El entierro de Arasenio Oneroso

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- EL ENTIERRO DE ARSENIO ONEROSO -

 

 

 

Las puertas de la casa, una modesta planta baja cercana al cementerio, por la que desde primeras horas de la mañana entraban y salían un trasiego de hombres y mujeres, se hallaban abiertas de par en par; en los semblantes de los visitantes se vislumbraba una sombra de tristeza y resignación.

Todos pasaban por la habitación principal, una estancia amplia y poco iluminada, ocupada por un modesto armario ropero de color caoba oscura y una cama de matrimonio, en que se podía contemplar al difunto Arsenio Oneroso de cuerpo presente.

Éste, había fallecido como consecuencia de unas fiebres mal curadas, adquiridas en su última campaña de siega por tierras de La Mancha; tan sólo dos semanas tardaron las calenturas para llevárselo a los confines del temido inframundo. Aunque lo que realmente le condujo a la tumba, fueron las múltiples afecciones consecuencia de los muchos sufrimientos padecidos en sus treinta y cuatro años de mísera vida, plagada de desgracias y privaciones que fueron minando su salud y, cebándose en su enjuto cuerpo, hasta arrastrarlo a las inescrutables brumas del Purgatorio -antesala del Paraíso… o del Infierno-, donde finalmente, más tarde o mas temprano sería recompensado o condenado por los siglos de los siglos, según resultase el sentido de la inclinación de la balanza, que habría de evaluar sus obras, virtudes y defectos habidos en el transcurso de su vida.

Don Ataulfo, el médico del pueblo, recomendó que el cuerpo fuese sepultado a la mayor brevedad, dada la poca información que disponía respecto a la naturaleza de las calenturas que habían provocado el deceso, y ante el fundado temor a que se pudiese producir algún tipo de contagio que podría derivar en epidemia.

Como consecuencia de la prudente indicación de Don Ataulfo, el entierro de Arsenio Oneroso Amarillo hubo de efectuarse a las cinco de la tarde del primer día de un mes de noviembre, coincidiendo con la procesión de profundo arraigo popular y religioso -por aquella época y en aquel lugar-del día de Todos los Santos

Media hora antes de emprender el negro ataúd -cuyo sufragio corrió a cargo de una solidaria colecta hecha entre los amigos del difunto, dada la penosa situación económica en la que se encontraba su familia- el viaje sin retorno a su última y eterna morada, familiares, amigos y conocidos se agolpaban a la puerta del finado con intención de expresar sus condolencias y pésames.

Todos portaban una vela en sus manos, con la que alumbrarían en la procesión a los Santos Difuntos, y así, juntos, entierro y procesión, amigos y familiares, conocidos y feligreses, se llegarían hasta el cementerio, cumpliendo a su vez con el difunto y sus familiares, con la jerarquía eclesiástica y con la tradición.

Momentos antes de sacar el ataúd de la casa, Margarita, la joven esposa y ahora viuda de Arsenio Oneroso Amarillo, sufrió varios desmayos provocados por la aglomeración, que los condolientes formaron ofreciéndole efusivos apretones de manos, abrazos y besos, y agobiándola en una y sincera, pero a la vez, excesiva muestra de consideración.

A las cinco de la tarde en punto, varios familiares y amigos se prestaron a izar el féretro, en cuyo interior reposa el cuerpo de Arsenio ( les habría gustado llevar el cuerpo de Arsenio en una carroza funeraria con laterales acristalados y tirada por seis caballos sobriamente engalanados con penachos de plumas negra en sus frentes, pero la colecta solidaria no alcanzó para tanto), fue en ese preciso instante, el momento crucial y determinante en el que, el ánima del difunto abandonó su envoltura corpórea y terrenal, y comenzó a tomar conciencia de su nueva vida incorpórea y su nueva dimensión.

Arsenio, o dicho con más propiedad, el alma de Arsenio, observó como dos de sus mejores amigos y dos parientes lejanos -unos vestidos de luto, y otros portando en el brazo un brazalete negro- llevan sobre sus hombros un ataúd, en el interior del cual pudo verse a sí mismo, al tiempo que escuchó el sonido afligido de las campanas de la torre de la iglesia tañendo a muerto.

Confuso y ofuscado, no acababa de comprender la nueva situación en que se encontraba, cuando pudo percibir que su nueva envoltura en forma de áurea transparente y etérea , era arrastrada por la marea humana de asistentes al sepelio, que se lanzaban a la calle tras quienes portaban del ataúd, arrollando su espíritu inmaterial sin ninguna consideración, e iniciando así la marcha del cortejo fúnebre.

Aturdido y extrañado ante su nuevo y vago estado, Arsenio escucha el coro formado por frailes, que cubiertos con sus capuchas, caminan lentamente entonando el Gaudeamus Sanctorum Omniun, aportando con sus notas un profundo sentimiento luctuoso. Arsenio puede ver como a ambos lados de la calle los feligreses forman dos largas filas, son hombres, mujeres y niños vestidos de negro luctuoso, y que portan velas de ceras que al derretirse toman la forma de estalagmitas e iluminan la ferviente y sombría escena, al tiempo que lanzan pequeñas y ardientes lenguas amarillentas al viento, creando una atmósfera de devoción, piedad e irrealidad que raya en lo místico y superrealista.

A la cabeza de la comitiva va el párroco, que vistiendo su sotana de los domingos y su birrete más pomposo, camina bajo el palio que sostienen autoridades y hombres prominentes del pueblo, les acompañan el sacristán y dos monaguillos, estos últimos se cubren con sus faldas y mantos color púrpura, y sus camisones blancos, y con movimientos cadenciosos parsimoniosamente balancean los incensarios, esparciendo una humareda que envuelve al féretro y la comitiva que lo conduce, proporcionando una visión tétrica, casi fantasmal, que recuerda a La Santa Compaña .

El funeral se ha fundido con la procesión adoptando una imagen que el párroco calificaría como “el rebaño de Dios”. La serpenteante comitiva enfila el camino franqueado de cipreses y cuyo piso de tierra, levanta una polvareda de nube al paso de los devotos fieles, cuya silueta se alargan en sombras que tiemblan con la parpadeante luz de las velas.

Al llegar a las puertas del campo santo, el sacerdote oficiante dice unas palabras en latín y bendice al difunto con agua bendita, despidiendo a los familiares con palabras de alivio y consuelo.

La procesión sigue su recorrido con sus cánticos, olor a incienso, fervor, y fanatismo popular, mientras que la comitiva que acompaña las exequias continúa hasta llegar a su destino.

El alma invisible y vaporosa de Arsenio se siente en ese momento irremisiblemente impulsada por el cortejo fúnebre hacía el interior del camposanto; a la entrada al mismo se hallan dos panteones antiquísimos cuyas fachadas presentan motivos arquitectónicos romano y griego, y que por los apellidos inscritos en lápidas de mármol y sus ostentosa grandiosidad, debieron de pertenecer a familias de la aristocracia o la burguesía local.

El cortejo fúnebre enfila una calle en la que a un lado y a otro pueden observarse panteones y mausoleos góticos y modernistas y algún que otro barroco; al finalizar la vía, un ángel de mármol blanco de tamaño natural subido a un pedestal franquea la entrada a otra zona más humilde, compuesta por nichos

La incorpórea ánima de Arsenio, observó con pavor sombras tenebrosas e inquietantes que merodeaban en torno a las tumbas y panteones, una de ellas se adelantó ligera y sinuosa, dirigiéndose a él en tono coloquial y amigable.

 

-¡Arsenio Oneroso! ¡Chico, no esperaba encontrarte aquí! ¿Cuándo has llegado?

 

Arsenio contempló con sorpresa los rasgos orondos e inconfundibles, del ánima de aquel a quien reconoce como Indalecio Botica, el ex alcalde del pueblo, fallecido cinco años atrás a consecuencia de una copiosa comida. Pero ya nada le sorprende dado el estado alucinante en que se encuentra y de la forma más natural, como aquel que ha salido a dar un paseo y se encuentra con un viejo conocido, se dirige al ex corregidor para preguntarle en que extraño estado de limbo es aquel en el que se encuentran.

 

-¡Indalecio Botica! ¡Qué suerte encontrarte! Podrías tú explicarme qué está pasando, me siento como en un sueño, pero al tiempo tengo la certeza de que no estoy dormido. Y también siento que estoy siendo arrastrado por una fuerza invisible que no consigo controlar. Y además, ahora que lo pienso, pero tú…tú… ¿Tú no estabas muerto?

 

Indalecio se sujeta los pantalones e intenta colocarse bien la chaqueta -ambos prendas raídas por el paso del tiempo-, en un intento por recuperar la dignidad que solemnemente ostentaba antaño, en sus tiempos de mandatario; y mirando con pena al recién llegado, le responde:

 

- Pues pasa mi apreciado convecino, que ahora ambos estamos muertos, y esperando en el Purgatorio ser purificados, para que nuestras almas una vez limpias de pecado puedan entrar en el Paraíso.

 

- Y eso, ¿podría tardar mucho tiempo? – pregunta Arsenio, intentando disimular su ansiedad, y guardar un mínimo de compostura.

 

Indalecio de nuevo se sube los pantalones, los cuales insisten en resbalársele, y mirando muy seriamente a su paisano, le explica:

 

- Eso depende de lo bien o mal que lo hallas hecho en vida. Lo que si te puedo afirmar, es que no se conoce a nadie que haya pasado directamente a la Gloria sin pasar primero por aquí… -Tras un suspiro que suena a quejido, el ex alcalde prosigue con sus indicaciones-. Allí en la entrada al Paraíso son muy estrictos y revisan muy bien el expediente de tu vida. Mírame a mí, por ejemplo. Yo, por no amar lo suficiente al prójimo, y como consecuencia apropiarme de sus bienes, amén de mi inclinación a la gula, es el impedimento que me imputan para que no se me abran las puertas del Cielo. Además, si tu pregunta se refiere a cuanto tiempo habrás de esperar tú, has de saber que aquí el tiempo no existe. Así que no sabría decirte.

 

Arsenio, al escuchar aquella diáfana definición de su estado y el pronóstico de su futuro, decide sincerarse ante su paisano.

 

- Pues yo el único pecado que recuerdo haber cometido es haber amado y deseado demasiado a mi prójimo; pero claro, en mi caso se trataba de la mujer de mi prójimo, una morenaza muy atrevida y provocadora, que tenía por vecina.

 

Indalecio intenta animar un poco a su antiguo amigo y vecino poniéndole al corriente del día especial en que se encuentran.

 

-Esta noche es la de Los Fieles Difuntos, la única del año en que las ánimas podemos traspasar los umbrales del Cielo, del Purgatorio y del Infierno, para visitar el mundo de los vivos; teniendo además el privilegio de poder dormir en sus camas. Pero si estás pensando en tu vecina, no te hagas muchas ilusiones, pues ella no lo advertirá, y lo que es peor, tú aún la advertirás menos a ella -el ex alcalde señala a un oscuro y apartado pozo, y estremeciéndose continúa su disertación.

 

-Pero nosotros podemos considerarnos afortunados, mira –refiriéndose a los que se encuentran en el oscuro pozo-, algunos de los que han ido a parar a ese lúgubre y tenebroso agujero, si tenían enormes y vergonzosas faltas y, deudas que pagar, y por ellas han ido directos al Infierno - en el lugar del suelo que señala, hay una reja oxidada, y a través de ella pueden verse montones de huesos humanos, amarillos y descarnados con jirones de carne putrefacta, cráneos, esternones, húmeros, falanges, pelvis y otras menudencias todas ellas mezcladas y revueltas entre si; es el lugar donde se da sepultura a los indigentes y desahuciados y también donde van a parar las almas más negras, sin distinción de clase ni posición social.

.

-¡Es el osario! -explica Indalecio el ex alcalde, a Arsenio- Ahí se hallan entremezclados los restos de los indigentes y los pobres, y también las almas de los ricos y los nobles de alcurnia, e importantes hombres, culpables estos últimos de los pecados y vicios más inimaginables, y que aquí no pasan desapercibidos… ni se perdonan.

 

El ex corregidor, continúa hablando cada vez más exaltad -¡Es a estas almas en pena, a quienes debemos nuestra mala reputación, son ellos los que en esta noche de muertos, se levantan ensamblando sus repugnantes osamentas, arrastrando sus espectros y el horror de sus culpas y llenando de espanto a los vivos. Son ellos los que asustan a los pobres de espíritu, y también son ellos los que crean supersticiones, que utilizan curanderos y brujos de pacotilla para en su provecho hacer comercio y llenar sus bolsas!

Entretanto la oscuridad de la noche a comenzado ha llenar el recinto de inquietantes siluetas en forma de sombras enigmáticas, y hasta los perros que por allí deambulaban, han abandonado el lugar.

Los familiares y amigos que han acompañado el funeral hasta el final, se apresuran a introducir el féretro con los restos de Arsenio, en uno de los nichos y, que una vez tapiado, alguien procede a escribir un breve pero evocativo epitafio sobre el yeso fresco:

 

 

 

Aquí yace:

 

ARSENIO ONEROSO AMARILLO

 

2-6-1920 —- 12-19-1954

 

 

 

“Fuiste un buen esposo, un buen hijo, un buen amigo, y un cariñoso vecino.

 

Todos te echaremos mucho de menos; pero por favor, si a ti te ocurriese lo mismo, y también nos echases de menos… por favor no te inquietes, ni impacientes, si acaso tardásemos en volver a vernos.

 

Descansa en paz.”

 

 

 

 

Comentarios

  1. Lourdes

    1 noviembre, 2016

    Un magnífico cuento para el Día de Difuntos. La descripción del sepelio es genial. Muy divertida la historia que, más que terror, lo que provoca es una sonrisa. Mi voto. Un beso

    • Fisquero

      1 noviembre, 2016

      Hola Lourdes, pues sí, has acertado en todo. El sepelio es un recuerdo que me quedó grabado siendo un niño de seis años, así la descripción es tan y como lo creo recordar. En lo refrente a arrancar un sonrisa siempre es mejor que estar siempre lamentando. No lo crees tú así? Saludos y que tengas buen día

  2. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    1 noviembre, 2016

    ¡Excelente historia, muy buena! Un abrazo Fisquero y mi voto desde Andalucía.

    • Fisquero

      1 noviembre, 2016

      Hola Mabel, me alegra mucho que te haya gustado y así la consideres.
      Un cordial saludo desde Alicante

    • Fisquero

      3 noviembre, 2016

      Muchas gracias y encantado de verte por aquí Lauper

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