Septiembre del 2035, casi tres años y medio después de su comienzo, se considera el final del Desastre que asoló a todo el planeta.
Los daños fueron inmensos, las infraestructuras quedaron destrozadas y la población mundial se redujo en más de un tercio. Pero no todo se había perdido. Los gobiernos empezaron la labor de reconstruir sus respectivos países, aunque nadie se preocupó de formar de nuevo las asociaciones e instituciones internacionales del pasado. El transporte y las comunicaciones volvieron a funcionar, aunque de manera limitada y siempre bajo el férreo control de las autoridades de los países a los que se les dotó del eufemismo de «reconstruidos». Durante la confrontación, que tuvo más que nada el carácter de guerra civil a escala planetaria, cada nación se había encerrado en sí misma y se había concentrado en sobrevivir. Algunas lo consiguieron, aunque a duras penas. Tras el Desastre, nadie se preocupó en delimitar nuevas fronteras, pues todos sabían que las fronteras ya no significaban nada. Más de la mitad del territorio nacional de cada país se convirtió en tierra de nadie.
Un nuevo orden surgió de las cenizas del mundo anterior y el mundo se dividió en tres grandes bloques geopolíticos.
Por un lado, estaba la Unión Occidentalista, macroentidad política que, con las notables excepciones de Suiza y Noruega, agrupaba a la mayoría de países europeos, a los países del norte de África y, dando un extraño salto geográfico, incluía Sudáfrica, India, Singapur y Japón.
Por otro lado, estaba la Commonwealth, que se vanagloriaba con sutil orgullo de ser, más o menos, la heredera de los Imperios Hispánico, Británico y Yanqui. Incluía el Reino Unido, aunque sin Irlanda, Estados Unidos, Canadá, toda Centroamérica y buen puñado de países sudamericanos, incluyendo el Cono Sur, así como algunos enclaves en la costa oeste de África y Australia. Nueva Zelanda, junto con Uruguay, Mongolia y las dos excepciones europeas, había optado por ser uno de los pocos países no alineados.
La tercera superpotencia era la Coalición Euroasiática, una débil unión entre Rusia, China, la mayoría de ex repúblicas soviéticas, Indochina, algunos pequeños países de la Península Arábiga y Madagascar.
El resto del mundo: Brasil, Bolivia, Uruguay, la mayor parte de África, Turquía, Malasia, Indonesia, Oriente Medio, Papúa, Alaska, Groenlandia, el Caribe y la mayor parte de las islas del mundo… eran simplemente zonas en blanco en el nuevo mapamundi. Algunos de esos países ni siquiera habían podido comenzar la reconstrucción. Otros eran poco más que zonas en venta a disposición del mejor postor.
Este nuevo orden mundial fue el indiscutible resultado de la influencia y poder de las grandes compañías transnacionales, que no sólo sobrevivieron al Desastre, sino que salieron de él más fortalecidas que nunca. En nuestros días, las grandes transnacionales son los gobiernos de facto que controlan los tres bloques en los que se dividió el mundo. El control político-económico de las tres grandes transnacionales es tal que las divisas mundiales se han reducido básicamente a tres monedas fiduciarias: marcos, dólares y rublos. Cada moneda es emitida y controlada por sus respectivos bancos centrales, los cuales no son otra cosa que sucursales de la correspondiente transnacional.
Estas grandes compañías son los verdaderos detentadores del poder. Los gobiernos nacionales de cada país han pasado a ser figuras casi meramente decorativas. Obedientes marionetas que se dejan meter la mano por detrás con agradecimiento.
Las áreas de influencia de cada una de las tres grandes transnacionales coinciden casi de forma exacta con las supuestas fronteras de las tres nuevas criaturas geopolíticas.
En la actualidad, La Tyrell-Tagaca Corporation domina la mayoría de los mercados de la Unión Occidentalista, la Texas-Magallanes Incorporated ejerce el poder real en la Commonwealth, mientras que la Sunrise International Holdings controla con puño de hierro los territorios de la Coalición Euroasiática. Aún existen otras multinacionales, incluso algunas anteriores al Desastre, que tienen sucursales en una o dos de las macroentidades supranacionales. Pero en la totalidad de los casos se han convertido en empresas subsidiarias que viven a la sombra y bajo las órdenes de uno de los tres gigantes.
Las transnacionales empezaron pronto a disputarse el poder económico y político, tanto en los bloques como en las áreas no reconstruidas, donde la confrontación armada directa se convirtió con rapidez en algo usual y casi cotidiano. Aquellas zonas que cuentan con algún recurso importante, ya sea energético o de materias primas, se han convertido en puntos especialmente conflictivos. Aunque muchos analistas lo nieguen, el mundo está viviendo una nueva guerra fría, soterrada y casi anónima.
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Extracto de Ragnarök, la novena transición, la nueva novela de Juan Nadie.





GermánLage
Fantasía pura, pero, ¿y por qué no?
Un saludo, Juan. Y gracias por estos sugerentes anticipos.
Juan.Nadie
Gracias por leer y comentar, Germán. Me alegra que te gusten estos extractos de la novela.
Un slaudo,
Sualvez
Me gusta el tema y la narración. Muy interesante. Saludos!!
Juan.Nadie
Que un lector se sienta interesado por tus escritos, es la mejor de las recompensas.
Gracias por leer y comentar, Sualvez.
Un saludo,
Mabel
Muy buena historia. Un abrazo Juan y mi voto desde Andalucía.
Juan.Nadie
Gracias, Mabel, por leer y comentar.
Un saludo,
Eder Noriega
Excelente narrativa. Un estilo muy propio. Felicitaciones.
Juan.Nadie
Gracias, Eder, por leer y comentar.
Un saludo,
Fiz Portugal
No me gustaría, pero podría ser así si se construye sobre el interés y el odio. Yo creo que los seres humanos tenemos una capacidad infinita de mejorar y si miras la historia con perspectiva y sin prejuicios se puede ver una línea de mejora que se interrumpe en las guerras pero después siempre se rehace, lo que parece que no se puede evitar es el dolor de muchos. Tienes mi voto
Juan.Nadie
Pues un poco el tema de fondo del libro es lo que comentas, Fiz. Un mundo duro, cruel y lleno de prejuicios pero que sin embargo se desmorona, ofreciendo la oportunidad a un mundo mejor que empieza a dislumbrarse.
Gracias por ller, votar y comentar.
Un saludo,
VIMON
No es tan sólo premonitorio tu texto, Juan, sino que en algunos puntos ya se lleva al cabo: “En nuestros días, las grandes transnacionales son los gobiernos de facto..” Es una terrible verdad actual..!
Juan.Nadie
En efecto, Vimon. El sistema monetario nos ha convertido en esclavos y rehenes de las grandes transnacionales, que son los verdaderos gobiernos del mundo. Los políticos a los que votamos no son más que títeres movidos por hilos hechos de dinero. Esperemos que nuestros descendientes consigan un mundo mejor.
Gracias por leer y comentar.
Un saludo,
veteporlasombra
Me recordó un poco a la división del pastel Tierra que planteaba Geroge Orwell en 1984. Particularmente, creo que nunca faltarán una porción religiosa, y otra al estilo fascista o dictadura del proletariado. La fe (religión e ideología) siempre aglutina al ser humano (mueve montañas).
Me gustan los temas distópicos, y tú siempre planteas alguna situación interesante. Un saludo…
Juan.Nadie
Gracias por tu comentario, Sombra. Y sí, tienes toda la razón, me inspiré en el clásico de Orwell para dibujar el mundo distópico al borde del colapso de mi novela.
Un aludo,