Hola, me llamo Norah y os voy a contar una historia, mi historia.
Nací en el hospital de la Paz, donde se realizaban el mayor número de partos en aquella época en Madrid y donde tan sólo siete meses antes había fallecido el Generalísimo Franco.
Si yo no quería salir sería por algo, yo ya intuía que lo que me iba a encontrar ahí fuera no me me iba a deleitar demasiado. Nací a los diez meses y hubiese estado en la barriga de mi madre el resto de mi vida si me hubiesen dejado, pero por problemas de espacio, se ve que me tuvieron que sacar. Tardé casi doce horas en salir, vamos que el parto se convirtió en una jornada laboral de las actuales y por supuesto sin epidural ni nada que se le pareciese. A sufrir se ha dicho como está mandado, la madre repleta de dolores y la niña cabreada con el mundo porque ya, sin haber nacido, le estaban dando su primera orden: ¡¡SAL!! (palabra que marcaría el resto de su vida).
Soy la menor de dos hermanas, dos hermanas porque nos han dicho desde pequeñas que lo somos porque en lo único en lo que nos parecemos es en que somos Homos Erectus. Mi hermana vino al mundo casi tres años antes y es ochomesina, corría el año 1973 y vino como los toros, a las cinco de la tarde y con una prisa por empezar con todo que casi ni a mi madre le da tiempo a llegar al hospital, podemos decir que se le cayó.
Yo, sin embargo no tenía prisa por nada, me pasé los primeros tres años comiendo como si se acabara el mundo y debajo de las faldas de mi madre, ¡ah! y juntado, juntando información para lo que me esperaba en esta vida.
Fruto de una actriz sudamericana y un señorito andaluz la bomba estaba servida. El matrimonio no duró mucho, la inexperiencia de mi madre por no saber lo que se esperaba en España de una buena esposa, que no era ni más ni menos que ser la sirvientita de su maridito y aguantar abnegadamente los desagravios de este y lo bien que se lo pasaba mi padre retozando en otras camas, hicieron que todo se viniera a pique cuando yo cumplía mis rebosantes cuatro primaveras.
El inconsciente me dijo que tenía que celebrarlo y lo hice, comiéndome una bolsa de golosinas bajo la cama y terminando en el hospital con un ataque de acetonemia que hizo que todos los biberones, papillas y demás comida que hubiera engullido hasta entonces fuera la única que comería con gusto el resto de mi vida. De ser una niña hermosa y rosadita, lo que las abuelas entienden por hermosa, a ser un pajarito amarillo y tristón.
Me crié en un ambiente un tanto hostil, donde los hombres eran muy machos y las mujeres, hablando mal y pronto, unas putas, las “titis” como las llamaba mi padre, todas susceptibles a ser pasadas por la piedra. Con esa imagen bien grabada en la cabeza salí al ruedo. En la casa paternal no se veía una teta en la televisión, se cambiaba de canal automáticamente, pero si éramos testigos de los trasiegos de mi padre con las “titis” que pasaban por casa, por eso esta pasó a llamarse “la piedra”.
Cuando mis padres se separaron, mi hermana y yo, nos fuimos a vivir con mi madre a un apartamento en un barrio humilde de Madrid, era un piso bajo y siempre había muchos niños jugando en la calle. Hacía no mucho tiempo que habían estrenado la película E.T. y yo me divertía asustando a los niños detrás de la persiana diciendo con voz demoníaca “mi casa mi teléfono”, era la sensación de la calle.
Para colmo de males a mi madre le había dado por ser Testigo de Jehova, así que varias tardes a la semana y el domingo por la mañana me lo pasaba durmiendo o bien en casa de algún “hermano” o en alguna butaca del Salón de Reino, mientras que el resto, uniformados ellos con camisa de manga corta color amarillo pastel y ellas con vestidito por debajo de las rodillas y manguita farol, estudiaban la biblia. Recuerdo a mi hermana encantada con el tema incluso iba a predicar puerta a puerta, aún hoy se me abren los ojos como platos. Sin embargo a mi me aburría de la forma más soberana.
El único toque de color que tenía mi vida en ese momento lo ponía un extraño ser, novio de mi madre, al que llamábamos Tag. Era un chico bastante particular, había venido desde Argentina siguiendo los pasos de mi madre de la que estaba enfermizamente enamorado, era violinista y tocaba en el metro, con bastante éxito por cierto. Yo era muy pequeña para entender muchas cosas pero no lo suficiente para darme cuenta de que aquella relación no era normal, era muy pasional, él lloraba en cada esquina y mi madre desesperaba por tener que acarrear con otro niño más. Un día desapareció de nuestras vidas y yo me quedé sin la única figura masculina amable que había en ella, la cual tardé muchos años en suplir. Nunca lo olvidé, siempre estuvo en mi cabeza, de hecho me parecía verlo a veces por la calle. Con la llegada de internet una llama de esperanza volvió a prender y cada tanto buscaba y buscaba, siempre con poco éxito. Una noche de insomnio del mes de agosto del 2012, mientras yacía a la vera de Tutankamon (ya lo explicaré más adelante) me entretenía con el móvil y volví a poner su nombre………..y allí estaba…..esperándome a horcajadas en la grupa de un caballo, con treinta años más, una melena rubia espectacular y unas tetas igualmente espectaculares, ahora se llamaba Carla y estaba casada con un escocés y vivían felices en Argentina. Desde entonces tengo problemas en la mandíbula, fue tal el impacto que se me descolgó y ahora para evitar perderla por el camino la aprieto tanto que a veces no la puedo ni abrir. Por supuesto me faltó tiempo para contárselo a mi madre y ella creo que aún está palpando el suelo buscando la suya.
Volviendo a la infancia, en aquel entonces mi madre estaba en una situación económica bastante delicada y mi querido padre jamás le paso la pensión alimenticia de sus queridas hijas, por lo tanto finalmente tuvimos que irnos a vivir con él, que en realidad era el fin que él perseguía. Con ocho años recién cumplidos yo ya tenía mi primera maleta, viajaba mucho sí, viajaba en el autobús de línea número 31 que era el que me llevaba a casa de mis abuelos maternos desde la casa de mi padre, me pasé buena parte de mi infancia y adolescencia subiendo y bajando la calle Segovia de Madrid.
Continuará…
Mabel
Una vida fracasada y lo más esencial que esta afecta a los hijos. Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenida.