Leyenda «Bella Susona»

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¡Hola! Después de tanto tiempo ausente debido a temas personales, regreso con un relato basado en la leyenda de la «Bella Susona» ocurrida en mi ciudad, Sevilla allá por el siglo XIV.

 

Un días más, al pasear por mi tierra querida, mis pies me han traído hasta tu puerta, guiados por mi corazón y no por mi cabeza. Alzo la vista y leo las palabras grabadas en aquel lugar dónde muchos años atrás tu calavera descansaba. Cierro los ojos e intento imaginarte. Una joven hermosa e inocente, hija de un conocido judío, allá por el siglo XIV, en la judería de Sevilla.

Eras conocida en toda la ciudad por tu extraordinaria belleza, tanto como para que te llamaran “la fermosa fembra”. Tú lejos de sentirte abrumada, creíste que tal consideración podía llevarte a alcanzar un alto puesto en la vida social de la ciudad. Incluso llegaste a ilusionarte ante aquella posibilidad. Muchos hombres intentaron seducirte, asombrados por tu hermosura pero ninguno lo consiguió, salvo el valeroso caballero cristiano. Él, perteneciente a uno de los más ilustres linajes de Sevilla te cortejó a escondidas de tu padre y de todas las miradas. Tal vez fue el secretismo de la aventura lo que te enamoró, o quizás que él fuera un importante caballero… o simplemente te enamoraste sinceramente.

La primera vez que pudisteis sellar vuestro estrenado amor, tuviste que labrar un plan para que tu padre no pudiera descubrirte. Éste celebraba cada noche una reunión con importantes hombres judíos, quiénes se reunían con el objetivo de provocar un levantamiento para acabar con las vejaciones acometidas por los cristianos. Pensaste que la única forma de hacerlo era esperar a que durmiera y escapar de casa. Eras ajena a lo que ocurría al otro lado de la puerta, ansiosa por que tu padre durmiera, decidiste fingir que descansabas y sentada tras la puerta de tu habitación, colocaste la oreja pegada a ella y prestaste atención a los sonidos que vibraban por tu casa, deseosa de no oír una sola palabra. Una vez que el silencio reinó, sigilosa descendiste las escaleras hasta tocar el pomo de la puerta que separaba tu hogar de la solitaria y peligrosa calzada. Lo hiciste girar y una vez que te sentiste a salvo de ser descubierta, libre, corriste a casa de tu amado ansiosa por verle. Él te esperaba en su casa, ardiente de deseo al igual que tú y al encontraros, ambos os sumergisteis en dulces y apasionadas caricias, besos violentos y una emoción vibrante que os hizo erizar la piel al pensar en el riesgo que corríais en caso de ser hallados. Imagino la excitación del momento. La primera vez que te encuentras con tu amado, el peligro a ser descubiertos, sentir que hacías algo prohibido…

Desde entonces, pasabas los días deseando que fuera de noche. Cuando paseabas por la ciudad y tu mirada se cruzaba con la suya, el corazón te daba un vuelco y palpitaba acelerado por el deseo. Tu piel se erizaba sólo de recodar la noche anterior y anticipar lo que la nueva noche traería consigo. Allí, alrededor de las miradas ajenas, os declarabais lujuria y pasión. Y así, una noche tras otra, yacías con él al tiempo que tu padre imaginaba en sueños su batalla victoriosa.

Pero una noche, el destino cambió. Mientras esperabas tras la puerta de tu habitación aquella noche maldita, anhelando el momento de reunirte con tu amado, llegaron a tus oídos palabras amenazantes dirigidas a tu venerado caballero. Oíste cómo tu padre y sus fieles seguidores conspiraban para atacar a los cristianos más nobles. Tú sabías que aquella conspiración era verdadera y que tu amado sería el primero en recibir la muerte, por ser uno de los más importantes caballeros. Cuando el silencio volvió a inundar las paredes y sólo podías oír el angustiado latido de tu corazón, presa del pánico, temiendo la pérdida definitiva de tu loco y apasionado amor, descendiste una vez más las escaleras que creías que te llevaban a la libertad y corriste más veloz que nunca a casa de tu enamorado. Aunque en esta ocasión las caricias ansiadas y los besos apasionados fueron reemplazados por sollozos y lamentos. Esa noche tu respiración descompasada no se debió al placer sino al miedo. Le suplicaste que se marchara, que escapara de la muerte, sin que le importara la cobardía que esconde la huida. Aquello no trataba de ser valiente, trataba de burlar la muerte. Intentaste convencerlo, seducirlo una vez más con tus besos… Todo en un intento de salvarle la vida, de no perder a tu amado y con la esperanza, por qué no, de volver a encontraros.

Lo que tu amor te impidió ver bella Susona, fue que aquel caballero no huiría. Ofreciste ventaja para ser él quien diera muerte.

Volviste a tu casa y arrodillada a los pies de tu cama rezaste para que lo oído no ocurriese, que él te hiciera caso y en aquel instante estuviese preparando su marcha. Sin embargo, mientras tú rogabas él acudía al Asistente de la ciudad, para contarle todo lo que tú le habías relatado. Ambos, junto a sus fieles, se dirigieron esa misma noche a casa de cada conspirador y apresaron uno por uno. Incluido tu padre. Cuando oíste todo aquel ajetreo en mitad de la noche, ni siquiera alcanzaste a imaginar lo que acontecería más tarde. Tu padre en manos de tu amado, apresado, y los ojos de tu padre clavados en tu rostro. Tal vez en un intento de mirarte por última vez… Lo viste caer ante ti, mientras implorabas clemencia… Mirabas a tu enamorado con ojos suplicantes esperando que perdonase a tu padre, que tal vez tu traición hacia él sirviera para algo… pero entonces viste las espadas llenas de sangre, probablemente de las heridas ocasionadas por la lucha, y sólo podías pensar en los hombres que hacía unas pocas horas se sentaban alrededor de una mesa en tu casa. Junto a tu padre. Tumbada en el suelo, contemplaste el desastre, mientras tus lágrimas se deslizaban mezclándose con la sangre… la sangre de tu padre. Pediste que te llevaran a ti también, preferías morir a vivir llena de culpa pero decidieron perdonarte la vida… o quizás pensaron que era mayor castigo dejarte viva…

Días más tarde recibieron la muerte en la horca y sin mancharte te llenaste las manos de sangre. Ese fue el valor de tu amor… ver a tu padre en la horca. Qué ciega estabas querida Susona, y después… qué sola.

Desde entonces, te convertiste en tu propia prisionera, inundando tu corazón de culpa y traición. En un intento de hallar la salvación para tu alma, fuiste en busca de la misericordia del arcipreste, quién te bautizó y te dio la absolución aconsejándote recluirte en un convento. Allí permaneciste durante largo tiempo, ganándote el perdón por tu mayor pecado y a salvo de cualquier galán que pudiera enamorarte. Años más tarde, cuando te sentiste liberada de tus más oscuros sentimientos, volviste a tu hogar y aquí como ciudadana ejemplar, entonces cristiana, esperaste que la muerte te diera la oportunidad de redimirte no sólo ante tu padre, sino ante todos los ejecutados.

En tu testamento dejaste escrito, que una vez muerta, tu cabeza fuera separada de tu cuerpo para que ésta colgara sobre el dintel de tu puerta y recordara a los jóvenes el peligro de enamorarse.
Hoy, sólo queda una inscripción que recuerda tu existencia y tu terrible pecado.

Estoy segura, que pocos conocen tu historia y muchos de ellos te juzgarán apresuradamente. Ya nadie hace una pausa frente a tu casa para recodarte y apenas caen en la importancia de aquella confesión que hiciste a tu amado. Posiblemente, tu silencio ante aquel descubrimiento, hubiese deparado un destino diferente. No sabemos si mejor o peor, simplemente diferente.

Sólo quiero decirte, una vez más, que sigo tu advertencia. Sé que el mundo ha cambiado mucho y que la época que viviste dista mucho de la que yo vivo, pero el amor sigue siendo lo mismo.

Cuando amas, te entregas por completo a otra persona, te vuelves ciega y confiada. Te crees valerosa dónde antes eras temerosa, olvidas valores, principios y hasta personas. Sólo te importa estar con tu amado, besar sus labios y sentir las mariposas bailando en tu estómago, sin advertir los peligros de ese estado de locura que aunque a veces pasajero, puede acompañarte por el resto de tus días.

Por eso, yo, bella Susona, no me enamoraré nunca más. Como tú, fui víctima del amor ciego una vez y después de experimentar el dolor que deja tras su término, prefiero vivir en soledad aunque me consuma la más profunda tristeza.

Aguardaré hasta que mi muerte me dé la oportunidad de disculparme ante mi padre por no saber apreciar el valioso consejo que me dio una tarde.

“Cuando el amor te llene el corazón y la razón ya no la encuentres en tu mente, busca en tu alma el instinto y si atiendes en silencio, éste te dirá si ese que sientes es amor verdadero”

Fin.

©Todos los derechos reservados.

 

Comentarios

  1. Mabel

    5 octubre, 2016

    Es muy difícil saber cual va a ser el amor verdadero, estamos consientes de esa euforia que muchas veces se distorsiona creando imágenes más allá de la realidad. Por eso sentimos esa angustia que recorre nuestro cuerpo y que muchas veces no comprendemos. El amor es una moneda de dos caras. Una realidad que tenemos que aceptar bien o mal aunque nos cueste. Sentimos tanta pasión y queremos dar tanto amor que no vemos más allá de nuestros ojos. Un abrazo Mar y mi voto desde Puente Genil (Córdoba)

    • Mar

      9 octubre, 2016

      Tienes toda la razón. El amor nos ciega. Muchas gracias y un saludo para ti también.

  2. GermánLage

    6 octubre, 2016

    Hola, Mar: Me hubiera gustado más la historia sin la moralina final; pero, tratándose de una leyenda tan conmovedora y tan bien narrada, bien vale un voto. Y un cordial saludo también.

    • Mar

      9 octubre, 2016

      Muchas gracias Germán por leer mi texto y tu sinceridad. Un saludo!

  3. Claudio_3

    8 octubre, 2016

    Gracias por compartir la leyenda con nosotros, yo personalmentr no la conocía y me gustó mucho. Felicidades y te dejo mi voto.

    • Mar

      9 octubre, 2016

      Gracias a ti por leerla. Me alegra que te guste. Un saludo.

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