Últimamente mi vida está pasando por una irritante y puto eterna pausa, absolutamente nueva para mí. No es que sea yo el modelo cásico de aventurero cien por cien activo, pero sí que es cierto que si no tengo una mínima dosis de emoción o de estrés en mi vida diaria termino por convertirme en un paranoico insoportable que sólo quiere que la gente a su alrededor a la que quiere tenga las mismas ganas de volarse la cabeza como las que tengo yo ahora mismo. Todo el mundo está fuera, todos están lejos (también yo tendría que estar lejos pero no lo estoy porque de algún inexplicable modo no es tan fácil como yo creía emigrar a dos mil kilómetros de distancia) y me quedo prácticamente solo en una ciudad llena de fantasmas en la que no consigo ni una mierda de trabajo. Y lo gracioso es que a lo mejor aquí puedo encontrar nuevos amigos, un grupo de personas de moral intachable, con sentido del humor y que organicen unas fiestas muy locas, pero el problema es que estoy tan quemado de esta ciudad, comunidad, país y gente que ni siquiera les doy la oportunidad de demostrarme que merece la pena escuchar sus mierdas, y de que tal vez no sean tan putas mierdas como estoy convencido de que son.
Como en lo más profundo de mi ser soy un optimista, se algún modo considero que esto me puede resultar útil para madurar (por asquerosa e insoportable que me resulte la idea de madurar). Porque estoy convencido de que eso de la edad te enseña una fórmula de exactitud casi matemática que se resume en que la seguridad vale más que cualquier loco movido digno de contarse a los nietos como ejemplo de qué no hay que hacer en esta noble vida.
Con todo, no pierdo la esperanza. El monstruoso sector servicios llamará a mi puerta y me explotará bien a gusto los meses suficientes como para que pueda ahorrar cuatro perras y marcharme lo suficientemente rápido como para que todos esos fantasmas me pierdan la pista. Fingiré que entiendo de idiomas y encontraré un grupo de gente que haga fiestas locas en donde quiera que vaya, para volver, sabe Dios cuándo y en qué circunstancias, con cuatro tatuajes nuevos, el rabo entre las piernas y una úlcera en el estómago. Con la estúpida sonrisa que pongo al saber que por fin he encontrado una de esas locas historias que algún día podré contarle a mis nietos mientras les enseño un tatuaje arrugado en el hombro. Para que vean que su abuelo fue tan joven y tan estúpido como lo son ellos.





Mabel
Muy buena historia. Un abrazo y mi voto desde Andalucía