I
Tómalo con calma maldita sea, se repite una y otra vez. Ellas llegarían en cualquier momento y él ya estaba cansado y con la espalda adolorida de estar sentado en ese incómodo banco. Llevaba un par de horas repasando una y otra vez el correo que Nora le había mandado un par de días atrás. Nora es su hermana, y en el correo, escrito con la seriedad de un oficio gubernamental, le dice que quiere o que le gustaría platicar de los años transcurridos, de la vida, es decir, de lo que ha sido de sus vidas, despejar algunas dudas, limar asperezas. Habla también de volver a ser una familia. Por supuesto, habla de visitarlo dentro de dos días, cuando llegaría a la ciudad para hacer algunas compras navideñas y tramitar la visa americana de su hija; ha ahorrado durante algunos años y quiere regalarle un viaje sencillo por sus quince años. Habla de muchas otras cosas que no vale la pena decir, pero sobre todo, habla de una forma tan natural e insignificante que él no logra entender. Cómo ella consigue la dirección de su correo electrónico es un misterio para él. Y es por eso que hurga una y otra vez en esas palabras diminutas esperando encontrar alguna señal reveladora, leer entre líneas, descifrar el tono en que se desarrollará el encuentro que tendrá lugar en apenas unos minutos. Con dificultad para concentrarse hace un cálculo del tiempo que les tomaría llegar de Acapulco al DF, bajar del autobús y buscar sus maletas, abordar un taxi y llegar al departamento. Según sus rudimentarias matemáticas ya estaban retrasadas a lo menos quince minutos. Era muy temprano por la mañana, pero ellas habían tomado un autobús nocturno, tal como ella lo explicó en su carta.
El timbre retumba en todas las habitaciones, que sin embargo no son muchas ni muy amplias, pero ese retumbar profundo y apocalíptico le produce un espasmo en el pecho como no lo haría ningún otro sonido en su vida. Mierda, tómalo con calma, se dice a sí mismo, es sólo tu hermana y tu sobrina. Sin embargo el sudor cubre ya toda su cara y le da un aspecto aperlado y brillante a su frente calva. Con un esfuerzo mayúsculo por no desvanecerse levanta el culo del banco y se dirige hacia la puerta.
Antes de abrir, Martín, como es su nombre, (¿o era Joaquín? No lo recuerdo, y para el caso es lo mismo) inspecciona todas las habitaciones y verifica que todo esté en orden y al parecer así es. Se había pasado todo el día anterior realizando una suerte de limpieza en todos los rincones de su departamento. Barrió y sacudió, fregó el piso y lavó los trastes. Tiró basura de semanas y papeles que no servían desde hace años, y al parecer, desde su perspectiva, todo lucía limpio. Es increíble toda la mierda que uno acumula a lo largo de la vida, pensó. Pensó también en todo lo que se puede deducir de una persona hurgando entre su basura.
Al otro lado de la puerta le esperan dos desconocidas. Él está a punto de cumplir cuarenta años, y muy a pesar de su terrible ritmo de vida el tiempo no lo ha tratado tan mal hasta ese momento. Ella sin embargo luce muy acabada. Aparenta la edad de una mujer quince o dieciséis años mayor. Tiene arrugas profundas como surcos y una piel en demasía estropeada y flácida. Como es de esperarse tiene también el gesto fruncido de las personas amargadas. La muchacha por el contrario luce más joven de lo que es, o más niña, mejor dicho. No parece haber alcanzado la pubertad, y no parece tampoco que la vaya a alcanzar nunca. Los segundos que suceden son incomodos y nadie quiere ceder ni decir las primeras palabras. La joven toma la iniciativa y lo saluda. De ella tiene apenas vagos recuerdos. Recuerda, por ejemplo, que la conoció el día de su nacimiento en el hospital. Llegó con unas flores para la hermana y con algún regalo que no recuerda para la niña. ¿O ese recuerdo es producto de su dañada imaginación? No está muy seguro. Por esos años era adicto a las benzodiacepinas, como antes lo fue del alcohol y la mota, y como después lo fue de muchas otras sustancias, y tal vez su mente le haya mentido y esa visita en realidad nunca ocurrió. Sin embargo diremos que sí ocurrió, y ese recuerdo se suma a otras dos ocasiones en que visitó a la familia de su hermana cuando ya estaban instalados en un pequeño departamento. Al esposo a penas lo conocía. Era un joven estudiante de medicina que tenía unos cuantos años en el DF. Era muy tímido, como casi todos los provincianos que llegan a la ciudad, y de un aspecto enfermizo y demacrado. Aunque parecía una buena persona nunca llegó a entablar una conversación al menos medianamente decente con él. Era muy callado y recuerda que consentía a todo lo que la hermana pedía.
II
¿Por qué entonces dejaron de verse? Hablar de culpas resulta tedioso y elemental. En realidad las circunstancias se combinan y producen lo que algunos conocemos como destino. De muy pequeños eran unidos y se tenían un cariño, si no profundo, al menos de considerar. Con el paso del tiempo, que todo lo pone en su lugar, ella fue acumulando un amalgama de odio y resentimiento que se traducía en constantes peleas que nunca llegaban a más. El motivo del odio era la madre, quien desde que ella alcanza a recordar, buscaba cualquier pretexto para fastidiarla. Alguna vez su padre, recuerda Nora, mientras cenaban en su antigua casa de la colonia del Valle, entre bromas, contó algo que la hirió profundamente. Según él, cuando su dos hijos eran muy pequeños, él de una año y ella una recién nacida, y en la madrugada como todo bebé iniciaban una desquiciada orquesta de llantos, la madre en la mayoría de las veces, si no es que siempre, se dirigía a la cuna del niño, lo arrullaba, lo alimentaba y esperaba a que se durmiera y a ella la ignoraba como si se tratara de cualquier cosa sin valor. A ella la cargaba y alimentaba el padre. Apretando brutalmente los dientes hizo un esfuerzo sobrehumano para no llorar, cosa que más tarde haría en su habitación, entre sollozos y maldiciones. Lo que en realidad más la hirió fue que nunca lo negó, es decir, nunca lo negó durante el transcurso de la cena. De hecho, hizo como si no hubiera oído nada y siguió cuchareado su sopa, con un gesto extraño, como de placer, como si disfrutara aquella confesión del marido. Cuando la historia termino todos siguieron callados hasta el final.
Años después, cuando ya era una adolescente, Nora hizo algo que acabó definitivamente con su relación. Por alguna suerte de extrema confianza, su padre, que por entonces, tal vez porque ya empezaba a sentirse viejo o estaba demasiado cansado, comenzó a mostrar actitudes de un cínico, le presentó a su amante, una muchacha casi de su misma edad, y Nora, en lugar de ofenderse, la aceptó como si fuera una amiga más. Fue en un restaurante de Tlalpan. Quedaron de verse a la salida de la escuela para ir a comer. Cuando el padre fue por ella a la preparatoria en su Plymouth del 68, Nora quedó intrigada por saber quién era la joven que venía en el asiento del copiloto. Primero pensó que era una de sus alumnas (lo cual era cierto) a la que tal vez llevaría de paso a su casa, aunque casi por inercia abandonó esa suposición. O tal vez era una paciente que se topó por ahí y había decidido llevar a dónde tuviera que ir, pero esta conclusión le pareció aýn más ridícula. Ya adentro los tres, con camino al restaurante, el padre hizo una escueta presentación, y después permanecieron en silencio.
Ya en el restaurante le hizo la confesión, les pidió, o más bien les exigió, que se convirtieran en buenas amigas, como si con esas mágicas palabras se pudieran forjar las más entrañales amistades. (Tiempo después Nora pensó, y con cierta razón, que la osadía de su padre radicaba en el evidente deterioro de la relación madre-hija, y por descontado, el padre suponía que en un intento de venganza, la hija aceptaría a su manate. También pensó que lo que su padre buscaba era la legitimación de su novia por parte de un familiar para contrarrestar en parte el sentimiento de culpa, que a pesar de su cinismo era un sentimiento imposible eludir.) Y ya por una exageración de su parte, pidió también a Nora que no le fuera a contar nada a su mamá. Las jóvenes intercambiaron teléfonos y quedaron de salir alguna vez para ir al cine o a tomar algo. La verdad es que la amante no era una guapa, o al menos atractiva. Sus facciones eran extrañas, difíciles de definir, de descifrar. Era alta, incluso más alta que su papá. Tenía unos ojos pequeños y muy negros, aunque sus pechos eran muy grandes, y Nora supuso que era lo que a su papá le atraía de ella.
¿Cómo se enteró la madre de esto? Muy fácil. Por un descuido. Un descuido que casi le cuesta un infarto. Un descuido que en realidad fue premeditado. Una pequeña venganza que la hizo muy feliz cuando vio a la madre con mascarilla de oxígeno, respirando con dificultad en la cama del hospital. Sabía que todas, o casi todas sus llamadas eran espiadas en el teléfono del estudio por ella, así que un día, sin más, telefoneó a la amante. Hablaron de muchas cosas, pero Nora, especialmente, se esmeró para que confesara la relación que tenía con su padre desde hacía un año. Incluso, con un especial talento de persuasión la hizo confesar qué tan bueno era en la cama, cuál era su posición favorita y cuántos palos aguantaba. La amante soltaba una risita ridícula y accedía a responder a todas sus preguntas. Estás en un lugar seguro, ¿verdad?, decía la muy estúpida, pero Nora la ignoraba sobremanera. Lo que pasó después fue confuso. Escuchó gritos, golpes y unos minutos después la sirena de una ambulancia. En el hospital el padre habló con ella. Le dijo que la relación estaba terminada y que a pesar de que seguirían frecuentándose, pues la amante en cuestión era su alumna, nunca más se acostaría con ella. No estaba enojado, en realidad parecía desahogado.
Los años que precedieron prácticamente pasaron volando. Rara vez Nora volvió a hablar con su madre, y con el padre la relación se había vuelto más bien tediosa. Por esos años ya era novia de Alberto, el estudiante provinciano de medicina. Muchas veces ni siquiera regresaba a dormir a su casa, y en realidad tampoco es que a alguien le importara. La madre se había convertido en una mujer oscura, refugiada en actividades aburridas y tediosas. El padre, que ya era un hombre viejo pero bien conservado, se encerraba durante horas en su biblioteca, según él, a disfrutar de su retiro, a leerse la biblioteca que había acumulado desde hace muchos años y a hacer otras cosas propias de los jubilados, aunque la verdad era que prefería no toparse con su mujer, o con el fantasma de su mujer, o con lo que quedaba de su mujer, que en otro tiempo, un tiempo lejano, fue una mujer alegra y hermosa. A pesar de compartir la misma casa, tenía la idea de que estar en habitaciones separadas los mantendrían en dimensiones diferentes, en donde ella no pudiera contagiarlo con su vejez y su amargura, algo que cabe señalar, es de fácil contagio en las personas ancianas.
Contrario a lo lógico primero murió el padre, y tras un velorio anodino los interesados procedieron a abrir el testamento, que en realidad, no suponía ningún interés real ni particular de nadie, ya que él no era un hombre rico. Había dedicado su vida a tapar la muelas de cientos de pacientes y a dar clases en la facultad de odontología. Ganaba bien, pero todo su dinero lo gastaba en vivir la vida, así que apenas era propietario de la casa en la que vivían y de todos modos la heredó a su mujer; la culpa permeando a la realidad. Tampoco era copropietario de los bienes, éstos sí muchos y variados, de los que era dueña la esposa, pues el matrimonio fue arreglado por bienes separados. La ahora anciana descendía de una familia de hacendados veracruzanos. Aunque de joven fue a vivir al DF con una tía para conocer y aprender la vida moderna de la ciudad y nunca más se fue, y a pesar también de que era la hermana perdida de en medio entre otros catorce hermanos, al morir su padre recibió su nada despreciable parte de una suntuosa herencia que incluía enormes extensiones de tierra en el estado de Veracruz. Los terrenos fueron vendidos e invertidos en bienes raíces en colonias de alta plusvalía en el DF, los cuales fueron remodelados y convertidos en condominios de lujo, cuyo fruto eran unas cuantiosas rentas mensuales. El dinero heredado en efectivo lo dejó en un par de cuentas de inversión, que a lo largo de tantos años había producido una fortuna monetaria de miedo, además de otra cuenta corriente en la que depositaba lo que sobraba de sus rentas. Lo extraño es que nunca se dio un lujo importante, e incluso podía vérsele los fines de semana con ropas que parecían de pordiosero,haciendo el aseo de la casa ella misma. Nunca viajó a otros países ni compró un coche de lujo o ropa bonita. Se dedicó, durante media vida, a acumular dinero y propiedades.
III
Tres años más tarde. Cuando Nora estaba embarazada de su hoy hija adolescente, recibió la noticia de que su madre por fin había muerto. Pasó un año completo tirada en la cama de un hospital privado, agonizando por un cáncer hepático que se la comió viva, y la mató, como Nora había deseado, muy lentamente. Martín fue a verla dos veces, y más como un pretexto para conseguir tranquilizantes y alguna otra droga más fuerte, solicitó ausentarse por unos días del centro de rehabilitación en el que era interno. La visitó únicamente por compromiso, o por algo parecido al compromiso, que sin embargo se transformó, al ver a la vieja totalmente acabada, en una profunda y angustiosa lástima.
Al velorio fueron pocas personas. Algunos inquilinos de años, la gente del servicio, Martín y dos de sus amigos que aceptaron más que nada por la comida, y los cuales se pasaron todo el tiempo riendo a carcajadas y saliendo al jardín a fumar marihuana, algunas otras personas que no tengo idea quiénes eran, pero seguro ninguna era Nora. Ella se quedó en la casa de los tíos de su esposo, que era donde vivían en esa época, acostada, descansando del tortuoso embarazo de siete meses, y en el que había pasado de todo: amenazas de aborte, amenazas de preclampsia, de hígado graso, y hasta una terrible hepatitis al inicio que la hacía vomitar prácticamente cualquier cosa que se llevaba a la boca. No sintió tristeza, ni ganas de ir, ni de llorar, ni mucho menos saber si le había heredado algo. Estaba totalmente ausente de sentimientos. Aunque de momentos sentía culpa, una culpa mordaz de no estar feliz por el bebé que llevaba dentro.
Está por demás decir que Martín se volvió rico de la noche a la mañana. Heredó todo sin restricción alguna, y entonces sí, se volvió un adicto integral.
En el momento en que se enteró mediante el notario de la familia de que ella no aparecía en el testamento, y a pesar de que esto evidentemente no significaba ninguna sorpresa, surgió en ella un odio violento y descomunal hacia su hermano, quien por otro lado tampoco era responsable de esta decisión de la madre, pues él en realidad tampoco la quiso mucho ni fue un buen hijo, o al menos un hijo normal, por así decirlo. Sin embargo Nora aborreció a su hermano con todo lo que su ser le permitía, con un odio enfermizo y dañino que con el paso de los años se fue degradando. Y a pesar su desprecio, entre lo reciente de los hechos, y la pálida felicidad por el nacimiento de su hija, permitió que Martín la visitara, como ya mencionamos, en un par de ocasiones. Hacia la madre ya no sentía nada.
IV
Los años de casada no fueron mejores para Nora. Entre el cuidado de la niña y las complicaciones económicas Alberto nunca pudo terminar la carrera de medicina, y tras varias noches de pleito y de un toma y daca desgastante, convenció a Nora de irse a vivir a Acapulco, la cual era su ciudad natal. Ahí un pariente, que estaba relacionado en el gobierno, le conseguiría un puesto de burócrata. Alberto pensó que sería el inicio de una carrera en la política, se vio a sí mismo como alcalde de Acapulco, como diputado, y por qué no, siendo gobernador de su Estado. Pero la realidad, que suele siempre ser muy diferente a los anhelos, le dio una cachetada dolorosísima con el paso de los años. Primero apenas la sentía, pues era joven y la juventud da para engañarse a sí mismo, pero cuando observaba que sus compañeros de trabajo recibían ascensos y pasaban de ser sus iguales a sus directores o peor aún, a sus directores generales, y cuando su hija fue creciendo, y lo que en sus planes era una escuela privada, se convirtió en la escuela técnica pública, entonces sí, sintió la brutal fuerza de la verdad. Se resignó, y de esta resignación obtuvo varías conclusiones, entre las que destacan: 1. que nunca tendría una carrera política, 2. que nunca sería rico, y 3. sobre todo, que su pariente, quien le consiguió el trabajo, en realidad lo odiaba por haberlo acomodado en ese mediocre y puesto sin futuro. Aunque esto ya era una desfachatez, pues el pobre pariente lo hizo con la mejor de las intenciones.
Nunca paso de un triste y aburrido oficinista. Un Godínez cualquiera, y esa amargura, combinada con la preocupación de mantener a su famiala, hizo que un día, sin más, un émbolo de grasa le bloqueara el flujo sanguíneo a la vena aorta, muriendo en el acto.
Como ya se habló, el velorio, al igual todos lo velorios de las gentes adultas que mueren de causas naturales, resulto ser opaco. Nadie lloraba. Los parientes de Alberto contaban chistes y se comían los bocadillos de la mediocre casa funeraria donde se velaron sus restos. Nora y su hija, que hasta este punto diré que se llama Regina, estuvieron tranquilas, resignadas. No había pues, nada que hacer. Sabían que económicamente no estarían tan mal. Alberto tenía una plaza basificada y recibirían mes con mes una pensión. Además ya eran dueñas de la casa de interés social en la que habitaban.
En este tiempo Regina tenía once años, y tras replantearlo, Nora pensó que su marido se había ido muy rápido. Apenas tenía cuarentaitantos años, y cuando regresó a su casa, después del entierro y vio los calcetines tirados de él en el cuarto, lo cual en otro contexto sería motivo de un pleito, fue entonces cuando muchos sentimientos diferentes la inundaron. Por ejemplo, físicamente quiso vomitar, sintió un fuerte mareo y estuvo a punto de desmallarse. Por otro lado, lloró como nunca lo había hecho, sintió culpa y vergüenza por no haber llorado en la funeraria, ni tampoco cuando el mariachi cantó las golondrinas en el entierro. Sintió culpa, vergüenza y odio, odio por su madre que la abandonó a su suerte, por su hermano a quien imaginó disfrutando de todo el dinero que tenía, viajando, comprando ropa cara, mientras ella enterraba a su esposo en un cementerio perdido de Acapulco. Mientras ella, sólo con su hija, iría a tramitar la pensión de su marido, el derecho de marcha, mientras burócratas horribles la ignorarían, la humillarían, la harían esperar durante horas sólo para recibir un cheque raquítico que no alcanzaría a cubrir los gastos funerarios. Pensó y pensó durante horas, muchas cosas. Después se quedó dormida, y ya dormida soñó que vivía en una selva pantanosa, fría y húmeda, en donde no habitaba nadie más que ella. Eso soñó toda la noche y todo el día siguiente.
V
A Martín la vida le pasó de frente y sin decirle nada. Viajó como loco pero apenas tiene algún recuerdo de esos viajes pues lo pasó drogado todo el tiempo. Vivió con muchas mujeres y con muchos hombres pero nada funcionó. Es portador de algunas enfermedades sexuales y sin embargo, al igual que su madre, morirá de cáncer hepático. Fornicó, y bebió, y jugó, y viajó, y gasto como si no existiera un mañana. Y cuando el dinero empezó a hacerse menos vendió algunas propiedades. Cuando se hartó de todo se instaló en uno de sus departamentos, uno muy sencillo. Y ahí vive desde entonces, sin hacer nada.
VI
Después de que la joven saludara Nora hizo lo mismos. Martín las invitó a pasar, les ofreció comida y no quisieron, algo de beber y tampoco quisieron. Regina camina por el apartamento observando las fotos en la pared. Había fotos de su madre, era apenas una niñita pero ella podía reconocerla. Nora y Martín se sentaron en la sala mientras Regina seguía caminando con curiosidad, observando los cuadros, las fotos, los papeles apilados, las viejas revistas.
Hablaron durante mucho tiempo y fue una conversación triste y cursi, y tal vez por eso no me apetezca narrarla. Sin embargo diré, que de esta conversación se obtuvieron algunas conclusiones. algunas relevantesy otras no tanto. Y también algunas noticias importantes. Así Nora se enteró que su hermano ya no era drogadicto, aunque esto fue una sorpresa, pues nuca supo que lo fuera, y Martín se enteró de que su cuñado llevaba casi cinco años muerto. No lo sintió y tampoco hizo al hipócrita diciendo que lo sentía. Hubo muchos silencios y espacios perdidos, y como en toda conversación postergada, interrupciones y ansias por hablar.
Después salieron a pasear. Martín tenía un coche nuevo. Fueron con rumbo a Chapultepec, pues Regina no conocía esa parte de la ciudad, y prácticamente no conocía ninguna, porque había estado solo en dos ocasiones cuando era muy pequeña. Visitaron algunos museos. En el de antropología, parados frente a un enorme monolito, Nora y Alberto, sin decirlo, recordaron que su padre los había llevado en una ocasión, o tal vez en dos. Ambos eran unos niños, y aunque esto no lo recuerden, fue también un día domingo. Aquel día fue feliz, y después del museo habrían ido a un restaurante cercano y después a su casa a terminar la tarea del día siguiente. Ambos se miraron con complicidad pero sin decir nada.
La tarde continuo con una comida y una caminata por algún barrio de la ciudad. Ya eran casi las ocho de la noche cuando regresaban al departamento. Transitaban por una vía repleta de autos, que sin embargo fluían con velocidad. En la radio sonó a hard rain´s a gonna fall. Era una estación de música vieja y la canción resultó casi profética, pues en el cielo, que ya se veía totalmente gris, comenzaron a dibujarse destellos eléctricos cada vez más frecuentes. Aunque ninguno de los tres conocía la canción, ni entendieran lo que decía, dejaron que sonara hasta el final. Aquella sería su última noche en el DF, y aunque dormirían en el departamento de Martín, muy temprano por la mañana se despedirían para hacer sus asuntos. Cuándo volveran, preguntó Martín. No lo sabemos, dijo Nora. La tarde del día siguiente regresarían a Acapulco, tal vez, no lo sé, para no volver a verse jamás. Siguieron transitando por la vía, y junto con la noche y la lluvia, se perdieron en el río de autos.





Lourdes
Una buena historia Javier. Saludos
Luis
Hermosísima historia. Un saludo y mi voto-.
Mabel
¡Me encanta! Un abrazo Javier y mi voto desde Andalucía