Hola, Eric. Para empezar, coméntanos de manera breve qué encontraremos al leer El vigilante del amanecer y cómo te sientes al haber podido sacar a la luz esta tu primera obra.
− En algún momento de la lectura, encontraremos una respuesta al título de la novela que expresa las claves de una especial filosofía de vida, la de un trotamundos y exsargento del ejército llamado Arturo Forner. No hay héroe o antihéroe, según se mire, sin un cronista que relate sus gestas, sus debilidades y su secreto pasado. ¿Qué mejor cronista que un historiador que trabaja como directivo en una gran empresa y que ve como su mundo de seguridades y certezas se tambalea cuando conoce al enigmático aventurero? Beth, que estuvo muy unida a Forner, es un nexo de unión entre ellos dos. Beth es anticuaria y amante de la música clásica, es la kriptonita de Forner, el opositor a guardabosques y que, por esas cosas raras de la vida, acabará asentándose como detective privado.
Llegar a publicar una novela me ha supuesto un esfuerzo enorme, un compromiso firme y un camino duro plagado de dificultades y de dudas; pero, cuando por fin me decidí, me di cuenta de que mi visión de las cosas iba cambiando a medida que la novela avanzaba, sentí que ya nada sería igual aunque la novela no tuviese el menor éxito. Es algo así como recorrer a pie el camino de Santiago al modo que lo hacían los antiguos peregrinos, algo cambia dentro de ti.
Toda historia tiene un génesis, un origen, un punto de partida. ¿De dónde surgió la tuya? ¿Cuál fue ese punto desencadenante que te motivó a sentarte y escribirla?
− El cumplimiento de una promesa sin límite temporal fue lo que me llevó a no desistir en el empeño. Pasaba el tiempo y me parecía un proyecto que excedía a mis posibilidades, pensé que nunca se iba a materializar, pero esa promesa estaba ahí, recordándome el compromiso adquirido. Me faltaban ideas y convicción hasta que, tal y como se describe en el primer capítulo de la novela, me mudé a un nuevo piso. Había un sofá enorme y desgastado que ocupaba mucho espacio, era primeros de agosto. Tras barajar varias posibilidades, decidí destripar el viejo sofá y, cuando estaba en eso, de repente, surgieron imágenes nuevas. De pronto, me di cuenta de que el que estaba desmontando el sofá no era yo, era Forner. En el televisor daban un partido de pelota vasca, sonó el timbre de la puerta varias veces, en el piso de arriba estaban de fiesta y se escuchaba una cumbia: “que nadie sepa mi sufrir”… El paso de la realidad a la ficción estaba servido. Al abrir Forner la puerta, apareció Beth de la mano de una niña rubiácea llamada Lara. Me dije a mi mismo: ” vale, ahí están Forner, Beth y Lara, ¿qué sabes de ellos? “. La novela me aguardaba.
Tu novela cuenta con una estructura bastante lograda que se sostiene gracias a la voz narrativa, el manejo del tiempo y a sus personajes. ¿Cómo fue el proceso de escritura? ¿Tenías ya un bosquejo hecho de lo que querías o fue surgiendo durante la marcha? ¿Con qué dificultades te encontraste?
– Tenía unas pocas cosas claras: la novela en tiempo real debía transcurrir casi toda durante el mes de agosto y con vueltas al pasado de los diez últimos años. Beth estaría en Nueva York la mayor parte de ese mes de agosto y Forner a las afueras de Barcelona, por lo que la comunicación entre ellos seria telefónica o por correo, o sea, complicada. Lara, la niña de ocho años, era fundamental; sin ella no habría novela. Y el que nunca aparecía, el narrador, de repente se presentó y se puso manos a la obra. No se trataba de mí, el narrador era un personaje autónomo dado a fabular.
Cuando ya tenía unas 160 páginas, decidí someterme al veredicto de una gran profesional de la escritura y lo primero que hizo fue tacharme casi la totalidad del primer capítulo -tremendo contacto con la realidad-, pero ya no iba a abandonar. Con ese arduo proceso de recomendaciones, cambios de capítulos, correcciones continuas, sugerencias de nuevos capítulos, de acudir a talleres literarios para escuchar opiniones y consejos, puse a prueba mis nervios y mi voluntad de seguir. Aprendí mucho de esa persona que me asesoró y orientó con sus sabios consejos y también de los asistentes a esos cursillos y talleres.
El lector conoce a Arturo Forner a través de Andrés Salvatierra y es ese punto de vista el que prevalece en toda la historia; es decir, nos encontramos ante un narrador-personaje con omnipresencia. Al adjudicarle ese poder al narrador, parece que el autor evita vincular su propio punto de vista y emplear a un intermediario, ¿qué hay de cierto en ello?
– Es bien cierto eso. Por mi propia experiencia y por la que he adquirido al acudir a talleres literarios, me he dado cuenta de que hay una tendencia natural a identificar al narrador con el autor, pero a mí me interesaba un narrador que tuviese poco que ver conmigo. De hecho, al encontrar ese narrador, supe que la novela fluiría. Este narrador es un personaje de pensamiento felizmente casado con Carmen, de la que está muy enamorado; lleva una vida plácida y sus únicas proezas están en los libros que lee o en los personajes históricos que admira. En cambio, Forner es hombre de acción y lleva consigo la impronta del aventurero. Es el contraste de estos dos estilos y formas de ser lo que buscaba y me interesaba poner distancia entre mi realidad y la de los personajes. Eso me daba más posibilidades y me abría horizontes.
La anterior pregunta es resultante del hecho de que hayas utilizado un pseudónimo para firmar tu obra. ¿A qué se debe esta peculiaridad? ¿Hay una intencionalidad metaliteraria detrás o simplemente es un acto de prudencia?
– El pseudónimo es porque quiero ver si la novela funciona por sí misma, sin ayudas de ningún tipo de personas de mi entorno. Me interesa tanto la opinión del lector anónimo como la del crítico literario, sin referencias sobre el autor que pueden “contaminar” para bien o para mal la validez de la novela. Me siento más libre así y, por otra parte, creo firmemente en la historia que se cuenta en la novela. Es una apuesta arriesgada que complica las cosas, ya que prescindes voluntariamente de la red protectora de amigos y familiares, pero en realidad soy fiel al espíritu de la novela que trata de encubrimientos, diarios secretos, espionaje… Luego está la evidencia de que soy reacio a la exposición pública, bien pudiera ser debido a una cierta fobia social o por querer preservar mi privacidad.
En cuanto al género, novela policial o detectivesca, sabemos que actualmente está muy en boga. Leyendo algunos comentarios de lectores sobre tu novela, aparece repetidas veces el término “atípico”, para referirse tanto al protagonista como a la novela en sí, ¿qué nos puedes decir al respecto?
– Para escribir a esta novela, he recurrido muchas veces al diccionario y a la búsqueda de sinónimos y antónimos. La palabra atípico significa “que se aparta de tipos conocidos por sus características particulares”. Y los sinónimos van por ahí: “diferente”, “distinto”, “especial”, “extraño”, “raro”…
Y, ciertamente, eso pretendo. El Vigilante del amanecer es una novela de detectives que incluye en un capítulo el esbozo de una obra de teatro-musical inédita, con un alter ego de Arturo Forner que pasa a llamarse en la parodia Frank Soler. En esa novela, se incluye en otro capítulo unos diarios del llamado hombre inexistente, cuyo apodo es Pelayo. El narrador construye la novela acosado por los celos que siente por el detective. Es una novela de serie negra-policíaca en la que investigador tiene familia de la que ocuparse y por la que preocuparse. Solo se apunta, pero en algún momento Forner entra en una iglesia, se arrodilla y reza. ¿Desde cuándo, si antes no era así? Su primer ayudante es un okupa…
Siguiendo con lo anterior y en términos generales, parece que El vigilante del amanecer tiende más a perseguir la línea de la escuela americana (novela negra), pero sin alejarse de la escuela inglesa, especialmente por el ritmo y por la mesura/ausencia en torno a las escenas de sangre. ¿Cómo defines tu novela? ¿Por qué?
– Una cualidad que tiene Arturo Forner es que es conocedor de sus limitaciones y, por eso, se sirve de ayudas de todo tipo para cubrir sus carencias. Es un detective que se deja guiar por la intuición y que escucha a los amigos y colaboradores que le aconsejan. Esa es una de las señas de identidad de Arturo Forner que le aleja de la escuela inglesa porque no posee una inteligencia analítica superior, pero sabe que otros le pueden aportar esos conocimientos. Por otro lado, considero que la novela detectivesca debe tener sus pausas, sus recesos y desviaciones de la investigación principal.
Tampoco se ajusta a las características habituales de la novela negra americana porque Forner no es para nada cínico ni nihilista, él es creyente y tiene muy en cuenta los valores morales. Cierto es que contempla los aspectos sociales, pero no es dado a juzgar a los demás ni a dar recetas sobre cómo debería estar organizada la sociedad. Su carácter, un cierto punto rebelde, solitario y rockero, le hace seguir su propio camino.
Pero, además, él conoce el poder de las armas desde pequeño, su abuelo que era cazador le llevaba en sus correrías, luego estuvo diez años en el ejército y acabó la carrera de criminología. Por tanto, conoce las leyes penales y el funcionamiento de los cuerpos policiales y de la justicia, por lo que sabe de los límites de su trabajo como investigador privado y de los márgenes en que puede moverse, a veces al filo de la navaja. El uso de armas y la fuerza solo puede ser para él un recurso excepcional.
Es curioso que en un capítulo de la novela ya se plantea esa cuestión cuando un antisistema, el autor teatral, le dice:
“– (…) el detective Germán Areta dice que sois tipos duros y que tratáis de sobrevivir en una sociedad podrida gracias a trabajos sucios, ¿tú compartes ese punto de vista?
– (…) mi visión de la sociedad difiere un poco a la del detective…”.
Resulta atractivo, partiendo de la médula de tu libro y de todo lo que encierra la historia (y la publicación en sí), que el caso que debe resolver Forner se llame El misterio del hombre inexistente. ¿Cómo lo llegaste a concebir?
– Por alguna extraña razón, he ido guardando información durante años de casos como este, en concreto, el de un hombre que ingresaron en un hospital sin recordar nada y en los meses que estuvo en tratamiento médico nadie se interesó por él. Un caso reciente que tuvo mucha difusión en los medios fue el del llamado pianista amnésico, que no recordaba nada ni hablaba, pero, por unas notas que escribió en un papel, le dejaron tocar un piano y resultó que era un virtuoso. He recopilado la máxima información que he encontrado sobre un tema que me parece apasionante. Porque esa amnesia es la posibilidad de reconstruir una vida que quizás iba torcida y poder enderezarla. También me interesan los aspectos centrados en la soledad, el desapego, una segunda oportunidad. El primer caso que investigase Forner solo podía ser este porque marca la línea que podrían seguir los casos futuros.
La presencia de personajes femeninos es evidente y a la vez fundamental dentro de la trama: Beth, Carmen, Lara… ¿Existe una razón especial para que les hayas otorgado el peso que llevan dentro de la historia?
– Y además esta Gemma, Rocío y Nerea, que pisan fuerte. Forner es un tipo solitario que desconoce por completo su poder de seducción y que es poco dado a compromisos afectivos, aunque se crio rodeado de mujeres: su madre, su prima y su tía en un pequeño pueblo de Zamora. Se entiende bien con las mujeres, salvo cuando entra en zonas de riesgo emocional, ahí se bloquea, no sabe cómo gestionar esos sentimientos que le desbordan, ya que inconscientemente lo ve como una amenaza para su libertad de acción. El narrador, en cambio, se considera un afortunado y adora a su mujer Carmen, pero también a su ahijada Beth y a su querida “sobrina” Lara. El yin y el yang, nada más divertido y creativo que ese contraste de pareceres, de atracciones y de rechazos mutuos entre polos opuestos y complementarios.
Por otro lado, llaman mucho la atención ciertos recursos de contextualización, como lo son las referencias musicales, artísticas y literarias que aparecen a lo largo de la historia. ¿Existe aquí una especie de ósmosis entre el autor (sus aficiones, sus gustos personales) y quizás Arturo Forner?
– Arturo Forner se justifica ante Beth, a cuenta de su alejamiento pasado, porque él tiene una educación adquirida en el campo y en los cuarteles, y ella es una mujer culta que ama el arte y se mueve en ambientes selectos. Pero eso no es del todo cierto y suena a excusa, porque a Forner le gusta el conocimiento en general y admira a todo aquel que pueda abrirle la mente, aunque por aquel entonces él era incapaz de reconocer eso. Las novelas de género policíaco suelen centrarse en la investigación criminal, en la búsqueda de datos y de pruebas, en los perfiles psicológicos de los personajes y en un incremento de la tensión. Eso ya está hecho de mil maneras y de forma excelente, entiendo que hay que buscar nuevos enfoques que enriquezcan el género, en mi modesta opinión.
No hay autor que no mire hacia otros lados cuando se propone un proyecto de escritura narrativa. En tu caso, ¿quiénes son tus referentes y/o influencias? ¿Hacia quién ves cuando escribes?
– Admiro a las personas que han tenido las ideas claras sobre lo que quieren ser de mayores y trabajan para cumplir esos objetivos. Ese no ha sido mi caso, por tanto, he tenido diversas etapas y distanciamientos. Pero yendo a las lecturas, tampoco sabría dar una razón exacta del porqué. En una época, me dio por leer a los autores rusos: Chejov, Pushkin, Dostoievski, Tolstoi, Solzhenitsyn, Nabokov y otros. No era consciente de ello, pero curiosamente en la novela se habla del Doctor Zhivago, Forner lee un cuento ruso a Lara. Incomprensiblemente abandoné a esos autores y, dando tumbos, me enganché a la novela negra a través de Conan Doyle y Vázquez Montalbán, luego vinieron Simenon, Hammett, Chandler, Mendoza y El Quijote. Lecturas un tanto erráticas y espaciadas en el tiempo, siempre mucho cine negro o policíaco, sobre todo americano.
Finalmente, como autor, ¿qué podemos esperar de Eric Oms en un futuro cercano? ¿Estás trabajando en algún proyecto?
¿Alguna nueva aventura del detective Arturo Forner?
– Hay personas que funcionamos autoimponiéndonos deberes. La primera novela la he escrito por una promesa que hice en su día y estoy obligado a escribir la segunda porque así se lo he prometido al lector de la primera. En la propia novela, se adquiere ese compromiso.
Tengo bastante información recopilada y notas e ideas aún algo difusas de por dónde podría ir la segunda, que será un nuevo caso de Forner. Pero ahora, mientras voy escribiendo la segunda, me he propuesto releer con otra perspectiva y por aprendizaje a todos aquellos autores que me gustaron en el pasado y en el presente. Desde esa primera novela, he de tomármelo con calma y leer mucho, que seguro que me será provechoso.



Oms, Eric
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