Madame Salambó

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Madame Salambó

I

Madame Salambó, reina, donde muchas ni a duquesas llegan.

Allá a través de la distancia y el tiempo, en los planetas mas atestados de culturas y de seres. Allá en las murallas de Olandina capital del Imperio de Craoxt su nombre era religión, era un culto del buen gusto y necesidad absoluta para las clases exclusivas de esta sociedad multicultural y en expansión. Era, pues hoy es sinónimo de desgracia y de verguenza, de miseria y crueldad. Hoy ese nombre revuelve entrañas y produce al término de pronunciarle un repeluz de vómito incontrolable. Los portones, los móviles, los círculos de poder, las masas, los viajeros, los sistemas de información holográficos, las redes, en fin, todos hablaban de su fin nefasto, todo se veía repleto de su rostro reptiloide por dónde quiera que se fuese. ha sido el fin de la dama de los hilos, las telas y las tijeras. El fin más aciago que pudo tener.

Llegó joven a Olandina. Era oriunda del sistema insular conocido como Abuc- Alsi dónde el yugo del «Amo Negro» aún rompía el ambiente con el traquear estrepitoso de su dictadura. El hambre, la enfermedad, la escazes eran la cotidianidad en Abuc – Alsi, el «Amo Negro» consumió el planeta por completo, una fuerte cantidad de la población fue exterminada en el proceso de colonización. Jóvenes de una generación eximia yacen hoy bajo el mar extenso de su planeta en ruinas. Cuando la mancha de guerra se presentó ante su puerta, buscando salvar su vida, no tuvo mas remedio Alezza (Su nombre real) que huir despavorida. Sus grandes ojos negros y sus capacidades anfibias nunca le habian sido tan útiles. Pudo escapar del mal que le acechaba y sin tener idea mínima siquiera de que cosas incontables le abririán los brazos en las nuevas tierras, estaba ya embarcada para construir su destino entre las grandes hazañas de otros sobrevivientes.

Hizo sendero a cuenta de trabajo. Como sastre y costurera, tijera y aguja en mano, trabajo la lagartija para hacerse a un nombre respetado en la selva electrónica que se alzaba en frente suyo. Sus creaciones eran inigualables. No había máquina, robot o androide que le igualase en lo más mínimo, ni en corte, ni en trazo, ni en puntada, ni en diseño. Eran obras perfectas. Todas las galaxias rendián sus monedas y tributos ante la majestuosidad de Madame Salambó. Reyes, nobles, príncipes, princesas, amos, jefes, cancilleres, presidentes, ministros, terratenientes, criminales, ahorradores, duques y duquesas. No importa que organización política tuvieran, o a que distancia estuviera el planeta del comprador, o la raza a la que perteneciere todos, todos por igual hacian fila en su taller. La fila de vehículos galácticos era, muchas veces, incontable. Carruajes dorados del más fino acero plutoniano o tartalas mohosas de lata local. Todos tenían un turno, todos vestirían de gloria. Cuando algún evento importante asomaba en los calendarios, fuese baile, fiesta, casorio o funeral, el fortín de Madame se convertía, como un rosario de burbujas, en un hervor de personajes variopintos y entremezclados. Razas, planetas y luchas fronterizas parecían olvidarse al pisar el taller de Alezza. Una algarabía de compra y venta entre la recua empezaba a perturbar el ambiente. Las telas sobre las mesas de trabajo en su gran salón principal, rodaban y rodaban. Las cintas métricas, los tizones, las reglas, las tijeras y los pellizcos aparecián por doquiera. Madame desde una especie de púlpito dirigía la orquesta de asistentes que ahora trabajaban para ella.

Era un enorme salón con puestos a cada lado como haciendo una calle de honor, mas de una centena seguramente. Parecía, guardando toda distancia medida a uno de esos grandes templos que otrora en Abuc – Alsi se habían construido para adorar a Kensy, diosa de lo místico, que en cualquier galaxia donde se pise es adorada por multitudes extasiadas. Ese era otro punto en común del público en el salón, esa espiritualidad ciega que moldea corazones y mentes. Alezza ni pestañeaba por esos asuntos. Ya no le importaba la espiriualidad, todo lo había conseguido sola, la intervención divina en el devenir del universo era una mentira que no pretendía tragarse, necesita estar siempre concentrada en su negocio, el tiempo para perder en oraciones y rituales tontos ya lo cedío hace mucho. Pocas veces baja al salón principal, no obstante cuando lo hace, su presencia es imposible de desapercibir. El aire parece detenerse, su presencia es viscosa, apabullante. El siseo en su hablar y el brillo violaceo de sus escamas le hacen parecer un ente venenoso, malvado y vitriolico. Para evitarle a toda costa. Solo atendía pedidos especiales y a los clientes mas caprichosos, esos que siempre aparecen en los momentos más inoportunos o en el preciso insante en que la calma era reinante en el salón.

Pero nada le perturba, Alezza había sobrevivido a cosas más escandalosas que el chillido de un burgués inconforme por el hilo de su capa. Soportar el peso de un mundo que le odia por ser de dónde es, por haber nacido en un planeta detestable, eso, eso era más perturbador. Un cliente insatisfecho por el color de la tela, el tamaño del pliegue, la medida mal hecha, el ajuste equivocado u otras ínfulas de mierda muy habituales en su clientela común, no le hacían mella, no lo sentía.

II

No cualquiera puede pagar un ajuar diseñado por Madame Salambó. Es necesario más que buenos recursos o una poderosa fortuna. Pero, los desvalidos, los que como ella habían soportado y vencido las batallas inenarrables de un destino tormentoso también querian verse radiantes bajo sus diseños. Esa parte de los seres atacados por las circunstancias aleatorias del nacer o del vivir era a quienes ella reconocía como su pueblo, eran coterraneos sin importar donde hubiesen nacido. En su mente no existian fronteras, no existian limites creados por políticos estúpidos.

El precio de sus creaciones era brutalmente alto, mas de cuatro millones de Dieks dorados, el equivalente, cuentas más, cuentas menos a dos naves espaciales y un trío de escoltas.

-¿Así que es tu sueño vestirte de mi mano? – preguntá Madame mientras enfoca un horizonte imaginario.
-Si, Madame. Es el objetivo de mi vida. Haría cualquier cosa por cumplirlo.
-Pero, ofendes mi trabajo con la oferta de cien mil Dieks y un diamante. ¿Habrá algo más que puedas aumentar a tu paga? – Alezza sabe que ella es de ese pueblo que ella tanto adora. Es una humana, se le ve desgastada y confundida. Trata de ayudar a su gente, pero mostrar debilidad a mitad del gran salón podría hacerle perder todo lo que ha construido. Bajó la mirada como buscando una solución inteligente. De la mano de su cliente un pequeño ser se reveló ante ella y así de la nada, un manantial crujió dentro de ella y mientras el enano rosado hacia muecas de la mano de mamá, una líbido espontánea blandía fuertemente la razón de Alezza, un evento que no debió
ocurrir.
-No dejaría esta sierva de Kensy – dice Madame mientras disimula la ironía – que una hermana de lucha se fuera de su salón sin una prenda digna, que cubra su cuerpo y cumpla su deseo – toma aire, se relame la cara y prosigue con un tono un poco mas amargo – Preciso de muchos ayudantes en este taller, como podrás ver, haré una obra de arte para tí si la criatura que toma tu mano se queda aquí como paga para tu ajuar – Madame cierra los ojos y se muerde la lengua sin tan siquiera notarlo. La mujer palidece ante tal oferta, se tambalea levemente y logra incorporarse sin desmayar. Se rasca fuerte la cabeza en busca de una respuesta.
-Es mi hijo Madame, me pone usted en una grave encrucijada. ¿Por qué no le pago yo con mi trabajo?
-¿Soñabas con ser madre o vestir un Salambó? – Afila la mirada dirigiendola al pequeño – Parir, podrás mil veces, ¿Pero otro de mis vestidos? Seguro que no – Respiraba extasiada.
-¿Madame, estará bien a su cuidado? – Pregunta la doliente, intentado encontrar alivio pero con la decisión ya tomada y evidente.
-No podrá estar mejor, mira a tu alrededor, esto es un imperio, nada le faltará – Alezza sonríe, es poderosa, ahora lo ha demostrado.

La mujer volverá en su navecita a su hogar estrenando traje. Madame volvera a su púlpito estrenando vicio. El pequeño se quedará en su nuevo mundo. Cada paso de la historia es nuevo, no importa si es un camino conocido, la senda reposa intacta pero muta el ser perpetuamente.

III

Disfruta Madame de su nuevo juguetito en un extasis jamás imaginado. Le lleva, le canta, le trae y le mima como una de sus mejores creaciones. Siente ella que ha cosido este pequeño con los hilos estelares y de la tela ajada que le dejó su pasado, pudo recortar el trozo más limpio que ahora luce el pequeñito. Nada más lejos de la realidad, nada mas lejos de imaginar lo que vendría. Cuando se hala con fuerza una tela ajada, se rasga y es imposible unirle de nuevo.

-Doblar ese telar puede darte urticaria, es mejor caramelito, que te saques esas ropas y así puedo ponerte unguento, eso aliviará sin duda el eccema. – Dice Alezza al pequeño con la voz más dulce que logra imitar, aunque suena como tarro por su ronca garganta.
-Si, señorita Alezza. – Chilla y obedece de inmediato. Es un esclavo más, en él no hay ni habrá voluntad.

Alezza Salambó, la ruda, tiene ante sus ojos la más hermosa aparición de su vida. Perfectamende lisa es la piel pálida del niño, sus pequeñas manitos y sus mejillas sonrojadas en una mueca de verguenza por su desnudes, le excita de sobremanera. No puede contener la lubricación de sus genitales, un rio de flujo desciende sobre su entrepierna mientras su cerebro solo se concentra en las curvas del regalito. Procede, temblorosa de pasión, a aplicarle el susodicho unguento, que no es más que el mismo que usa en aquellas noches vanidosas para brillarse las escamas. Una cuarte suya mide la espalda del niñato, Alezza la recorre dulcemente, le acaricia como a un tesoro. Ese lomo es el premio a tanta lucha ganada, a tantos peldaños escalados, a tanta mierda que tragó y aún así está allí. Luego, y de igual manera, brazos, pecho y abdomen son ambadurnados y recorridos por las gélidas falanges de Madame, que en una nueva explosión de deseo clava sus ojos de ébano en el pene del esclavito.Nada le había excitado así jamás, nada la mojaba tanto. Ese glande diminuto de testículos como canicas le volaba las ideas racionales, la dejaban enamorada y ciega. Puso la crema también en esa zona. El niño retorciáse pero obedecía sin chistar. Luego de un masaje prolongado, el poder máximo tocó sus fauces, el cuerpo cavernoso del chiquillo entró en erección y con eso la mente de Madame hizo humo.

Sin dudarlo Alezza abrió su tarazca de par en par y puso glande, cuerpo y canicas en ella. Todo se hizo rojo en su interior. Mamar esa pollita le hacia renacer, un impulso invisible le recorría toda, presentía el mayor de sus orgasmos. Chupando al esclavito y tres dedos frotandole, le visito el clímax y la demencia. esos nunca se presentan claramente, nunca avisan antes de llegar, menos en un caso como éste. Cerró la mandibula Madame Salambó de abrupta manera, aprentando fuerte y tragando su contenido gimío en un orgasmo interminable, mientras el muñequito veía desaparecer sus gónadas entre la garganta de su nueva ama. Así le abrasó el dolor.

Rápidamente la sangre hizo charco bajo ambos. La cría en shock, desmayaba en un grito mudo, mientras Madame, la reina de un mundo detestable, terminaba de tragar y saborear el último bocado genital. Despertó pues de su letargo orgiastico, y mientras el jovencito agonizaba en convulsiones sobre el piso de su mansión, rápido pensaba en la manera de esconder su crapulencia. Nada destruiría más su nombre que semejante historia. Poniendo garras entre el cuello de ese su primer amante, dió fin a la agonía.

IV

Asomó la cabeza entreabriendo la puerta para verificar la soledad del pasillo. Nadie estaba, por fortuna para ella su mansión a esa hora ya estaba desolada y solo ella o tal vez algun sirviente deambulaban por los corredores.

-¿Necesita algo Madame? – Dijo Lester, un trabajador de Alezza. Veterano en su casa, amo de llaves, fontanero, carpintero. Era una especie de salvador, siempre tenía la respuesta y la solución para los problemas más aciagos, esos cuatro enormes brazos siempre eran un alivio. No hoy.
Un frio recorrío el cuerpo de Alezza que al reconocer la voz, se tranquilizó un poco, pero sabía que tenía que actuar rápido.
-Lester, necesito una pala. He tenido una revelación, un ataque de inspiración. ¿Podrías conseguirme una?. – Algo raro había en su tono, una risita temblorosa. La culpa quería salir a gritos.
-Claro Madame, la llevaré donde usted diga. Pero puede volver a su cuarto, yo la acompañaré si así lo desea.
-Tranquilo Lester, usted solo consiga lo que le he solicitado, entre más rápido, mejor.
Ambos partieron hacía sus destinos. Alezza presa de los nervios que le hacían tiritar y Lester extrañado y malicioso por un pedido tan peculiar.

-Madame, he traído la pala. Si necesita ayuda con algun trabajo, déjeme ayudarle, sabe que soy muy bueno en esto.
-Tranquilo Lester. Sé hacerlo sola. Recuerde que he hecho cosas aún más arduas.
-Pero ábrame usted la puerta o como pretende que le entregue su herramienta.
-Déjela usted en la puerta y retírese. En un instanto saldré por ella.

La razón y el miedo de Lester pendían de un hilo con semejante pedido tan estrafalario de su ama. Sabe él muy bien que es ella una engreída excentrica, pero había algo en el tono y en la forma que no le gustaba. Escondióse pues en la esquina del pasillo con un ojo asomado mirando hacia la puerta, por si al salir Madame nota algo extraño o puede ayudarle en algo más.

Alezza espera unos minutos, luego tomando un saco para hilos pone el pequeño cuerpo ensangrentado en él. Pretende ir a la parte trasera y a la ausencia de todos cavar una pequeña tumba para su amiguito y así encubrir lo que pasó. Piensa que será fácil. Debe ser fácil. Tomó pues en un hombro el saco y con la mano libre abrío la puerta y la cerró tras de sí. Asío el cabo de la pala y emprendío camino al patio. Lester observaba átonito. Tres o cuatro pasos había dado Alezza desde aquella puerta cuando el destino, ese que la había premiado tantas veces, decidío abofetearla de una vez y para siempre. El cuerpo del infante, ya en rigor entrando, en un último acto de rebeldía guiado por las estrellas y los dioses de todas las razas vomitó por su garganta todo el contenido estomacal que le pudiese caber. Madame oyó el crujido y el graznido horripilante, pero cuando pudo reaccionar ya era demasiado tarde. En una mezcla de vomito, sangre, unguento y flujo su zapato resbaló sobre el piso de mármol y la inmensa figura de Alezza se precipitó hacia el planeta. Lastima si por azar o por venganza, Alezza no habia dejado de asirse a la pala, esto la hizo girar en su propio eje y cayendo en síncronía demencial atinó su cuello contra el filo de la herramienta.

Lester corrío como pudo para auxiliar a su señora, ¿Pero como se auxilia a un reptil descabezado?. Hubo llantos, hubo entierros, hubo risas y festejos.

Ya se va Madame Salambó la ganadora de mil batallas, que olvidó, muy a su pesar que perder la cabeza un instante, es perder toda lucha si así el destino lo prefiere.

Comentarios

  1. Mabel

    25 octubre, 2016

    Muy buen relato. Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenida

    • Lumar

      26 octubre, 2016

      Gracias, me alegra que te haya gustado. Por lo pronto espero seguir subiendo mis relatos.

  2. VIMON

    26 octubre, 2016

    Muy buen relato. Saludos con mi voto y bienvenida.

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