nombres.

Ágata Luna

Vincent Ramis

Jimmy Larson

Varmint Since

Robert Deneuve

Martin Ven

Se llevó la mano a la cabeza y cerró los ojos.

Hizo un gesto reflejo.

Se incorporó un poco y volvió a examinar la hoja.

Entrecerró los ojos, lentamente.

Algo se le estaba escapando…

Una sonrisa se asomó en su rostro.

Billy Boy se levantó de un salto y abandonó el motel.

Descendió con cuidado por la pendiente que conducía al cauce. La última vez había tenido mucha suerte de no resbalar con la verdina, y por el modo como solían marcharle las cosas, podía darse el caso de que la fortuna terminara por agotarse. Deseó que le quedara una pizca, era lo único que necesitaba.

La noche oscurecía el ya de por sí oscuro bosque. El cauce seco del río parecía una franja negra trazada sobre las piedras blanquecinas que conformaban aquella especie de ridícula orilla, justo donde se había detenido. Aspiró e inspiró un par de veces. Los nervios le provocaron un estremecimiento, o tal vez se trataba de otra cosa…

—¿Martin? —pronunció bajo el velo de un susurro.

Y con el mismo velo le respondió el soplo de una ligera brisa.

Volvió a respirar profundamente.

—¿Martin? —repitió, esta vez, algo más alto.

De nuevo, el silencio.

Los nervios percutían en brazos y piernas como si de cristales rotos se tratase. Inflar los pulmones para contenerlos no estaba funcionando. Así que cambió de estrategia y apretó los dientes con fuerza.

—¡Martin Ven!

El repentino sonido de unas pisadas provenientes de su espalda terminó lo que a los nervios les faltaba por hacer, dejarle paralizado.

Las pisadas dejaron de oírse.

Por el rabillo del ojo derecho se coló una silueta. Billy Boy giró el cuello despacio, hacia esa dirección, no por gusto. El cuello no parecía tener muchas ganas de obedecer a la mente.

Martin se hallaba frente a él, con cara de pocos amigos.

—¿Tan poca educación tienes que tienes que llamarme a voces, detective?

Billy Boy permaneció inmóvil.

—¿Y ahora no dices nada, detective?

De pronto, Martin arrojó el sombrero de vaquero al suelo, enfurecido.

—¡No me gusta que me ignoren, no quiero que me ignores! ¿Me has oído, detective chapucero? ¡Te he dicho que no me ignores!

—¿Igual que Joanna, Martin? —respondió Billy Boy finalmente— ¿Tal vez porque no te podía ver?

Martin comenzó a despotricar, alternando insultos, aspavientos violentos, y carcajadas a pierna suelta.

—¡Debes haber perdido todos los tornillos, detective! Joanna es una ramera desagradecida. Sabe que yo, Martin Ven, soy demasiado bueno para ella y…

Martin se quedó mudo. Tres siluetas que resplandecían con un brillo azulado aparecieron de improviso, las mismas que se encargaron de hacerle callar.

—Tranquilízate, Martin, ¿o debería llamarte… Sin? —le dijo Billy Boy.

Martin no sabía dónde meterse, ni siquiera se había dado cuenta de que estaba pisando su sombrero.

—¿Sin? ¿Pero qué…? Vamos… ¡Yo no soy Sin! ¡Yo no soy Sin!

—Mientes —le acusó una de las apariciones, la que tenía forma femenina.

—Mientes, mientes, mientes —se unió el resto.

Martin se agobiaba por momentos. Agarró una piedra y se la lanzó a una de las apariciones. La piedra pasó a través de ella como si nada.

—¡Yo no soy… Sin, yo no…! ¡Va-Varmint es Sin! ¡Me la jugó, igual que a… maldito cerdo! ¡Lo odio, lo odio, a él, a todos! ¡Malditos enfermos lunáticos!

—No, Martin. Tú eres el único enfermo aquí —le interrumpió Billy Boy en un tono conciliador. Lentamente, las apariciones se fueron situando detrás suyo.

“Tan enfermo como inteligente. Te envenenaste a ti mismo con la toxina robada a Varmint mientras estuviste trabajando en Betrozol, bebiendo en exceso para asegurarte de morir el primero, para desviar así la atención a Varmint, el único que faltó a la cena y por tanto, convertirse en el sospechoso de tu venganza enfermiza, Martin…”.

“¿Cómo no caí entonces? ‘falta Sic’. Martin Ven, Martin Sicven, anagrama de Nevsic, transportista de Betrozol, también de Vincent Ramis, ¡pero también anagrama de Varmint Since! ¡Un plan brillante, prácticamente dejaste todos los cabos atados a base de mentiras! No eras tú quien desconfiaba de tus amigos, sino tus amigos los que desconfiaban de ti, Martin. Dejaste de juntarte con ellos a causa del daño que te hacían cuando en realidad fueron ellos quienes se apartaron porque tú les estabas haciendo daño”.

Martin comenzó a temblar. Muy despacio agachó la cabeza y Billy Boy pudo escuchar unos débiles sollozos salir de una cabeza agachada y un semblante hundido. Si pretendía encontrar algo de compasión, de nada estaba sirviendo. Los fantasmas permanecieron impertérritos. Sus miradas, frías, inertes.

—Nunca quisieron… aceptarme… me encerraron con los locos…

—Solo quisieron ayudarte —prosiguió Billy Boy—, hasta que se cansaron, hastiados de tus engaños. No podías verlo porque estabas enfermo, estás muy enfermo.

Arrodillado en el suelo, Martin asintió levemente. Los rostros tensos e impasibles de las apariciones comenzaron a suavizarse. Robert y Jimmy se miraron aliviados. Ágata sonreía, mientras dejaba al mismo tiempo fluir el agotamiento acumulado a través de una dulce expiración y unos párpados cerrados.

—Si… —balbuceaba Martin— enfermo…

Un brusco soplo de aire removió la hojarasca y de esta emergieron incontables voces que sin venir de ninguna parte se arremolinaban entre las hojas de los árboles, invadiendo el cauce con estallidos de júbilo. Era una señal que solo Ágata, Robert y Jimmy parecían reconocer, puesto que sin dudarlo un solo instante, se unieron a ellas…

…tal vez se trataba de la liberación, sugirió Billy Boy, nada más presenciar cómo los fantasmas, uno por uno, se fueron elevando, como queriendo buscar a aquellos increíbles suspiros que reían de desesperada rebeldía. Pudo entrever en sus rostros la felicidad más pura y deseada, hasta que ya no pudo distinguirlos porque se encontraban demasiado altos, perdidos entre las tinieblas.

Sin embargo, Martin no seguía el camino de los otros. En lugar de ello, seguía allí, arrodillado en el suelo. El brillo de sus ojos no inspiraba felicidad precisamente, algo extraño teniendo en cuenta que había reconocido su culpa, y al hacerlo, dejó a sus amigos libres para disfrutar del sueño eterno. También la victoria que la verdad ejercía sobre su mal —el que le había llevado a crear patrañas e inventar falacias para hacerse notar desde niño— debería haberle liberado a él. Tal vez Martin lo reconociera demasiado tarde y por esa razón no había sitio para él en la bahía donde las almas disfrutaban de unas vacaciones bien merecidas.

Billy Boy agachó la cabeza. Si él sentía confuso, a saber cómo se estaría sintiendo Martin. ¿Y si se acercaba para consolarlo un poco? A fin de cuentas, la maldad que había consumido su voluntad no podía reprocharse a una decisión tomada en un estado de plena conciencia, sino a una dolencia mental cuya curación tenía escasas probabilidades de tener éxito. ¿Como puede uno enfrentarse a algo si no sabe que tiene que hacerlo? Peor aún, ¿cómo hacerle entender la gravedad de un problema si lo que cree es que no hay ningún problema?

Cuando Billy Boy levantó la cabeza, aún sin saber muy bien si animarlo o despedirse, Martin ya no estaba allí.

A lo mejor los espíritus cambiaron de opinión y decidieron abrirle las puertas. Con tanto sentimentalismo, Billy Boy se había perdido la escena. Soltó un bufido. No fueron pocos los sustos que se había llevado con Ágata y sus inoportunas apariciones, y ahora que estaba preparado para lidiar con la reacción de Martin, este se esfumaba como una pompa de jabón a las primeras de cambio.

No importaba demasiado. El caso estaba resuelto. Bien resuelto. Solo quedaba un pequeño asunto pendiente, el de convencer al juez para que liberara a Varmint. Cómo hacerlo sin que al dueño de Betrozol le entraran ganas de envenenarlo él mismo, no tenía la más remota idea. Que Varmint no le iba a recibir con los brazos abiertos para agradecerle que le sacara de la cárcel, después se ser acusado de asesino, mentiroso y enfermo, era una apuesta segura. Billy Boy sonrió de oreja a oreja y regresó al motel silbándole a la noche. El caso le había aportado experiencia y revitalizado su inspiración. Ya se le ocurriría algo.

Llegó al hotel con ganas de celebrarlo, era el momento del deleite que la fogosa compañía de Joanna podía proporcionarle, pero se encontró que la encantadora y voluptuosa pluriempleada de Madisonville ya le estaba alegrando la noche a otro cliente, por lo que cogió las escaleras y se encerró en la habitación. Disfrutaría su última noche con el vino que Martin, Sin, o Vincent —se rió a pierna suelta al caer en la cuenta de que desconocía su verdadero nombre—, le había retado a buscar. Agarró la botella con decisión y le dio un intenso trago.

Respiró profundamente y se dejó caer sobre la almohada. El polvo salió despedido de debajo de ella.

Cerró los ojos.

Dejó la botella tanteando la mesita de noche con el brazo.

“Miente, es mentiroso… miente, es mentiroso…”.

Arqueó las cejas. Era extraño. ¿Por qué le habían venido esas palabras? Hizo una mueca de molestia. Se sentía muy pesado, aún tumbado en la cama. De hecho, le estaba costando más trabajo de la cuenta mantener los ojos abiertos, y sin tener sueño, se le cerraban.

“Debió de ser una reunión importante…”.

El pálpito por un dolor de cabeza que iba y venía sin motivo aparente le obligó a desviar la cabeza hacia un lado y le provocó mareos. Contuvo un quejido. Se llevó la mano al vientre. Ahora era el estómago el que le pinchaba como cien agujas taladrándole a la vez. Le entraron nauseas y unas tremendas ganas de vomitar. Al incorporarse, soltó la primera arcada sin poder evitarlo. Carraspeó y tosió, y la bilis ensució el suelo polvoriento. La percepción se volvió borrosa, pero no lo suficiente como para apreciar el extraño tono verdoso del vómito, mezclado con unos tintes rojos, oscuros.

“…Esta pertenece a una edición rara de la que solo se vendieron cuatro botellas”.

Incapaz de mantener el equilibrio, se desplomó en el suelo, retorciéndose de dolor. Apretó con fuerza los dientes mientras el sudor le recorría la cara y las lágrimas se aglomeraban en sus ojos enrojecidos. Dedicó una última mirada consciente a la mesita de noche, allí donde había soltado la botella.

“…si te entran ganas de revolver la basura, si quieres darle vida a tu olfato, detective, tengo algo para ti”.

“Aquí hay tres… me pregunto qué habrá sido de la cuarta”.

FIN

Comentarios

  1. Mabel

    9 septiembre, 2016

    ¡Excelente, una historia muy buena! Un abrazo y mi voto desde Andalucía

  2. Lourdes

    11 septiembre, 2016

    Genial!!,me ha encantado el final. Mi voto. Un beso

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