—¡Aiko! ¿Quieres hacer el favor de comer?
La ensalada de pollo aún estaba intacta en el plato de la joven, que solo hacía dos meses que había salido de una clínica de trastornos alimenticios. Antes de ingresar, había alcanzado la friolera de treinta y cinco kilos, a pesar de superar perfectamente el metro setenta de estatura. Durante su estancia en aquel lugar había conseguido ganar peso, y aunque aún estaba considerablemente delgada, el color rosado había vuelto a sus mejillas, y parecía tener un poco más de vitalidad en la mirada. Pero a pesar de esp, sus padres seguían preocupados, pues desde su regreso no habían visto a su hija llevarse ni el más mínimo bocado a la boca.
—Hija, si sigues así tendremos que internarte de nuevo. —Su padre puso una de sus manos sobre la de su hija, intentando trasmitirle su preocupación, pero la chica
ni siquiera le contestó.
Pasaron unos largos minutos más, y el plato seguía sin tocar. Su madre, resignada, lo retiró de la mesa lanzándole una mirada de decepción a la chica.
—Mañana mismo iremos al médico. —Le apuntó.
—¿Al médico? ¿Por qué? Estoy bien. —La voz de Aiko era apenas un susurro.
—No comes nada, un pajarito se alimenta mejor que tú.
—No he vuelto a perder peso desde que llegué.
—Eso ya lo veremos, allí te pesarán. —La mujer se dirigió a la cocina con un suspiro. Su marido, el Señor Hashi, se levantó de la mesa sin decir una palabra, y salió del salón.
—De verdad no sé porque estáis disgustados conmigo, estoy bien, de verdad. No necesito ir al mé… —Empezó a protestar la chica
, pero su madre la interrumpió.
—¡No me vuelvas a decir eso! El doctor nos dirá mañana como estás. Solo te veo beber agua, y cuando la bebes…
Malhumorada, Aiko se fue a su habitación. Se sentía bien, fuerte, y con ganas de vivir, pero algo había cambiado en ella… Algo que la asustaba, algo que no sabía ni podía explicarle a sus padres.
Una vez en su cuarto se tumbó sobre la cama, a través de la ventana podía ver la gran luna llena que se levantaba esa noche sobre los edificios de Tokio. Sentía sueño, mucho sueño… Pero sabía que no se dormiría, pues sabía que aquel horrible dolor de cabeza volvería a nacer en ella esa noche, al igual que todas… Y que no desaparecería hasta que comiera algo. Las lágrimas comenzaban a mojar su rostro cuando hundió la cara en un cojín, como queriendo ahogar aquel infernal dolor…
—Dale tiempo, ya comerá…
—Llevo dos meses sin verla comer, cariño. —Se quejaba la Señora Hashi—. Si sigue así no sé qué vamos a hacer, no sé qué voy a hacer…
En un gesto de impotencia
, la delgada mujer se dejó caer sobre su cama, ahogando sus llantos entre sus manos. Su marido se acercó a ella y le susurró:
—Tranquila, todo irá bien. Es cierto que parece que no ha perdido más peso, y se la ve bien. —En realidad, aquello era lo único que lo reconfortaba—. Vayámonos a la cama.
Al día siguiente, en la consulta del médico:
—Su hija parece estar bien, Señora Hashi. Su tensión es normal, su tránsito también… Además, ha vuelto a tener el periodo. Eso es muy buena señal, indica que su organismo se ha recuperado satisfactoriamente de la deshidratación. Otra prueba clara es que no ha vuelto a bajar de peso.
—¿Está usted seguro?
Ahiko estaba sentada junto a su madre, con la cabeza agachada. No había abierto la boca desde que habían entrado por la puerta de la consulta.
—Para asegurarnos —continuó diciendo el médico—. Voy a hacerle un análisis de sangre, sus resultados dirán si Ahiko está mejor o peor.
—Ella insiste en que está bien, pero es que no la veo comer, doctor. Eso es lo que más me preocupa.
El médico se giró hacia a Ahiko, que tímidamente levantó la mirada hacia él.
—Señora Hashi —dijo éste—. ¿Le importaría dejarnos a solas un momento? Quisiera hacerle algunas preguntas a su hija.
No sin vacilar, la mujer obedeció y se levantó de la silla, pero antes de cerrar la puerta le dirigió a su hija una última mirada de preocupación.
—Ahiko, ¿cómo es posible que tus padres no te hayan visto comer? No has bajado de peso, te veo vitalidad, ¿qué ocurre? ¿Acaso no quieres que te vean comer? ¿Te avergüenza eso?
La chica
negó con la cabeza, parecía sincera.
—Entonces, ¿qué es lo que pasa? ¿Comes a escondida algo que ellos te prohíben?
Otra negación.
—Si quieres puedo hablar con la psicóloga del centro, ella podría ayudarte mejor que yo con ese tema.
El médico esperó la respuesta, pero la chica
siguió muda.
—Bien… —El hombre se levantó y suspiró frotándose la frente. Estaba claro que a esa chica la avergonzaba comer delante de los demás, pero ¿por qué?—. Ven, siéntate aquí, te sacaré sangre para los análisis.
El rostro de Ahiko no se inmutó, ni siquiera cuando la fina aguja penetró en su carne.
A la semana siguiente los resultados fueron buenos y, aunque la madre de Ahiko seguía sin dar crédito, las palabras del médico la tranquilizaron:
—Está claro que su hija come a escondidas, no es posible que alguien que no se alimente de forma adecuada dé estos resultados, todos sus niveles son de libro.
—¿Está usted seguro? ¿No se habrá confundido usted? —Los ojos de la mujer estaban abiertos como platos.
—No, desde luego que no. —El médico se quitó las gafas y se recostó en su asiento tras el escritorio—. Señora Hashi, su hija ha pasado por una fuerte crisis… Una enfermedad como la anorexia, y además en un grado tan alto como el de ella, puede causar una inseguridad incluso después de haberla superado.
—Creo que no le entiendo…
—Verá… Es posible que a su hija le avergüence comer delante de más personas.
La Señora Hashi dejó caer su mandíbula a modo de asombro.
—¿Usted cree? —preguntó.
El doctor le sonrió de forma tranquilizadora, asintiendo con la cabeza. La mujer se dejó caer en el respaldo de su silla, soltando un suspiro de alivio. En aquel momento sintió como si el peso de una persona cayese desde sus hombros.
—No sabe lo tranquila que me deja, Doctor.
Cuando Hashi Salió de la consulta, Ahiko, que la esperaba en el pasillo, se acercó a ella con una media sonrisa.
—¿Qué? ¿Te has quedado ya tranquila? —Le preguntó a su madre, que la miraba entornando los ojos.
—¿Qué crees que me ha dicho el médico?
—Que estoy bien, porque de verdad lo estoy.
La Señora Hashi siguió mirando a su hija durante unos largos segundos más. Después alargó una de sus manos para acariciar su pelo, pero Ahiko le apartó la mano antes de que llegase a tocarla.
—No, no me toques, mamá. Que me despeinas. —Se excusó.
A su madre le sorprendió aquella reacción, pero no tardó en pasarla por alto, su hija siempre había sido tan presumida…
—Anda, vamos a casa. —Le dijo—. Ya casi es la hora de cenar.
Pero aquella noche la chica
tampoco probó bocado. Su madre, aunque molesta, no le dijo nada esa vez.
“Ya se levantará a comer esta noche”, pensaba.
Después de recoger la cocina, la Señora Hashi dejó sobre la encimera un plato de pasta y un vaso lleno de zumo de melocotón, una forma delicada de decirle a su hija: “Lo sé”. Después de eso, la familia se reunió en el salón y vieron un rato la televisión, no tardaron mucho en irse cada uno a su respectiva habitación.
—¿Crees que Ahiko se comerá lo que le has dejado? —Le preguntó el Señor Hashi a su mujer, una vez estuvieron en su cuarto.
—Sí, ya lo creo. —Le contestó ella con seguridad, metiéndose en la cama con un libro en la mano—. Además estaré pendiente, quiero ver con mis propios ojos que lo hace.
Pero los minutos y las horas pasaron, y a la mujer cada vez le costaba más mantener los ojos abiertos. Fue cerca de las dos de la mañana cuando unos pasos por el pasillo la sacaron del leve sueño en el que ya estaba sumergida.
Hashi miró a su lado, la respiración de su marido era acompasada y suave, señal de que dormía plácidamente. Intentando hacer el menor ruido posible, salió de la cama, se dirigió a la puerta entreabierta de la habitación y se asomó al corredor. La oscuridad lo inundaba todo, y por más que se esforzó no escuchó ningún ruido más.
“¿Habrá sido mi imaginación? Pensó. Después, salió de la habitación.
La cocina estaba desierta y oscura. Lentamente, e intentando no chocar con nada, la mujer se acercó a la encimera. El plato y el vaso habían desaparecido.
Con una sonrisa que era imperceptible en la oscuridad, se dirigió poco a poco al cuarto de su hija, una débil luz era visible por debajo de la puerta.
—¿Ahiko? —susurró.
No hubo respuesta.
La mujer se detuvo ante la puerta y pegó la oreja en ella. ¡Sí! Se escuchaba algo, pero… ¿Qué era aquello? Era un sonido extraño, como un roce continuo, un movimiento extraño…
Lentamente fue corriendo la puerta y se asomó al interior, pero en lugar de encontrar alivio, lo que vio le congelo el corazón…
La pequeña lamparita del escritorio de su hija estaba encendida, y ella se encontraba de rodillas sobre la cama. Su larga cabellera hacía movimientos extraños, y no era Ahiko la que los provocaba… Sus negros mechones se movían con propia voluntad, como tentáculos que iban cogiendo uno a uno los trozos de pasta del plato para llevarlos a una horripilante boca que había en su coronilla, mientras la chica, tímidamente y con lágrimas en los ojos, daba pequeños sorbos al zumo.
Hashi permaneció largos minutos de pie frente a la puerta, sin atreverse a entrar, sin atreverse a hacer nada, solo a mirar… Cuando el plato de pasta estuvo vacío, un débil pero repulsivo eructo salió de aquellas horribles fauces de dientes largos y afilados, el cabello se Ahiko dejó de moverse, y la chica se volvió para recoger el plato vació de encima del colchón. Su madre, que justo en ese momento fue capaz de reaccionar, salió corriendo por el pasillo, de vuelta a su habitación. Su marido pareció sentirla cuando, en shock, la mujer volvió a meterse en la cama.
—¿Y bien? ¿Ha comido algo? —Le preguntó, casi en sueños.
—Sí… Ha comido. Está todo bien… —Le dijo ella, terriblemente fascinada…
La Señora Hashi aún permaneció unos minutos con los ojos abiertos, sin poder dormir. Solo cuando la luz del día ya asomaba por la ventana se quedó dormida.
Los días pasaron, y aunque le costó trabajo, aquella mujer nunca le dijo a su hija lo que había presenciado aquella noche, ni a ella ni a su marido. Después de todo, de alguna manera Ahiko comía, y se mantenía sana, y aquello era lo que de verdad importaba, ¿no?
Una futakuchi onna es una mujer que ha sido maldita como castigo por haber dejado morir a sus hijos o a cualquier otro miembro de su familia. Dicha maldición hace que en la parte posterior de su cabeza aparezca una segunda boca, provista de dientes afilados y por una lengua viperina, que insulta y provoca fuertes dolores de cabeza a la desgraciada mujer si no la alimenta cuando se le antoja.





Germán Lage
Hola, Anakin; Llevabas un tiempo como desaparecida, pero ¡vaya forma de reaparecer! Pocos relatos han captado mi interés como éste. Sencillamente fantástico, en todas las acepciones del término. Enhorabuena.
Un afectuoso saludo y un merecidísimo voto.
Anakin85
Mil gracias, Germán! Captar la atención del lector es super importante para mi, y mas a lectores como tu! Un abrazo!
Qwertytantos
Hola Anakin, me ha encantado el relato. ¿Por qué la hija se había convertido en futakuchi? ¿lo desvelas de alguna forma en el relato? Un abrazo.
Anakin85
Hola, amiga!
Pues verás, una creencia japonesa cree que la maldición de la futakuchi onna cae sobre aquellas mujeres que, sobre todo, dejan morir de hambre a sus hijos o a sus familiares al preferir usar ese dinero para beneficio propio. Pero en algunos casos mas especiales también cae sobre esas mujeres que dejan de comer solo por estar mas delgadas, llegando a estar incluso a punto de morir. Le quise dar ese punto de originalidad a mi relato haciendo de mi protagonista una enferma de anorexia, además, queriendo hacer de el también un estímulo para las chicas que la sufren.
Me alegra mucho que te haya gustado! Mil besos!
gonzalez
Excelente, amiga y tan bella Ana, me gustó mucho. Te dejo mi voto y un fuerte abrazo!
Anakin85
Gracias, Gonzales! Se que siempre podré contar con tu voto!
Mabel
A mi estos temas a la vez que tengo curiosidad por ellos, se te pone la piel de gallina, parece que estás reviviendo esa escena en la cual te quedas atrapada sin poder reaccionar. Un abrazo Ana y mi voto desde Andalucía.
Lauper
Impactante, me ha encantado. Gracias por acercarnos la cultura japonesa. Saludos y mi voto.
Anakin85
Mil gracias, Lauper. La cultura japonesa siempre me ha fascinado, pero más aun compartir sus costumbres y creencias más especiales con todo el mundo. Un abrazo!
icorre
Estoy con Qwertytantos. Por qué se ha convertido en Futakuchi onna? Un abrazo y mi voto,
Anakin85
Muchísimas gracias por el voto y por pasarte a leer! La respuesta a tu pregunta la he dejado un poquito más arriba. Un abrazo!
J.Llanos
Muy buena historia Anakin! Desde el principio deja enganchado y, una vez más, logras que el lector se identifique con tus personajes. Creo que tendré que leerte más seguido. Saludos.
Anakin85
Gracias, amigo! Me encanta que te haya enganchado, será todo un honor para mi que me sigas leyendo! Un saludo!