El pájaro

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El pájaro negro observaba a su alrededor desde su puesto en la rama del árbol. La niña de pelo largo, a unos metros de él, saltaba a la comba y sus mechones se arremolinaban a su alrededor. Sonreía y entonaba una cancioncilla inventada mientras se movía con gracia. Frente a ella, en el suelo, había aterrizado con suavidad una paloma venida de alguna parte. La niña paró de saltar y, lentamente, se arrodilló frente a la pequeña ave y tendió su manita esperando que el animal se acercase. Antes de que la otra intentase cualquier movimiento, se oyó un rápido batir de alas y el pájaro negro descendió velozmente sobre la inofensiva paloma para matar.

Atacó directamente al cuello del animal más pequeño con su pico afilado, desgarrando, y empezó a comer la carne y la sangre mientras la paloma, aún con vida, se agitaba entre espasmos. Otros picotazos al buche, y la pequeña ave pereció desgarrada mientras el pájaro negro devoraba sus entrañas. La niña observó la escena con el horror pintado en su infantil rostro y con los ojos clavados en la mirada oscura de aquel pobre y vulnerable animal. Pasó el tiempo en cuclillas frente a las dos aves casi sin pestañear hasta que el gran pájaro negro se dio por satisfecho y la miró con aquellas pupilas más negras aún que sus plumas, como si supiese algo importante, algo que nadie más sabía.

La niña echó a correr asustada. Su larga melena ondeante. La luz del crepúsculo había desaparecido y una negra noche la había sustituido de repente. Corrió y corrió zigzagueando entre los árboles altos y la espesura del bosque sintiéndose observada desde cada árbol que dejaba detrás de sí. No entendía cómo podía distinguir en aquella oscuridad al pájaro negro que era más oscuro y más terrible que la noche misma. Era más rápido que ella, siempre llegaba al siguiente árbol y la observaba con atención. La niña empezaba a sentir que le faltaba el aire, pero no podía dejar de correr, no podía dejar de correr…

Despertó bañada en sudor con el corazón latiéndole a toda velocidad. Se incorporó en la pequeña cama tocado su cuello y su pequeño torso. Pero allí no había nada, había sido una pesadilla. Agarró con fuerza la muñeca, se tumbó de lado y cerró los ojos sollozando. El único consuelo que le quedaba era el que podía brindarle aquel pedazo de trapo viejo, y el suyo propio.

Comentarios

  1. Imagen de perfil de GermánLage

    GermánLage

    12 diciembre, 2016

    Terrible pesadilla, Mingus. Me gustan tanto la forma de narrar como de mantener la tensión.
    Un cordial saludo y un voto.

  2. Imagen de perfil de Mabel

    Mabel

    12 diciembre, 2016

    ¡Qué horror! Un abrazo Noelia y mi voto desde Andalucía

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