Hipergrafía

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Cuando levantaron el cadáver tenía el pecho todo escrito, interminables frases ondeando en el abdomen y otras concéntricas al pezón y el ombligo. Era esta cicatriz la que más mimo había recibido a juzgar por la caligrafía esmerada. Quizás, interpretación mía, le había asignado cierto simbolismo vital a la cicatriz. La espalda no estaba inmaculada pero en mucha menor medida que el torso, lo cual evidenciaba que había sido autoría de sí mismo. También se encontraron miles de hojas escritas a doble cara por el suelo o encima del escritorio. Servilletas de bar y papel higiénico, sábanas, trapos, paredes, azulejos, todos escritos y abandonados a su suerte en una carrera salvaje y desenfrenada en búsqueda de más superficie donde escribir. Era como si hubiese deseado escribirlo todo en breve tiempo.

Me ha comentado un compañero que sufría de hipergrafía, o sea, una anomalía mental, por así decirlo, que te empuja a descuidar las labores cotidianas y centrarte en escribir descuidando otros aspectos. Se dice que algunos de los grandes la sufrían. Sin embargo, este pobre diablo murió solo en su habitación rodeado de colillas y un flexo desvencijado que seguramente le alumbraba a esas horas intempestivas de la noche cuando los fantasmas se yerguen y tantean la cordura de aquellos que se atreven a estar despiertos.

Sé que no debiera haberlo hecho, pero me adueñé de algún puñado de folios y me los traje a casa. Por curiosidad, porque es el primer caso de esta naturaleza con el que me topo. A continuación reproduzco algunos fragmentos aleatorios…

La ansiedad me come. La ansiedad es siempre sobre el futuro. La depresión sobre el pasado. Sé que estoy en el presente porque sufro de ambas pero no puedo disfrutar el momento. Estoy encerrado en la jaula de mis costillas como un canario que todavía puede cantar entre las garras del minino. Qué ansiedad, digo. Que me come por los bordes hacia el centro de mi ser. Y yo quiero expresar todo lo que tengo dentro antes de que llegue inexorable hacia él. Y rapidito, rápido, soltarlo todo como si fuesen las piezas de un gran rompecabezas. Debo elaborar una obra maestra juntándolo todo. Y para ello debo tocar de todos los palos, historia y numismática checa incluida. No es tarea fácil, hay días en que me derrumbo y no sé por dónde empezar y simplemente empiezo a murmurar las palabras que acabo de escribir. Porque escribir, escribo siempre. No puedo parar por mucho tiempo ya que me entran mareos y la desesperanza me invade de nuevo oprimiéndome el pecho y haciéndome hiperventilar las entrañas. Lo que me mantiene vivo es seguir rajando el papel con el boli. Yo escribo para evadirme, para sentirme bien, para expresar la olla a presión de mi mente. Está claro, por la manera en que he vivido, que no lo he hecho por dinero ni fama. Aunque no me habrían venido mal, o algunas novias más. Tampoco me he parado en si escribo bien o mal ni he buscado jueces adoctrinados por el canon que me dijesen si sí o si no lo hago bien. Yo me basto, soy mi juez y mi verdugo, mi salvación.

Este estaba sobre la mesa de la cocina. El siguiente lo encontré hecho una bola de papel cerca de una papelera repleta de otros cuentos. Ahí va:

La luna ahí arriba ejerce su magia singular mientras me aprieto contra la tierra ya apelmazada de mi refugio totalmente improvisado. Noto el sabor de la sangre así como la manera en que se me escurre por un costado. Duele una barbaridad. Llegaron como una peste y con las mismas se fueron de nuevo dejando un rastro de destrucción. Quemaron los árboles, exterminaron mi comunidad utilizando habilidades estratégicas y tecnológicas nunca antes conocidas, envenenaron los ríos y cocinaron a algunos de los míos para después jalarlos con alegría, birra y anarquía.

A duras penas me he podido escabullir entre un par de estas bestias peludas y vociferantes. He visto que alguno de estos mamíferos lleva pantalones, ya digo, lo nunca visto. Y, además, eses caminares bípedo-chulescos les delatan allá por dónde van. Esas sonrisas de ganador, esas lanzas mortíferas, esas hondas hirientes o esas rocas pulidas con el fin de rasgar pieles o afilar palos. Parecen emplear la mayor parte de su tiempo en pensar la manera de dominar a los demás usando la crueldad como único recurso. Es hambre, principalmente, es todo una carrera infernal para no pasar hambre.

Estos mamíferos tanto matan a seres de poca inteligencia como, especialmente, aquellos que podrían hacerles sombra algún día. Creo que el ataque a mi comunidad se debe al segundo caso. El hecho es que algunos de nuestros miembros, incluido yo, hemos desarrollado cierto grado de inteligencia. Puedo abstraerme y negar eso que dice que las bestias no consiguen la abstracción. Puedo valorar los hechos de hoy, puedo soñar, puedo llorar lágrimas de cocodrilo y puedo, podía, comunicarme tranquilamente con algunos pocos miembros que ahora yacen muertos.

Lo más probable es que haya sido yo el último superviviente. Todo iba bien, joder. Había dejado una descendencia estupenda que llevaría mis genes y tal vez la evolución nos echase una mano y dotase a nuestra especie de un puesto más alto en esta aparente jerarquía de seres vivos. Todo iba tan bien…A ver si al final va a ser todo una pelea de genes y nosotros somos simples cuerpos parasitados hábilmente manipulados.

No sé qué repercusión tendrá la matanza de hoy en tiempos futuros pero seguro que no ha sido insignificante. No sudo porque no puedo pero la ansiedad me carcome las entrañas. ¿Qué voy a hacer ahora? ¿Qué me espera sino la muerte? Oh, ¿les oigo todavía resonar en mi cabeza o es que andan todavía por aquí haciendo de las suyas? No estoy bien, necesito descansar y luego ya veré las alternativas abiertas. Lo único que me consuela es que estos tipos arrastrarán con ellos la misma maldición, y parte del mismo cerebro.

Creo que el protagonista de este relato es un reptil. Lo que me descoloca es que el reptil es un tanto particular, evidentemente. Pero cada uno que lo valore como pueda o quiera. Salgo a la ventana y me echo un cigarrillo tranquilamente. Qué delicada y tenue es la línea que separa la locura de la realidad. Las volutas del humo me abrazan y acentúan mi soledad. ¿Y si el pobre diablo tenía razón? Recuerdo haber leído en otro de sus textos que le habría gustado crear una comunidad de artistas tipo Van Gogh. ¿Y si lo único que quería era un grupo de gente afín para compartir las tristezas y alegrías de esta vida? A mí me habría ganado puesto que, aunque me dé vergüenza confesarlo, me gusta escribir poemas cuando estoy un poco bajo de ánimos. Estaría bien eso de crear una asociación de artistas que se cuidasen unos a otros (y un par de mecenas con mucha pela). A veces me dan ganas de empezarla yo mismo, crear un correo electrónico, crear una página web y empezar poco a poco. Pero por una o por otra siempre lo acabo posponiendo. Pero hoy no va a ser. Me duelen los nudillos de andar peleando con el tedio. Hoy no, mañana, me prometo dejando caer los párpados y aguzando el oído para discernir el ruido de los coches pasando por la autovía.

Comentarios

  1. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    3 noviembre, 2016

    Muchas veces hay que dejar quieta la cabeza y no pensar porque aturde y te pone nervioso. Hay que hacer un alto en el camino y pensar que mañana será otro día. Un abrazo Andrés y mi voto desde Andalucía.

  2. Imagen de perfil de Temor

    Temor

    4 noviembre, 2016

    Encantador retrato de la aniquilación mental. Un saludo y mi voto!

  3. Imagen de perfil de Nana

    Nana

    8 noviembre, 2016

    Me gusta mucho tu nuevo registro, Andrés, se sale un poco de lo que nos tenías acostumbrados, a pesar de seguir patente la orignalidad de tus cuentos. Me ha parecido mucho más profundo y unas descripciones más abstractas. Lo disfruté, entremezclado con las invenciones dentro de las invenciones. Un placer volver a leerte. Un fuerte abrazo :)

  4. Imagen de perfil de AVM

    AVM

    8 noviembre, 2016

    Muchas grcias a todos por dejar robaros un poco de tiempo. ¡Agradecido!

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