El Padre

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José era un hombre piadoso y resignado, nadie lo ponía en duda. María era una bonita muchacha que arrastraba cierta fama de caprichosa e impertinente. Por eso, cuando se supo que se casarían, todos en Nazaret pensaron que algo no encajaba. José, por edad, podría haber pasado por ser el padre de su joven prometida y aunque desde que Roma les conquistara se habían vuelto muy liberales, nadie entendía un casorio entre novios tan alejados en edad. Al fin y al cabo el desposado era un pobre carpintero sin ningún capital, cosa que de ser al contrario habría silenciado cualquier habladuría. A pesar de todo, ningún vecino podía negar que José parecía querer bien a aquella joven malcriada; sin embargo ella no perdía oportunidad de airear su disgusto por tener que contraer nupcias con un villano que le doblaba sobradamente los años.

—El Señor podía haberme elegido un marido más joven, guapo y rico —se lamentaba, aunque como sabemos la elección había sido muy meditada, ya que el Creador andaba totalmente involucrado en este asunto.

José acudía a su carpintería a trabajar de sol a sol y cuando llegaba a casa, rara vez encontraba a su esposa. La gente empezó a murmurar también sobre esto y el día que se supo que María había sido concebida de manera, digamos, poco acostumbrada, se radicalizaron aún más las habladurías. Aquel acontecimiento histórico que engendraría una religión nueva en la que los hombres pudieran depositar su fe durante milenios, al bueno de José le perjudicó en su honor de manera definitiva. Algunos dirán que por estas cosas llegó a ser santo, pero, en cierto modo, también fue mártir, el pobre.

—¿Cómo es posible? Si tú y yo no hemos… —no paraba de preguntar José cuando su esposa le comunicó que estaba en cinta.

—Ha sido Dios —era siempre la desconcertante respuesta.

—Cómo dices… Dios… Pero, Dios, Dios…

—Sí, Dios, el de Abraham y el de Moisés… Yahve de toda la vida… Que pareces tonto —le reprochaba María, que, a pesar de ser ya una mujer casada, seguía siendo arisca y maleducada, como cuando era una adolescente—. Y además, soy virgen. A partir de ahora me llamarás virgen María, que a estos galileos les gusta mucho hablar…

Y se habló y mucho del pobre José, de cornamentas e hijos de Dios y es que iban a llegar 33 años de milagros sin cuento; pero en aquel tiempo, por muy bíblico que fuera, la cosa estaba muy verde.

Y José, hombre resignado, tragó con todo.

 

✶✶✶

 

—María, ¿qué te parece si le ponemos al niño de nombre Escipión? Como el gran general que derrotó a Aníbal —se atrevió a proponer un día José.

—Recuerda, virgen María; ¿estamos? Bien. En cuanto a lo de llamarle “Escipiote” o “Esciponce” o como se diga, de ninguna manera. Además, creo que el tipo ese era un romano, ¿no?

—Eh… Sí, era romano, pero doblegó a toda Cartago y…

—¡Que no!

—Bueno, bueno… Está bien. Y ¿qué te parece Espartaco o Alejandro? Estos no eran romanos y fueron grandes héroes en su tiempo. Pasaran milenios y se seguirá hablando de ellos.

—Otra vez. ¡Que no! Además, yo ya lo tenía pensado. Le pondremos Jesús, que es poco oído.

—¿Jesús? Y no te gusta más Leónidas, como el fiero rey espartano que se enfrentó a las cien naciones persas y…

—Que no me cuentes más batallitas de las tuyas. ¡Jesús he dicho! Como mucho, para distinguirle del populacho, Jesús de Nazaret. Y ya está. ¡Fin de la conversación!

Y José se resignó y tragó.

 

✶✶✶

 

—María… Esto, virgen María, vengo de echar una inscripción en el Colegio del Profeta Jeremías —informó José, muy feliz—. Hay que hacerlo con tiempo, ya sabes… Es una institución muy exclusiva y tardan años en sacar plazas nuevas. Cuanto antes estemos apuntados mejor.

—Es que vas a ir tú al colegio ahora —respondió con su habitual sorna la virgen María.

—No, claro que no. Es para Jesús. Yo trabajaré duro para poder pagarlo, no te preocupes. El niño tendrá la mejor educación que se puede dar en esta parte de Palestina.

—Y ¿quién te ha pedido que hagas nada? Jesús es el hijo de Dios, vendrá con el conocimiento de serie y no necesitará de las clases de este mundo…

—Pero mujer, por muy listo que sea el niño nunca está de más que reciba la mejor formación. ¿Has visto el folleto? —preguntó José, tendiéndole un papiro promocional a su esposa—. A partir del año que viene van a empezar con el programa bilingüe hebreo-latín. Con profesores nativos, venidos desde la península itálica, algunos nacidos en la misma Roma. Ya sabes lo importante que es saber latín para moverse por el imperio o para encontrar un trabajo. Además dan la opción de estudiar un tercer dialecto: galo, griego, picto, godo… Cuando terminan el último año lectivo salen sabiendo leer y escribir jeroglíficos egipcios como si fueran oriundos de Tebas. A los jóvenes que estudian en el Profeta Jeremías se los rifan para trabajar en la administración, en el senado, recaudando impuestos… En los mejores trabajos. O se convierten en dramaturgos, poetas o historiadores. Y ahora que el Imperio pretende pasarse unos siglos conquistando el mundo conocido que le queda, va a haber mucha demanda de intérpretes solventes para parlamentar con los bárbaros o redactar acuerdos de rendición o de paz. Yo quiero que nuestro hijo sea parte de todo esto y, quién sabe, si se esfuerza y prospera, podría llegar a ser tribuno de la plebe o cónsul. ¿Te imaginas María? ¡Cónsul de Jerusalén!

—¿Has acabado ya con todo lo que tenías que decir?

—Eh.. sí.

—Pues bien, quítate todas esas fantasías de la cabeza porque no van a pasar. Jesús no trabajará para Roma y mucho menos se convertirá en un ciudadano ejemplar, respetado y próspero. Dios, su padre verdadero, no te olvides, maneja una planificación distinta para él. De hecho se convertirá en un grano en el culo de Roma —dijo la muchacha con su natural mala intención y vocabulario tabernario.

—Pero…

—No hay peros que valgan. Esto que te cuento, lo creas o no, será cierto. Se escribirán evangelios con su historia y algunos de esos escritos se considerarán palabra de Dios y serán venerados como tales durante milenios —sentenció la mujer embarazada, haciendo uso de toda la información privilegiada con la que contaba desde que había recibido una concepción de manera inmaculada —. Y, por supuesto, el niño no se va a dedicar a estudiar en ese colegio para “romanizados” y otra gentuza. De hecho, no va a necesitar estudiar. Algo me dice que será él el que de las clases magistrales apenas aprenda a hablar. Incluso en el templo, ante los doctores de la ley y otros sabios, será escuchado. Ya verás. Que lo que llevo en el vientre no es un hebreo analfabeto de estos de por aquí. ¡Que es el hijo de Dios! Que no te enteras —culminó la virgen María y rompió el papiro promocional en cuatro añicos.

Resignado quedó José y volvió a tragarse su orgullo.

 

✶✶✶

 

—Virgen María, mira, estoy haciendo herramientas de juguete para que Jesús aprenda desde pequeño el oficio de su padre.

—Bueno, su padre, su padre de verdad, técnicamente, no tiene oficio —matizó con muy mala uva y hablando muy despacio la virgen María.

—Bueno, de su padre adoptivo o le que sea yo —también matizó con tristeza José­—. En fin, ya que no quieres que estudie en el Profeta Jeremías, deberemos buscarle algún oficio, ¿no? Jesús será un gran carpintero, ya verás. Yo me encargo. Hará las mejores cruces de esta parte de Judea.

—Menuda cruz tengo yo contigo. Mira que eres cansino. Jesús está llamado a hacer grandes prodigios como hijo de Dios que es, así que ya escogerá él el oficio que mejor le convenga… O no hará nada y se irá con sus acólitos a predicar y a hacer milagros; o lo que sea que hacen los hijos de Dios cuando vienen a la Tierra. ¡Que eres un manipulador y un pesado!

—¡Yo manipulador! Yo sólo quiero lo mejor para nuestro hijo…

—Bueno, pues lo mejor que puedes hacer es no hacer nada. Hala, vete a la carpintería y deja de inventar cosas.

Y José siguió resignándose y volvió a tragar.

 

✶✶✶

 

Entonces, en tiempos del cónsul Poncio Pilatos, gobernador de Judea, en un portal en la aldea de Belén, nació Jesús, al que llamarían el salvador, hijo de Dios y muchas cosas más que ya sabemos.

José, que en su calidad de padre en la tierra estaba allí, cogió al bebé entre sus brazos y lo abrazó con fuerza como si fuera sangre de su sangre. Y el niño le devolvió el abrazo con toda su infantil potencia, que era mucha, dado el personaje. Y a Dios le pareció bien.

—Pero qué haces, atontado —le reprendió la madre, envidiosa—. Trae al niño que le voy a dar de mamar. Si no sabes ni cómo cogerlo…

Pero José no le hizo caso. Se llevó al bebé y se lo mostró orgulloso a los pastores de por allí. Hubo una señora mayor que nada más verle le confundió con otro y dijo aquello de “es igualito a ti cuando tenías su edad”. Por el camino se encontró con tres simpáticos reyes magos, al parecer llegados de Oriente para la ocasión, que le dieron regalos. Uno de los presentes parecía de oro. Los otros eran cosillas más del montón. José agradeció igual el detalle. Avanzó por la calle principal de Belén hasta llegar a la sinagoga. El rabino recibió a José con los brazos abiertos y, acto seguido, bendijo al recién nacido. Padre e hijo fueron dichosos y con esa felicidad, una hora después, regresaron al portal donde la malhumorada virgen María, esta vez sí, estaba resignada y tragó con todo.

 

✶✶✶

 

Y años después, cuando su madre no estaba, José contó a Jesús la historia de Escipión el Africano y sus grandes hazañas durante las Guerras Púnicas; y el niño, con la imaginación disparada, jugó muchas veces a que era un gran general romano de los de antes, capaz de vencer él solo a las terribles hordas cartaginesas, a sus elefantes y a sus catafractos.

Y José contrató a uno de los profesores nativos del Colegio del Profeta Jeremías para que cuando los jueves la virgen María acudía semanalmente a ver a su madre Ana, le diera clases a Jesús de latín y de otros saberes. El niño era aplicado, aprovechó bien las lecciones y, ya de mayor, hizo buen uso de su bilingüismo cuando anduvo ocupado con su apostolado.

Y José hizo de su hijo un gran carpintero, que dio merecida fama a su negocio por toda la región. “Muebles de una duración y resistencia milagrosa”, decía uno de los nuevos eslóganes de la carpintería. Y no era publicidad engañosa.

Y, como es sabido, Jesús, gracias en parte al ejemplo de José, se convirtió en un hombre que hizo grandes cosas.

Y José no volvió a resignarse más. Y a Dios le pareció bien.

—> Este cuento forma parte del libro «Feliz Navidad… o no»,  disponible en Amazon https://www.amazon.es/dp/B01N0MDSOW/

Comentarios

  1. Mabel

    9 diciembre, 2016

    Muy buena historia. Un abrazo y mi voto desde Andalucía

  2. Claudio_3

    10 diciembre, 2016

    Una historia que da ganas de más !!! Me voy a dar una vuelta por Amazon. Saludos y te dejo mi voto.

  3. magaes

    11 diciembre, 2016

    Gracias Claudio_3… Aprovecha, ahora mismo está el libro gratis en Amazon !!!
    Sólo os pido el pequeño favor de dejar vuestra valoración después de leerlo…
    Gracias !!!

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